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Pedagogía de los vínculos

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Enseñar y no disciplinar. Aprender sin repetir. Hacerlo en colectivo y en movimiento. Son algunos de los desafíos de los bachilleratos populares. Raúl Zibechi visitó el de Las Tunas, muy cerca de Tigre, que está rodeado por un vergonzoso muro que separa pobreza y riqueza. Cómo es la experiencia de autogestionar el conocimiento.

¿Quién manda en el aula?
–Todos– dice Rossana.
–Todos– dicen los demás.
–Hay un respeto por las ideas que traemos, no es “callate porque no pensás igual”. Yo trabajo en la capilla y hay diferencias cuando se habla de Dios, pero nadie me dice “callate”. Hay mucho respeto, quienes exponemos somos todos, no sólo el profesor habla. La clase se construye entre todos– sentencia Marisel dejando la frase flotando en el aire, como para darnos tiempo de incorporarla.
“Antes iba a un colegio del Estado y me fui, me costaba. Acá se da clase aunque venga uno solo. En el bachi de Nordelta la profe nos dijo que por tres no daba clase y nos mandó a casa”. Para quienes asisten a los bachilleratos haciendo un enorme esfuerzo, tener la certeza de que los profesores nunca faltan, es un aliciente. “Además de las materias, aprendemos a compartir y respetarnos, a escucharnos. A ver cosas que antes no las veías. Yo llevo el colegio incorporado dentro mío. Cuando no puedo venir extraño, es un alivio venir, es mi segunda familia”, insiste Lucía.
Los bachilleratos populares son eso, espacios donde las personas se sienten respetadas; sus sentimientos y problemas no quedan fuera del aula sino que los integran y los convierten en parte del proceso de aprendizaje colectivo. Lejos de los espacios asépticos que el Estado y el mercado pretenden para la educación de sus ciudadanos y ejecutivos, en los bachis entra todo aquello que para la educación formal son “problemas”: desde los ruidos y los olores de la vida cotidiana hasta las ansiedades de sus protagonistas. Con esos ingredientes amasan, dentro y fuera del aula, algo que no es sencillo nombrar porque es nuevo y diferente, pero que se parece mucho a los sueños de un mundo otro que sigue germinando en la sombra de los emprendimientos colectivos.
 
 
Tras la huella de Simón
Como tantos asentamientos, Las Tunas combina baldíos y basurales con viviendas muy precarias, zanjas llenas de aguas putrefactas y una enorme solidaridad entre sus gentes. El barrio comenzó a poblarse en la década de 1970, pero tuvo un crecimiento explosivo en los 90, ya que a la emigración del noreste se sumó la llegada de paraguayos y peruanos, expulsados por las reformas neoliberales. Habían escuchado que en esta zona había varias fábricas grandes, y esperaban cambiar la suerte trabajando en la industria. Hoy serán alrededor de 25 mil habitantes en poco más de cien manzanas, aunque los censos no echan luz sobre este barrio.
Son muy pocos los niños de menos de 5 años que pueden asistir al jardín, que funciona con 400 chicos, pero muchos más esperan turno para ingresar. El único centro de salud no da abasto para atender las múltiples enfermedades provocadas por las aguas contaminadas con arsénico por dos papeleras y otros dos frigoríficos. La desocupación y subocupación superan el 50%.
El galpón donde funciona el bachillerato fue construido por profesores y alumnos y contó con el apoyo de varios vecinos que son expertos albañiles. Paredes de ladrillos revocados, pisos de cemento, cuatro salones y un baño con azulejos muestran la voluntad de compartir un espacio digno. Una mujer de unos 40 años señala con orgullo un cartel elaborado en colectivo, donde puede leerse uno de los principios básicos de los bachilleratos: “No se enseña cuando se imponen caminos sino cuando se enseña a caminar”. Así, la asamblea de los tres años del bachillerato, donde estudian unas 90 personas del barrio, decidió bautizarlo Simón Rodríguez, en homenaje al maestro del libertador Simón Bolívar, al que muchos consideran el precursor de la educación popular.
Se arma una ronda que supera la veintena, incluyendo profes y alumnos, aunque todos prefieren llamarse compañeros porque “nadie sabe más que nadie”. Sobre un trasfondo de cumbia villera que hace difícil el diálogo, van circulando el mate y la palabra. Al comienzo daban clases en La Escuelita, un centro comunitario y luego en una capilla, hasta que ocuparon el terreno actual que era un basural. “El compromiso es que los docentes nunca cobren, hasta que el Gobierno algún día nos pague sueldos”, dice Juan. Por el momento, los pocos fondos que consiguen los invierten en mejorar el local y conseguir materiales didácticos.
 
El bachi-método
Los treinta bachilleratos que están agrupados en la Coordinadora de Bachilleratos Populares, tienen unos tres mil estudiantes y 350 profesores. Ya consiguieron que once fueran “oficializados”, o sea que entregan títulos iguales a los oficiales.
En principio, cada bachillerato tiene las mismas materias y contenidos mínimos que una escuela secundaria para adultos, y tiene también una duración de tres años, pero está vinculado a movimientos sociales, básicamente fábricas recuperadas y movimientos territoriales y de desocupados. Una de las principales diferencias es que apelan a la educación popular, que es una seña de distinción de todos los “bachis”. En Las Tunas ya se ha graduado la cuarta generación. Cada año se inscriben unas 60 personas por curso pero quedan alrededor de 30, porque no pueden despreciar los trabajos que encuentran.
Enfrentan un conjunto de problemas para los que no tienen soluciones. “Primero se dio una coordinación pedagógica para ver cómo trabajar en el aula, sobre todo qué hacemos con las asistencias y las faltas, cómo transformar una escuela tradicional en una escuela popular y eso se fue traduciendo en una coordinación política”, comenta Juan. “Los profesores estamos formateados por 15 años de estudios formales, pero en este camino nos vamos modificando todos. Es una construcción cotidiana. Todo lo que pasa en el barrio entra en el aula, y el aula recoge todo lo que pasa en el barrio. Pero en el aula no siempre logramos que todo sea educación popular, muchas veces terminamos reproduciendo la educación más clásica, y eso nos lleva a tener contradicciones y conflictos en el bachillerato, aparecen tensiones entre los cursos y el profe bueno y el malo”, se sincera.
Rossana, una alumna del barrio de unos 40 años, dice que empezó a venir por la insistencia de su hijo Sebastián. “Me decía que esto es diferente, que los profesores te escuchan, porque yo trabajo y tengo mis problemas y en varios lugares donde estudié no te entienden. En el otro colegio dije que no me podía comprar un libro y me dijeron que perdía el curso. Soy empleada doméstica, no podía porque mi hijo necesita mucha medicación. Acá nos ayudamos entre todos y ahora me doy cuenta de que mi hijo tenía razón. Hay mamás que pueden venir con sus hijos, hay mucha tolerancia, mucha comprensión”.
“Mi primer día –dice Marisel, que ya es abuela– fue medio caótico, me quería ir. Yo no terminé la escuela, cursé sólo hasta cuarto año, tuve que dejar por problemas personales y esto era una cuenta pendiente. Vine buscando un título, pero me quedé y ahora participo de las asambleas”. Cuenta también que los primeros días enfrentó reticencias en su casa, ya que a su esposo no le gustó tener que cocinar mientras ella estudiaba. “Ahora me acompaña y hasta me ayuda en las tareas, pero el que más me anima es mi hijo, y sobre todo mi nieta”.
Las clases son de martes a viernes y una vez al mes realizan una asamblea donde participan alumnos y profesores. Entre todos se encargan de la limpieza y el mantenimiento, y no tienen reglamentos. Aun los debates más arduos, como la actitud hacia las faltas, las deciden en colectivo. “Para construir el local –dice Ricki, un chico alto, de tez oscura y sonrisa generosa, siempre dispuesto a trabajar con el cemento– se armó una comisión y encaramos los sábados solidarios. El primer año se construyó una sola aula, luego conseguimos dinero para que trabajaran dos personas construyendo. Había vecinos que sabían más de construcción, trabajaron las compañeras, y generamos conocimientos con la participación de los vecinos que saben algo del oficio”.
 
 
El nuevo tiempo
En la ronda al sol las preguntas disparan cataratas de palabras entre los miembros del bachillerato. El debate tiende a centrarse en lo que sucede en el aula, en los vínculos entre quienes asisten y la enorme dificultad para modificar lo que, en el lenguaje especializado se denomina tiempo pedagógico. “Cuando vi a los profesores trabajando, con los pies y las manos con material, no lo podía creer. Nunca había visto profesores haciendo trabajo de albañil. Cuando vemos cuánto amor ponen, eso nos anima a seguir viniendo” dice Rossana.
Marisel comparte. “Al principio pensábamos ‘estos pibes están locos, qué vienen a buscar acá’. Después vimos que son gente muy cálida y se preocupan por lo que nos pasa. No estamos acostumbrados a eso”.
“A mí también me sorprendieron –suelta Ricki con una sonrisa que anuncia la ironía–. Al principio los miraba como los buenitos, tal vez porque vengo de una familia religiosa”. Todos valoran el tiempo que los docentes pasan en el barrio, ya que unos cuantos viven muy lejos y hacen horas de micro para llegar a Las Tunas. Los fines de semana los dedican al apoyo directo, van a las casas a ayudar en lo que sea necesario, no siempre en cuestiones vinculadas al bachillerato, porque la vida no se reduce al tiempo de aprendizaje.
Más seria, Rossana reflexiona su experiencia personal. “En otros colegios te enseñan y si no aprendiste es porque no prestaste atención. Acá los profesores se te acercan, te explican todas las veces que sea necesario, te acompañan. Por ejemplo, si llegás tarde se habla, mientras en otros colegios si llegás tarde no entrás”.
La principal diferencia con otras iniciativas es cómo resuelven los problemas. Como sucede en todos los bachilleratos, el tema de las asistencias es el más complejo y el que genera mayores conflictos, junto a las calificaciones. En Las Tunas decidieron, por ejemplo, que en vez de suspender el curso por faltas, los estudiantes pueden recuperar con trabajos integradores. “Acá aprendemos a caminar –dice Rossana–. Trabajamos mucho en grupo, nos ponemos en torno a la mesa, hacemos una ronda y trabajamos todos juntos. Los profesores también. Para las calificaciones hacemos la devolución por área donde nos dicen cómo trabajamos y lo que nos falta. La calificación es un debate, que se resume en aprobado y desaprobado. No te dicen lo que hiciste mal sino lo que te falta. Todo se conversa, se opina, hablamos mucho, y de ese modo te ayudan a seguir”.
Alejandra recuerda que el año pasado un chico cayó en la droga. Cuando lo internaron, el grupo debatió qué hacer, porque se trataba de un buen compañero. “Cuando salió le hablamos, se reincorporó y le tomamos pruebas, porque dijimos que si lo dejamos a un costado nunca va a superar la situación. Estaba medicado y no podía escribir; lo ayudamos y ahora está saliendo. Está bueno no haberlo excluido”.
No es tan fácil. Sobre todo cuando se aborda el tema de las calificaciones, mucho más conflictivo aun que las inasistencias. Ahí aparecen las envidias, quien “entiende la propuesta” pero, aun así, quiere una nota que no sea sólo aprobado o aplazado. Un número, algo que sintetice el esfuerzo y sirva como una suerte de condecoración o reconocimiento. Alguien comenta que en las escuelas zapatistas no se califica ni se aplaza y que los problemas que coloca el coordinador los resuelven en colectivo. Desde una punta de la sala una voz señala: “tienen una cultura comunitaria”, para intentar explicar la diferencia. Así y todo, debe reconocerse el esfuerzo por traspasar los límites de lo heredado y poner en tensión la cultura del individualismo. Y la sospecha de que sólo se avanza desde el corazón, abrochando lazos. En el fondo, parece que hablan de una pedagogía de los afectos y los vínculos. Algo así explica Rossana cuando reflexiona sobre la cercanía, física y espiritual, del profesor: “Nunca un profesor se sentó al lado mío a explicarme lo que no había entendido. Te dicen ‘Vos no estás prestando atención’ y te borran la pizarra. Acá nadie se va sin comprender la materia. Te enseñan a aprender”.

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