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Devorados: Soledad Barruti, a diez años de Malcomidos

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Una “intrusa” en el mundo de la industria alimenticia, estudió mejor que nadie qué había detrás de la comida y por qué no alimenta. A diez años de aquella investigación su mirada es aun más descarnada y redirige la esperanza hacia las comunidades indígenas. La (mala) noticia: el colapso mundial ya llegó, solo queda ver cómo colapsar mejor. Datos e ideas para no comernos la galletita. 

Devorados: Soledad Barruti, a diez años de Malcomidos
Sole Barruti. Foto: Lina Etchesuri

Soledad Barruti le imprimió dos hijos al mundo, Benjamín y Dominica, y parió hasta ahora dos libros: Malcomidos. Cómo la industria alimentaria argentina nos está matando, y Mala leche. El supermercado como emboscada. Malcomidos está cumpliendo diez años de edad, fresco y vigente porque la industria alimentaria ha corregido y aumentado su capacidad de mal nutrir y enfermar. Más allá del aniversario, ella sigue con Comer, Pensar, Amar, presentaciones públicas junto a su pareja, el filósofo Darío Sztajnszrajber. Está haciendo un nuevo libro sobre una tribu amazónica, y abrió un sitio web propio en el que no solo están sus trabajos, agenda y movidas sino también un sector especial llamado Borradores, otro modo de entrarle en primera persona y en términos cotidianos, al tema que impregna todo lo que hace: los dilemas, problemas, derrumbes y descomposiciones de estos extraños tiempos, pero también las maravillas y las posibilidades a las que conviene no cerrarse. El sitio se llama Una casa sin paredes, arquitectura que remite al mundo entero.  

Como todos los años, Soledad participó en el Diplomado en Periodismo y Comunicación Ambiental Andrés Carrasco, de lavaca. Aquí, un extracto de su intervención, frente a una época tan llena de paredes, malcomidos y mala leche, pensando en un colapso que ya da por comenzado, y frente al cual sugiere un aprendizaje posible: cómo colapsar mejor. 

El colapso del sentido

Estamos ante un colapso de sentido. Nos escindimos formalmente del resto de la Tierra, pero además espiritualmente. Eso marca un quiebre en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos ser. Pero vemos que todo está colapsado. Los vínculos, las calles, los trabajos, los cuerpos, los territorios. No es un colapso por venir: ya llegó. Las temperaturas del mundo, por ejemplo, ya están en un registro que no tiene vuelta atrás. Es también un colapso emocional. La Organización Mundial de la Salud dice que la depresión crece tanto que en 2050 será la enfermedad más extendida del mundo. Si es que hay mundo. Y si hay mundo, vamos a estar todos deprimidos. Es atroz.

Entonces lo que hoy tenemos que aprender es a colapsar mejor, con una reconstrucción y reconexión interna colectiva, más amorosa, que nos permita entender que esto no funciona. 

El colapso se ve venir desde el Imperio Romano. Pero a veces nos creemos que estamos descubriendo la pólvora. Acá estaba la revista Expreso Imaginario pero nadie les daba la razón por hippies. Si vas para atrás, Rudolf Steiner (austríaco, creador de la antroposofía y la agricultura biodinámica entre otras cosas) hace cien años ya planteaba que nos estábamos adentrando en un colapso productivista del ser humano, entregando a nuestros hijos a un sistema industrial que va a destrozarlo todo, alejados de la naturaleza: se le podrán hacer críticas, pero la vio venir. 

Y principalmente hay una cantidad enorme de pueblos que sostienen desde hace miles de años otras maneras de vivir, distintas a la nuestras. Nos miran y dicen: están locos, están destruyéndolo todo.

Ayer tuve un panorama paseando con mi abuela. Personas que no dan más, personas rotas, violentas. Un conductor de aplicaciones me contaba que trabaja 16 horas por día y más los fines de semana, de lunes a lunes, y se estaba durmiendo. Llevé a mi abuela a un bar, un hombre quería vender repasadores y no lo dejaban entrar. Tenía lágrimas en los ojos y dijo mirándonos: “¿Y a mí cuándo me va a tocar?”. Una madre sacaba a la hija, de unos siete años, de un colegio privado y la llevaba a la rastra. Le retorcía la muñeca y la apuraba. La nena le dijo: “Me duele”. La mujer le contestó: “Jodete”. Es un acumulado de violencia y de anestesia colectiva. 

La adicción de las marcas  

Desde que salió Malcomidos hay un salto, se habla cada vez más de estos temas, de comer más saludable. Casi nadie hablaba tampoco de agrotóxicos, pero ahora esto ha ido permeando en la conversación pública, incluso en los medios que defienden los intereses de la industria. Publican también de qué modo las marcas provocan adicción adrede con su comida industrial. Hoy hay camadas de nutricionistas con otra visión, por ejemplo Rocío Hernández, que publicó un libro con una frase de Malcomidos: “Comemos lo que somos”, al revés de lo que se decía antes. Hace unos años un montón de nutricionistas salieron a denunciarme por “intrusismo”, por hablar de temas de los que ellas se sentían dueñas. Hoy es al revés, con nutricionistas más jóvenes, que plantean otra mirada totalmente distinta.  

Hoy tenemos además una ley de alimentación saludable, a la que le falta bastante. Pero es todo un cambio ver octágonos en los comestibles, saber que ese debate existió y se tuvieron que hacer eco de un reclamo de la sociedad.

La confusión 

Las corporaciones buscaron siempre dirigir la información a través de expertos que dijeran cosas tranquilizadoras para la gente. Y buscando abogados que defendieran sus intereses. Consolidaron una estrategia increíble y muy eficaz para que no se sepa o no se entienda lo que en realidad hacen. Y para que la norma sea la confusión colectiva. Que la gente crea que está protegida. Esto lo ha hecho no solo la industria de comestibles, sino también la de agrotóxicos, la del petróleo. Tomaron ese modelo que está totalmente desplegado en el mundo y que nos entrampa porque obviamente hay mucha gente, y gobiernos, que creen que hay una especie de buen empresariado. Buenas industrias que hacen cosas copadas. Y no es cierto: no hay. Lo que hay es un sistema en el que las industrias van a querer ganar lo máximo en el menor tiempo posible, a nuestro costo. 

Y entonces aparece una industria orgánica, carísima. Lo ves aquí y en otros países: una industria orgánica que plantea una forma de adoptar el mercado y los mismos vicios, formas de presentarse y de expandirse incluso en los supermercados. Vos decís: bueno, no usan venenos, pero, ¿están representando algo mejor? Yo creo que eso no es la agroecología, que es una alternativa todavía a una escala muy humana de un encuentro con productos sanos, accesibles, y un encuentro vincular también con quienes producen tu comida. Pero en el mezclado socio cultural que vivimos, se da esa confusión. Porque la agroecología plantea un cambio desde el núcleo del sistema económico. Pensar desde el cooperativismo, desde compartir semillas, tecnología, todo con lo que se cuenta. Y también pensar en otras formas de distribución y de consumo. Que se prioricen las compras estacionales, lo que se produce más cerca, que se conozca a quienes producen y su historia. El otro día me llegó la sal de Jujuy, y estuvo buenísimo volver a saber, a vincularme con la sal, y con ese territorio tan en conflicto, porque alrededor de esa sal hay una resistencia enorme de comunidades que están siendo y viviendo de una manera hermosa, y que de repente ahora se ven completamente atravesados por la codicia alrededor del litio. Entonces al comer agroecológicamente, comés también acompañado por esas historias. El sistema trata de tomarlo, entonces vas a Estados Unidos, comprás unos huevos y ponen la foto de la señora Fulana con su gallina Amanda en Wisconsin. Pero creo que en nuestro país todavía estamos un poco a salvo de esos engaños. 

Por derecha y por izquierda

Por otro lado te hablan de la necesidad de dólares, de exportaciones. Me parece que hay que pensar en algo más radical, una nueva epistemología. No se puede seguir sosteniendo la idea del desarrollo, la idea del progreso. No se puede seguir sosteniendo que este sistema va a ir hacia un lugar mejor, cuando todos los mapas de la pobreza coinciden exactamente con los mapas de los agronegocios. Este es un país completamente entregado a la explotación de todo. Hasta tenés a los que hace un tiempo eran los jóvenes por el clima que ahora son jóvenes por el cargo, defendiendo a la industria del litio y al petróleo. Son pibes que se compraban la remera de Greta Thunberg, armaron un discurso de una juventud que se supone que piensa algo distinto, y lo único que hicieron fue subrayar este modelo. 

El modelo viene así, por izquierda y por derecha: bien empaquetadito para que pensemos que sigue siendo una promesa hacia una salida posible. La realidad muestra otra cosa, y es que hay un límite muy concreto, innegable, que tiene que ver con los límites físicos del planeta. Y otro límite es la cantidad de comunidades que tienen que llevarse puestas para aplicar el modelo. Lo que pasa en Jujuy es el modelo. El estallido allí fue una expresión por un lado fantástica, de coraje y de claridad. Y por otro lado, fue sumamente dolorosa por lo que está en juego: los territorios en pos de una idea de desarrollo exportador que no es más que una entrega de lo último, rascando del fondo de la olla.

Otras formas de lo humano

Es increíble que el tema de Jujuy no esté en la conversación, en la agenda. Para mí cada vez más hay que dejar de asumir que la conversación es la que se da en los grandes medios, en el debate supuestamente masivo. Tenemos que empezar a asumir la construcción y el acompañamiento de estas otras formas de vivir y hacer las cosas que no son nuevas. Son formas y son acciones de defensa de la vida en común, que vienen desde hace muchísimo tiempo. Pero desde esta forma de ser y de vivir se les da la espalda sistemáticamente. Los pueblos indígenas están planteando estilos de vida con los que este sistema no puede convivir, pero a la vez son los que tienen la solución a problemas que nosotros recién estamos empezando a plantear. 

Me parece que tendríamos que ir hacia ese tipo de saber, hacia esa forma de resistencia de los pueblos indígenas, de una alegría colectiva que plantea una forma de vivir que ya existe, y que solamente hay que defender. No es que hay que fundar otra cosa. Hay que romper sí este sistema que tenemos, pero para que puedan emerger esas otras formas de lo humano que existen por todos lados. Por ejemplo en Jujuy. Allí hay comunidades en toda la provincia que existen y viven de una manera completamente adecuada al entorno, al contexto en el que están. 

El legado de esas comunidades no es de pasado, sino que es contemporáneo al nuestro. Se sostiene, se transforma y se modifica, en una relación copada con el mundo. Existen también nuevas comunidades y formas de organización que buscan un poco emular, acercarse a eso. Existen los pueblos indígenas y los pueblos campesinos, pescadores y tantos más que están entre nosotros. Lo que pasa es que nuestra forma de ser, estar, producir, pensar, se caracteriza por la negación de las otras formas que existen. Nuestro modo de vivir, de ser, producir y pensarnos es hegemónico. Liquida a los demás, los subestima, reprime, violenta, masacra. Los desaparece. 

A la vez, somos una sociedad arruinada, hay un aprendizaje colectivo que tenemos que hacer. Mandamos a nuestros hijos a la escuela a que repitan pelotudeces que les enseñan para perpetuar este sistema. Hay que ver lo que son las clases de Biología, una especie de división absoluta de la vida para resaltar una naturaleza inerte de la que somos dueños, de la que obtenemos recursos, en la que hoy lo correcto es decir que hay que ser sustentables. Es una forma de entender el tiempo, lo útil, de entender la vida como un todo. La infancia está vista como un lugar de paso para tener una adultez productiva en la que las personas más exitosas son las que salen a comerse mejor el mundo. Eso es lo que repite el sistema educativo. No hay ninguna idea disruptiva que busque sacar lo mejor de las personas para la emergencia de una nueva humanidad. 

Sociedad y civilización

Lo que tiene que transformarse no es la sociedad, es la civilización. Yo no quiero que a mi hija le enseñen nada de lo que enseñan hoy. Porque lo que se enseña es para un mundo que ya se murió, y que no queremos dar por muerto. Quiero que a mi hija le enseñen mucho más, de una manera más profunda, que es lo que tienen los pueblos indígenas con respecto a los nuestros. Espero estar lográndolo. Salir de esta deformidad, de las adaptaciones violentas hacia una forma de comernos al mundo. Los otros pueblos nos ven así. Devoradores de mundos, personas que comemos montañas, ríos, bosques, otros animales. Cosificando al mundo para hacer el mundo-cosa del que todos vivimos. Esa forma de ser humanos es la que se perpetúa como sistema educativo.

Y así como nos devoramos al mundo, somos personas que estamos siendo devoradas. No comemos, nos comen. No pensamos, nos piensan. No amamos: construyen nuestro deseo. Mientras nos comemos el mundo, nos están comiendo a nosotros. Pero hay que asumir que somos apenas una forma de vivir, y que contemporáneamente hay muchas otras formas de vivir del ser humano. Pensamos que nuestra forma de ser es la única. La que está colapsándolo todo es nuestra civilización, no el ser humano. Por eso decía que tenemos que volver a vincularnos con la tierra porque estamos completamente escindidos de la vida en general. Eso para mí es increíble: pero hay otras formas de relacionarse con el tiempo, con la comida, con el cuerpo, con los vínculos. Con la belleza y con el sentido.

Lo que pasa es que estamos atravesados por capas y capas de dominación, de alienación, de adoctrinamiento, donde pensamos que acá hay un mundo que tiene sentido y que está bueno. Yo realmente creo cada vez menos en que la civilización tiene algo que ofrecer para que vivamos bien. La Organización Mundial de la Salud plantea que la depresión va a ser la enfermedad más extendida en el mundo en 2050. Más que las cardiovasculares. Eso, si es que hay mundo en 2050. Pero si hay, vamos a estar todos deprimidos. Esa es la civilización. 

Cómo colapsar mejor 

Creo que hay que abrirle la puerta primero a este dolor colectivo, a un duelo colectivo de un sistema que ya no funciona. Enfrentar primero la realidad. Por ejemplo, no podemos no usar celular, o vivimos pegados a la computadora. Todo eso hay que hablarlo porque es parte de nosotros, de lo que nos constituye. ¿Vamos a poder pensar nuevas formas de vida, de hábitos? Estamos atravesados cada vez más por el dolor colectivo, el dolor de época. Me parece que hay que poder animarnos a mirar todas sus expresiones, porque si mirás bien estamos en un mundo donde todo sufre y donde todo está siendo violentado al mismo tiempo. Nosotros también. Entonces hay algo de conectar con la precariedad, la fragilidad, que tenemos que atravesar. Y ver qué otras formas de encuentro, de reencuentro y de reconocimiento pueden surgir. Para mí hay una especie de gratitud muy grande hacia el reencuentro con esas otras voces que hoy escucho y que no existían hace diez años. Hoy en día leo, escucho, tomo clases más con indígenas que con personas de nuestra civilización. Es lo que más me interesa para pensar en cómo abrir espacios de disrupción hacia un objetivo: no pensar desde el mismo lugar, no sentir desde el mismo lugar. 

Y también vivimos en un mundo completamente vivo, creativo, inteligente, que nos debería volver a orientar hacia algo mejor. El reencuentro con ese mundo es algo espiritual. No hay que temerle a la búsqueda espiritual. Somos personas muy intelectualizadas, y cuanto más estemos así, más nos creemos parte de una especie de gobierno de la razón. Pero nuestra razón nos ha llevado a esta forma tan irracional o tan poco razonable de devorarnos el mundo. Entonces es un paso volver a tener un reencuentro más espiritual con lo sagrado de la vida, de lo que existe como un todo. Y reconocer ese planeta vivo, inteligente, creativo. Hay un libro maravilloso, Islas del abandono, de Cal Flyn que muestra cómo la naturaleza en distintos lugares de la tierra que fueron de sacrificio para las pruebas nucleares o para la explotación petrolera, apenas la humanidad se retira, emerge otra forma de vida con una pujanza enorme. La vida surgiendo. Creo que no sabemos cómo leer eso. Cómo confiar en los ciclos, en la manera de activar para que el daño no continúe. Activar en contra de que las petroleras sigan avanzando hacia el mar, sabiendo que el mar está completamente vivo. 

A veces miro a mi hija y pienso que vamos a tener que aprender cómo ir a buscar agua, cómo prender un fuego, de qué manera construir una casa. Porque creo que podemos llegar a encontrarnos con situaciones así de límite. Pero incluso en ese caso, necesitamos un abordaje que deje ingresar lo deslumbrante, lo maravilloso y lo inesperado de la vida una y otra vez. Para eso también hay que estar preparados, porque mientras nos cerramos teóricamente a que eso exista como posibilidad, también nos impedimos de verlo. Y en ese caso nos vamos a perder de la satisfacción de la lucha compartida, de los abrazos y los vínculos entre las personas y entre las personas y los territorios, para entender que allí están vivas todas las posibilidades. 

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