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De lo malo, lo mejor

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Barcelona. Decidieron hacer lo que se les cantaba y crearon un nuevo ritmo para sintonizar la realidad. Se ríen del periodismo, en serio, poniéndolo en evidencia. Son incómodos para algunos e indispensables para sus muchos y fieles lectores. Editaron un best-seller, un programa de tevé y un especial de radio. Todos éxitos irrepetibles: les sobra creatividad, pero les falta espacio. En tanto, escriben disparates para otros.

Había una vez, un grupo de periodistas que se quedaron sin trabajo y optaron por una salida poco usual en situaciones como ésa: hacer nada más ni nada menos lo que se les dio la gana. O, en palabras de ellos mismos, lo que se les cantó. No realizaron estudios de mercado ni fueron en busca de nichos desatendidos, simplemente lanzaron una revista guiados por el propio placer. Así nació Barcelona, la irreverente publicación que hace de lo políticamente incómodo su arma letal.
Los periodistas desocupados llevaron el proyecto a varios editores que lo disfrutaron y se rieron en privado, pero ninguno de ellos se animó a invertir un céntimo en una publicación que prometía no tener límites. Ahí radica tal vez el mayor éxito de Barcelona: atreverse a decir, de manera brutal y descarnada, lo que muchos prefieren callar.
Tuvieron que pasar dos años para que los bocetos se transformaran en revista. Fue gracias al tío de una integrante del grupo: el hombre vivía en China y, tal vez un tanto inconsciente por la distancia, prestó cinco mil pesos (¿habrán sido las famosas inversiones chinas?) para poner en marcha el emprendimiento. La suma alcanzó para imprimir los dos primeros números -cinco mil ejemplares cada uno- y para lanzar una modesta campaña de afiches callejeros. Así, en abril de 2003 Buenos Aires apareció empapelada con la tapa inaugural: “Ahora dicen que Piñón Fijo es Yabrán” anunciaba la principal noticia, parafraseando ese particular estilo de titular que acuñó Clarín para no comprometerse con la información que publica.
El embrión de Barcelona había sido la sección Sending Fruit (mandando fruta) de la extinta revista La García, donde trabajaba el grupo fundador. Respetando todos los códigos del lenguaje periodístico más tradicional, en ella redactaban noticias apócrifas. “Advertencia: No toda la información aquí publicada ha sido debidamente chequeada. Ley 23.444”, hoy puede leerse en cada una de las desopilantes portadas del quincenario. Sin embargo, no parece fácil afirmar que Barcelona miente: ¿cuán falaz resultó aquel titular previo a la segunda vuelta electoral de la Ciudad de Buenos Aires que afirmaba en letras catástrofe: “Gana Filmus. Sólo si Julio López aparece amordazado en el museo de la pasión boquense”.
El eslogan de la revista, “una solución europea para los problemas argentinos”, surgió en aquellos tiempos fundacionales, cuando la ciudad de Barcelona se había convertido en una especie de meca de salvación para la generación palermitana de treinta y pico. “Yo también había pensado en ir a tramitar mi nacionalidad comunitaria, pero por fiaca de hacer tanta cola nunca lo hice. Me daban más ganas de pensar una revista”, recuerda Pablo Marchetti (a) el Pelado, uno de los directores.
Marchetti confiesa que las expectativas que tenían cuando lanzaron el primer número eran igual a cero. “La revista estaba buenísima –dice–, la preparamos sin ningún tipo de concesiones. Además, hicimos todo lo que había que hacer para que funcione: bajo precio, muy buena distribución y un enorme mailing a todas las radios para que los periodistas la difundan. Pero pensábamos que con toda la furia les iba a gustar a 500 limados como nosotros.”
Para sorpresa de Marchetti y sus secuaces, aquellas dos ediciones se vendieron tan bien que permitieron sustentar el número 3. Hoy, Barcelona exhibe en la calle su edición número 120 y vende 15.000 ejemplares por quincena. Suele ser citada –de manera elogiosa– en sitios contrainformativos tan disímiles como los panegíricos dominicales de Página/12 o las Charlas de Quincho que Ámbito Financiero publica los lunes. Uno de sus titulares hasta desató una feroz polémica mediática entre el filósofo José Pablo Feinmann y el ministro de Educación, Daniel Filmus.
Con el cuarto número en la calle, Barcelona ya había recibido una propuesta de Adolfo Castelo para convertirse en suplemento semanal de la revista txt La situación les permitiría a sus creadores cobrar por lo que hacían, darle mayor circulación a la revista, abandonar el living de sus casas como lugar de trabajo y cumplir con el sueño de la oficina propia. A pesar de ese panorama no se abalanzaron sobre la oferta: pusieron como condición que nadie podía tocarle un ápice al producto. Y así ocurrió, dicen, mientras duró el acuerdo. Después de casi un año, volvieron a los kioscos en soledad y con periodicidad quincenal. El acuerdo expiró y Barcelona duró más que la revista que los “contenía”.
Los colegas periodistas, parece, son los más fervientes promotores de esta publicación que hizo de la parodia a los diarios su principal recurso estilístico. “La parodia nos vino muy bien para la difusión, porque muchos de los mismos periodistas de los que nos cagamos de risa nos dieron manija con el argumento de que nosotros decimos lo que ellos no pueden. Pero si se tratase sólo de una parodia la revista sería sólo para el gueto de los medios. Y la verdad es que lo excede en demasía”, explica el editor Fernando Sánchez, que no deja de agradecerles a sus colegas: “Buena parte de nuestro mérito se lo debemos a los demás medios. El periodismo de hoy es una mierda, los diarios son una mierda, las revistas son una mierda, los periodistas andan en el negocio del chiquitaje. Todo está tan malo que a lo mejor por eso nos destacamos. Se bastardearon tanto las formas serias de hacer periodismo que ese formato supuestamente correcto de hacerlo se terminó vaciando de contenidos. Para nosotros ése es nuestro caldo de cultivo”.
Los integrantes toman la carcaza de los medios para llenarla de disparates (o no tanto). Respetan a rajatabla el formato de la pirámide invertida, redactan los absurdos con total solemnidad y titulan las noticias sólo con información. Cada uno de los miembros de Barcelona se asume como periodista y rechaza -casi como una ofensa- el mote de humorista. “Nosotros estábamos y podríamos estar dentro de ese caldo de cultivo. Hacer Barcelona fue como huir para adelante; y para hacerla era necesario haber acumulado en los medios mucha experiencia, mucho rencor y muchos años de resentimiento en las redacciones periodísticas. Para hacer una publicación como ésta por lo menos tuviste que haber pasado por un retiro voluntario y una indemnización”, aclara Ingrid Beck, la directora del tío chino que finalmente confiesa: “Éste es un medio catártico, como una terapia para no volvernos violentos”. Y enseguida Marchetti, el que tiene por nombre de guerra el Pelado, agrega: “Si no hiciéramos la revista seríamos un movimiento guerrillero pero nos bajarían en tres segundos: nos daría fiaca ir a comprar granadas”.
A esta altura, la fiaca parece un elemento constitutivo de la redacción de Barcelona. Dicen sus propias lenguas que se las ingeniaron para hacer un producto periodístico en el que no tuvieran que hacer entrevistas, desgrabar, llamar por teléfono o chequear información. Cuentan que hasta por fiaca no tienen un departamento de publicidad.
La agenda temática de Barcelona es la misma que siguen los diarios nacionales. “No hay tema del que no hablemos: desaparecidos, Auschwitz o el que sea. El problema no es de qué hablamos sino qué decimos, no es que todo nos chupe un huevo. Lo que hacemos nosotros es tratarlos desde nuestra línea editorial, por eso les dedicamos mucho tiempo a las tapas y contratapas, que son elaboraciones colectivas”, dice Sánchez.
No caben dudas de que Barcelona es una revista ecuménica: ya recibió cuestionamientos de católicos, musulmanes y judíos. También de artistas (una cantante con nombre de fenómeno climático se ofendió porque apareció en un poster que reunía a los argentinos con fama de mufa) y, por supuesto, de políticos: en agosto pasado, la Municipalidad de San Miguel de Tucumán secuestró una muestra de contratapas de la revista que se exponía en la vía pública. Con la ironía característica de la publicación, sus directores emitieron un comunicado donde señalaban que no podían más que “celebrar que los gobernantes tucumanos hayan dejado de lado las prácticas siniestras de la dictadura militar, propias del oscurantismo reinante durante los años de Domingo y Ricardo Bussi (tanto en dictadura como en democracia) y que hoy, con el Frente para la Victoria que gobierna tanto en la provincia como la capital San Miguel de Tucumán, la democracia, la tolerancia y la transparencia sean signos distintivos de la actual gestión”. Por último, remataban: “Se trata, sin dudas, de un proceder prístino que sugiere un cambio profundo respecto de los años de plomo. Ya no se secuestran personas sino muestras de arte. Resulta evidente que el cambio recién empieza”.
La muestra de las contratapas de Barcelona recorrió el país, desde el Palais de Glace hasta pequeños centros culturales de La Rioja o San Luis, donde los periodistas fueron invitados a exponer como una verdadera demostración de resistencia política. Si las noticias son una parodia del periodismo, las contratapas hacen lo propio con el mundo del marketing. “Si la publicidad usa formas efectivas para comunicar mierda, nosotros tomamos ese mecanismo, pero le damos vuelta el discurso”, cuenta Marchetti.
Uno de los últimos números mostró en la contratapa la reproducción del afiche de campaña de Cristina Kirchner y Julio Cobos con una sutil modificación: “Sabemos lo que falta. Sabemos dónde está. Cristina, Cobos y algunos”, podía leerse debajo de la sonrisa perfecta de los candidatos.
“Esta revista no la podríamos haber sacado durante el menemismo, que se reía públicamente de sí mismo –arriesga Beck–. Este gobierno no tiene ese nivel de cinismo, no se ríe en público. Y encima tiene ese tinte progre que nos permite trabajar sobre la contradicción de su discurso. Somos los únicos que lo corremos por izquierda”.
A pesar de tratarse de la revista que más creció en los últimos años, los anunciantes no contemplan a Barcelona en sus pautas de promoción. “La mayoría de los publicistas son unos pelotudos”, arriesga Beck, a modo de explicación, y después desarrolla su concepto: “Ni siquiera es una cuestión ideológica: te dicen que no quieren asociar su marca a un producto impreso a dos colores, con papel berreta y que manche los dedos”. ¿Podría ser una parodia a los diarios de otra manera?
El éxito de Gente Grossa –así se llama la empresa que constituyeron– fue refrendado con la edición de Puto el que lee, un diccionario de insultos, injurias e improperios que viene a llenar un vacío dejado por el famosísimo mataburros de María Moliner. El libro ya lleva vendidos 12.000 ejemplares. A pesar de tantas ventas, los periodistas de Barcelona no logran vivir de su pequeña empresa. Sin embargo, convirtieron sus creaciones en el trampolín para conseguir otros trabajos: Beck y Marchetti, por ejemplo, realizan los guiones radiales de Elizabeth Vernaci en Rock & Pop, Sánchez hace lo propio para programas de la cadena Fox y Javier Aguirre y Eduardo Blanco –dos de los redactores– guionaban hasta hace poco libretos para Jorge Guinzburg.
A fines del año pasado, además, Gente Grossa emitió por la señal de cable I-Sat su primer programa televisivo: Los anales de Barcelona, un unitario que sintetizó las mejores noticias del año, conducido por Eduardo Aliverti y Marcela Pacheco. El noticiero repercutió como ningún otro programa del canal y, sin embargo, la experiencia no se repitió.
El pasado 28 de octubre fue el debut radial del equipo de la revista: otra vez junto a Aliverti. Esta vez coprodujeron la cobertura de los comicios presidenciales que pudo escucharse (y todavía puede hacerse, por Internet) en Radio Éter.
La buena noticia es que a falta de seriedad, el periodismo lisérgico –como alguna vez ellos mismos lo definieron– se puso de onda.

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