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Juan esquina Eva

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Cooperativa Unidos por el Calazado. La ex Gatic gestionada por trabajadores que tuvieron que reinventarse, logra remontar desaguisados patronales y estatales. De la licencia Adidas al logo Cuc, pasando por la saga de la burguesía nacional, datos, debilidades y fuerza de un grupo humano que descubrió lo que significa dejar de ser un robot.

El marketing es maravilloso. Just do it predica Nike: hacelo. Impossible is nothing, anuncia Adidas: imposible es nada, o nada es imposible. Un aviso de Nike va mezclando escenas deportivas profesionales con otras más callejeras (chicos en patinetas, un tipo de traje que en el subte hace como que juega al golf, gente que se esfuerza, o sonríe). Y acompaña las imágenes con palabras (en inglés) que nadie debería olvidar. Traducción:
crealo, disfrutalo, decilo, gritalo, empujalo, creelo, encaralo, vivilo, amalo. Y ahí sí: just do it, simplemente hacelo.
La publicidad es una fábrica de mundos, de estilos de vida y de símbolos. Eso es lo que vende, más que productos. En su versión más evolucionada –o darwinista– lo crucial ya no es qué comprar, sino cómo ser, cómo vivir y el premio mayor: qué querer.
Es un flujo que va y viene en la marea social. Investiga, detecta y chupa los sueños y los deseos, las aspiraciones, los hartazgos o rebeldías de la sociedad. Pobres, ricos, todas las almas posibles alimentan esa máquina, que devuelve símbolos, refleja nuestros propios sueños –o los inventa– mediante una nueva necesidad de consumo… una cerveza, una crema, pastillas, un plasma (palabra que los antiguos usaban para parte del tejido sanguíneo, reemplazada ahora por la televisión que corre por nuestras venas).
¿Cuáles son los valores que manipula la publicidad para seducir? El humor, la libertad, salirse de la norma, elegir, ser uno mismo, ser cool, compartir en grupo, disfrutar (y cada uno siga poniéndole sueños a la bolsa). Tal vez no sepa cómo lograrlo, pero ahí tengo las zapatillas que son mi símbolo y espejo. Quiero ser lo que ellas me prometieron, lo que son capaces de mostrar de mí mismo. Calmo una insatisfacción, capturo algo de felicidad. Estas soluciones duran poco (los paraísos siempre son de segunda selección, fatalmente fallados), antidepresivos de corto plazo que generan adicción, y para colmo son reemplazados por nuevos modelos, gustos o tecnologías. Y todo empieza otra vez.
Éste no es un alegato contra el consumo de cosas necesarias, cómodas, o bellas. Es una descripción de una etapa diferente, que más que al consumo se refiere a la venta de un modelo de vida, al re-set neuronal para crear mundos y deseos capaces de canalizar y domesticar los que laten en nosotros mismos, mediante la imagen de que somos todo lo contrario de alguien canalizado y domesticado.
Ahora se puede empezar la recorrida por Cuc, Cooperativa Unidos por el Calzado, mujeres y hombres que en su mayoría no hablan inglés, ni serían elegidos en un casting publicitario, pero que en algún momento hicieron realidad su versión a escala humana y cotidiana, de dos ideas que para ellos no son marketing. Como si de pronto hubieran percibido que impossible is nothing. Por lo tanto, just do it.
Empezaron de menos que cero. Hoy tienen la fábrica.
 
 
Un 17 de octubre
Yapa: la Planta 1 de la ex Gatic, licenciataria de Adidas en Argentina, está ubicada en la esquina de Juan Perón con Eva Perón, partido de San Martín.
Almanaque: la planta fue tomada un 17 de octubre (de 2003).
La genética peronista quizá no vaya más allá, o tal vez lo atraviesa todo. El Colorado se presenta al viejo estilo: “Sánchez Juan Manuel”, y sintetiza la historia:
“La empresa había arrancado en los años 50, creció, llegó a tener 20 plantas y 8.000 obreros, se empezó a caer en los 90 con las importaciones de la época de Menem. El dueño era Eduardo Bakchellian, y en un momento traía él también todos los containers de calzado hecho en Taiwan, Malasia, Indonesia. Baratísimos porque allá los hacían por un plato de arroz. A míme pagaban horas extras, ¿sabés para qué? Arriba de la etiqueta que decía ‘made in Taiwan’ yo le tenía que poner la de ‘made in Argentina’. Parece joda ¿no?”
Made in Argentina. El señor Bakchellian había comenzado su historia justamente en 1953, pleno peronismo. Con un taller y ocho obreros nació la empresa que con el correr del tiempo consiguió las licencias de suelas Vibram. Con el ímpetu de los tiempos desarrollistas y de un todavía existente empresariado industrial argentino (o burguesía nacional, según otros diccionarios), consiguió crecer y representar en estas playas a la marca alemana Adidas de indumentaria y calzado deportivo. O sea, una burguesía nacional, con licencia.
El grupo llegó a ganar un millón de dólares diarios, y conseguía cada vez más licencias. Pero desde 1995 comenzó a derretirse financieramente. En octubre de 2000, debió pedir el concurso preventivo cuando su deuda llegó a 365 millones de dólares.
En ese año 2000, tal vez como manera de enfrentar la crisis, Bakchellian publicó el libro El error de ser argentino, en Editorial Galerna, donde se retrata como víctima (que lo fue) del proceso de desindustrialización de la economía. Cuenta también cómo los empresarios se convierten en cortesanos del poder (desde Alfonsín y Coti Nosiglia hasta Menem y Cavallo), y narra sus aventuras y desventuras como hombre de negocios. Enumera: “Cometí el error de apostar al trabajo y no a las cuevas de dinero. El error de fabricar aquí en vez de importar lo hecho por países con mano de obra esclavizada. El error de pagar en blanco sueldos dignos. El error de no coimear. El error de hacer fábricas lejos de las facilidades de Buenos Aires. El error de no recurrir a convocatoria de acreedores. El error de no sacar ¡jamás! el dinero del país. El error de reemplazar la especulación por utopías. Sumando todo digamos que cometí el error de ser argentino. Pero no importa. Seguiré siendo argentino hasta las últimas consecuencias”.
Si Galerna fuera Billiken, Bakchellian sería Facundo Quiroga. El libro está plagado de palabras como “hazaña”, “heroísmo”, o “pulseadas memorables” al describir cómo el empresario logró la licencia de Vibram, Adidas, Le Coq Sportif, Reef, la Gear, New Balance y otras, a las que sumó la fabricación de sus propias marcas.
El gobierno de Menem permitió que la empresa recibiera créditos permanentes del Banco Nación y la eximieron del impuesto a las ganancias. Cuando Domingo Cavallo volvió a ser ministro con Fernando de la Rúa (2001), obligó al Banco Nación a darle créditos al Bakchellian por casi 3 millones de dólares (luego, ustedes recordarán, inventó el corralito, entre otras cosas).
El dinero desaparecía. Después de 32 años, Adidas quitó a Gatic la representación, Bakchellian cargó el peso de la crisis sobre los trabajadores de sus plantas y terminó distanciado de su propio hijo Fabián, que lo reemplazó, y a quien luego volvió a desplazar. Fabián, ex rugbier, fue detenido por evasión impositiva de otras de sus empresas en 2002. Un día le preguntaron a papá Bakchellian qué lo diferenciaba de su hijo. “Yo nunca me fui del barrio” contestó.
Los obreros de Cuc sintetizan: “Son todos ricos, viven en mansiones, y se la pasan llorando” (empresarios ricos, empresas quebradas, las ventajas de ser argentino). Luego Bakchellian escribió Así se destroza un país. El hijo –ya libre– volvió a reemplazar al padre. Las deudas en dólares se habían pesificado y los sucesivos gobiernos buscaban salvar a la fábrica del incendio.
El pensador Bakchellian atacó también al nuevo karma culpable de todo: los inmigrantes de países limitrofes: Curiosamente lo hizo en una página de inmigrantes, Armenios On Line. Dijo: “Dejamos venir a ésos para que precaricen el salario, porque ésos trabajan en negro reemplazando a aquellos que trabajaban en blanco y están desocupados, esto es tremendo”. El burgués nacional nacido al calor del peronismo, y crecido en las cortes de los gobiernos, se convirtió así en una especie de locutor radial resentido contra “esos”. Tal vez sea el nacimiento de una nueva saga ensayística: El error de ser paraguayo o, para público vip, La gaffe de ser bolita.
 
 
Los antihéroes
En Cuc, al contrario, nadie asume un lenguaje heroico, ni presume de hazañas sinfónicas. Ninguno está garabateando el libro El error de ser trabajador, o La metida de pata de ser pobre. Un hombre afable con nombre de prócer, Mariano Moreno: “La verdad es que no podemos dejar de trabajar a façon (para terceros) que no es lo que más nos conviene. Nuestra propia marca, Cuc, debería ser el 20 por ciento de la producción, pero es de optimistas. Es menos, para vender por el local”.
El local está ubicado sobre la Avenida Juan Perón. No está muy poblado y, como a toda la planta que ocupa una manzana, se le nota más pasado que presente, aunque estas personas parecen empecinados en construirle el futuro.
Mariano: “Uno de nuestros problemas, le soy sincero, es que nadie se imaginaba que esto se iba a caer. Uno decía: lo van a salvar de algún modo, no van a dejar en la calle a 7.000 personas. A mí me echaron en año 2000. El conflicto empezó en 2001”. Se refiere al momento en que todos recibieron el telegrama de despido. El Colorado cuenta: “Yo llegué a la fábrica, no veo mi tarjeta para fichar. Le digo al de seguridad: papá, no está mi tarjeta. Me dice: andá a buscarla a personal. Cuando voy, veo que salen compañeros llorando. Di media vuelta y me fui”.
Argentina era un océano de desocupación. Las lágrimas de estos hombres y mujeres eran por la fuente de trabajo, y por una identidad de trabajador construida durante décadas. Nadie encontraba otro empleo. Eran 600 los despedidos de la planta, aunque parte de ellos fue llevada a otra Gatic, en Pilar. Los que se quedaron agenciaron gomas de autos, fósforos y combustible para opinar a su modo, en la esquina de Perón y Perón.
Eduardo Fleitas: “En esos tiempos nos dieron un seguro de desempleo, y cajas de indumentaria. Te daban 10 pares de zapatillas, y salías a venderlos”. Diciembre de 2001, cae De la Rúa, sube Duhalde, la empresa seguía en el péndulo. Cada tanto el Bakchellian que estuviese a cargo conseguía algún salvataje, y todo parecía recomenzar. Contrataban para la planta de Pilar a trabajadores que estaban reclamando, por ejemplo. Para otros, joggins y buzos. Ya llegarían tiempos peores.
Durante 2002 y 2003 todo seguía en esa incertidumbre. El Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas apoyaba a los trabajadores, que no estaban excesivamente convencidos de hacer una cooperativa. “Al final, no nos quedaba otra” reconoce Fleitas, “con la idea de ver si hacíamos algún arreglo con la patronal para que nos dejaran trabajar”.
El Colorado Sánchez: “Lo que no se comprende a veces es cómo se rompieron familias. Yo estoy bendecido, no me pasó. Pero el compañero no llevaba el mango, la mujer le decía: ¿qué estás haciendo? Hubo muchas separaciones, con los pibes como botín de guerra. Bakchellian, los gobiernos, no entienden esa parte”.
Ernesto Lalo Paret apoyó el conflicto como integrante del Movimiento de Empresas Recuperadas y vecino del barrio, en el cual enlaza la historia de Cuc con lo que se viene describiendo en los últimos números de mu como Parque Temático de la pobreza. El asentamiento 8 de Mayo construido sobre un basural, la quema del ceamse, la cárcel de San Martín… aspectos de un mismo territorio. En la cárcel hoy Cuc tiene un taller donde algunos jóvenes presos hacen algo inédito para millones: aprender un oficio y ganar una oportunidad de trabajo.
Volviendo a 2002, Lalo terminó siendo integrando a la cooperativa por los trabajadores. Se les ocurrió un plan para ofrecerle a la empresa. Los ejecutivos decían: “Los vamos a ayudar”. Cuando presentaron el plan productivo, el propio Fabián Bakchellian, excarcelado, les dijo: “Ah, no, pero ustedes lo que quieren es la empresa”.
 
 
El arte de aguantar
Lalo Paret aclara: “Lo que queríamos era laburar. Yo creo que los tipos pensaban en darnos papas y cebollas, no que les íbamos a caer con un plan de producción. Como dijeron que no, se armó la carpa en la puerta”.
Fleitas: “Nos quedábamos ahí como protesta, durmiendo incluso. Eso duró un mes. La empresa ponía avisos en los diarios pidiendo personal, venía la gente y pasaba por la carpa de los despedidos. Nadie entendía nada”.
En 2003, cuando parecía que el conflicto no tenía marcha atrás, los trabajadores hicieron otro acuerdo con la patronal. Fleitas: “Estábamos en la calle pero la propia burocracia sindical, que trabajaba para la empresa, nos iba chupando compañeros”. Lalo: “Ahí se rompió la cooperativa, algunos no querían entrar y otros sí”. Fleitas: “Yo era de los que pensaba que mejor estar adentro. Hicimos un listado de unos 120 compañeros, nos tomaron, pero al poquito tiempo, en mayo o junio empezaron otra vez las suspensiones”.
Los suspendidos se encontraban en la puerta sin poder creer todavía que Gatic pudiera caerse. Otra vez gomas. Lalo: “Nos bancaban los piqueteros, me refiero a tener algo de comida”. Que nadie imagine una unidad de clase, fraternidad de excluidos o cosas por el estilo. “Era tan grande el peso de ser trabajador formal, que todos aclaraban: no somos piqueteros, como si fuese estar enfermo” (historia que se repite en casi todas las fábricas recuperadas).
Aquel 2003, puede recordarse, el país parecía menos agónico, los primeros meses de Néstor Kirchner en el gobierno incluían un repunte económico. En Gatic no. Hubo un intento de pasar a tener a la Nación y a la Provincia como accionistas, pero el acto de magia no cuajó, y los obreros que sólo esperaban que alguien se hiciera cargo del embrollo, y de sus vidas, terminaron entrando a la fábrica sin hacer alharaca, se instalaron en el sector vestuarios y decidieron no salir. “Eramos poquitos, unos 15. Pero ya no nos quedaba otra” dice Fleitas. Era el 17 de octubre de 2003.
El Colorado Sánchez recuerda: “Nadie te solucionaba nada. Hablé con el jefe de personal y le dije: Señor Saporosi, la planta está tomada. No Sánchez, cómo me dice eso. Sí señor Saporosi. Esto es irreversible. ¿Sabe lo que pasa? Que no aguantamos más”.
 
Sindicatos S.A.
Eran 15, que se convirtieron en un imán para los despedidos, suspendidos y desocupados de Gatic que empezaron a acercarse. Se reactivó la idea de la cooperativa, hicieron asambleas y cuando todo parecía listo aparecieron los sindicalistas del gremio del caucho, prestándose abnegadamente a la lucha trabajadora, e incluso –con la generosidad que los caracteriza– a conducir el conflicto. El Colorado Sánchez relata: “Uno del sindicato me decía: ´Colo, esto está mal, no hay que hacerlo´. Yo le dije: ´Ahora decidimos nosotros. Si querés solidarizarte, perfecto. Si no querés andate, no servís´”. El sindicalista le contestó una frase que merece inscribirse en los libros de historia: “Escuchame, nosotros vivimos de ustedes, sin ustedes no hacemos nada”. El Colorado hace un cálculo: “El delegado supuestamente defendía a la clase obrera, pero para mí defendía 75% a la patronal y 25% a los trabajadores. Una vez que hicimos paro nos dijeron: ‘estamos perdiendo un millón de dólares por día’. Hablaban en nombre de la empresa. Te defendían de una llegada tarde, de cosas insignificantes. En las importantes, jugaban con la patronal”.
A esto el Colorado lo llama “burocracia”. Y recuerda: “Hubo algo más desagradable, querían dividirnos. Yo conozco al sindicato, tengo un tío que trabaja ahí. Pero vienen y dicen: ‘Acá hay banderas de izquierda’. Yo les dije: ‘Mire amigo, no son nuestras, y si quieren apoyarnos, está muy bien, cada uno tiene su ideología. Que piensen diferente no me afecta’. En esa asamblea un delegado se quiso hacer el matón. Y cobró. Cómo cobró. Se tuvieron que ir”. La fábrica quedó en manos de Cuc, presidida por quien fuera uno de los referentes de todo el conflicto, Jorge Coco Torres. Tampoco aquí la historia es perfecta. Torres, un líder natural, empezó a chocar con un abanico de problemas, la horizontalidad, los debates en las asambleas y, al revés, los reclamos de sus propios compañeros que reemplazaban en él la imagen del patrón. Terminó saliendo de escena. En Cuc todos son prudentes en las menciones al respecto.
Decidieron para estas últimas elecciones cambiar el sistema y en lugar de las listas completas, implementaron el voto personal. Se votaba ya no por lista sino a las personas, para evitar justamente que una lista se hiciera cargo, con la oposición de otra. Al hacerlo personalizado, ganaron personas de diferentes grupos y se armó un consejo de administración naturalmente más horizontal, de convivencia, y donde buscan materializar la vieja utopía de tirar todos para el mismo lado.
 
 
Damas gratis
Las 150 trabajadoras y trabajadores de Cuc ganan lo mismo, unos 300 pesos semanales, aunque antes de la crisis 2008 llegaban al doble. “Aquí las decisiones que tomamos repercuten en lo que cobremos cada viernes”. Además del trabajo para otros, producen las marcas Cuc, Envión y Tiempo libre. Tienen calzado de vestir, deportivo, de cuero, de lona, para chicos, todo con un plus de orgullo para que el producto sea el mejor posible.
Cuc tiene además nexos naturales con la comunidad, como el jardín de infantes para hijos de los trabajadores y de vecinos del barrio, un centro cultural (donde además hay cursos de idiomas, tango, yoga, percusión) y la radio Nueva Generación, su propio medio de comunicación, dirigida por Luis Medina, ex obrero de Gatic: “La música es medio retro, hay mucha gente grande”. Lilian, por ejemplo, elige: “Melódico y rock, Dyango y Charly García”.
La mayoría pasó los 40, pero hay una camada de unos 20 jóvenes (en general familiares) que se va integrando. Damián tiene 18, no terminó el secundario, su mamá es obrera de la fábrica, y es estilo vergonzoso: “No sé qué decir. Lo bueno acá es más que dependemos de nosotros. Nadie es más que nadie”.
Lalo Paret plantea que la cooperativa carece de capacidad de ahorro: “Se alcanza a cubrir el costo operativo fijo de 50.000 pesos mensuales, a pagar a cada compañero, pero no tenemos capital para desarrollar un producto que pueda funcionar en las vías de comercialización habituales. Lo que vos producís hoy, lo empezás a cobrar dentro de seis meses. No tenemos espalda para eso”. Están pensando, de todos modos, lanzar nuevos productos, buscando promocionarlos, por ejemplo, con celebridades de la cumbia villera como Pablo Lescano (Damas Gratis).
La expropiación de la fábrica fue transitoria, por cinco años que están venciendo y que serán renovados por ley. Dante Bulacio, secretario de Cuc: “Nosotros queremos algo más definitivo, porque la Provincia no paga la expropiación y nosotros podríamos negociar con el Banco Nación que es el principal acreedor. Sin algo definitivo, sin propiedad como garantía, no puede haber préstamos”. Entonces, no se suma capital para lanzar nuevos productos y cuesta encender el potencial de la fábrica. Conste que no están pidiendo regalos ni subsidios, sino que les permitan funcionar y vivir. Tampoco reclaman las millonadas que el notable Estado argentino sí fue y es capaz de dilapidar en los superhéroes Bakchellian y tantos otros. Sin nada, en Cuc están garantizando e incrementando fuentes de trabajo.
 
 
Marketing Cuc
¿En qué se diferencia el trabajo con patrón? El Colorado Sánchez: “Si se rompía una máquina, me importaba un rábano, no trabajaba dos días, y cobraba igual. Ahora la máquina es nuestra. Lo que no hagamos nosotros mismos lo vamos a sufrir el viernes cuando cobremos”. Fleitas: “Es absolutamente otra responsabilidad. Vos como obrero fichabas, te ibas y listo. Aquí tenés otro compromiso, dependemos de nosotros”. Detalle: la palabra “responsabilidad”, reiterada por cada uno de los trabajadores con los que uno habla, deriva de la “capacidad de dar respuesta”. El Colorado Sánchez se quedó pensando: “¿Sabés cuál es la diferencia? La libertad”. Temo que en la esquina de Perón y Perón nos estemos poniendo atenienses. El Colorado explica: “Libertad es que no tengas a un tipo que cobra 7 lucas para mirarte como un vigilante y darte permiso para cualquier cosa. Las compañeras estaban en período menstrual y les tomaba el tiempo que tardaban en el baño”. Carmen, 65 años, que tampoco pertenece a organizaciones libertarias ni antiglobales, detiene un rato su máquina de coser y armar zapatillas. Es el ideal de una abuela mansa: “Es difícil la propia libertad, porque uno tiene que tener cordura para respetarnos entre todos. Pero con ese respeto, esto es lo mejor. Lo otro era medio regimiento, ¿me entiende?”.
Colorado: “Uno no se da cuenta, pero va quedando medio robotizado. Ahora no. Hay gente que puede extrañar aquello, pero yo digo: mire compañero, si no hacemos las cosas nosotros, usted se va a quedar toda la vida mirando novelas en su casa”.
Bulacio cree que hay otro cambio: “Acá dependés de tu iniciativa. Cambiás como sujeto, porque yo analizo para atrás, y veo cómo el sistema te posiciona en una estructura y no salís más. Y somos horizontales para tomar las decisiones juntos. Si nos equivocamos, que sea entre todos”.
Lilian: “Esto es como aprender a caminar. Hay que hacerlo”. Carmen: “Es cierto que mucha gente se lleva del pasado. Pero no lo podemos mejorar. Ya es pasado. Hay que mirar el futuro” explica con suavidad, mientras sigue cosiendo y gestando una zapatilla.
En el local de ventas, sobre la avenida Perón, Vilma dice que cuando trabajaba en finanzas de Gatic se vio venir la noche cuando dejaron de pagarles a los proveedores. Jorgelina recuerda cuando comían guiso en la fábrica. El Colorado Sánchez acota: “Salíamos a manguear; un día fuimos a una facultad, en la calle Puán (Filosofía y Letras) y me asusté, estaba todo lleno de fotos del Che Guevara, Fidel Castro. Le digo a Fleitas: ¿dónde me trajiste? Yo no terminé el primario. Me di cuenta de todo lo que hay que aprender. Después fui conociendo a todos los pibes, excelentes. Pero yo les decía: Ustedes aprenden con esto (se señala la cabeza). Mentalmente. Nosotros estudiamos y aprendemos físicamente”. Los marketineros globales ahí tienen un tema. La inteligencia del cuerpo.
Con esa inteligencia corporal, no ilustrada, sin desmerecer a los decoradores de facultades ni a los creativos publicitarios, la gente de Cuc ha hecho su propio marketing. Figura en su página de Internet. Tal vez no sea impostado, ni heroico, pero al menos no es sólo un simulacro, ni una expresión de deseos. Es la demostración de una posibilidad.
Dice: “Sin jefes. Sin empleados. Todos compañeros”.

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Arriba los de abajo

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El conflicto de los trabajadores del subte parece no tener fin, o estar comenzando una y otra vez. Lavaca viene siguiéndolo desde comienzos de este siglo. En noviembre de 2009 publicamos en MU esta nota que explica la historia y a la vez la coherencia de problemas y violencias que afrontaron los metrodelegados en todos estos años. Y un estilo de ideas y relaciones que siguen chocando hoy contra la falta de derechos, y con un enigma: cómo organizarse y actuar para intentar ver la luz al final del túnel. 

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