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El aguante de Lear

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Trabajadores discriminados, insultados y acusados de zurdos y tirapiedras convertidos en un símbolo contra la precarización laboral, más allá de los caranchos.

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Te escucho –desafía el despedido. Afuera hay un sol primaveral, hombres y mujeres cocinando una pizza al disco, muchos policías y gendarmes, un vallado entre una fábrica y estas personas como si de uno de los dos lados hubiera un zoológico a la vera del km 31 de la Panamericana, mientras en la carpa alguien tiene algo que responderle al despedido, y dice: 

-Envido.

-¿Envido, dijiste?  Quiero. ¡29!

-¡Qué puto de mierda!

Se ríen. Son las 14.30 de un viernes. Rubén Matu está parado en la puerta de la carpa. Es delegado de la Comisión Interna de Lear, uno de los que a pesar de los fallos judiciales que reconocen sus mandatos, no pudo ingresar a la fábrica por un telegrama de la empresa.

-Mirá–dice Rubén, mostrando a los policías que custodian la entrada de la empresa, que ahora avanzan en línea recta y se detienen a 5 metros de la carpa. A la izquierda, al frente y a la derecha hay policías. Nadie puede salir.

-Así es siempre- dice Matu sobre esa maniobra con la que la policía dice proteger a quienes trabajan en Lear, de los “tirapiedras” del acampe.

-Nos tratan como delincuentes-señala uno de los despedidos-. Pero sólo somos trabajadores que queremos recuperar nuestros puestos.

El partido de truco se reinicia.

16 mil millones

Lear Corporation es una empresa multinacional fundada en 1917 como American Metal Products en Detroit, Estados Unidos. Hoy fabrica asientos y sistemas eléctricos para automóviles en todo el mundo.

Se jacta de contar con 122 mil empleados en 221 fábricas ubicadas en 36 países. Posee tres plantas en Argentina: Córdoba y  Escobar fabrican asientos y butacas; General Pacheco, la instalación eléctrica en dos modelos de Ford: Ranger y Focus. Según su sitio web, Lear superó durante 2013 los 16 mil millones de dólares de ganancias, y quedó 177° en la lista de 500 empresas relevadas por la revista Fortune.

Pese a esos números, los trabajadores vivieron una epidemia de suspensiones, luego despidos y retiros voluntarios que  Lear adjudicó a la crisis de la industria automotriz local: hacia fines de agosto la producción 2014 había caído un 22% con respecto a 2013. El dato es relevante: la rama automotriz aporta el 9% del valor bruto de la producción industrial del país.

Lear no fue la única. A lo largo del año, otras empresas del sector fueron ejecutando suspensiones y despidos, con sus consecuentes reclamos y movilizaciones. A fines de 2013, Lear tenía entre 800 y 900 trabajadores. En mayo ya eran unos 650. Hoy son pocos más de 500.

Pero pese a la crisis declamada por los empresarios, todos los despidos se produjeron bajo la carátula de “justa causa”, enmarcada en el artículo 242 de la Ley de Contrato de Trabajo. En sus telegramas, las trabajadoras y los trabajadores se enteraron que, además de estar despedidos, la empresa los acusaba de bajo rendimiento: esa era la “justa causa”.

En el acampe, son 60 las familias que rebaten que haya algo justo en la situación, y plantean que la crisis declamada no existió.

¿Crisis?

Todo comenzó el 27 de mayo cuando la planta suspendió a 330 trabajadores (110 de la mañana y 220 de la tarde, todo el turno) por 15 días con el 75% del sueldo. Hubo protestas y manifestaciones. A los 15 días reingresaron los 110 de la mañana. Seguían los reclamos. Lear suspendió a los 220 de la tarde por 30 días más, sin goce de sueldo. Luego empezaron los despidos. A los 220 se sumaron 30 del turno mañana. Con el correr del tiempo y la lucha, Lear reincorporó a 60, 130 arreglaron sus retiros voluntarios y aún quedan 60 reclamando volver al trabajo.

El conflicto también derivó en lo judicial: medidas cautelares de reinstalación de la comisión interna, fallos que ordenaban al Ministerio de Trabajo reincorporarlos, apelaciones del SMATA para sacarle los fueros a los delegados y despedirlos, rechazos de dos tribunales distintos a los planteos del gremio y una denuncia por discriminación y práctica antisindical presentada por los trabajadores contra la conducción del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA).

Edgardo Moyano, abogado de la Comisión Interna, considera que la situación de los despedidos es “muy fácil de resolver” para el Ministerio de Trabajo. “Como son suspensiones y despidos masivos alegando crisis económica, hay un mecanismo que establece la Ley de Contrato de Trabajo: la empresa tiene que mostrar los balances de los últimos tres años para demostrar su crisis”.

¿Qué ocurrió en el caso de Lear? “Nunca se presentó nada, por lo que el Ministerio puede intimar a dejar los despidos y suspensiones sin efecto. No lo hizo todavía, el SMATA es un gremio oficialista”.

El discurso empresario y sindical fue mutando durante el conflicto. De justificar las suspensiones y los despidos por la crisis económica y el descenso de la producción, se pasó a culpar a la Comisión Interna por supuestos actos de indisciplina. El director de Lear Argentina, Antonio Marín, declaró a la prensa: “Es una planta que tiene trabajo y podría aumentar su producción” si no fuese por “estos conflictos”. El discurso sobre la crisis desapareció.

El piquetero

La nena de 5 años preguntó: “¿Qué, te vas a hacer piquetes?”

Juan Olmos, 25 años, está observando el partido de truco y se ríe cuando recuerda lo que le dijo la hija de su señora luego de ver los noticieros con los cortes en la Panamericana. “Gracias a la televisión, para la nena quedé como el piquetero”. Juan está a punto de ser papá de un varón. Vive en Pilar con su compañera. Trabaja desde los 16 años. “Con permiso de mis viejos dejé el colegio. No me gustaba estudiar”. La madre había sido directa: “En la calle no te banco. Te buscás un trabajo”.

Pasó por algunas metalúrgicas y hace cinco años recaló en Lear. Cuando empezó el conflicto estaba con parte médico. “Tengo desgaste de cartílagos en este hombro, tendinitis crónica en el otro, en el codo y en el antebrazo”. Olmos, que no milita, fue despedido y tildado de “piquetero”, “zurdo” y “tirapiedras”.

La trampa

«Lavar los vasos, tazas y/o utensillos que usan. Gracias”, reza un cartel pegado en el cajón donde los trabajadores y las trabajadoras guardan sus provisiones: yerba, harina, galletitas. Hay bidones de agua, detergente, cocina a garrafa, olla que hierve para el mate, colchones. Las maderas hacen de piso sobre el césped y la tierra. Al lado hay otra carpa, almacén para los suministros y víveres que compran gracias al fondo de lucha: el objetivo es llegar al millón de pesos, van casi 800 mil. La lista de donaciones incluye gremios docentes, centros de estudiantes, partidos políticos y 10 mil pesos aportados por Hugo Moyano, titular de la CGT nacional.

Pelo largo, lentes onda Woodstock, 41 años, 17 en la fábrica, cuenta Carlos Gasparini: “Nos suspendieron sin explicaciones. A algunos nos llegó el telegrama, a otros no. El único que les llegó a todos fue el de despido, planteando bajo rendimiento. Ni yo ni los que estamos acá tuvimos ni un apercibimiento, ni una amonestación, ni una suspensión. ¿De qué bajo rendimiento hablan? El sindicato dijo que la mayoría de nosotros éramos faltadores. En los últimos 3 años no tengo ni una falta ni llegada tarde. Todos los premios a la asistencia y puntualidad están en mi recibo. Es el comprobante de que mienten”.

Damián Peralta, 30 años, 10 en la empresa, tiene dos hijas de 7 y 10 años: “Fui dos veces empleado del mes. Me he ido a Brasil por la empresa, todo pago, una cámara digital como premio. Ahí se les cae la careta”. ¿Qué opinan sus hijas de que su papá está hace tres meses en un acampe frente al lugar donde solía trabajar? “La   grande dice que arregle, que pida más plata, pero la menor dice que tengo que seguir porque me echaron por vago, y yo no soy ningún vago. Hay una interna ahí”.

Cuando la hija le pide que arregle, se refiere a los retiros voluntarios que, en el telegrama que lee Darío García, especifica que se ofrece sin “reconocer hecho ni derecho alguno”. Darío, 25 años, 3 como trabajador de Lear: “Es un despido encubierto. Firmás y admitís el ‘bajo rendimiento’, y después andá a conseguir otro trabajo”. Olmos agrega: “Te precarizan”.

Sin embargo, en la pelea por las reincorporaciones muchos terminaron arreglando empujados por la necesidad, los alquileres, la presión económica. La empresa fue aumentando la cifra ofrecida a cada despedido. En el acampe cuentan que varios de los que aceptaron se compraron un auto. Eco de otros tiempos: hoy trabajan como remiseros.

La operación

En la epidemia de suspensiones y despidos cayeron también los delegados de la Comisión Interna de la fábrica, que habían sido reelectos por el 70% de los votos de Lear seis meses antes del conflicto. Los directivos de la empresa, con la  complicidad del SMATA dirigido por Ricardo Pignarelli, buscaron descabezar de la representación gremial a los delegados Rubén Matu, Silvio Fanti, Gustavo Farías, Gustavo Trocaiolli y Graciela Maidana. Se valieron de asambleas convocadas por el sindicato bajo el supuesto pedido de los obreros de la fábrica.

Ejemplo: con la excusa de la seguridad frente a inexistentes agresiones, citaron a los trabajadores lejos de Lear para llevarlos a la planta en colectivos, pero en realidad los trasladaron a  la sede porteña de SMATA, a una asamblea que buscaba revocar el mandato de la Comisión Interna.  “Cuatro compañeros se pronunciaron en contra y los echaron”, relata Juan Olmos. Sin embargo, la jueza Stella Maris de Vulcano ordenó al sindicato “no innovar” y suspender “los efectos de las resoluciones” tomadas en el marco de esa asamblea.

“Fuera los zurdos”

Juan Olmos no oculta su fastidio. “Genera mucha bronca darte cuenta de la presión que meten la empresa y el sindicato con los patoteros que tiene adentro, porque ves salir a compañeros con los que uno vivió un montón de cosas. Uno era mi vecino. Compartí mil sensaciones, mil vivencias y hoy pasa con la cabeza gacha porque le da miedo saludar a los de la carpa. Un pibe con el que no pasaba un día sin que me juntara a comer, a tomar algo, a charlar. La empresa les mete miedo. Y ha habido amenazas directa de despidos a los que se acerquen a la carpa”.

Las trabajadoras y los trabajadores se refieren como “la patota de la Verde” (verde es color de la lista con la que se presentan a elecciones) a los que responden a la conducción de SMATA y la empresa. “Les tiraron gas pimienta a los delegados cuando tuvieron que dejarlos entrar”, denuncia Olmos. “Y el día que entró el noticiero, nos llegaron fotos de adentro con banderas del SMATA colgadas. Obviamente las sacaron, porque la empresa no va a mostrar la connivencia que hay con el gremio”.

¿A qué noticiero se refiere Olmos? Un móvil de C5N ingresó a la fábrica para mostrar “Lear por dentro” y cómo la empresa funcionaba a pesar del conflicto. Media hora antológica: durante 30 minutos, el móvil recorrió la planta y habló con obreros que criticaban a los delegados, los llamaban “tirapiedras” y los culpaban por los despidos. “Acá no queremos a los cuatro ex delegados”, decían. Otro sostuvo que la intención de la Comisión Interna era hacer del conflicto un “trampolín político” para posicionar a grupos de izquierda. Durante  la transmisión diversas personas se paraban detrás de quienes hablaban. Se intercambiaban carteles. Uno decía: “Fuera los zurdos de Lear”. El otro era más fuerte: “Ni olvido ni perdón. Zurdos en Lear Nunca Más”.

Ahora bien, ¿quiénes fueron los entrevistados? “La mujer era Miriam Español. Fue directiva del sindicato en la secretaría de la Mujer, y figura en una de las placas del SMATA central, con todos los directivos históricos”, explica Matu. “El otro, Hernán Gómez, es amigo personal de Mario Paco Manrique, secretario adjunto de SMATA”.

¿La frutilla? Matu: “Español y Gómez fueron los candidatos que perdieron en las últimas elecciones”. Justamente las que ganó la Comisión Interna que el SMATA busca revocar.

¿Para quién hinchás?

El Chancho Verde, de la patota del SMATA con el Che Guevara tatuado en el brazo, le decía a Noelia: “Vos sos una morocha muy guerrera”. 

Noelia Pineda estaba acostumbrada a que le dijeran eso en la fábrica y ganó fama contestando cosas como “a mí no me vas a forrear”. Era nueva, apenas 2 años: los de la Verde no podían identificarla políticamente. “Nunca me interesó la política”, retruca ella. “Me comí verdugueadas  de los patrones, de los jefes, de los mismos compañeros que saben que sos nueva. Y como siempre fui una mina muy neutra, se quedaban fichando qué hacías”. Un día inventaron que estaban organizando un partido de fútbol entre la Verde y la Celeste, y empezaron a preguntar para quién iba hinchar cada uno. “No me interesa ni la Verde ni la Celeste”, respondió Noelia. Le insistieron tanto que se hartó. “¿Sabés qué? Ya que rompés tanto las pelotas, ¡para la Celeste!”. Hoy, en el acampe, ella ríe: “A los dos días, suspensiones y a la calle”.

Noelia es de Los Polvorines. Tenía que tomar dos colectivos para ir a trabajar, sigue haciéndolo para llegar al acampe. “Encima tengo una hija discapacitada, pero a nadie le importó. Estoy afiliada al sindicato, y ellos sabían. En los dos años y seis meses que estuve acá nunca falté, nunca llegué tarde. Yo no voy a arreglar todavía, estoy enojada por cómo nos echaron”.

Al igual que a Noelia Pineda, el propio accionar de la Verde impulsó a Mara Torrico a confiar en la lista Celeste. “No soy militante, comparto algunas ideas, otras no”, señala. “Lo que nos llevó a estar en la pelea y a apoyar a la Celeste, fueron las injusticias en la planta. Yo tenía 12 años de trabajo y veía gente acomodada por el SMATA”.

Noelia, que trabajó en fábricas de virulana, en Pepsico y en estaciones de servicio de YPF, cuenta que tuvo una discusión con su hermana a raíz del conflicto. “Todo esto lo hacen porque están haciendo política para zurdos”, le dijo la hermana. Noelia no lo podía creer. “Sabés que yo cero onda con la política. Si estoy yendo ahí todos los días, imaginate lo que es para mí”. Confiesa que no se vieron más. “Yo soy joven, tengo 32 años, puedo seguir estudiando, buscar otro trabajo, hacer miles de cosas, pero las veo a las que son más grandes y están hace muchos años, y me duele. Es horrible”, explica. “Y la gente es mala, cruel: lo primero que hacen es atacarte por el lado de la política. Pero nosotros sólo queremos recuperar nuestro trabajo”.

El quiebre

«Si los zurdos generan tantos despidos, es porque las fábricas están llenas de comisiones internas de izquierda”, ironiza Rubén Matu tomando mate dentro de la carpa. Tiene 33 años y es el único de los delegados que milita. Había sido obrero de Lear, despedido tras la crisis del 2001. Hizo changas, trabajó en una fábrica plástica,  una textil, envasó lavandina, fue pintor, albañil, recaló en una imprenta, hasta que en 2005 volvió a Lear. Todavía no militaba.

“Me empecé a comprometer por lo que vi al entrar en la fábrica”, recuerda. “A fines de 2008, cuando comenzó la crisis económica, echaron a los contratados, pero no había bajado el laburo. El de la burocracia me acuerdo que me decía: ‘Mirá, Potro, hay crisis, pero son los contratados, no pasa nada’. Y me daba una palmada en la espalda. A principios de 2009, despidieron a 40 que eran efectivos. ¿Otra vez van a echar?, pregunté. ‘Mirá, Potro, van a echar a los vagos, a los rotos y a los que estén en contra nuestra. No pasa nada’. Trabajé dos minutos más, pedí un relevo para ir al baño, pero me metí entre las líneas para hablar con la gente que conocía, y les dije ‘che, van a echar a gente, ¿qué hacemos?’. Nos empezamos a juntar afuera”.

Nuevamente, la politización fue paradójicamente incentivada por la empresa y por la burocracia del SMATA. Matu recuerda los procesos que se dieron en varias fábricas de zona norte, como Kraft, Pepsico y algunas gráficas, entre otras. Esas movilizaciones le fueron cambiando la cabeza. Primero decidió meterse de lleno en la fábrica. Luego optó por el partido. Hoy es un militante del PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas). Su actual pareja también. “La conocí en una marcha”, dice.

Carlos Gasparini, con 17 años en la fábrica, subraya que nunca había habido oposición interna a la Verde en Lear. “En una elección, yo tenía el listado de todos los operarios que había para votar”, cuenta riéndose frente a un milagro aritmético: “Tuvieron 407 votos, entre 396 trabajadores”. La Celeste logró su primer delegado en 2007, luego 3 en 2011 y en noviembre de 2013 obtuvo la representación de los 5 delegados que actualmente conforman la Comisión. Discutieron despidos, condiciones laborales, la efectivización de los contratados y eso les sumó adhesiones, lo cual a su vez encendía la hostilidad del gremio.

El SMATA presentó un acta creando nuevas categorías por debajo de su  propio convenio colectivo, según las cuales los recién ingresados debían trabajar durante dos años para recién después poder entrar al convenio.

¿Cuál era la maniobra? “Garantizar mano de obra más barata a la empresa”, simplifica Matu. “Si con dos nuevos puestos gasto el sueldo de uno que está hace más años, a ese lo echo y tomo gente nueva”. El acta fue firmada por el SMATA pero la actual Comisión Interna era el obstáculo para su aplicación. “Necesitan la firma de la comisión”, dice Gustavo Farías, otro de los delegados, sobre lo que tal vez es la génesis del conflicto actual.

“La empresa necesitaba echar a los lastimados (que tienen problemas de salud) y a la gente con categoría, y el sindicato necesitaba sacarse de encima a la interna independiente”, sintetiza Juan Olmos.

Rambo y el infiltrado

El hostigamiento sufrido no ha sido fácil de llevar, dice Gasparini. “Parecemos duros, luchando, pero en algún momento, por más hombres que seamos, lloramos. Por la impotencia, por un montón de cosas. Nos tratan como si fuésemos delincuentes, y lo único que reclamamos es nuestro derecho a trabajar. Ahora nos ves contentos, pero no está tan bueno esto. Hace dos meses un compañero se compraba yerba o aceite, y hoy vienen a pedirlo acá porque no tienen para comprar. Eso te hace mierda, ¿entendés? Porque ves la realidad por la que pasa cada uno. Eso también te hace fuerte para luchar. Quizá no por uno, pero sí por el de al lado”.

A Gasparini lo detuvo la Bonaerense cuando estaba comprando un sándwich y una gaseosa junto a su esposa en un shopping en Malvinas Argentinas. Fue por averiguación de antecedentes, pero lo tenían fichado. “¿A vos te gusta hacer lío, no?”, le dijo el oficial. Lo soltaron a las dos horas, en lo que empieza a ser un hábito. A lo largo de los tres meses de acampe la gente de Lear ha soportado represiones de la Bonaerense, la Federal y la Gendarmería, embarazadas golpeadas, detenidos, causas armadas, y al propio secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, sobrevolando la carpa al estilo Rambo como si los despedidos fueran un enemigo.

Bonus track: tuvieron como infiltrado al coronel del arma de Caballería Roberto Ángel Galeano, que fue jefe de Inteligencia del Cuerpo de Ejército de Córdoba y de Contrainteligencia en la Dirección de Inteligencia del Estado Mayor General del Ejército, pasado a retiro por la ex ministra Nilda Garré y reincorporado por el propio Berni como coordinador de fuerzas de seguridad. Galeano fue el mismo que orquestó el simulacro del comandante de Gendarmería Juan Alberto López Torales, inmortalizado como el Gendarme Carancho, que se arrojó sobre el capot de un auto simulando haber sido atropellado por el mismo, por lo que el automovilista fue detenido e imputado por lesiones y resistencia a la autoridad. Berni defendió al gendarme, luego lo separó, y terminó echando a Galeano.

El proceder de las denominadas fuerzas de seguridad motivó un rechazo que abarcó desde los partidos de izquierda hasta Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, y el Movimiento Evita. La represión a los manifestantes y trabajadores formó parte del informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) Las prácticas violentas son contradictorias con una política de ampliación de derechos, que afirma que “la represión de la Policía Federal y la Gendarmería a trabajadores y organizaciones sociales que  cortaron vías de circulación en reclamo de fuentes de trabajo y condiciones salariales muestra un  desplazamiento preocupante en la política de no represión de la protesta social”. La entidad denunció irregularidades, portación de armas por parte de la Federal, balazos de goma, perros adiestrados sin bozal, gases y nula “presencia de interlocutores políticos que eviten el uso de la violencia”.

Mundos y realidades

Hace 27 años que Norma Kuhn es empleada en las diversas empresas que integran Lear Argentina. Tiene una lesión en el menisco y una hija discapacitada. ¿Por qué resistir en este conflicto? “Porque quiero demostrarles a mis hijas que tengo dignidad. Que sepan que su mamá luchó por la verdad, no por la mentira. No es como dicen los medios: no somos vagos. Somos personas que queremos volver a trabajar”.

Juan Olmos cuenta que tuvo diversas discusiones con su pareja a partir de la instalación de la carpa. “Hoy es uno de los pilares que tengo”, confiesa. “He tenido la necesidad por angustia, por presión, por no sentirme mal, de decirme ‘loco, hasta acá llegué, dame lo que quieras y me voy’. Pero ella me dijo ‘no, loco, seguí, yo te aguanto un mes más, te aguanto otro mes, y otro mes’. Estamos a mes y medio de que nazca el bebé y me llamaron la semana pasada de la empresa para ofrecerme 200 lucas”. Todavía no compraron la cuna.

María Sol tiene 28 años y es compañera de uno de los despedidos, Damián Peralta, con quien tiene dos hijas. La suspensión le cayó a Damián justo en el cumpleaños de una de las nenas. “Me venía avisando desde el año pasado sobre los rumores de una lista negra en la fábrica”, cuenta la joven. “Él es el único sostén de la familia, pero le dije que no arregle, porque el tema es el maltrato. Le tiene que dar para adelante porque hay producción, y en algún momento lo van a necesitar”.

La hija de 6 años de Sebastián Ciseri dice “papá se fue al trabajo” cuando papá se va a la carpa. “No pertenezco a ningún partido”, dice este trabajador de 28 años, con 5 en Lear, que como tantos de sus compañeros simplemente quiere aclarar que no es lo que lo acusan de ser. “Vos ya tenés una vida hecha, y te cambia todo. Estamos manteniéndonos como podemos porque no tenemos un sueldo”. Ciseri cuenta que había salido sorteado en Pro.Cre.Ar, el programa del Gobierno nacional que otorga créditos hipotecarios a bajas tasas de interés para la construcción, ampliación o refacción de viviendas. “Vendí el auto para comprar el terreno y salí sorteado. Venía contento, las cosas salían, y de repente pasó ésto. Te golpea, porque por momentos pensás que hay que seguir, y después te da bronca porque todo lo que tenías proyectado ya no lo podés hacer. Es jodido”.

Alejandra Romero es chaqueña y trabajó en Lear 17 años. Su marido también fue operario. Los echaron a los dos. Hubo ocho parejas despedidas. Alejandra vive en Los Troncos, Tigre, tiene dos hijos de 9 y 5 años (el más grande con tratamiento), y su marido, que arregló con la empresa, hoy es remisero. “No nos quedó otra. Teníamos las cuentas hasta acá”, se toca la frente. “La plata no me interesa: devolveme mi trabajo. Tengo 38 años, ya trabajé de limpieza, en Chaco, 10 años. Basta. He comido de basurales. Yo sé lo que es vivir así”.

Teoría genital

«¿La semana que viene ya estamos adentro?” pregunta uno de los despedidos, con tono de humor. “Ya estamos, ya estamos” replica otro en la carpa.

Javier Hahn confiesa que puede terminar arreglando o no su retiro voluntario, pero, en cualquier caso, estaría contento. “Porque aunque no entremos todos lo que estamos ahora, ya ganamos. Nos comimos un Mundial y no nos pudieron voltear, nos mandaron Gendarmería, la Bonaerense, y no es que nos estamos enfrentando a un gremio chiquito. Y hace tres meses que no nos pueden voltear. Yo me voy a ir cuando quiera, no cuando ellos me digan, porque el dueño de la pelota hoy por hoy soy yo. ¿A ver cuánto me ofrecés?”.

Soledad Encina, con siete años en la fábrica, coincide: “Ganamos porque ellos no quieren que entre la Comisión Interna. Y entró”. Los delegados, al reingresar, encontraron que la empresa los había apartado a un sector para aislarlos bajo la excusa de “cuidar su seguridad”. Una especie de jaula, denunciaron, de la que no debían salir. “Están reconociendo que tienen una fábrica peligrosa”, dice Matu, uno de los agredidos con gas pimienta por los empleados de la Verde. A la vez, impiden que la Comisión retome el contacto con los demás trabajadores.

Todas y todos coinciden en que Lear generó múltiples cambios. Por un lado, el acampe se convirtió en un dique de contención para evitar que la planta siga despidiendo operarios. Por otro, muchas empresas están expectantes. “Si nosotros ganamos, van a pensar dos o tres veces hacer lo mismo”, dice Encina. A Javier Hahn le encantaría volver a entrar por una simple razón: “No va a ser lo mismo. Es otra fábrica. Va a ser un desafío, porque no voy a entrar con la cabeza gacha, sino con la frente bien alta. Vamos a ir con otra actitud. Yo admiro lo que se bancaron estas mujeres. Algunos compañeros la agitaban mal: ‘¡vamos a tomar la fábrica!’, y fueron los primeros en caerse. Y ellas, que siempre fueron perfil bajo, que nunca se metían en nada, tienen más huevo que yo”. 

Noelia Pineda apunta que es de las que se politizó con el conflicto (diferenciando lo político de lo partidario). “Imaginate”, dice, “yo tengo mi novio que es policía, y me dice que si estoy quemando gomas, que por qué no arreglo, que soy una loca. De ninguna manera. ¿Por qué me voy a ir y conformarme? Es la bronca, la impotencia. Vamos por eso, no por la guita. Ya no es la plata”.

Y Soledad Encina, otra que nunca militó, afirma: “Nosotros ya somos otros”. Juan propone otra hipótesis: “No hacemos política. Si nos tildan de zurdos es porque Massa, que manejó Tigre toda su vida, no vino ni siquiera a preguntar qué onda. Acá cada uno deriva la cosa para el lado que le conviene, pero nadie piensa en lo que estamos pasando. Estamos acá por el puesto de laburo”.

Qué pasa en la cabeza

– Si nos echan, llamamos a la policía.

-No, a la policía no, porque le pega a los trabajadores.

-A mí papá lo echaron porque los delegados son unos garcas.

-No, mi tío es delegado, y no es garca.

El diálogo es entre dos niños de 6 años. El sobrino de Rubén Matu y el hijo de Daniel Vázquez, uno de los que tras 17 años de trabajo en Lear fue despedido y hoy exige su reincorporación. Al papá de su compañerito también lo despidieron en otra fábrica. “Mirá la cabeza de un nene de 6 años”, dice Vázquez, y asocia: “Voy a entrar con otra cabeza. Siempre cumplí, hice lo mío, no te digo que era agacharme, pero bueno, si volvemos va a ser distinto. Lo que pasamos acá nos ha cambiado la forma de pensar. No somos los mismos”.

Graciela Maidana es otra delegada. Hace 17 años que trabaja en Lear y desde febrero está con licencia porque tiene una esclerosis múltiple que le declararon este año. “Va a pasar un tiempo antes de volver a recuperar la fábrica como estaba antes”, analiza, imaginando el mejor futuro posible, con los despedidos nuevamente dentro de la fábrica. “No lo veo tan lejos. Cuando la empresa aumente los ritmos de producción y el cuerpo se empiece a lastimar, cuando el sindicato siga sin actuar, se van a volver a organizar. Veo que hoy mismo los trabajadores están enojados. Por eso la empresa tiene miedo, por eso no quieren a la interna adentro”.

El Ministerio de Trabajo finalmente reconoció y recibió a los delegados, aunque adentro siguen las persecuciones, y afuera la carpa continúa siendo un símbolo del presente.

Así es Lear: cada minuto parece un último momento. Con las dudas personales, los debates, las lágrimas,   aguantando gendarmes y caranchos y burócratas, para imaginar otro futuro, porque todo, se ve en el kilómetro 31 de la Panamericana, puede ser distinto. Continuará.

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