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Las poderosas de la Villa 31

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Diariamente, mujeres de la Villa 31 de Retiro se juntan para tejer y vender las prendas de lana que hacen por encargo. Aseguran que no se trata sólo de agujas, sino de hilvanar vínculos y crear formas colectivas de trabajar.

Las poderosas de la Villa 31

Desde hace seis años la Asociación Civil Barrial Educativa, asentada en la Villa 31 de Retiro, lleva adelante varios talleres, entre ellos, el de tejido. Funcionan en un galpón a medio construir, y que en el momento de visitarlas no tenía luz. Sin embargo, estaban ahí, charlando, tomando mate y tejiendo con una destreza que, a la vez, les permitía ponerle nombre a esta nota. Las tejedoras dijeron, entre risas, que ellas eran “las poderosas de la 31” ¿Y cómo no creerles cuando se las ve reír y crear coloridos tejidos en medio de literales tinieblas?
Un poco de historia
En la villa actualmente viven más de 25 mil personas. Las zonas más consolidadas cuentan con servicios básicos de agua, electricidad, cloacas, y equipamientos comunitarios construidos con el propio esfuerzo de los vecinos. Las construcciones más altas alcanzan los cuatro pisos y se pagan alquileres de hasta 600 pesos por una casa con dos dormitorios, cocina, baño y patio. Eso sí: sin gas. El tendido no llega hasta este borde de la ciudad.
El asentamiento comenzó a crecer a partir de los obreros portuarios desocupados que dejó una de tantas crisis en el país, en este caso la de 1929. En la década del 40 se instalaron inmigrantes europeos y las familias de los trabajadores que fueron contratados para ampliar el ferrocarril. Veinte años mas tarde “La 31” contaba con seis barrios internos representados por sus correspondientes delegados y abastecía de múltiples oficios y, en particular, mano de obra para el sector de construcciones.
El golpe militar interrumpe este crecimiento tanto en número de habitantes como en organización. A mediados de los 70 las casi 60 mil personas conocieron otra parte del plan feroz de la dictadura: la erradicación compulsiva.
La llegada de la democracia, con sus sucesivos gobiernos, no hizo otra cosa que acentuar en el barrio las consecuencias de un proceso económico cuyo mayor éxito fue la producción de pobres a gran escala. Consecuentemente, la Villa 31 comenzó a albergar miles de historias de hombres y mujeres que se vieron obligados a abandonar el interior del país o las naciones limítrofes para llegar a Buenos Aires y buscar trabajo.
María Guaravia, es la dueña de una de estas historias. Hace dieciséis años que abandonó La Paz con su familia. En la capital de Bolivia, María era tejedora. Vendía sus producciones por cantidad. Tenía muchos clientes. “Dejaba en consignación las prendas y me pagaban cuando se vendían, pero como por suerte la cadena funcionaban bien, podía vivir e invertir en comprar la lana”, cuenta. La cadena se cortó abruptamente cuando un comerciante argentino que le compraba siempre, se llevó un montón de mercadería y desapareció. Entonces, María y su familia dejaron su casa para perseguir al comerciante que se convirtió en fantasma. Pasaron por Córdoba y, finalmente, se instalaron en Buenos Aires. Y empezaron todo de nuevo. Pero diferente: se descubrieron pensando y poniendo en práctica una manera colectiva de trabajar. Así son las cosas en la Villa 31: si algo aprendieron sus habitantes de su propia historia es a tejer en comunidad.
Así fue como para María el taller de tejido se convirtió, en poco tiempo, en algo más que una manera noble de ganarse el sustento. “Si un día no puedo venir me desespero –dice–. Es que ya formamos un grupo y nos vemos todos los días para trabajar, menos los miércoles que nos juntamos para hacer actividad física”. María explica cómo es la dinámica del taller: “Las que sabemos tejer les enseñamos a las que no saben y todas aprendemos”. El circuito que armaron funciona así: los interesados en adquirir un tejido artesanal se contactan con la coordinadora y las tejedoras ponen el precio de la mano de obra.
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Las tejedoras hablan poco, en voz baja o todas juntas a la vez: no hay término medio. Así que hay que sobreponerse al bullicio para seguirles el hilo. El grupo cuenta, mitad en broma, mitad en serio, que tiene el proyecto de instalar la marca “By Villa 31” para desembarcar con sus prendas en las boutiques de Avenida Santa Fe. La parte de broma es la de la marca, pero la seria es una realidad: les encargaron hacer cientos de caballitos de lana para adosar a carteras de cuero que se van a vender, a precio turista, en los negocios de Recoleta. Ellas, aclaran, creen en otra etiqueta. En una que no aparente lujo y logre reunir el trabajo de todas las iniciativas que crecen ahí en la 31 de Retiro, donde no hay pavimento, y la humedad del ambiente enferma los pulmones de los chicos y los viejos. Ellas, aclaran, son apenas un grupo más de los tantos que ahí se inventan la vida.
Es difícil seguirles las manos y las preocupaciones, porque en una vuelta de agujas ya están tejiendo otra cosa: estrategias para seducir a Evo Morales cuando visite Buenos Aires. Y no pueden dejar de reírse. Es que ellas saben que la alegría también las hace poderosas.

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