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La mecha. El documental «Algo se enciende»

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Una joven directora, egresada del colegio adonde iba Anahí Benítez, registró la organización de la comunidad alrededor del femicidio. El resultado es una película que conmueve desde la voz de pibas y pibes que, pese al horror, construyen ritual y lucha colectiva. Por Anabella Arrascaeta.

Foto: Lina Etchesuri

«Cuando egresé de esta escuela tuve la enorme sensación de que el mundo sería mucho más hostil allá afuera. Este siempre fue un refugio, una segunda casa, y mi mejor manera de enfrentarme a la adultez siempre fue creer que las cosas pueden y deben ser cambiadas. Somos protagonistas de esta historia y si no hubiese aprendido eso en los pasillos de esta escuela, no hubiera hecho esta película. Siento que un día la tristeza del mundo se nos coló y nos arrebató por detrás, y de alguna manera esta es la historia de lo que hicimos con tanta tristeza”. 

La voz se escucha en off. Mientras, en las imágenes se ven jóvenes de guardapolvo blanco; están en la escuela, riendo, juntes. Detrás, las paredes del Normal Antonio Mentruyt (ENAM), en Banfield, partido de Lomas de Zamora, funcionan como pancartas de una generación. Se lee: “Nunca más”, “Libres”,  “Nunca yuta”, “Basta de represión”, “Anahí siempre presente”. 

Vemos esas paredes habitadas con guitarras, pelos de colores, pañuelos verdes y naranjas, bizcochitos. Y las vemos también solas, sin nadie que las recorra. 

Estamos en la primera película de Luciana Gentinetta, Algo se enciende, y lo que se escucha ahora es otra voz que reproduce un mensaje de audio: “Hola chicos, ¿cómo están? Si alguno sabe dónde está Ana porfa me manda un mensaje. Porque acaba de caer la madre diciendo que Ana no vuelve desde el mediodía y está preocupada”. 

Generación Anahí

Anahí Benítez tenía 16 cuando desapareció el 29 de julio de 2017. Fue encontrada asesinada una semana después en la reserva de Santa Catalina, Lomas de Zamora. 

Fue durante esos siete días que la comunidad educativa del ENAM hizo lo posible, y lo imposible también, para encontrarla. El motor de esa comunidad fueron les compañeres de Anahí, que en ese momento tenían 16 o 17 años. 

“Hay una pulsión de vida que tienen muy fuerte: es la tensión de ser jóvenes y haberse enfrentado a la muerte tan de cerca y con tanto horror”, dice a MU Luciana Gentinetta, directora de la película, para explicar por qué eligió que toda la historia esté contada exclusivamente en la voz de elles. “La película es un recorte de ellas y ellos como protagonistas esenciales y centrales. Y porque también siento que habla de un contexto, de algo que nos toca atravesar a los jóvenes en esta época. Tal vez las amigas de Úrsula estén pasando algo parecido de lo que pasaron los compañeros de Anahí. Se trata de reforzar ese enmarcado en una época y en una generación”. Un joven lo resume así ante las cámaras: “Éramos pibes de 16, 17 años, yendo a marchas, levantando un cartel por una compañera que ya no estaba. Tuvimos que hacernos adultos de un día para el otro”.

Luciana es fotógrafa, estudiante de comunicación social, y ex alumna del ENAM, la escuela a la que acudía Anahí. Cuando Anahí desapareció, hacía dos años que ella había egresado; participó de esa semana de búsqueda y de las múltiples marchas y acciones pidiendo justicia que vinieron después. Registró cada uno de esos momentos, y de ese material de archivo surgió el germen que encendió la mecha documental. 

“El proceso de la película se enmarca en un proceso súper colectivo de la comunidad educativa”, relata. Es que a los seis meses del femicidio de Anahí sus compañeres decidieron que en lugar de seguir haciendo marchas iban a empezar a hacer conmemoraciones artísticas. Para retomar el propio legado de Anahí como artista, la mejor decisión -dijeron- era que su arte no tenía que morir. Fue en ese momento cuando Luciana ofreció el material que tenía para hacer un corto: “Me parecía súper admirable esa vuelta de tuerca que los chicos estaban dando en el reclamo. Yo veía que lo necesitaban”. 

En la película se los escucha hablar también de esa necesidad. “Cualquier obra de arte, cualquier demostración de amor te ayudaba a sanar”, resume una compañera. 

Luciana juntó el material de archivo y se lo mostró a dos amigos, Mauro y Yago, también egresados de la escuela y estudiantes de cine. Ellos la impulsaron a escribir el guion. Y algo se encendió.

Otro relato

El segundo recorte que decidió hacer Luciana fue contar la historia desde la acción de la comunidad y no desde el femicidio. “No quería meterme en la causa judicial, tampoco hacer algo de estilo informativo. Me parecía necesario construir otro relato, sobre todo un relato que todo el tiempo, e insistentemente, le escapara a la revictimizacion, a quedarse en el morbo que muchas veces vemos en la tele y en los diarios. Quería estar lo más opuesto posible a eso. Acá hay acción frente a algo terrible: en la comunidad salieron a moverse, a hacer algo inmediatamente. Y eso era lo más zarpado de retratar: lo que había hecho la escuela cuando esto pasó”. 

La tercera decisión de la directora fue analizar el rol de los medios de comunicación. ¿Por qué? una posible respuesta la da uno de los amigos de Anahí frente a cámara: “Tuvo mucha visibilidad, pero muchas de las noticias eran cualquier cosa. Incoherencias totales. La tele a veces confunde”. 

“Como directora me parecía importante abordarlo, los medios señalaron a estos pibes con acusaciones infundadas, con mucho hostigamiento, ahora los quería señalar a ellos”, dice Luciana, mientras recuerda la marcha la mañana siguiente de que apareciera el cuerpo de Anahí. Toda la comunidad educativa marchó hasta Plaza Congreso en una columna que estaba encabezada por dos banderas: una decía “Justicia por Anahí”, la otra “Basta de violencia”. Relata la directora: “Estaba adentro del cordón de la columna de la comunidad. Recuerdo muy bien lo zarpado que fue entrar a Avenida de Mayo y que los periodistas y cámaras se abalanzaran como si fuesen buitres. Los padres y egresados tuvieron que hacer un cordón para contener a esa gente que se estaba tirando encima de los amigos que estaban quebrados. Era un duelo a cielo abierto, pero en los medios no había ningún tacto con esa situación”. 

Hacia el final de la película la pantalla se llena de producciones artísticas originales de estudiantes de la escuela. Se ven performance, se escucha un poema, y también música, hay fotos, dibujos y pinturas. Después se los ve a los compañeres de Anahí egresar. Y más voces: “Acá hice amigos”, “acá conocí a Ana”, “acá aprendí que hay que pelear”, “acá aprendí que la comunidad existe”, dicen. 

La película fue estrenada en el marco del BAFICI en el Cine Gaumont, donde la comunidad educativa la pudo ver; tuvo además una función online y una en el Museo de Arte Español Enrique Larreta. “La premier fue muy emocionante con la comunidad. Y en el Museo hubo gente de otra generación -dice Luciana-. Hay algo que nos atraviesa a todas las generaciones y tal vez sea esta necesidad de memoria activa. Pero a esa memoria es necesaria ejercitarla”.

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