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Había una vez

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Mabel Bellucci y la biografía política de Carlos Jáuregui. El fundador de la CHA reaparece, con este libro, en la escena política para recordarnos cómo se construyó un movimiento que cosechó el éxito de su trabajo.

La historia de Carlos Jáuregui es una puerta que se cerró el 26 de agosto de 1996 y volvió abrirse ahora, de la mano de Mabel Bellucci, una incansable activista que ha puesto toda su formación al servicio de esta biografía política fascinante y, sobre todo, oportuna. El libro se convierte así en una intervención que permite ampliar y, por lo tanto, enriquecer la postal desde donde analizar lo que puede considerarse el triunfo más rimbombante del movimiento homosexual argentino, representado por la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, pero particularmente, por la repercusión social que implicó ese debate. El libro de Jáuregui recuerda, entonces, no sólo a quién rendirle homenaje por los logros, sino también al cómo. “Carlos fue un referente político que no se repitió. Tenía condiciones de liderazgo, pero un tipo de liderazgo muy interesante porque armaba membresías, sin verticalismos. Hoy en día, la política es concentración o fraccionamiento. Carlos era todo lo contrario: entendía la política como articulación y respeto por la independencia de tus especificidades. Para mi eso no se repitió más. Hubo un antes y un después, luego de la muerte de Carlos”.
¿Qué diferencia marcás entre las dos etapas?
En ese momento no existía el financiamiento tan fuerte como en la actualidad. Carlos era, simplemente, un tipo de militancia. No cuestiono que los temas relacionados a derechos humanos se hayan convertido para algunos en trabajos rentados. Lo que cuestiono es que no haya devoluciones. Que se armen castas que se reparten financiamientos, contactos, viajes y que nada de eso se devuelva, de alguna manera, a las comunidades que son protagonistas de esas batallas. Me parece que toda la generación de Carlos no quiso repetir el modelo de organización de los partidos políticos y creó otras formas a partir de la experiencia de los movimientos de derechos humanos. Y ese modelo no tiene nada que ver con lo que ahora entendemos como una oenegé.
¿Cuál era la característica principal de ese modelo que encarnó Jáuregui?
Intervenir en la calle y en los medios. Esto se ve representado en cosas tan simbólicas como la idea de organizar la primera Marcha de Orgullo Gay o hacer una nota de tapa, en 1992, en una revista de actualidad abrazado cariñosamente con un amigo. Carlos había heredado de su hermano Roberto, que fue una figura muy mediática, esa fascinación por los medios. El hermano le dio la agenda de contactos con periodistas y Carlos la compartió con todo el movimiento. En ese entonces, para las lesbianas, por ejemplo, era algo tabú aparecer públicamente. Carlos las sacó de la endogamia, las preparó para enfrentar a los medios, las acompañó a cada programa, analizaba luego sus exposiciones para mejorarlas. Lo mismo hizo con las travestis…
Hizo mediática la salida del closet…
Y lo hizo en comunidad. No podés pensar a Carlos sin la comunidad.
Hasta el nombre de la organización que fundó lo refleja: Comunidad Homosexual Argentina (CHA)…
Claro: él vivía como experiencia propia su experiencia pública. Era un gay muy poco clásico: vestía mal, no le gustaba bailar, no tenía esa cosa frívola, pero un poco cholulo. En la calle la gente lo reconocía como un personaje de la farándula. Más allá de eso, era un tipo austero y minimalista. Podría decirse que pobre. Creo que su formación católica lo marca. También, el clima de época. Fue una generación que se abrigó con la experiencia de los movimientos de derechos humanos, que en particular fue muy rico en cuanto a las personalidades que albergó. De entre todos, rescato con mucho énfasis a Laura Bonaparte. Fue una de las Madres Línea Fundadora que se caracterizó por el trabajo que hizo dentro del feminismo, del movimiento lésbico y del gay. Su influencia fue muy importante. Luego, con todo el estallido de las políticas neoliberales instaladas por el menemismo y por la Alianza, cambió el escenario histórico y la noción de la intervención pública. Escribí, entonces, este libro para recuperar una experiencia que tuvimos en otro sentido, para señalar que hay otras formas de organizarse, de intervenir en los medios y de crear políticas públicas. Otros modelos.
Ahora, el aborto
Una de las cosas que señala el libro es la influencia del feminismo en la creación de estos otros modelos.
Fue fundamental. La teoría feminista fue el gran paraguas que permitió a todos los movimientos pensarse.
También señalás que Jáuregui es un modelo de práctica.
Una práctica muy política. Recién llegado de París, en 1983, comenzó a acercarse a los partidos políticos de la época, entre ellos, el Movimiento al Socialismo (MAS), donde ya funcionaba una espacio de gays y donde había feministas dentro de la corriente Alternativa Feminista, tal como Hesíria, que tuvo mucha influencia en él. Ahí puede encontrarse el germen de las coaliciones que él luego armó.
¿Ese germen es el que finalmente floreció en la Ley de Matrimonio Igualitario?
Es al menos un momento muy interesante para analizar por qué con esa ley se logró un debate que nunca se pudo hacer a partir de la discusión del aborto. Por ejemplo, separar a la Iglesia del Estado, decir que hay derechos universales y sexualizar la política. Eso es algo que el debate por el aborto nunca logró. Y en ese sentido, pregunto: ¿por qué? Quizá podamos simplificar y decir que las izquierdas dan luchas y pelean, pero la batalla cultural la termina librando siempre el peronismo. Los derechos de los trabajadores y trabajadoras los había planteado Alfredo Palacios y el anarquismo, pero los convirtió en leyes el peronismo. El derecho al voto de las mujeres es una historia que tiene una marca impresionante de las mujeres socialistas, pero ¿quién lo implementó?
Entonces, ¿cómo hacemos para que dar la batalla cultural por el derecho al aborto?
Ahí va a volver a sangrar todo. En el aborto se habla de los cuerpos, de la no maternidad, de la clase, de las diferencias culturales. En otras palabras: politiza el mundo. Sin duda, es un tema muy complicado, incluso para la izquierda, porque no tiene mucha elaboración al respecto: tiene consignismo. Estratégicamente, creo que se debería incluir a los varones en la campaña, porque esto es algo que problematizaría a todo el poder político, eclesial y médico. Pero también, que hay que salir de ese lugar de victimización, porque si no, no vamos a poder avanzar con el debate. Te ponen un cura enfrente y tenés que hablar de la niña de 9 años a la que violó el padre. Parecería que no podés decir en los medios algo totalmente cierto y que influye sobre tu decisión: «Aborté porque no quiero ser madre en este momento». Y algo nos está diciendo ese límite. Pero en cualquier caso, para conseguir que se apruebe el aborto no es necesario que exista una centralidad, simplemente con no competir con la campaña, alcanza para hacer fuerza sincronizada. Por eso yo traigo a Carlos a esta conversación: hay que aprender a trabajar sin competir, creando alianzas, con generosidad y con vocación política.

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La bendición de la impunidad

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Jorge Garaventa intervino como terapeuta en casos de abuso y escribió una docena de libros sobre el maltrato infantil. Para resumir su opinión sobre cómo resuelve la justicia estos temas inventó un nuevo concepto: ostentación de impunidad.
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En un caso, una maestra fue condenada, pero cumplió sólo 6 meses de prisión y no se investigó a los hombres mencionados por las seis nenas abusadas. En otro, fue absuelto el profesor de gimnasia y fueron procesados dos peritos. El tercero sucedió en un jardín de infantes de Villa Gesell y todavía espera justicia. Sus diez expedientes se convierten en una prueba de cuál es el rol de quienes deben escuchar el relato de niños y niñas de apenas 4 años y hacer algo a partir de ello. También, de cómo se comporta la máxima autoridad eclesial cuando se reportan denuncias que involucran a las instituciones de la que es responsable, actitud que mereció hasta el reproche de los mismos jueces que exoneraron a los denunciados por considerar que los testimonios de los chicos estaban “contaminados”. El caso del Instituto Ana Böttgger de Villa Gesell permite verificar cómo se toman esas pericias y plantea un debate de fondo: por qué los tribunales no están en condiciones de hacer justicia.
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