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6 tips para evitar el desastre

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Walter Pengue, ingeniero agrónomo y único científico argentino que integra el Panel Internacional de los Recursos de la ONU, es titular de la cátedra de Economía Ecológica de la UNGS y miembro del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente de la UBA. De esta entrevista con MU surgen las propuestas para pensar los problemas del territorio y las ciudades desde el punto de vista ambiental y social. Los Escudos Verdes y la agroecología para superar la degradación de un modelo económico insustentable. Por Sergio Ciancaglini.


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“Estamos en lo que se conoce como una economía marrón, un modelo de producción que crece a costa de explotar y agotar los recursos naturales sin reconocer las externalidades: los costos sociales y ambientales que eso implica.
El planeta no aguanta más, hay una fuerte presión sobre bienes naturales de base como la tierra, el agua, la biodiversidad, los recursos energéticos. Es la expansión humana, no por crecimiento poblacional, sino por hábitos de consumo principalmente de países occidentales y de otros como China, tan devastadores o más que el capitalismo de Europa o los Estados Unidos.
Si consideramos todo el panorama, vemos que es un modelo totalmente inviable y la perspectiva que se tiene a mediano plazo es la de acumulación de costos presentes con impactos ambientales, sociales, y hasta para el propio sistema económico actual, que resulta insostenible. Un gigante con pies de barro.
El escenario de los próximos 40 años con esta tendencia muestra agotamiento de los suelos, del agua, una brutal pérdida de la biodiversidad y una sociedad que demanda energía que ya no tiene ni necesita. La economía marrón es también una economía podrida: los países industriales están consumiendo 40 veces más energía per cápita de la que precisan para vivir. Es una sociedad energívora.
Lo primero entonces es cambiar el enfoque. Y eso no lo van a hacer los políticos que piensan las cosas electoralmente, a cuatro años a lo sumo. Necesitamos pensar a 30 años, por lo menos”.
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“Hay indicadores que están reventando. Por ejemplo, la absoluta pérdida de biodiversidad. La tasa masiva de desaparición de especies emula la ocurrida en la época de los dinosaurios. Es un reflejo de la capacidad del ser humano de destruir recursos naturales, biodiversidad, y a sí mismo.
La situación también es crítica con respecto a los cambios en el uso del suelo: la expansión de lo urbano sobre lo rural y de ambos sobre lo natural. Se redujo además la capacidad de resiliencia del planeta, de absorber un impacto y volver a la situación anterior. Podés tirar un litro de agua contaminada al mar y el mar lo va a absorber rápidamente. Pero si son millones y millones de toneladas, esa capacidad se va anulando.
Por eso hay que pensar una transformación en la matriz de consumo, porque la catástrofe está a la vuelta de la esquina, pero a la vez es una oportunidad. Si seguimos pensando en términos de ‘crecimiento’, en cambiar de auto y de celular a cada momento, y en tener aire acondicionado en lugar de aire en nuestra cabeza, no hay solución. Los indicadores muestran una advertencia para que la civilización actual haga todo de otro modo. Hay que destruir el consumismo como modo cultural y de vida, y cambiar de hábitos. Pero hace falta un pensamiento que esté por encima del sistema económico. La economía no nos va a salvar. Lo que nos puede salvar es el humanismo”.
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“Hay quienes consideran que el capital natural puede ser canjeado, reemplazado por lo que es el capital hecho por los humanos. Es la sustentabilidad débil: el capital natural puede ser un chancho y el capital que pueden obtener los humanos es un chorizo. Pero lo que no se puede hacer –sin invertir una enorme cantidad de energía y conocimiento- es convertir un chorizo en un chancho. En la economía los números siempre cierran. Pero en la ecología jamás cierran, porque siempre hay pérdida de energía y materiales.
En el mundo 1.300 millones de toneladas anuales de alimentos van a parar a la basura, generando un costo perdido de casi 750.000 millones de dólares: un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano se desperdicia.
En las ciudades argentinas se tiran y ni siquiera se aprovechan para reciclado más del 50% de las frutas y hortalizas, el 30 % de los cereales y el pescado y el 20 % de la carne y la leche y sus derivados. En el AMBA los desechos alimenticios llegan al 41,55% de todos los residuos sólidos. El despilfarro es global. Según la FAO se pierde el 30% de los cereales, 20 % de los productos avícolas y lácteos, 30% de los pescados y productos marinos, 45 % de las frutas y hortalizas, 20% de la carne vacuna que equivalen a 75 millones de vacas por año, y un equivalente a 1.000 millones de bolsas de papas y batatas. Todo esto demuestra la falsedad del argumento de que hay que incrementar la producción de alimentos.
En el caso argentino, además, con la agricultura extractiva, no se habla del agua que perdemos al producir cada grano, ni de la huella de nutrientes que se regalan. Fósforo, nitrógeno y potasio, son como billetes que están en nuestro suelo. Cada cosecha se lleva esos billetes en una exportación invisible cuyo valor es del 30% de lo que deja esa cosecha (no menos de 6.000 millones de dólares anuales, regalados).
El mundo está yendo a una segunda ola de urbanización. En el caso argentino la proporción de población que vive en las ciudades es de las más altas del mundo: 92%. (Nota: sólo superada por Bélgica, Japón, y por países que son ciudades, como Mónaco o Singapur). Vivimos de espaldas a la naturaleza o al campo. Por eso el sistema puede hacer tantas macanas en el territorio: se llenan las periferias urbanas, y el campo se vacía de gente”.
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“Argentina ha cementado el campo, lo pavimentamos, lo impermeabilizamos. La lluvia no se absorbe y escurre. Estamos viendo los efectos, al haber más lluvias. Eso es por el masivo uso de agroquímicos: estamos sembrando petróleo. Pero las sociedades no se suicidan. Se nota una toma de conciencia que implica un pasaje de lo individual a lo colectivo y que eso se convierta en políticas públicas y ambientales más armónicas. Muchos que se llenaban de plata con la soja hoy están literalmente con el agua al cuello y pidiendo agroecología.
La idea de un crecimiento infinito de la economía es totalmente loca e inviable. Lo que dicen los políticos es: ‘Hay que crecer para tener más trabajo’. Pero es un error de la izquierda, que quiere un supuesto derrame, y de la derecha, que apunta a la concentración. Cometen equivocaciones gravísimas y todos pagamos el pato. Pero si discutís la idea de crecimiento es piantavotos. Hoy, en realidad, lo que conviene es pensar en otra matriz productiva, o en una transición agroecológica. Pero eso no lo van a resolver los economistas, sino las acciones de las propias comunidades.
La ciencia también puede tener un rol si piensa en gente, en lugar de trabajar como furgón de cola de las corporaciones internacionales con el discurso de la innovación”.
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“La agroecología no sólo significa producir de un modo diferente, sin agroquímicos, sino que implica el manejo ecológico de los recursos naturales a través de formas de acción social colectiva, que presenta alternativas a la actual crisis de la modernidad mediante propuestas de desarrollo participativo. Incorpora a la gente, y encima le da de comer. El fundamento es lograr la seguridad y la soberanía alimentaria.
Eso enlaza con Agroecología y urbanismo en el siglo 21 un trabajo que hice que va a publicarse este año, con la propuesta de crear Escudos Verdes Productivos (EPV) en los pueblos y ciudades del país. Es la idea de producir en una escala agroecológica en la interface entre lo urbano y lo rural. Así se puede lograr es que la agricultura industrial no avance hacia las ciudades, con la contaminación que significa. Y que lo urbano no avance hacia zonas productivas. Los productores que están en lugares en los que se prohíbe fumigar podrían trabajar agroecológicamente para mercados locales, con lo que se cortan también los monopolios de distribución de alimentos.
Con los Escudos Verdes se impulsa el trabajo rural, recuperar suelos, frenar la contaminación, generar producción de alimentos baratos, sanos y accesibles. Le agregamos la mirada de lo urbano, donde los nuevos barrios de planes sociales, por ejemplo, en lugar de un jardín inútil podrían tener una huerta en 10 o 15 metros cuadrados, capaz de generarle anualmente a cada familia 200 kilos de hortalizas, por valor de unos mil dólares. Planteamos además la idea de los techos verdes que se aplica en ciudades como Chicago, y la de plazas comestibles, en la que se generen comunitariamente alimentos: un cambio absoluto de la ciudad”.
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“La propuesta de los Escudos Verdes alrededor de los pueblos y ciudades permite, además, pensar en recuperar escenarios de solidaridad, cooperatividad y salud, que hoy perdieron terreno frente al capitalismo urbano que es brutal.
Las ciudades verdes pueden tener sistemas agroecológicos como los que ya se han probado con el Prohuerta, que ha permitido la autoproducción de alimentos a casi 2.500.000 personas a través de 400.000 huertas y granjas familiares, escolares y comunitarias. La agroecología es un modelo que propone algo superador frente a la crisis energética, la degradación de la diversidad y de los suelos, la expansión urbana, los serios problemas de salud, los impactos derivados del cambio climático.
Con los Escudos Verdes, entre muchas cosas, se logra disminuir el riesgo socioambiental producido por la agricultura industrial, promover modelos de recuperación ambiental, impulsar la agricultura familiar de base agroecológica, controlar el crecimiento urbano, recuperar suelos, incluir población rural y periurbana, mejorar la calidad alimentaria y nutricional, crear mercados locales y redes de comercio justo con canales de certificación que escapen a la concentración y costos de la certificación orgánica.
Todo esto implica también otro rol del Estado. El gobierno actual quitó las retenciones al campo y la minería. Las estaban usando pésimamente en la administración anterior. Pero bien vistas y bien aplicadas, las retenciones ambientales son un derecho soberano para resarcir el daño ambiental que se está produciendo. Ahora se está regalando, lo cual genera más concentración económica, empobrecimiento ambiental y social, y economía marrón.
Creo que cada vez hay más conciencia de estos temas. En ese sentido la agroecología puede resultar revolucionaria, porque conecta a las comunidades y movimientos sociales con la ciencia, mostrando un camino a seguir que nos saque la economía podrida. No se trata del pasado, sino del futuro de la agricultura”.

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