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Aires buenos. Elís y Lisandro: niñes y arte en pandemia

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La joven compositora Elís (10 años) y el bailarín Lisandro (6) irrumpieron en una Posta Cultural Sanitaria con una canción sobre la pandemia que hizo delirar al público. Representan a las infancias que, afectadas por el encierro, responden desde el arte. Lo que dicen, lo que bailan, y cómo crear en familia. Por María del Carmen Varela.

Lxs hermanxs en acción en la vereda de Mu Trinchera Boutique, durante la 15° Posta Sanitaria Cultural. El tema “Malos aires” habla del trabajo, la tarea, las panzas, los barbijos y la conexión: el humor como forma de mirar la realidad. Foto: Martina Perosa

En la arquitectura de un mundo adultocentrista, en el que la ciencia, los gobiernos y el inclasificable sentido común ordenan #QuedateEnCasa, les niñes transforman el encierro en juego, la obligación en imaginación, el miedo en movimiento  y la incertidumbre en canción. 

En medio de la cuarentena, una niña de diez años compuso una canción que es quizá la mejor forma de describir y, a la vez, reírse de esta época. Su hermano Lisandro (6 años), la acompaña cada vez que la toca bailando a su lado, de una manera tan original como seria.

Entre ese trabajo creativo y la lucidez de la niñez se arma esta historia.

A los 8 años, a Elís Pavan le regalaron una guitarra porque se sentía atraída cada vez que veía una pero no sabía tocar. Tomó clases y a los 9, sentada en un sillón de su casa, compuso una canción a la que tituló “Sin paraguas”, en la que cuenta sobre un futuro cercano en el que va a llover, las gotas van a caer, los charcos van a aparecer, va a llover de abajo para arriba, se va a mojar y a sentir felicidad. 

Hace unos meses, en pleno aislamiento obligatorio, Elís tomó su guitarra y compuso su segundo tema: “Malos Aires”. A medida que se iban sumando días al encierro y se producían cambios de fase, agregaba letra y así esa canción rítimca, fuerte y pegadiza se fue haciendo muy larga. Como la cuarentena. 

Como no recordaba toda la letra, decidió acortarla, y así quedó:

Coronavirus llegó

a Argentina

y ahora en Buenos Aires

hay Malos Aires

Ahora se trabaja

en la cama y en el living

acostado en el sillón,

estoy panzón

Oh oh

estoy panzón

Oh oh

Tarea virtual, reuniones por zoom

Si se cae la internet no sabemos qué hacer

Si estoy sin wifi , ¿cómo voy a vivir?

Sin conexión

Oh oh

Sin conexión

Oh oh

Se abren las plazas, podemos salir

Ahora los cumples los hacemos por ahí

Me encuentro a la gente que no la vi

pero con barbijo

Oh oh

con barbijo

Oh oh 

Coronavirus llegó 

a Argentina

y ahora en Buenos Aires 

hay Malos Aires

“Malos Aires” fue estrenada oficialmente en el marco de una Posta Cultural Itinerante el primer domingo de noviembre en la puerta de MU Trinchera Boutique, convocada por Escena (Espacios Escénicos Autónomos) el  en la que también participaron actrices, actores, bailarinxs, fotógrafxs, aportando un breve hecho artístico con la calle como escenario  y lxs transeuntes como público.  Mientras Elís cantaba, su hermano Lisandro interpretaba la canción mediante movimientos espontáneos y genuinos que recorrían su cuerpo al ritmo de la melodía: un originalísimo bailarín. Les presentes estallaron en aplausos y cantaron el estribillo pegadizo junto a Elís, que manejaba los tiempos como una verdadera frontwoman. Unos días más tarde ambxs fueron invitades a participar de la Posta Sanitaria Cultural de los viernes por la tarde a cargo de la artista Susy Shock, que se vienen desarrollando desde hace casi cuatro meses en la vereda del espacio cultural de lavaca en el barrio de Congreso.  

Poesía y política

En cada show, Susy Shock viene elaborando un manifiesto en vivo sobre qué significa este reencuentro desde el arte. Entre tema y tema improvisa unas palabras que tallan un tono político y social que no se oye ni el Congreso ni en la tevé: “Hay que pensarlo todo de nuevo porque hasta acá no funcionó”, dijo en una de sus intervenciones. “Rescataremos lo que está bien, lo que dio frutos, pero hay que sembrar todo de nuevo para mejorarlo, cuidarlo de tanto incendio, de tanto malestar, de tanta injusticia y mala repartija. Y les artistas tenemos que estar ahí pensando. Gracias ciencia, gracias política burocrática, pero ustedes nos han traído hasta acá, hasta este fracaso. Dejen pensar a quienes hasta ahora no han tenido protagonismo, a les artistas, les intelectuales, les humanistas. Nosotres sabemos qué tenemos que hacer: llenarlo todo de arte, de disidencia, de belleza”. 

Fue así que, en medio de estos llamados poéticos-políticos, la familia artista de Elís y Lisandro comenzó a participar de las postas. Susy tiene data en esto de trabajar junto a niñes: editó un libro llamado Crianzas, donde elabora el personaje de tía trava que le habla a su sobrinx. Y después de oir a Elís y Lisandro abrir la posta y dejarle el escenario a ella, siguió completando el rompecabezas: “Este es un momento antipoético de la humanidad. Es la antipoesía gigante, tácita, explícita, abominable. La necesidad de poetizarnos va más allá de escribir poesía, comprar libros de poesía o vociferar palabras que rimen. Salgamos a la calle pensándonos, sintiéndonos, mostrándonos más poéticamente. Es la contundencia de no ser este mundo, mirá cómo es este mundo sin poesía. Entonces, seamos poesía”. 

Las infancias son portadoras de sabiduría. 

Y de poesía.

Familia en pandemia

A los pocos días de iniciada la cuarentena Elís y Lisandro armaron en su cuarto una especie de campamento improvisado con mantas para que sea más divertida la estadía permanente en casa. Elís: “Cuando mi mamá me dijo hay cuarentena por dos semanas me puse contenta. ¡Dos semanas sin ir  a la escuela! Ahora ya no me gusta nada, porque quiero volver a la escuela. Estoy empezando a ver a algunos amigos en la plaza, a mis amigos del barrio. Primero era por mail, después empezaron a usar todos classroom y ahí se organizo mejor, y también empezamos a hacer reuniones por Meet”. 

Elís va a una escuela pública intensificada en arte, aprende danza, música, teatro y plástica. Le gustan los libros de Harry Potter; le falta el último para completar la saga. Ahora está leyendo Robin Hood y algunas obras de teatro como Esperando a Godot. Escucha a los Beatles y hace danza aérea que por estos meses pasó a ser en piso y por zoom. Desde hace algunos años forma parte de un taller de banda del centro cultural La Minga, donde organizan funciones para cada fin de ciclo. Continúan de manera virtual y este año el nombre de la banda pasó a ser Pandemia Musical. En cuarentena aprendió a cocinar chipá y omelettes, y también dedica tiempo a jueguitos y series en la tablet. 

¿Qué no te gusta de les adultes? Elís elige responde en positivo: “Me gusta cuando sonríen”. 

Su hermanito Lisandro, “Lichu”, acaba de cumplir seis años y el año próximo arranca primer grado. Durante la cuarentena aprendió a leer y su debut fue con el libro de historietas Mayor y menor, del ilustrador Chanti. Es un niño tímido con extrañxs pero cuando baila lo hace sin inhibiciones. Sabe bailar capoeira, escucha a Queen, Michael Jackson y la caminata lunar le sale a la perfección. 

¿Cómo fue –y en gran medida sigue siendo– atravesar esta pandemia en familia? 

Cuenta Inés Armas, mamá de Elís y Lichu: “La convivencia tiene sus momentos, intensos e interesantes. Poder estar acompañando las tareas virtuales de cerca, viendo cuáles son los contenidos que los maestros van trabajando y verlos a ellos cómo los resuelven, para mí fue muy interesante. Y el absurdo también de algunas circunstancias de la pandemia, estar encerrados y que a veces no se podía ni siquiera salir a la calle, después se podía ir a la plaza, pero estaban cerradas o había que esperar el horario. Tanto protocolo para todo va generando también incertidumbre en ellos, empiezan a preguntar cosas que una no puede explicar. Es una etapa desafiante. Fueron meses muy diferentes”. Agrega Fagner Pavan, padre de les niñes y compañero de Inés: “Es algo que nunca había sucedido, el hecho de estar casi ocho meses todos los días juntos, es algo sin precedentes para una familia, los cuatro encerrados. Fue un trabajo de equilibrar las energías, los ritmos, las vibraciones. Es todo un aprendizaje muy importante”. 

Cambiar de modo

Inés y Fagner viven en el barrio porteño de Boedo y son trabajadorxs de la cultura. Inés es bailarina, coreógrafa y docente en el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín y en la Universidad Nacional de Arte. Coordina –junto con Fagner y la bailarina, coreógrafa y docente Victoria Viberti– Galpón F.A.C.E., un espacio cultural que combina danza, teatro, performance e investigación. 

Las clases de Inés de técnica de danza contemporánea pasaron a ser virtuales: “He aprendido a cambiar de modo, a que los chicos estén bailando en sus casas y yo dándoles las instrucciones. Al principio fue angustiante y después encontré la manera y me fui adaptando, intentando llegar con mi material, aprendí a usar otras herramientas, compartir videos, material teórico, ellos también me mandaban videos. Fuimos descubriendo juntos una nueva manera de trabajar. A veces pasaban madres, padres, hermanos por detrás de la pantalla y el chico seguía bailando concentrado. Te metés en la intimidad de las personas. Al taller de danza del San Martín viene gente de todo el país, cada uno con sus  historias y sus maneras de encarar la pandemia”. 

Inés conoció a Fagner –oriundo de San Pablo– durante unas vacaciones en Isla Grande, una de las más paradisíacas de Brasil, que pertenece al estado de Río de Janeiro. Durante cuatro años estuvieron haciendo obras allá y acá, fundaron una compañía y cuando estaba por nacer Elís llegó el momento de decidir si se establecían en Argentina o en Brasil. 

Fagner es actor, director, está a cargo de la curaduría y gestión edilicia de Galpón F.A.C.E. y sostiene junto con Inés y Victoria una etapa de formación de dos años en danza y teatro. 

Cuando llegó la pandemia, también sobrevino la angustia. El Galpón es un espacio cultural que alquilan con mucho esfuerzo y en estos meses pudieron cumplir con la mitad del pago de la renta. La alternativa fue recurrir a subsidios que ayudaran a paliar el sostén económico del espacio y de la familia. “Ocho meses en que te volvés un burócrata que llena papeles para sobrevivir. Y el arte quedó en suspenso”, se lamenta Fagner. “Hay distintas situaciones en los espacios culturales. Este año nosotros comenzamos a formar parte de Escena (Espacios Escénicos Autónomos) y también del Frente de Emergencia de la Danza, dos espacios que nos contuvieron, orientaron, acompañaron y nos dieron fuerza y esperanza”, cuenta Inés, que suma que también este año armaron la agrupación de espacios de Parque Patricios Trama Sur junto a las salas Planta, C.C. Victor Jara y C.C. Gran Sur. 

También forman parte de la compañía Colectivo de Dominio Público (CDP), grupo interdisciplinario que reúne a periodistxs de tecnología, performers, dramaturgxs, bailarinxs y coreógrafxs. La propuesta es poner en discusión las  tensiones devenidas de la era digital a través de intervenciones artísticas y performáticas en colaboración con otros proyectos dedicados al arte, al periodismo y a la tecnología. 

En este contexto desarrollaron “Sinfonía Big Data”, una puesta performática de siete instalaciones que generan una dramaturgia. Elís participó como actriz de esta experiencia que se estrenó en 2019 en el Festival de Pensamiento Contemporáneo en Rosario e hicieron ocho funciones en Fundación Cazadores, en el barrio de Chacarita. El CDP busca generar instancias que lleven a reflexionar sobre “la tensión entre libertad y control existente en nuestro contexto socio-cultural, una sociedad del espectáculo, del consumo y de la tecno-vigilancia”. En la era de la supremacía del algoritmo, urge contrarrestar con la potencia del material sensible.

Bailarle al virus

Inés y Fagner tuvieron que acomodarse a una realidad que imponía contactarse con pares y alumnxs mediante pantallas. “Lo bueno es que pudimos armar nuevos grupos a nivel federal”, reconoce Fagner y aporta Inés: “Es una dimensión que se abre”. Ambxs concluyen: “Sin embargo, queda claro que lo virtual no es nuestro hogar. Acompaña, pero no es nuestra casa”. Juntos organizaron un ciclo de seis encuentros virtuales desde el Galpón que se llamó “Componer – Realidad-Compostar” en el que participó, entre otrxs espositorxs Carlos Briganti, el Reciclador Urbano, para pensar colectivamente sobre nuevas prácticas artísticas y políticas que colaboren en este contexto de emergencia y funcionó además otro taller sobre Huerta Urbana, para seguir plantando otras ideas de cara al futuro.

Lisandro se calza sus guantes negros, se coloca una galera rosada en la cabeza y la guía de sus movimientos está susurrada  por las notas musicales de la guitarra y la entonación de Elís. Su madre explica: “Que Lisandro me diga que quiere ser bailarín es algo muy natural porque es lo que ve todo el tiempo. Después hay que ver cuando crezca. El arte es una perspectiva de conocer el mundo: se va filtrando en la educación, en cada gesto, en todo lo que hacemos. Todos los chicos tienen esa mirada activada desde que nacen, a veces nos olvidamos de eso. Estamos en esta ciudad, en este mundo, en la exigencia y entramos en la vorágine; por suerte los tenemos a ellos para recordarnos. Se ponen a bailar, a actuar, a disfrazars… Pasa con todos los chicos, ya lo traen con ellos” Fagner completa: “Después empiezan los protocolos que imponemos los adultos”. 

Para toda la familia, el protocolo de cuidado fue el compartir ideas para combatir el aburrimiento, el cuidado del gatito Romeo, inventar juegos y bailar al son de canciones propias o ajenas, prácticas habituales para les Pavan que se volvieron cura durante los meses de encierro.

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Un lugar en el mundo. Alpa Corral, Córdoba, después de los incendios

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En un pueblo serrano, reserva de bosque nativo, conviven las lógicas, estrategias y responsabilidades que grafican qué enciende y quién apaga los fuegos. Las particularidades y las sospechas. La organización y el rebrote. Lo que se pierde y lo que se revela cuando las llamas rodean.

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Tulliworld: abusos y percepciones

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Por Nancy Aruzza

“El discapacitado se abusa” es una afirmación que suelo hacer. A partir del momento en que empecé a formar parte ostensiblemente de la legión tullida, empecé a observar con detenimiento el comportamiento de otres tullides. Antes, sospecho que les ignoraba como buena bípeda normal que era.

La persona tullida suele estar convencida de que nadie ha sufrido tanto como ella; entonces, con esa convicción, se maneja con cierta impunidad en algunas situaciones. Claramente, el entorno  familiar, primero, y el social después aceptan con indulgencia el abuso pensando, en muchas ocasiones, “qué le voy a decir si mirá cómo está…”

Ejemplo clásico: si estoy en una fila aguardando a ser atendida habrá siempre alguien que intentará obligarme a pasar primero. Ante mi negativa, generalmente se dirá con vehemencia: “¡Pero es tu derecho!”. Y yo responderé: “Es mi derecho pero no es mi obligación”, con una sonrisa forzada.

Por supuesto ha habido quienes me han querido ceder el lugar con sincera amabilidad y han aceptado tranquilamente mi agradecimiento y mi negativa.

Pero siempre está el representante del ejército de la buena conciencia (en mi experiencia, siempre varones cis de más de 40 años) que no conciben la posibilidad de que me rehúse.

El factor sorpresa también actúa, claro. Quizá la mayor parte de les tullides aceptan con gusto suprimir la espera aunque tengan la misma posibilidad que el resto de aguardar pacientemente. Y ahí es cuando se activa eso de “estoy tullide y sólo por eso merezco pleistesía” por un lado y el ya mentado “qué le voy a decir si mirá cómo está…”, por el otro.

Ambas actitudes me colman de hartazgo. Ciertas estrategias de manipulación no son sólo propias de les tullides, claro, pero cada quien haga su lista como tarea.

Atravesar situaciones complejas, incluso dolorosas y traumáticas, no necesariamente nos convierten en humanes maravilloses, mejores que aquelles que no han atravesado lo mismo.

Intentar sacar ventaja jugando con la lastimosa percepción que puede existir sobre nosotres sólo logrará que esa percepción se perpetúe.

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