Cómo borrar un éxito

Andrés Cascioli, Humor y la herencia de la concentración. No hay carrera de comunicación que analice la experiencia de la revista Humor en clave de gestión editorial en un mercado concentrado. Una lección que enseña qué premia y qué castiga el Estado. Y qué hacer para que las revistas independientes sigan riéndose del poder. Por Franco Ciancaglini.

¿Por qué hablar hoy de la revista Humor? Las razones son múltiples, pero hay una urgente: la justicia acaba de fallar contra la revista por una carta de lectores publicada en 1987. La causa es absurda, pero la condena es peligrosa: demuestra que el Estado, incluso después de quebrada la publicación y muerto su editor, puede ir contra los bienes de su familia. En este caso, contra Malena, la hija del fundador de Humor, Andrés Cascioli, quien ni siquiera había nacido cuando se publicó la carta del conflicto. Este litigio es el último eslabón de un larga cadena de atropellos: durante los mismos años en los que Clarín y La Nación gozaron de exenciones fiscales y previsionales, pauta oficial y leyes a medida, Humor jamás recibió un centavo del Estado y fue demandado por el Estado.

Para unos, todo.

Para otros, nada.

Y en esa nada, se hizo el mejor periodismo.

Qué es Humor

Humor es uno de los íconos de cómo hacer periodismo en dictadura, pero fue mucho más que eso. No sólo denunció cuando todos callaron: lo hizo con originalidad y talento. Siempre tuvo como meta reírse del poder y nunca de la gente. Periodistas que hoy son referentes indicutidos empezaron ahí. En medio de la más oscura niebla de censura, pintó un paisaje cultural de discos, libros y espacios de encuentro que también formaban parte de lo que pasaba. Así, ayudó a no sentirse condenado por vivir en dictadura.

Su editor, Andrés Cascioli, dibujó las míticas tapas que satirizaron a generales, almirantes y políticos más o menos democráticos. Soportó censuras y persecuciones, pero pocos homenajes. Humor llegó a vender 350 mil ejemplares quincenales y ser reconocida como “la mejor revista satírica del mundo”. Pero su mayor premiofue haber logrado algo impensable en estos tiempos: sus lectores hacían cola en los kioscos esperando que llegue el camión de reparto. Los lectores no compraban la revista: la abrazaban.

Basado en el éxito de ventas de Humor, la editorial La Urraca lanzó al mercado otras publicaciones: El Periodista, El péndulo, Humi, Fierro, entre otras, conformando un pequeño pool de medios. También editó libros: Crónicas del Ángel Gris, de Alejandro Dolina, fue el más exitoso, con 100 mil ejemplares.

Sin socios ni pauta publicitaria, Cascioli apostó a la contratación de cada vez más trabajadores, sueldos a la altura del mercado y reinversión de todo lo que generaba el éxito de Humor.

El Periodista significó la apuesta de hacer actualidad política con periodistas que sabían el oficio de crear primicias, basadas en datos y fuentes propias, que le daban un sello único y fiable. Para Nora Bonis, viuda de Cascioli, fue el error más grande desde el punto de vista comercial: “La plata que generaba Humor iba a bancar a El Periodista, que era carísimo”, asegura.

Sin embargo, El Periodista no cerró por su déficit comercial, sino por un error periodístico: una tapa de diciembre de 1986 afirmaba que la deuda externa se podía pagar con la venta de las tierras del Ejército Argentino. En la misma nota, firmada por el periodista Norberto Colominas, se decía que estas tierras estaban valuadas en 45 millones de dólares. Pero la deuda externa tenía, por entonces, tres ceros más: 45.000 millones. El cálculo erró por millones de dólares de diferencia. Perdida su credibilidad, la revista cerró.

Humor comenzó a tambalear a partir del 95, azotado por juicios y deudas con el Estado. En una muestra que recordaba 60 tapas publicadas por la revista entre 1878 y 1983, Cascioli escribió: “Nosotros, desde la pequeña trinchera de Humor, hicimos lo que estaba a nuestro alcance en aquellos tiempos duros: denunciarlos y reírnos tanto de los protagonistas de la obra como de sus guionistas. Muchos argentinos creen que nuestro trabajo valió la pena. Yo pienso lo mismo”.

Memoria de un editor

Tomás Sanz vive solo en su casa del barrio de Balvanera. Un dibujo de Hermenegildo Sábat sobre fútbol decora su sobrio living. Es un recuerdo de su paso por el Diario Olé -cuenta- la última redacción donde trabajó y hasta donde estiró su larga trayectoria periodística, que incluyó roles de director, editor, escritor, humorista y dibujante, muchas en complicidad con El Tano, como llama a Cascioli. “Hoy sólo dibujo, a veces”, dice mientras revuelve dos cafés instantáneos que luego calienta en el microondas. Llega a la mesa con la ayuda de un moderno bastón, y convida una clase magistral de periodismo, edición y política.

Sanz fue el gran compañero de vida de Cascioli. Se conocieron trabajando en la agencia Publicidad Internacional, y casi nunca más se separaron. Ambos dibujantes, crearon primero la revista Satiricón, junto Oskar Blotta, iniciando así un camino de ediciones de sátira política que sería su marca registrada. “No inventamos nada: es un formato mundialmente conocido”, dirá un viejo Sanz, al tiempo que saca un cigarrillo suave para acompañar la historia. “Pero Satiricón había sido una revista muy loca, innovadora, audaz. Fue un golpe en la sociedad argentina”.

Esa audacia fue, quizá, lo que les permitió sortear los peores gobiernos de este país con las mejores investigaciones periodísticas  y los dibujos que ridiculizaban a los tipos más malos. Al igual que después Humor, Satiricón nació bajo una dictadura. Sanz: “La de Lanusse, que era Heidi comparado con lo que vendría”.

Satiricón fue clausurada a fines de 1974 por un decreto de la presidente María Estela Martínez de Perón, después de una tapa con una calavera que rezaba: “El demonio nos gobierna”. Le editorial decidió iniciar un juicio para que la justicia decida sobre la pertinencia de esa prohibición.

Mientras tanto, Oskar Blotta hizo una revista sustituta: El Ratón de Occidente, “que pasó desapercibida, pero puede formar parte de esta historia”, define Sanz. “Era inofensiva, porque no se podía hacer otra cosa”. La siguiente apuesta editorial fue una revista “para mujeres”, Emanuel, que duró apenas tres números. Relata Tomás: “Entró un comando a la redacción que teníamos en Córdoba y Esmeralda, en verano, a plena luz del día, y se llevaron a Blotta, Mario Mactas y a una traductora. Ahí sí se terminó todo”. Corría marzo del 76. Blotta, Mactas y la traductora Silvia Vesco fueron liberados después de una semana, bajo una consigna: “Váyanse lejos”.

En paralelo, mientras duró la prohibición de Satiricón, Cascioli volvió a la carga con Chaupinela, una revista que también duró poco – un año: el 75- pero marcaría el nacimiento de Ediciones La Urraca.

“En el año 76 Satiricón ganó el juicio contra el decreto de prohibición”, sigue Sanz. “Podía volver a salir. Y lo hizo durante cuatro números más, hasta que vino el golpe de Videla”.

Tomás cuenta que los militares fueron a hablar con Oskar Blotta, editor de Satiricón, y con Cascioli, director de arte. “Dijeron los milicos: no saquen más esta revista. No fue un decreto, fue un consejo paternalista que tenía una amenaza detrás. Ustedes son muy inteligentes, pueden hacer cualquier otra cosa. Quería decir: son muy inteligentes, pero no se pasen de piolas”.

Las complicidades que se venían tejiendo se vieron, de pronto, desarmadas. Blotta se exilió en Estados Unidos, siguiendo la recomendación militar. Y luego Carlos Ulanovksy, que había empezado a participar de otra publicación fugaz, Perdón, junto a Carlos Abrevaya y Jorge Guinzburg, también debió exiliarse, tras enterarse que fue reclamado en un allanamiento a las oficinas de Blotta.

Cascioli se había abierto de esa sociedad. “No quiso seguir porque la censura era muy grande, no porque tuviera miedo”, dirá su amigo Sanz. Zapatero a sus zapatos: volvió al mundo de la publicidad. Aunque sólo por un tiempo: “El Tano, que era un inconsciente total, empezó a elucubrar la idea de otra revista”.

Corría un avanzado 1977. Cascioli y Sanz empezaron a retomar contenidos de Chaupinela y publicar tiradas de un solo número, del tipo El mejor humor de Chaupinela o el Libro de humor negro, entre otros. En esas ediciones, la palabra “humor” ya aparecía bien grande y en letras gordas. “Recopilábamos algunas cosas que habían sido publicadas, inventábamos otras, la hacíamos entre 3 ó 4 tipos y se largaban a los kioskos por única vez”, recuerda Tomás. Se estaba formando el núcleo de Humor.

Sigue: “Como había alguna respuesta, Andrés le empezó a dar más manija y dijo: vamos a hacer una más periódica. Nadie dijo nada, yo tampoco preví el riesgo”. Para el plantel convocaron a varios del equipo de Satiricón y Chaupinela: Aquiles Fabregat, Alicia Galloti, Roberto Fontanarrosa, Crist. “Fuimos juntando material sin ninguna gran idea, ningún gran proyecto: era lo que nos gustaba y aquello en lo que habíamos trabajado tanto tiempo”. Lo hicieron con precaución: “Estábamos en la dictadura de Videla, no queríamos que nos den un golpe en la nuca al segundo número. Entonces empezó como una forma más modesta, más chistosa, con alguna referencia política, pero más vaga”.

El primer número de Humor salió a la calle el 1 de junio del 1978. Era el día de la inauguración del Mundial 78, y no desperdiciaron la ocasión: la tapa era un dibujo de Cascioli que mezclaba a César Luis Menotti, entrenador de la selección, con el ministro de Economía, José alfredo Martínez de Hoz, y unas orejas de burro.

Sanz calcula que la primera tirada fue de 30 mil ejemplares. “Nos fue bien, tuvimos una devolución baja”. Y lo más importante: “Pasamos medio desapercibidos para los milicos”.

Para los lectores, no: “Ya con los primeros números, que eran mensuales, empezaron a llegar cartas que decían: volvieron. Entonces dijimos: bueno, puede ser. Al sexto número ya empezó a salir quincenal. Y siempre con un toque cada vez más audaz”.

Alicia Galloti inició una saga de notas feministas; Aquiles Fabregat comenzó una cruzada contra los seudocientíficos; se sumó al staff permanente Alejandro Dolina con sus Crónicas de El Ángel Gris, las tapas de Cascioli y en ocasiones, de Izquierdo Brown. Luego llegarían Gloria Guerrero, Hugo Paredero y Mona Moncalvillo con sus legendarias y largas entrevistas.

Las tapas fueron cada vez más alusivas a los militares, y en el contenido ya empezaba a haber investigaciones periodísticas. “El primer gran revuelo fue por una tapa con los reyes de España, de visita en Argentina, y López Rega apareciendo debajo del vestido de la reina”, recuerda Sanz. Esa edición fue secuestrada en la playa de distribución, en diciembre de 1978. “Pero lo que nos dejó tranquilos fue la respuesta de la gente”.

Otra de las lecciones de esta historia: los que protegieron a Humor, siempre, fueron sus lectores.

Sanz: “Sabíamos que la revista estaba en los despachos del ministro de Interior, que la estaban vigilando”. En diciembre de 1979, Cascioli dibujó a Videla debajo del agua, con una banda que decía “industria argentina” y rodeado por pirañas que llevaban otros carteles: Made in Japan, Made in Taiwan. Sanz: “Fue una prueba de fuego: ver hasta dónde llegamos”.

Esa tapafue presentada, días antes, con una estrategia. “Nos animamos a sacar una aviso en Clarín con la foto de nosotros tres (Cascioli, Sanz y Aquiles Fabregat). Y nos mandamos una humorada de cómo había sido la charla de redacción planeado esa tapa, en joda. Era un dialogo que decía:¿A vos qué te parece? ¿Les gustará? ¿Y si no les gusta?”, recuerda Sanz, y se ríe. “Era un jugueteo”.

Periodismo y dictadura

En una entrevista antes de su muerte, Cascioli dio su versión sobre cómo lograron sortear los tiempos más terribles: al principio la revista pasó desapercibida y cuando se quisieron dar cuenta, Humor ya era demasiado conocida. Sanz: “Si, pasó un poco eso, pero además había un elemento: Humor empezó a tener efecto en el exterior, sobre todo por muchos exiliados. La gente la mandaba de acá a Europa; en Francia se comentaba la revista entre intelectuales, artistas. Y creo que les costó entrarnos, por eso. Había pasado el Mundial, que para ellos había sido un éxito, con la campaña Los argentinos somos derechos y humanos, entonces por ahí clausurar una revista ya no les venía bien. En Europa esas cosas no se comprenden”.

Humor ya había trascendido la historia doméstica: en 1982 Cascioli recibió el premio a la mejor revista satírica del mundo, en Italia. “Después pasamos los cien mil ejemplares: era una revista muy consolidada”.

La revista se volvió cada vez más política. Se sumaron Enrique Vázquez y Jorge Sábato. “Sabíamos que había bronca con la revista, pero por otro lado tenías otros mensajes: había algunos tipos a los que no les disgustaba aparecer en la tapa caricaturizados. Se cargaban entre ellos. Una vez lo hicimos a Minguito y uno de los militares creyó que era él”, dice Sanz.

Después vino Malvinas, “que empezó a ser el derrumbe de la dictadura”. Pese a ello, en enero de 1983, el número 97  intentó ser secuestrado antes que saliera: “A eso de las seis de la tarde la revista salía de la playa de distribución. Ahí cayeron los milicos con orden de secuestrar la revista. Ya tenían información sobre el contenido: había unas notas muy duras de derechos humanos y secuestros”, relata.

Algunos de esos ejemplares llegaron a los kioskos gracias a las gestiones del mítico líder del centro de distribución, El Cholo Peco, pero la mayoría de las 100 mil revistass fueron decomisadas. En la tapa, el general Cristino Nicolaides se estaba cayendo de una patineta, con el símbolo de la justicia detrás suyo. El título rezaba: A la justicia no le dan Corte. Cuál fue el argumento censor: “Los tipos dijeron que no se podía ni suponer que un general de la Nación no pudiera manejar une elemento infantil tan simple como una patineta”.

Este argumento desopilante fue repetido durante el juicio que siguió a esta censura. Finalmente la justicia ordenó al Poder Ejecutivo que la revista siguiera saliendo. Y Humor estalló: llegó a su pico de 350 mil ejemplares quincenales.

“Pero el juicio siguió”, recuerda Sanz, para cerrar la anécdota. “Y el día que se leían los fundamentos de lo que había sido el decreto, repitieron: ‘No se podía suponer que un general no pudiera usar una patineta’. En ese momento el juez salió de la audiencia. Nos quedamos nosotros con los abogados del Estado, todos en silencio: un momento incómodo, pelotudo, grotesco. Mucho tiempo después nos absolvieron y cuando terminó la dictadura, ese juez se encontró con Andrés y le confesó que en aquel momento había salido de la audiencia porque tuvo miedo de no aguantar la risa”.

La caída

Si el boom fue con la dictadura y, de algún modo, gracias a la dictadura, a Humor se le complicó con la llegada de la democracia. El gobierno de Raúl Alfonsín produjo un conflicto de intereses con el espíritu satírico de Humor. “Charlamos con Andrés: ¿qué hacemos ahora en democracia? El fuerte nuestro había sido tirarnos contra la dictadura. Ahí convinimos que la revista tenía que seguir siendo satírica, pero había un temor: los militares estaban muy presentes todavía. Si jodemos mucho con Alfonsín… ¿Cómo hacemos para apoyar el proceso de estabilización, pero sin parecer oficialistas? Este tipo de revista, si sos muy oficialista, no funciona”, dice Sanz.

Sigue: “Además, cada sector de la sociedad que leía la revista se fue decantando hacia su propio partido político. Los de izquierda nunca pensaron que nosotros éramos lo suficientemente de izquierda. Los radicales esperaban de la revista diera más de apoyo. Y para los peronistas siempre fuimos medio gorilas”.

Nunca más Humor volvería a vender 350 mil ejemplares quincenales, pero durante los noventa, con la democracia ya instalada, tuvo un repunte de la mano de Carlos Menem. Pese a que era muy votado, era un personaje como para caerle. Y fue lo que hicimos. Aunque llegó un momento en que nos repetíamos mucho”. Menem con la Ferrari, Menem con Yuyito González, Menem con… “Al final caíamos en eso. Llegó un momento que parecía que no teníamos otro tema”.

Otra contra: “Menem ya era él mismo una caricatura; no era cargar un militar y bajarlo de su solemnidad y su crueldad… eso moviliza a la gente. Pero cargar a alguien que ya era una caricatura era más difícil. Y llega un  momento que por ahí aburrís. Era como pegarle a una pared”.

Humor volvió a caer en ventas. “No encontramos una manera de sostenerla mejor, de convertirla en otra cosa”.  Comenzaron los problemas financieros, de atraso en el pago de cargas sociales e impuestos, de juicios por calumnias e injurias. Sanz: “En la redacción jodíamos con que si uno venía de traje, era porque había estado en Tribunales a la mañana”. La editorial La Urraca pasó a tener un abogado civil, uno penal y otro tributario, con sus respectivos costos. “Eran cosas que te jorobaban porque estabas siempre pendiente de un hilo: citaciones, abogados. Y uno lo que quería hacer era una revista”.

Uno de los juicios le tocó al propio Sanz, que figuraba entonces como director de Humor, precisamente para alternar la responsabilidad editorial y que las demandas no cayeran siempre sobre Cascioli. Fue por una denuncia de Eduardo Menem, entonces senador, hermano del ex presidente argentino, a raíz de una nota que reprodujo información del semanario uruguayo Brecha sobre movimientos financieros del senador en ese país. “Publicamos la fuente, el facsímil del cheque y que el senador lo había desmentido: nos hizo juicio igual”, recuerda Sanz. La Corte Suprema les falló en contra: “Eran muy favorables a Menem”, recuerda.

La debacle

La estrategia de acorralar con juicios a las editoriales había comenzado en la dictadura. Según escribió Cascioli: “El gobierno militar no permanecía inmutable, ya que utilizaba una fórmula de amedrentamiento muy eficaz: los juicios por calumnias e injurias (…) Como editor responsable de Humor debí enfrentar más de treinta juicios de este tenor”.

La historia de la concentración del mercado gráfico también comenzó con los militares: ni hace falta desarrollar lo que representó para las revistas independientes la apropiación de Papel Prensa.

Durante el menemismo, el acoso de juicios contra La Urraca se aceitó y tuvo nuevos rostros como los de Bernardo Neustadt, Marcelo Tinelli y la propia AFIP, entre otros.

En paralelo, cada número de Humor comenzó a vender menos, arrastrando a las demás publicaciones de La Urraca. Uno tras otro sus títulos fueron desapareciendo. Y llegaron los primeros juicios laborales. Para 1998, sólo quedó Humor – con una tirada de 25 mil ejemplares y vendiendo 16 mil, una cifra buena en estos tiempos, pero insuficiente para el momento- Sex Humor y Buscando, una colección de libros infantiles. La mala perfomance editorial obligó a Cascioli a sucumbir a la voracidad de la concentración: se asoció con La Nación para editar semanalmente La Nación de los chicos y Rolling Stone, de la cual estuvo a cargo los primeros números. Para cumplir con estos emprendimientos, Cascioli fundó otra editorial: Buena Letra S.A.

Ese trabajo tercerizado fue, según definió Cascioli, un “intento de subsistir” en un mercado gráfico brutalmente concentrado. A la caída de Humor, se sumaba la situación crítica de La Maga y la reestructuración de la Editorial Atlántida. todas víctimas muy diferentes de una misma batalla: la década de los pulpos.

Clarín y La Nación obtuvieron Papel Prensa de los militares. Y luego, de Carlos Menem, la derogación del inciso E del artículo 45 de la Ley de Radiodifusión aprobada en dictadura, que impedía adquirir una licencia de radio o televisión al dueño de un diario. Así, en septiembre de 1989, Clarín compró el total de Canal 13, luego Radio Mitre, la agencia de noticias DyN y a partir de 1992 logró acceder al negocio de televisión por cable: se hizo de Multicanal, entre otras compras.

En ese período Clarín no sólo se mantuvo en el negocio de los medios: en 1992 ya había facturado 320 millones de dólares a través de 30 empresas, en el sector salud, en negocios inmobiliarios y financieros.

Para poder hacerse de todos estos negocios, Clarín había tomado deuda y aceptado a un banco norteamericano como socio minoritario. Finalizando la década, el proceso de acumulación dio como resultado un holding endeudado en alrededor 1.000 millones de dólares. Y con socios como el banco Goldman Sachs, con el 18% del Grupo, que veía la forma de cobrarse su deuda aumentando su participación en el conglomerado. Una vez más, el Estado lo salvó con dos medidas a medida:

El presidente Eduardo Duhalde emitió un decreto de pesificación de las deudas contraídas en moneda extranjera.

Se modificó la Ley de Concursos y Quiebras, eliminando la posibilidad de que un acreedor extranjero se apropiara de la compañía. La reforma fue bautizada Ley Clarín.

El contrapunto más brutal, sin embargo, es el tratamiento fiscal que el Estado deparó para algunas, en detrimento de todas. Cascioli tuvo que enfrentar un juicio contra AFIP por presuntas irregularidades en el pago de cargas sociales, una deuda que contrajeron todas las empresas periodísticas durante los 90. La diferencia, otra vez: Clarín y La Nación lograron sacárselas de encima en el año 2001, cuando Domingo Cavallo impuso el IVA –hasta entonces exento- a las publicaciones gráficas, pero les permitió a estos grupos descontarla de las cargas patronales, que nunca habían pagado. Lograron así vaciar dos cajas del Estado a la vez y con un solo decreto: la fiscal y la previsional.

La Urraca no hubiera fundido de haber gozado de todos estos privilegios. En cambio, debió someterse a una serie de juicios de los cuales, incluso, Cascioli salió sobreseído al demostrarse su buena fe para afrontar las deudas.

En la causa iniciada por AFIP, Cascioli hace su descargo: “A partir del 96, La Urraca entra en una grave crisis económica y financiera, y debe optar entre el pago de los salarios o el pago de cargas previsionales. La decisión fue seguir pagando salarios para poder continuar el proyecto”. La empresa entró en 1997 en concurso preventivo, y declaró la cesación de pagos en noviembre de ese año.

El perito fiscal de la causa, Alfredo Popritkin, explica que las retenciones adeudadas sólo fueron formales, contables. Es decir, Cascioli nunca se quedó con el dinero. Simplemente, no lo tenía. Al revisar los informes contables surge que las ventas de la empresa La Urraca se redujeron un 50% comparadas con el 95 y 96, “lo cual produjo despido del personal con las correspondientes indemnizaciones, lo cual provocó la cesación de pagos”.

Finalmente, el juez consideró: “La conducta de Ediciones de la Urraca que optó por asignar recursos de que disponía a cubrir rubros que consideró esenciales para continuar con sus actividades encuadra en estado de ‘necesidad disculpante’, según la cual no es exigible al sujeto que actúe de modo heroico”.

Consultado por MU, el perito contable Alfredo Popritkin resume lo que vio luego de revisar cada papel de La Urraca. “El cuadro económico financiero mostraba una situación de crisis y así se lo hice saber al magistrado. El juez tuvo en cuenta mis conclusiones y dispuso el sobreseimiento del titular de la sociedad”.

¿Fue una crisis provacada?

La respuesta implica preguntarse cuál hubiera sido el destino de La Urraca si la pauta oficial o el tratamiento fiscal fuera un derecho y no un privilegio corporativo.

Lo cierto es que el plan de pagos que propuso Cascioli para saldar su deuda nunca fue aceptado por AFIP. “Teníamos el acuerdo de todos los proveedores y un edificio que costaba más de 1 millón de dólares”, recuerda Nora Bonis, la viuda de Andrés y secretaria al momento de la crisis. “Pero nos castigaron: no nos aceptaron nada”.

Fernando De La Rúa asumió su presidencia el 10 de diciembre de 1999.

Al día siguiente, la editorial se decretó en quiebra.

El resultado es brutal: en el edificio de la emblemática redacción de Humor y El Periodista hoy funciona la Defensoría del Pueblo de la Ciudad.

Justicia zombie

Esta historia no terminó. Saltando de la empresa quebrada a los bienes personales del editor y de éste a su sucesión, un abogado tucumano acaba de ganarle un juicio a la familia Cascioli por supuestos “daños y perjuicios” ocasionados por una carta de lectores publicada en Humor en noviembre de 1987.

El enunciado es tan absurdo que hay que ir por partes:

Humor dejó de publicarse en 1999.

Sin embargo, los problemas judiciales continuaron, incluso tras la muerte de Cascioli, ocurrida el 24 de junio de 2009.

El abogado tucumano Gustavo Terán Molina siguió la demanda en la sucesión. Esto es, a los bienes que había dejado Cascioli.

“Esta causa es como un zombie: un muerto que se levanta”, define Malena, la hija de Cascioli, quien ni siquiera había nacido cuando se inició la demanda. “Este hombre pide resarcimiento por unas acusaciones que se hacían en una carta de lectores”, completa Nora, su madre. En dicha carta se hablaba del desalojo de pobladores de una comunidad originaria, El Nogalito, por parte del abogado Molina, lo cual tendría asidero en una causa penal de la cual el hombre fue sobreseído en 1992 por haber prescripto la acción penal. Los delitos, según el diario tucumano La Gaceta: defraudación, robo, abuso de armas, amenazas y violación de domicilio.

La primera instancia fue favorable para la editorial La Urraca, ya que tuvo en cuenta que Terán Molina ejerció su derecho a réplica en el propio correo de lectores de Humor.

Sin embargo, hubo un detalle que resultó crucial para la apelación: “Cuando al abogado de la editorial le piden el original de la carta publicada, explica que no lo tiene porque, por una cuestión de volumen de archivo, sólo se guardaban hasta pasados los dos años”, explica la viuda de Cascioli. La ausencia de la carta fue clave en el fallo firmado el martes 13 de octubre por la Sala B de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil, representada por los jueces Ramos Feijóo, Parrilli y Mizrahi,  quienes revierten  el fallo de primera instancia y condenan a la revista por haber actuado de “manera negligente”. Fija una indemnización y asigna las costas del juicio a la familia Cascioli.

Los argumentos de la condena son, básicamente, dos:

La editorial no guardó la carta.

Las personas que la firman “no se demuestra que existen”. Ergo, del contenido debe hacerse cargo la editorial

Sin embargo, basta con una búsqueda en Internet para encontrar y contactar a uno de los firmantes de aquella carta. Esta persona se limitó a decir a MU que la firmó “porque en ese momento seguía al Chango Farías Gómez” en “cuestiones indigenistas”. Su temor: que el juicio recaiga sobre ella. Algo que no puede suceder dado el tiempo que pasó.

¿Cómo puede comprenderse semanjante proceso penal? “La lectura hay que hacerla en el marco de la causa, que es una barbaridad procesal”, sintetizan los abogados de la familia Cascioli.

Pero esa barbaridad no afectará sólo a la familia Cascioli, sino que fijará jurisprudencia que afectará a todos los editores y como siempre y hasta hoy, a los independientes más.

La pregunta entonces es la misma que atraviesa toda esta historia: ¿será justicia?

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