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Valentina Brishantina, artista y perfomer: darlo todo

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Acaba de publicar su libro Algún día tendremos dinero, después de una seguidilla de acciones que la tuvieron vestida de chancha (para la tapa de MU) y con los colores del orgullo frente a la Casa Rosada. Escribe, conduce, canta, diseña y más. Preguntas y sueños de una joven inquieta que crea comunicación en tiempos de aislamiento, sin moldes y con mucho color. Por María del Carmen Varela.

Fotos: Martina Perosa

Un sombrero enorme, pollera, top y cartera multicolor, como la bandera de la diversidad. El vestuario hecho a mano con goma eva, a la medida de su cuerpo. La ansiedad minutos antes de salir a escena; a último momento, la urgencia de sostener la pollera con un broche para que no se caiga. Valentina Brishantina desprende una energía arrolladora, contagiosa. Sonríe e ilumina. Y como lo demuestra también su original atuendo, a sus 25 años, sabe de la construcción de sí misma con  gracia y perseverancia, intuye dónde dar pequeñas puntadas para reparar lo dañado y bordar con hilos de oro su mejor versión. “La vida es hoy y hay que darlo todo”, afirma entusiasta y no suena a slogan aprendido sino vivido. En un viernes de Posta Sanitaria Cultural con la artista Susy Shock en MU Trinchera Boutique, Valentina se para en la vereda a leer un texto que escribió la noche anterior: “¿Es la fiesta una lucha? Por supuesto. ¿Es el orgullo una bandera? Por supuesto. ¿Es la celebración un estilo de vida? Por supuesto”. Y transcurridas sus efusivas palabras, concluye “Hay una cosita que sabíamos antes de la pandemia y que sigue vigente: hay un protocolo para todo, menos para nuestras existencias”.

Valentina fue tapa de la revista MU de agosto (Chanchos&chanchullos), esta vez con otro vestuario compuesto por la habilidad de sus dedos y su talento para transformar y optimizar lo que está a mano. Un disfraz de chancha rosa de largas pestañas negras, como instrumento de protesta por el acuerdo con China que implica la instalación de granjas industriales de cerdos en nuestro país. Así, participó de la primera marcha contra esta decisión gubernamental, con la certeza de que la combinación de arte y activismo se potencian y la belleza también puede encender la chispa de la rebelión.

Dinero, redes y poesía

Actriz, poeta, cantante, performer, artivista y más, Valentina Brishantina acaba de publicar el libro Algún día tendremos dinero y lo presentó en la sala-vidriera de la casa de la Ccooperativa lavaca. En esta ocasión,  con vestuario de sirena, como una divinidad marina de cabellos azules rodeada de burbujas que se desvanecían en el aire, leyó poemas del libro –en cuya tapa su foto remite a la imagen de la película Belleza americana, pero su cuerpo desnudo no está rodeado de rosas rojas sino de dólares–  y cantó temas en inglés para un público sentado en sillas distantes entre sí sobre la vereda de Riobamba 143.  

A finales de 2018 y tras un momento de crisis producida por  un robo en el ámbito laboral, cuenta, la tristeza y desilusión de haber perdido un refugio donde se sentía segura, la llevaron a la práctica catártica de la escritura. Se quedaba de madrugada tipeando,  acompañada de café y mares de lágrimas hasta que salía el sol. Tomó noción del material y comenzó a publicarlo en sus redes, pero esa condición efímera no la satisfacía y apareció el anhelo de que se convirtiera en un objeto, un elemento tangible que pudieran encontrar los arqueólogos del futuro. Le escribió a su amigo escritor y editor Pablo Balcazar y le dijo: “Creo que escribí un libro. Ayudame a hacerlo”.  Así fue como la editorial Apuntes para la Desobediencia se encargó de concretar la flamante meta de Valentina. Trabajó con amigues. El diseño de tapa fue de Segundo Palladino y la foto de Nacho Miyashiro. 

A la pregunta de ¿qué querés ser cuando seas grande? la niña Valentina respondía: escritora. Con el tiempo se fue perfilando ese sueño infantil: “Una vez fui a un evento, vi gente leyendo y dije: quiero hacer esto. Estuve escribiendo y leyendo en ciclos de poesía”. 

Si algo le quedó claro a Valentina en esta etapa pandémica es que “una no es nada sin el otre” y cuenta que en el libro hay una oda a las amigas, un texto que se llama “Mi hada madrina”, que dice: “Me quedé un rato largo ahí. En cada aquelarre de las nuestras, nunca faltaron intensas inquietudes, angustias, risas. Nos dimos cuenta en cada congreso que juntarnos para compartir nuestras vivencias, con la más intencionada transparencia, en la belleza y la fealdad de los asuntos, en la alegría y en la desgracia, nos hacía sentir mejor. Éramos todas muy fanáticas del corazón abierto, de usar la mismísima mesa de la merienda, la cena y el conjuro, la tirada de cartas, para hacer lo del bisturí, jugar a que éramos las cirujanas de la búsqueda de entender qué era todo eso que estaba pasando”. Y termina: “Guardé mi varita, que siempre estuvo ahí pero se me perdió de vista entre tanto drama, no sin antes darme cuenta que algo hace tiempo volvió a materializarse en mi pecho, que estaba sonriendo, que andaba hace tiempo escuchando latidos y carcajadas, y me propuse estar con las mías siempre”.

Balcazar alumbra una descripción de Valentina en el prólogo del libro: “Valentina si quisiera podría ser una cheta, linda, flaca y progre que finge normalidad con el cartelito de se va a caer mientras consume la rareza como algo externo, exótico y fuera de sí. Pero Valentina jamás finge y todas las que habitan dentro suyo nos miran a los ojos sin ninguna careta y nos abofetean si es necesario”.

A brillar mi amor

Hija de un diplomático y una abogada, empezó la Licenciatura en Actuación en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) con gran expectativa. Con el tiempo se dio cuenta de que la carrera que había emprendido no estaba a la altura de su deseo y se refugió en la noche. Comenzó a trabajar bailando con bandas como Sudor Marika y en diferentes fiestas. En sus fantasías infantiles, había deseado ser “una estrella de Holywood, una estrella pop”. Una compañera del colegio la trató con crueldad y el bulllyng hizo que ese año lo pasara muy mal. No quiso exponer su sufrimiento y no se le contó a nadie. “Lo único que me salvó fue el taller de teatro musical que había en la escuela  y dije: Quiero hacer esto el resto de mi vida, esto me está haciendo feliz, me está salvando, lo voy a hacer para siempre”. La señorita Suárez Salvia empezaba a gestar a Brishantina.

Conduce “La  hora del té” en la pantalla de @enelaire.tv, vive un poco en la casa con su mamá, hermano, hermana y gato y otro poco en casa de su novia. Se dedicó más al cuerpo en movimiento cuando declaró a la noche como su tiempo y espacio de trabajo y la palabra escrita fue una necesidad cuando sobrevino el choque de la fantasía con una realidad agria. “Algo que destaco de mi personalidad pisciana es que realmente me dejo llevar por las cosas”, dice. “Tal vez ahora estoy más adulta o entendiendo un par de cosas más sobre mí. Las crisis ayudan a comprenderse ¿Por qué estoy tan triste? Y te das cuenta quién no querés ser, con quiénes no te querés juntar, qué querés hacer, qué querés que te represente. Diría que ahora soy una artista que se encontró en el medio de una pandemia y quiere descubrir nuevos lugares y ojalá no vuelva a los viejos lugares. Pero si llegáramos a tener algún reencuentro, como los de la vida pre-pandemia, con mucho más poder y comprensión de que la vida es hoy y hay que darlo todo”. 

En la Marcha del Orgullo de 2015, Valentina deslumbró. Su cuerpo desnudo cubierto con brillantina atrajo todas las miradas y se convirtió en foco de atención para lxs fotógrafxs. También para la policía y hubo escándalo. A partir de ese momento decidió que no quería que esas fotos se difundieran como las de “la hija de” y formalizó el auto-bautismo: “Necesité tener un apellido nuevo, mío, que me permita hacer lo que quiero siempre, sin ninguna consecuencia. Y solo tenía sentido ese nombre que era Valentina Brishantina”. Re-inventarse es su tarea habitual y cíclica. Renacer de las cenizas de la angustia y reverdecer a su modo, con el método Brishantina. “Siento que no me queda otra. Esto es lo que me hace feliz, lo que me sale bien. Es por descarte, hay otras cosas que intento, pero no me dan alegría. Yo hago lo que quiero y lo que quiero es esto”.

La vida es movimiento, y Valentina vive en una danza constante. 

“Vengo de la crisis: ahora estoy en algún lado y me iré a otro”, dice esta rubia-cascabelito que seduce con su canto de sirena indomable, impacta con su ramillete de palabras nacidas de las entrañas y nos recuerda la cualidad explosiva y transmutadora del arte que  también vive y respira en la calle. 

Y si la calle es áspera y gris, siempre habrá Brishantina.

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Un lugar en el mundo. Alpa Corral, Córdoba, después de los incendios

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En un pueblo serrano, reserva de bosque nativo, conviven las lógicas, estrategias y responsabilidades que grafican qué enciende y quién apaga los fuegos. Las particularidades y las sospechas. La organización y el rebrote. Lo que se pierde y lo que se revela cuando las llamas rodean.

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Chubut contra la megaminería: la rebelión del NO

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La situación de Chubut empeora minuto a minuto con la decisión del gobierno provincial y la presión nacional por aprobar la minería a cielo abierto pese al rechaza y la falta de licencia social. Es uno de los conflictos sociales más impactantes de la época. Ante una nueva avanzada de la minería en una provincia rica pero fundida por la clase política, las comunidades se movilizan planteando que no hay licencia social para las falsas soluciones que promueven las corporaciones, el gobierno provincial y el nacional. Todos los ”Sí” de Chubut: democracia genuina, agua, trabajo digno, naturaleza, bienes comunes, salud, defensa de la vida y de otros modos de producción.

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Tulliworld: abusos y percepciones

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Por Nancy Aruzza

“El discapacitado se abusa” es una afirmación que suelo hacer. A partir del momento en que empecé a formar parte ostensiblemente de la legión tullida, empecé a observar con detenimiento el comportamiento de otres tullides. Antes, sospecho que les ignoraba como buena bípeda normal que era.

La persona tullida suele estar convencida de que nadie ha sufrido tanto como ella; entonces, con esa convicción, se maneja con cierta impunidad en algunas situaciones. Claramente, el entorno  familiar, primero, y el social después aceptan con indulgencia el abuso pensando, en muchas ocasiones, “qué le voy a decir si mirá cómo está…”

Ejemplo clásico: si estoy en una fila aguardando a ser atendida habrá siempre alguien que intentará obligarme a pasar primero. Ante mi negativa, generalmente se dirá con vehemencia: “¡Pero es tu derecho!”. Y yo responderé: “Es mi derecho pero no es mi obligación”, con una sonrisa forzada.

Por supuesto ha habido quienes me han querido ceder el lugar con sincera amabilidad y han aceptado tranquilamente mi agradecimiento y mi negativa.

Pero siempre está el representante del ejército de la buena conciencia (en mi experiencia, siempre varones cis de más de 40 años) que no conciben la posibilidad de que me rehúse.

El factor sorpresa también actúa, claro. Quizá la mayor parte de les tullides aceptan con gusto suprimir la espera aunque tengan la misma posibilidad que el resto de aguardar pacientemente. Y ahí es cuando se activa eso de “estoy tullide y sólo por eso merezco pleistesía” por un lado y el ya mentado “qué le voy a decir si mirá cómo está…”, por el otro.

Ambas actitudes me colman de hartazgo. Ciertas estrategias de manipulación no son sólo propias de les tullides, claro, pero cada quien haga su lista como tarea.

Atravesar situaciones complejas, incluso dolorosas y traumáticas, no necesariamente nos convierten en humanes maravilloses, mejores que aquelles que no han atravesado lo mismo.

Intentar sacar ventaja jugando con la lastimosa percepción que puede existir sobre nosotres sólo logrará que esa percepción se perpetúe.

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La última Mu: Clima de cambio

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