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Cuadernos del futuro

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Los primeros egresados cumplieron con el objetivo de producir en forma cooperativa un cuaderno. Lograron así poner en práctica el desafío de la autogestión. Cómo juntar dinero, organizar esfuerzos y festejar logros.

La tapa tiene un puño que aferra un lápiz con sus dedos convertidos en la clásica chimenea de una fábrica. Una síntesis perfecta de lo que representa este cuaderno, algo que también transmite la calidad de sus páginas. Se trata de un objeto de esos que suele apreciar el mercado: bello, bueno y barato. Pero también, de algo que tiene un valor agregado, de esos que no cotizan en dinero, aunque cuesta muy caro.
Se podría decir que para hacer este cuaderno hace falta:
 
Recuperar una imprenta y ponerla a funcionar sin patrón.
Agradecerle al barrio el apoyo recibido en momentos de represión (no hay que olvidar que trabajar en este país sigue siendo una empresa peligrosa).
Convertir ese agradecimiento en algo concreto. Por ejemplo, dándole espacio a un centro cultural que terminará convocando a los jóvenes y no tanto de ese barrio.
Hacerse tiempo para, además de ocupar, resistir y producir, tejer redes con otras fábricas recuperadas.
Escuchar con el corazón y la cabeza abiertas lo que transmiten esas experiencias.
Detenerse ante la palabra “bachillerato popular” y preguntar hasta entender qué significa.
Abrirle espacio a profesores y estudiantes en el comedor de la imprenta, todos los días, desde las 19 y hasta las 21, y durante tres años para que creen, juntos, su propio bachillerato.
Pensar cómo podría unirse toda esta experiencia a partir de un trabajo concreto e incluirlo como parte del contenido académico.
Sostener, acompañar y dejar hacer.
Creer en los sueños imposibles y apostar por ellos.
 
La fórmula incluye la ceremonia final, donde todos estos ingredientes están representados. En este caso, en la puerta de la Imprenta Chilavert –protagonista de esta historia– el viernes 11 de diciembre, se dieron cita obreros, vecinos, profesores y estudiantes para festejar juntos el egreso de la primera promoción del Bachillerato Popular que allí sostiene la Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares. Abrazados por esa emoción, los 24 egresados recibieron su diploma como se debe: en la calle y ovacionados.
 
 
La producción
En la primera página del cuaderno los alumnos cuentan cómo nació la idea. “Aceptamos el desafío de generar una experiencia práctica cooperativista promovida desde las materias Cooperativismo iii y Taller de Gráfica y Comunicación Popular iii”. En los pasillos de la imprenta y en medio de la fiesta de graduación, los estudiantes cuentan los detalles de esta producción. “Empezamos de cero: cero en la cabeza, cero en los bolsillos”, sintetiza Graciela. Mientras, los profesores Nacho y Hernán escuchan sonrientes el relato, especialmente cuando la alumna responde con precisión de examen final, cuál era el objetivo del trabajo. “Hacer una experiencia de cooperativismo”.
Semejante aventura los llevó a debatir durante casi tres meses el clásico dilema: qué hacer. “Pensamos en una agenda y en un libro para chicos, pero los fuimos descartando porque nos parecían difíciles. En realidad, teníamos miedo. Pero con la ayuda de los profe y a partir de escuchar a editoriales independientes que vinieron a compartir sus experiencias a nuestras clases nos dimos cuenta que había que tirarse a la pileta. Nos decían: ´a nosotros nos pasó lo mismo´, pero al mismo tiempo nos mostraban todo lo que habían hecho y, de alguna manera, eso nos dio confianza”.
El miedo se transformó luego en ansiedad cuando comenzaron a hacer las cuentas: necesitaban 1.500 pesos para hacer 500 cuadernos. Una cifra que les parecía imposible, pero que terminaron reuniendo luego de organizar tres ferias americanas en la puerta de la imprenta. Una vez más, vecinos, amigos y parientes fueron los inversionistas que canjearon solidaridad por prendas usadas.
El grupo dividió funciones y responsabilidades, pero en la práctica todos terminaron haciendo de todo. Los problemas: “La falta de compromiso, lograr que tire para el mismo lado un grupo heterogéneo, organizar bien el tiempo y las tareas”. Todo un decálogo de los desafíos de la producción sin patrón.
El resultado indica que lograron sortear los inconvenientes: las cuentas de esa noche arrojaban que ya habían vendido 460 de los 500 cuadernos que cotizaron a 10 pesos. Lo ganado servirá, ahora, para que la próxima generación de tercer año arranque su proyecto productivo con algo en el bolsillo. Es parte de la lección: el futuro, finalmente, es pensar en los otros.

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