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La hija de la lágrima

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Sara Hebe. Estudió abogacía y teatro, pero dejó todo porque encontró en el hip hop la síntesis perfecta entre el derecho y la actuación. Reparte volantes de McDonalds para llegar a fin de mes, mientras su cabeza planea manifiestos en rima.

La hija de la lágrimaNorman Briski acaba de decir a su clase que la sonoridad del rap es igual a la del rezo. En medio del grupo de aprendices de teatro hay una petisa de ojos claros y gigantes que respira hondo y junta valor. Sabe que el maestro exige subirse a la silla para contestar. No es tarea fácil, pero ahí tenemos a la pequeña en las alturas, retrucando: “A mí me encanta el rap”. El profesor canta vale cuatro y la desafía a improvisar. La chica todavía no rapea. Vuelve a sentarse y se va al mazo. “¿Será que ahí empezó mi carrera?”, se pregunta hoy Sara Hebe a los 25 años, a tres de haber empezado a rapear y ya recibida de maestra de la rima en la escuela de la calle.
Como tantos adolescentes del interior, Sara terminó el secundario en Trelew, su ciudad natal, y se vino a Buenos Aires. Quería ser abogada como dos de sus tías. En la primera clase de economía del cbc no entendió nada y se aburrió muchísimo. Encima, para abaratar costos, compartía el departamento con una amiga y la convivencia no funcionaba. Encontró una pensión de monjas que cobraba baratas las piezas. Al poco tiempo la citaron a la oficina de administración porque la veían “panzona” y temían que estuviera embarazada. Sara todavía no rapeaba, pero enfrentó el interrogatorio con una sarta de puteadas bien combinadas y pegó el portazo en la nariz de las superioras. Se fue a vivir a Córdoba. Todavía creía que podía estudiar Derecho, hasta que le tocó cursar una materia llamada Obligaciones que era poco compatible con las noches de fiesta que se desataban con sus nuevos amigos. Sara llenaba cuadernos con frases que se le ocurrían y cosas que le escuchaba decir a la gente. Todavía no rapeaba. Mientras tanto, alimentaba su alma integrando el grupo de teatro Los Solitarios. Ahora quería ser actriz y para triunfar tenía que volver a Buenos Aires. Apenas pisó nuevamente la Capital preguntó quién era el mejor profesor y en un margen del cuaderno anotó la respuesta: “Norman Briski”.
 
Entre el teatro y el Derecho
Su primera composición fue una versión rap del Himno a las fábricas recuperadas. La canción cerraba el último acto de Maquinando, una obra sobre la Cooperativa Gráfica Patricios del grupo Los Olifantes, dirigida por Briski. A Sara la versión original del tema le parecía muy melódica y alejada de la fuerza necesaria para mantener un espacio de trabajo sin patrones. A sus compañeros les encantó, pero la versión nunca se incorporó a la obra.
“De repente me di cuenta de que entre el Derecho y el teatro estaba el rap, como una síntesis perfecta”, define. Su madre y su abuela siempre escribieron poesía y ella, como corresponde, odiaba el género. Sin embargo, a través del hip hop empezó a trabajar con las palabras. Tenía una catarata de cosas para decir.
Reconoce que la calle es su principal fuente de inspiración y no entiende cómo la gente puede andar con auriculares todo el día, perdiéndose la cantidad de sonidos y frases que andan sueltas. De hecho, su principal momento creativo es cuando trabaja repartiendo volantes para McDonalds, en Florida y Lavalle. Un par de veces por semana se calza el traje rojo con la eme amarilla y entrega publicidades de hamburguesas de dudosa carne, mientras repite lo mismo durante horas: hola y gracias. “La primera vez que lo hice me puse a llorar –admite–. Ahora lo disfruto porque mi cabeza está componiendo. Es casi como si no estuviese ahí. Además, si no trabajás no podés hablar de nada”. El rap ya está escrito en la ciudad. Las promotoras aman las tormentas porque su trabajo se interrumpe. Ella canta: “Esperando la lluvia morí de frío y resucité deseando el sol”. Sara es una antena que sintoniza, procesa, escribe y devuelve a la sociedad su percepción del mundo.
A comienzos de este año sistematizó su fórmula de observación, escucha y creación. Cada miércoles a las 11 de la mañana irrumpe en el estudio de fm La Tribu y despliega un montón de papelitos con títulos de diarios anotados a mano. Apenas le dan luz roja, se despacha con cinco minutos improvisados donde informa y editorializa a tiempo real. “Es un desafío increíble que requiere de total concentración –explica–. Quizás estamos inaugurando un nuevo género periodístico que puede servir para que los chicos en los barrios se copen, sepan lo que pasa y se larguen a hacerlo por su cuenta”.
 
Candidata testimonial
Nombrarse a uno mismo es una de las principales características de la lírica rap. “Es una forma de decir acá estoy, ésta soy, vengo de la loma del culo, 1.500 kilómetros para abajo, pero existo, me planto y tengo cosas para decir”. Y una vez que agarra el micrófono es una bola de nieve imparable a la que te subís o te aplasta.
 
Multiplico,
no sobro ni resto, me implico,
te explico: yo estoy en la ciudad del consumo,
vivo en la región
que está en la tabla de suicidios
en el puesto uno.
Qué se llama progreso
si un grupo de empresas
pone al pueblo depresivo en piezas,
somos presas.
 
Si bien Sara ingresa de a poco en la cultura hip hop, reconoce que se siente alejada de los graffiteros, el scratching, los mc’s, los B-boys y las B-girls. “Es un mundo interesante, pero yo crecí escuchando Charly García y mis letras son más deformes”. La deformidad puede aflorar, por ejemplo, en una sesión de terapia donde se encontró diciendo a la psicóloga la frase “prefiero la falta”. Hoy es el estribillo de uno de sus temas más pegadizos. “Por un lado es una defensa a las mujeres ante la idea perversa de que somos incompletas por la ausencia de falo –analiza–. Además la carencia es un motor creativo. Si tenés todo, estás a tope y no hacés nada. Siento que es lo que pasa ahora: todo rebalsa de gente, hay demasiada oferta y demanda. Por eso creo que la falta es una potencia. Y con toda la carencia que hay en el mundo, sería genial pensar que un día todo ese vacío origine un cambio”.
La cultura rock, al menos en sus letras, suele posicionarse en la vereda de enfrente de los gobiernos y las instituciones. Por eso incomoda escuchar a Sara Hebe rapear “Quiero ser presidenta”. La frase funciona y moviliza porque está fuera de lugar y rompe la conexión lógica, cual mingitorio de Duschamp. Ella larga una carcajada y se postula: “Si ya están Cristina y la Bachelet, ¿por qué yo no puedo? Quizás me falten algunos requisitos legales, pero haría cosas copadas”. Tal vez su primera medida sea la idea de su padre, conocido en Trelew como El Loco: forestar toda la Patagonia para que el mundo respire.
El primer disco de Sara se llamará “La Hija del Loco”, por ese apodo que escucha al transitar las calles de su pueblo natal. Lo está grabando en el estudio del grupo Ciudavitecos y cuenta con las participaciones de Rancho mc, Ramiro Jota y Tomás Argañarás, quienes compusieron las pistas. “Tiene que salir este año porque Sara Hebe rima con 2009”, aclara.

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