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Hormigas contra la impunidad

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A 10 años del asesinato de Pocho Lepratti. Un solo policía fue condenado por su asesinato y ya está libre. La investigación judicial dejó impune al resto. Familiares, amigos y organizaciones sociales decidieron hacer su propia investigación. En tanto, el legado de Pocho sigue creciendo.

Hormigas contra la impunidadSu garganta no pudo escupir el tremendo itacazo cargado de plomo que recibió después de pedirle a los policías que se fueran. “Hijos de puta, acá hay pibes comiendo”. La respuesta se bajó de inmediato del móvil 2270 de la policía santafesina y disparó sin asco. El rojo indeleble tiñó los techos de zinc de la escuela Serrano, la N° 756 del barrio Las Flores, donde trabajaba Claudio Pocho Lepratti. Los cobardes apagaron así los gritos, se fugaron y se encargaron de fraguar -sin éxito- pruebas: le dispararon a las puertas del auto para enturbiar la investigación, que terminó por condenar por homicidio calificado a 14 años de prisión al policía Esteban Velázquez.
Diez años después de aquel itacazo, el asesino de Pocho Lepratti está en libertad. Desde mayo de este año, Esteban Velázquez vende hamburguesas y panchos en la plaza principal de Arroyo Seco, a 30 kilómetros de Rosario. A pesar de que la condena fue por 14 años, la buena conducta y sus estrategias para “evangelizar” bastaron para que quede libre y ahora le guarden el carrito en la comisaría. Con él en libertad, el único responsable material de la represión de diciembre de 2001 en Santa Fe que queda preso es Luis Quiroz, condenado a once años de prisión por el asesinato de Graciela Acosta. El año próximo podrá gozar de la libertad condicional.
“Nos pegó muy duro la noticia. Sabíamos, por los plazos, que no iba a llegar a cumplir los 14 años en prisión, pero ni siquiera cumplió efectivamente los pocos que estuvo en la cárcel. Ningún cumpleaños o Navidad los pasó entre rejas. Nosotros lo supimos, y lo denunciamos. Él no tenía un tratamiento común. La condena a Velázquez no ha servido. Con él fuera, no queda nadie rindiendo cuentas por el asesinato de Pocho“, dice Celeste Lepratti, la hermana.
El grito que no se apaga
El 26 de abril pasado, la Sala II de la Cámara de Apelaciones en lo Penal de Rosario absolvió de culpa y cargo a los cinco policías que habían sido condenados en 2009 por falsificación de instrumento público y encubrimiento del asesinato de Claudio Lepratti. Los efectivos beneficiados fueron Marcelo Fabián Arrúa y Rubén Darío Pérez –chofer y acompañante respectivamente del móvil en el cual iba Velázquez–; el ex jefe de la subcomisaría 20ª, Roberto de la Torre; el ex jefe del Comando Radioeléctrico, Daniel Horacio Braza; y el ex oficial de guardia de la 20ª, Carlos Alberto de Souza.
Jamás fueron procesados ni condenados los autores ideológicos y políticos de la represión salvaje de diciembre de 2001, entre ellos el máximo responsable, el ex gobernador y actual senador nacional Carlos Alberto Reutemann. Incluso, Lorenzo Domínguez (ex ministro de Gobierno) y Enrique Álvarez (ex Subsecretario de Seguridad), que habían sido procesados por mal desempeño, fueron sobreseídos al poco tiempo. “Todo el proceso judicial fue muy vengorzoso. (Ricardo) Favaretto, el fiscal (luego ascendido a juez correccional en Santa Fe), parecía el abogado defensor de los funcionarios imputados”, es la impresión de Celeste.
“La policía no es acéfala. Hay alguien que decidió que ese día se reprimiese con balas de plomo. Nadie rindió cuentas. Ni siquiera fueron llamados a declarar. Ninguno de estos funcionarios tuvieron que pisar tribunales en ningún momento, pero tampoco pueden pisar una calle de Santa Fe por lo que pasó con los inundados. Hay una condena social a los responsables políticos y a la policía”, apunta Celeste y afirma: “La justicia santafesina está lejos de ser un poder independiente. La corporación sigue, pueden cambiar hoy dos figuras, pero la conformación de la Corte ha estado muy lejos de ser independiente. Cuando tuvieron la posibilidad de tomar decisiones, eligieron las peores. En esta justicia no creemos más. Es necesario y urgente que se cambien las reglas para la elección de jueces y que funcione un espacio para investigar cómo actuaron los responsables de hacer justicia. Ellos también están cometiendo un delito cuando cometen irregularidades. Lo venimos denunciando desde siempre”.
El plural refiere a la comisión investigadora no gubernamental que formaron los familiares, amigos y diferentes organizaciones sociales para denunciar la impunidad de la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001. La comisión recabó información concreta y redactó un documento que, en poco tiempo, entregarán a la Presidenta y a la Corte Suprema de la Nación. El informe también fue pensado para denunciar la falta de justicia ante un organismo internacional.
Pochormiga
En ese barrio del sur, cerca del arroyo Saladillo de Rosario, Claudio Lepratti era también el Pocho que pelaba cebollas para los guisos y cocinaba mundos chiquitos para transformaciones enormes, como las que hacen las hormigas. De ahí su frase: “Una red de hormigas puede más que un elefante”. La misma que ahora repite su amigo Varón, Sergio Fernández, y que se hace carne en cada marcha, en cada propuesta del colectivo que sembró con los pibes de La Vagancia, el grupo de la coordinadora juvenil de la Vicaría del Sagrado Corazón que propició el padre salesiano Edgardo Montaldo, del barrio Ludueña. Esas hormigas son también motivo de estampa en remeras, murales, nombres de calles, plazas, baños de cárceles, decenas de canciones y documentales. El Pochormiga, que pedaleaba cual Quijote en bicicleta de un extremo al otro la ciudad, se convirtió en ícono en la Rosario sin líderes ni fundador. Desde su casa –hoy convertida en bodegón cultural donde se arman murgas y talleres– en el noroeste, en la villa de Ludueña, hasta el sur también pobre, sin cloacas y con tantos pibes en busca de un destino mejor, florecieron hormigas que organizan carnavales, talleres de educación sexual, bibliotecas, discos y fiestas.
Reunión de hormigas
Sandra anota en el cuaderno, María José lleva a imprimir los volantes para el encuentro de familiares de víctimas del 19 y 20 de diciembre de 2001 que arranca el 8 de diciembre, Monchito repasa algunos cambios en los horarios de los talleres y la Polola habla por teléfono con la gente de Córdoba, mientras la Flaca acuna a Severino, que tiene unas líneas de fiebre. El segundo hijo de Celeste y Gustavo –de 10 meses– se resiste a tomar el jarabe de ibuprofeno y su hermano Simón –de 3 años– se le caga de la risa. Celeste es la hermana de Pocho Lepratti y Gustavo Martínez fue su compañero de ATE desde que había comenzado a dar clases de filosofía y ciencias de la educación en la escuela del padre Edgardo Montaldo. El camino, la resistencia y los surcos que dejó el más hormiga de todos los hormiga los amontonó primero en las calles y después bajo el mismo techo Así la luchadora de ojos transparentes como su nombre y el poeta se conviertieron en pareja y padres de dos hijos. Ambos enrojecen sus gargantas en cada acto, en cada pedido de justicia y en los escraches que organizan para que los responsables políticos de la masacre, con Carlos Reutemann a la cabeza, sean juzgados.
Celeste, la quinta de seis hermanos Lepratti donde Pocho era el mayor, nació en Colonia Los Ceibos, zona rural donde quedó su mamá Dalis rodeada de linos rojos. Muy cerca de ahí, en Concepción del Uruguay, estaba por terminar su carrera docente cuando asesinaron a Pocho. Primero empezó a viajar con papá Orlando, “y después empecé a quedarme por todo lo que teníamos que hacer”, cuenta.
En medio de esos viajes, que a veces eran más de uno por semana, Orlando Lepratti, el papá de Pocho, murió de un paro cardiaco, en el micro y al volver de un acto en Rosario, en 2004. “Lo mató la impunidad”, afirma Celeste, que ahora es profesora de cuatro escuelas de las barriadas de Rosario.
Enseñanzas colectivas
“Cuando lo matan a Claudio, como familia teníamos dos posibilidades: hacer algo o no. Desde el principio quisimos justicia e inmediatamente empezamos a relacionarnos con otros familiares que pasaron por lo mismo, sobre todo de acá. Luego nos fuimos relacionando con otros que venían de luchas anteriores, desde gatillo fácil a inundados. Es un camino larguísimo que nos ha ayudado a crecer, y aprendimos a hacernos fuertes en esta pelea”, resume Celeste.
Cuenta también que el Pocho estuvo a punto de terminar el seminario de los salesianos, donde tomó los votos de castidad y pobreza. Cuando se negó a tomar los de obediencia se fue del seminario a la villa y ahí empezó a sembrar junto con los pibes del barrio Ludueña. “Un montón de chicos no conocieron la 12° (comisaría) gracias a Pocho”, recuerda el padre Edgardo Montaldo en el documental Pochormiga, de Francisco Matiozzi.
San Pocho de Ludueña
A diez años de aquel diciembre negro, la escuela de Las Flores no se ve igual. Tuvo transformaciones, aportes del gobierno para mejoras edilicias y hasta en una esquina del comedor hay un altarcito con velas encendidas y agradecimientos al Ángel de la bicicleta, como lo inmortalizaron desde las paredes del Ludueña hasta la canción con ritmos de cumbia que compuso en su memoria León Gieco. ¿Qué le piden los chicos a Pocho? ”Desde terminar la secundaria –cuenta Gustavo Martínez– hasta más horas de laburo para la vieja, porque no le alcanza’”
A Celeste la santidad de Pocho le inspira respeto: “Sé que hay muchas familias, muchas casas donde se le prende una vela, se le pide algo. A veces te sobrepasa, a veces cuesta dimensionarlo. Pero da un empuje más para seguir”.
Desde el comedor Betania del barrio Ludueña, el padre Montaldo pone el cuerpo en tensión como desde el primer día que llegó des San Nicolás. A sus 81 y con más de 40 años en el barrio, junto a hombres y mujeres en quienes se apoya más que en su bastón con ruedas –que desde el 2007 lo ayuda a caminar por un ACV– sostiene varios grupos que ahí se forjaron: Desde el pie (grupo de mujeres que trabaja en educación sexual integral para jóvenes y adolescentes), murga Los Trapos, la reconocida Escuela Orquesta del barrio, el taller de bicicletas que comanda la Secretaría de Seguridad Comunitaria y otros de hip hop, y cocina. Sin duda “una red de organizaciones no gubernamentales y espacios públicos puede hacerle frente a un gigante”, como destacaba Montaldo hace unos años, es también su manera de responderle a la muerte.
Es allí donde Celeste encontró la idea que le da vueltas desde hace unos años: “A la justicia la hacemos entre todos. Tiene que ver con el hacer todos los días, con la búsqueda y el encuentro con todos los familiares que les fueron tergiversado las causas, con todos los que no conocíamos”. El trabajar con los otros, no moverse solos, estar juntos los ha fortalecido, dice. “Ese sostén es fundamental. Cuando estamos tristes, angustiados, con un cansancio grande, siempre hay alguien que nos da la mano”, refuerza Celeste. “Para nosotros el 2001 es un símbolo claro de la impunidad, pero sentir que la gente está cerca nos ayuda a seguir”, concluye como para reafirmar la idea de que las hormigas, si están organizadas, pueden más que un elefante. Y en eso andan.

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