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La mala educación

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Abraham Gak. Su gestión al frente del colegio Carlos Pellegrini es tan inolvidable como su salida, resistida durante 29 días por padres y alumnos. Desde esa experiencia concreta, reflexiona sobre el significado de educar adolescentes hoy. Y se pregunta, como ellos, para qué sirve la secundaria, cómo se construye la autoridad y cuáles son los pasos necesarios para reinventarlas. Él tiene ya algunas respuestas pero, como siempre, pensadas para hacer pensar. Con ustedes, Gak, el profesor que provoca a la reflexión.

Mientras deambula por los pasillos de la Facultad de Ciencias Económicas, el profesor honorario Abraham Gak lleva su mano al costado de la boca para enunciar un secreto: “Acá se forman 50.000 yuppies”, susurra y se ríe socarronamente. El hombre camina hacia el primer piso del edificio, donde se encuentra su pequeña y modesta oficina que contrasta con un pomposo nombre: “Área de Proyectos Estratégicos”. En ella trabaja como director del Plan Fénix, un programa económico elaborado por prestigiosos profesionales que desean un desarrollo más equitativo de Argentina. Gak se acovacha en ese lugar desde que tuvo que dejar su cargo de rector de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini a principios de este año, tras protagonizar un incidente pocas veces visto: sus propios alumnos tomaron el establecimiento durante 29 días para intentar evitar que lo removiesen. En ese lapso no permitieron que ingresara el nuevo rector que –según denunciaron los estudiantes– pertenece a los sectores más conservadores de la academia.
A lo largo de su gestión, que duró 14 años, Gak logró transformar el perfil del prestigioso colegio. El Pelle –como lo llaman cariñosamente sus estudiantes– había dejado de destacarse por la enseñanza de asientos contables para comenzar a cosechar laureles por el importante acento social que teñía a las asignaturas escolares: los alumnos de primer y segundo año, por ejemplo, realizaban trabajos solidarios como parte de la currícula académica. Eran más de 1.000 adolescentes que año tras año, guiados por otros 120 chicos de los años superiores, colaboraban con sectores excluidos de la sociedad: pueblos originarios, ancianos, comedores populares, escuelas rurales, discapacitados, chicos en situación de calle, entre otros.
En su largo paso por ese colegio Gak se contagió con tanta virulencia de la vitalidad y de la rebeldía adolescentes, que hoy puede disimular muy bien sus 78 años. Allí también adquirió un conocimiento empírico sobre el sistema educativo que le da autoridad para hacer afirmaciones como esta:
“La crisis por la que atraviesa el secundario, cuya expresión más notoria es el retraso, la reiterada repitencia y el abandono de una enorme franja de jóvenes de la escolaridad, da cuenta del sostenimiento de la desigualdad, de la segmentación y del carácter elitista que lo caracterizó en sus comienzos. La realidad demostró que la escuela reproduce el orden social al generar la expulsión –en un sistema que no contempla las diferencias– de quienes se encuentran en situación de inferioridad, ratificando así la injusticia. Soy sumamente crítico con la escuela secundaria actual, que no tomó en cuenta los grandes cambios que se produjeron en el país y en el mundo.”
 
Causas y efectos
Gak sabe de qué está hablando:
 
Un reciente estudio efectuado por la Secretaría de Programación del Ministerio de Trabajo de la Nación revela que del total de jóvenes de entre 15 y 24 años, un 45% no estudia y un 11,7% (más de 700.000) ni trabaja ni estudia.
Datos publicados el mes pasado por la Dirección de Informática y Planeamiento de la provincia de Buenos Aires, el distrito más poblado del país, señalan que la deserción escolar aumentó un 130 por ciento desde el año 2.000: pasó de un 7 a un 16 por ciento. Además, se incrementó en un 9 por ciento la cantidad de estudiantes que deben repetir el año.
De acuerdo con datos que figuran en un informe de la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense sobre “eficiencia interna”, en el periodo de 1999/2000 a 2005/2006 el fracaso en la promoción anual subió del 4 al 9 % en la matrícula de un millón de alumnos que cursaron los últimos años de la ya derogada egb y el Polimodal, que ahora pasaron a formar la Educación Secundaria.
Según el informe, el punto crítico estuvo en el 8° año de la egb (ahora 2° de Secundaria), donde se registró un pico del 15.9 % de repitencia.
En la Inspección General de Escuelas bonaerenses calculan que este año hay unos 350 mil adolescentes que abandonaron la escuela, y si se les suman quienes nunca se integraron al sistema, la cifra podría llegar al medio millón.
En la Capital Federal, el distrito con mejor performance del país, a pesar de la campaña Deserción Cero la cifra es de casi el 6% y afecta a 200 mil adolescentes.
 
“Con estos índices de repitencia y deserción –vaticina Gak– en diez años tendremos una población adulta que no estará preparada para vivir en el siglo 21. Es cierto que hoy la escuela ya no garantiza el ascenso social, pero sin la escuela la movilidad social es imposible”.
Para evitar tanta deserción, advierte Gak, la escuela debería brindar una atención personalizada a cada estudiante. “Si un chico falta tres días seguidos –sugiere– hay que acercarse y preguntar si está enfermo, si está preso, si lo mataron, si fue a trabajar o si no quiere seguir estudiando”. Además, señala, se necesitan políticas que vayan más allá de lo estrictamente escolar: “Es necesario generar mecanismos para que las familias se vean motivadas para que el adolescente no deje la escuela para ir a trabajar, sea en el ámbito laboral o el doméstico. Y esto supone que el Estado ofrezca un ingreso universal por chico”, propone.
 
Razones del fracaso
Los motivos del fracaso de la escuela secundaria, dice el profesor honorario, también hay que buscarlos en otras razones. El ex rector estira su diestra, como quien ofrece dar un apretón de manos, y lanza un desafío: acercarse a cualquier secundario y preguntarle a los alumnos para qué sirve la educación media. “Van a contestar que no sirve para nada. –apuesta–. Parecería que lo que se enseña está muy alejado de sus intereses. Que la escuela responda a sus expectativas es fundamental para que el chico se identifique y para eso hoy hace falta un docente diferente. El profesor ya no tiene que formar a los estudiantes a su propia imagen y semejanza, sino a imagen y semejanza de los propios chicos”.
Gak dice que el docente que hoy enseña a sus alumnos sin aprender de ellos, no sirve. “Y hay muchos que no sirven”. Amplía: “El chico no llega a la escuela con conocimiento cero. Tiene acceso a muchísima información a través de Internet, la televisión, la radio, la familia. Esto implica dar lugar a muchas discusiones, porque el docente ya no es el único que sabe dentro del aula”.
Alejado de la visión histórica de la escuela como instrumento de reproducción social, Gak considera que la misión de la escolarización de hoy es otra: “Tiene que potenciar uno de los elementos fundamentales que poseen los jóvenes: su capacidad de pensar que pueden transformar el mundo. Para eso el chico necesita saber pero también pensar con la mayor audacia posible. El docente que no entienda eso, no va a cumplir bien su tarea”.
¿Y cómo se transforma un docente? “No es fácil”, sentencia Gak, que opina que la mayoría de los institutos de formación “son un desastre”. El problema, dice, es que tanto gobiernos como sindicatos reducen sus negociaciones a la variante salarial. “Mejorar las condiciones de vida de los profesores es una condición necesaria para mejorar la educación, pero de ningún modo la única”, explica para poner sus palabras en contexto.
 
Qué es la autoridad?
El primer paso para cambiar la educación, sugiere Gak, consiste en preguntarse qué egresados se pretenden. Él tiene su respuesta: “El objetivo de la escuela media es ayudar a que el adolescente se forme como individuo, como ciudadano y que fortalezca la autoestima. Debe colaborar para que pueda desarrollar su personalidad y su futuro. También tiene que darle a conocer sus derechos, sus obligaciones y despertar el pensamiento crítico. Pero ya no tiene sentido, como en los orígenes, darles a los chicos formación técnica para la salida laboral o bachiller para el estudio superior. Si la escuela le permite descubrir la belleza del conocimiento, ese chico puede aprender cualquier cosa en cualquier momento. Sí tiene que ayudarlo a despertar su vocación para que aflore una vida feliz, para que trabaje en lo que le gusta y no persiga sólo un fin material”.
Apasionado por los jóvenes, Gak intenta una y otra vez calzarse zapatos adolescentes para poder entender qué pasa por sus cabezas. Mientas era rector no dudaba en fotografiarse en medio de las vueltas olímpicas –el ritual que los egresados realizan como ceremonia de despedida– o en debatir políticamente como un par con el presidente del Centro de Estudiantes. En ningún momento sintió que esas situaciones mellaran su autoridad: “Si el profesor prepara las clases, llega a horario, no falta, no utiliza las calificaciones para imponer disciplina y admite determinadas actitudes propias de los chicos –como el lenguaje– va a ser respetado.”
Se divierte cuando, para reafirmar su idea, enumera algunas de las decenas de veces que fue víctima de las travesuras de los chicos. En una oportunidad, recuerda, un alumno escribió en medio del pizarrón “Gak puto”. La osadía lo puso a prueba. El entonces rector llamó al estudiante a su despacho y, lejos de mostrarse ofendido, convirtió el episodio en una lección: “Nuestro trabajo en la escuela es educar contra la discriminación. Cuando vos escribiste eso tuviste una expresión peyorativa contra los que tienen una inclinación sexual diferente a la tuya, por eso tengo que sancionarte”, le dijo Gak que, lejos de la demagogia, lo suspendió un día.
 
Reinventar la escuela
Gak, un trasgresor asumido, señala que el comportamiento adolescente adquirió en los últimos años un importante grado de agresividad y violencia. “El pogo es un divertimento que de alguna forma es también una expresión de violencia”, ejemplifica, pero aclara: “No se trata de mal comportamiento, sino de nuevas costumbres que traen implícitos determinados mensajes. Cuando se tratan de ´boludo´ no se ofenden, son sus formas de comunicarse. Tenemos que elaborar qué significan esas actitudes. Losl adolescentes viven en un ámbito de mucho rechazo por parte de los adultos: los patovicas no los dejan entrar al boliche, la policía los persigue, los que caminan por la vereda los pisotean cuando están sentados en un umbral o también se los agrede cuando se difunde esa idea persistente de que no tienen nada en la cabeza”.
El ex rector advierte que la escuela ya no puede buscar la uniformidad, como antaño, sino que tiene respetar las necesidades e intereses de cada chico y de cada comunidad. Esa tarea, aclara, no debe ser patrimonio exclusivo de los docentes: “También deben participar psicólogos, sociólogos, politólogos y, sin ninguna duda, las familias. Algunos se enojan con esta realidad y dicen que la escuela no tiene que dar de comer. Sí: la escuela tiene que dar de comer. Los que no tienen que dar de comer son los maestros, no es esa su función. Este modelo que propongo no existe, no hay de dónde copiarlo, pero hay que hacer la experiencia, inventarlo”.
 
Aprendiendo de los pibes chorros
Un paso en esa dirección pareció dar a fines del año pasado cuando un grupo de adolescentes que vivían en la calle asaltaba a sus alumnos del Pellegrini para apropiarse de celulares y zapatillas. Doscientos padres se reunieron en la escuela para pedir mano dura contra los “pibes chorros” y Gak decidió dar una nueva lección, esta vez a los padres: “Habían redactado un petitorio que elevaron al gobierno que no mencionaba para nada la situación de los chicos. Yo les dije, entonces, que no estaba de acuerdo, que había una ausencia de mirada hacia esos pibes. No veía a estos chicos como delincuentes, sino como víctimas de una situación social de la que solos no podían salir. Si no ocurrieran estas cosas nadie pensaría en ellos. Entonces, les pregunté a los padres si estaban dispuestos a becarlos para que vuelvan a una escuela: todos contestaron que sí.” El entonces rector no se quedó ahí y se comunicó con las autoridades del Ministerio de Desarrollo Social para que el Estado mejorara la calidad de vida de esos chicos que habían sido detenidos por la policía. “Cuando propongo una escuela de puertas abiertas, el objetivo es crear una institución que trascienda lo meramente escolar para configurarse como un centro de producción cultural y de encuentro comunitario. De esta manera la institución se constituirá en un referente para los jóvenes y su familia. El tiempo y el espacio ocioso que hay en toda escuela tendrían que ser apropiados a través de diferentes proyectos deportivos, culturales, sociales, recreativos y de servicio. Además, si la escuela trabaja en red con otras organizaciones de la comunidad, los alumnos podrán identificar problemas y analizarlos con aportes multidisciplinarios”.
Gak confiesa que tiene elaborado un proyecto piloto que fue presentado en distintas instancias estatales. “Todos me dicen que está muy bueno, que me apoyan, pero nadie se atreve a ejecutarlo”, sostiene antes de calzarse la gorra rapera y posar, desafiante, en medio de lo que definió como una incubadora de yuppies.

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