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Arte a cielo abierto

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Cómo aparecieron Picasso y Dalí en murales de un barrio porteño, para recuperar la geografía, y los vínculos entre los vecinos.

piedrabuenarte

Si uno mirara al barrio Comandante Luis Piedrabuena desde una vista aérea lo que vería es un conjunto de semicírculos formado por monoblocks, algo así como el logo de los Juegos Olímpicos, pero con anillos que no se superponen ni se cierran sobre sí mismos.

Esa arquitectura hace de Piedrabuena un barrio inusual dentro de la geografía porteña,  cuyo diseño edilicio construye unidades aisladas en medio de la aglomeración: es un vecindario que se mira a sí mismo, que desde la disposición arquitectónica parece estar destinado a constituirse más como una comunidad que como un barrio; una aldea de cemento y corredores donde viven alrededor de 20 mil personas, al sur de la ciudad de Buenos Aires, en Lugano. Este diseño, casual o no, va más allá de las buenas o malas intenciones: el barrio fue construido durante la dictadura militar y se inauguró en 1982,  aunque hasta el día de hoy no tiene final de obra. Está a medias.

Si uno llega por la Avenida Perón, primero va a pasar por el Elefante Blanco, ese otro proyecto inconcluso: iba a ser  el hospital más grande de Latinoamérica y terminó siendo un símbolo obsceno del abandono público. Sesenta mil metros de concreto sin terminar donde hoy viven unas 500 personas de la villa 15, más conocida como Ciudad Oculta.

A sólo 300 metros de ahí empieza Piedrabuena, con un amplio terreno descampado que termina en una pared escalonada pintada de múltiples colores, razón por la cual se distingue del bloque uniforme y gris que forman los monoblocks.  La pintada reza: “Piedrabuenarte”. Me pregunto ¿Qué será? La respuesta no tarda en llegar: a un costado del decampado, hay un galpón de 130 metros que Luciano Garramuño y Juan Pepi Garachico, nacidos en Piedrabuena, gestionan  desde 2006 con un objetivo claro: cambiar el barrio a través del arte.

Dioses y autos robados

La historia es así: ese y otros cuatro galpones fueron usados como obradores para construir todo el complejo habitacional de Piedrabuena. Terminado el barrio, se convirtieron en depósitos dependientes del Teatro Colón: allí guardaban las escenografías de obras que aún no se habían estrenado.  Dioses de la talla de Zeus o Neptuno descansaban al pie de un baldío, famoso en el barrio por ser el lugar predilecto para dejar autos robados, descartar armas o tirar cadáveres. En esos galpones dormían también armaduras, espadas, ángeles,  monjes, barcos, talismanes y castillos: un mundo de fantasía soñando en medio de los monoblocks.

Roque era el  encargado de cuidar el lugar.  Él era el único contratado formalmente por el Colón, mientras que los otros tres galpones eran cuidados por empleados en negro que un día, cansados  por su situación laboral, decidieron incendiarlos  para vender los restos de las escenografías en forma de fierros, que aparentemente tenían un buen valor en el mercado. El fuego se llevó cientos de obras, algunas de ellas sin haber sido exhibidas jamás.

Luciano tiene 32 años, antebrazos robustos a lo Popeye y lleva el barrio tatuado en la piel. Cuenta: “La aventura nos llevó a meternos en el galpón desde chicos. Conocimos a Roque, él era el único de los cuidadores que nos prestaba algunas cosas. Los otros querían cobrarte. Luego del incendio de los otros galpones, la gente del Colón decidió desmantelar éste. Quedó abandonado y empezamos a meternos”.

Sin darse cuenta ya se estaban apropiando de un lugar destinado al abandono.

Luego de un tiempo en el que el galpón era usado como cueva para juntadas nocturnas, las cosas se dieron sin demasiadas vueltas:  fue en el año 2006 cuando Luciano y Pepi empezaron a limpiar, ordenaron el espacio y, finalmente, rompieron el alambrado que cercaba el predio. Piedrabuenarte estaba naciendo. Luciano: “Yo tocaba en una banda, organizamos un recital acá y de pronto el espacio ya quedó inaugurado como un lugar cultural, destinado al arte. Nadie se enteró de lo que pasaba; al mismo tiempo, nadie lo vio como una ocupación porque enseguida el espacio ya estaba lleno de actividades”.

Entre esas actividades se encuentran los 60 murales  que están distribuidos en todo el barrio, empresa que llevó adelante el otro gestor de Piedrabuenarte: Pepi.

Originales

Si uno camina por los pasillos de Piedrabuena de pronto puede cruzarse al Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí en una pared, al Guernica de Picasso en otra y a más de sesenta murales del mismo estilo, que se dividen entre producciones propias y reproducciones de grandes obras. Pepi hizo de Piedrabuena una galería de arte a cielo abierto.  “El barrio cambió un montón desde que tomamos el galpón. Le cambió la imagen externa al barrio, porque ya no es un barrio de paredes grises, es un barrio rodeado de obras de arte. Eso no hay en otros lugares. Vos vas a Recoleta y no tenés obras de arte en la calle. Tenés que pagar para verlas diez minutos. Acá es otra historia: la gente convive con las obras todo el tiempo. Eso hace que el barrio cambie, la gente se siente orgullosa, le reforzás la identidad. Sacás al barrio de las páginas policiales para ponerlo en las páginas culturales”, cuenta Pepi. Y agrega: “El objetivo de las reproducciones de grandes obras es justamente hacerlas llegar a la gente del barrio. Pensá que para ir a un museo desde acá hay que viajar dos horas y pagar, entonces no tiene sentido. Hay gente que conoce las obras sólo por los murales. Una vez me dijeron que una pintura mía había salido en la tapa de un diario. Cuando fui a mirar, era la foto del Guernica original”, cuenta Pepi.

Luciano: “Imaginate que estás en un barrio pobre con un espacio donde cualquiera puede hacer lo que quiere. El barrio imagina todo lo que se puede hacer acá. Este es un lugar a donde los taxis no te traían, la ambulancia entraba con el patrullero. Eso está cambiando. Acá la gente viene a limpiar, a cortar el pasto o a pasar el día. El galpón se convirtió en un punto de unión con los vecinos, es un poco el corazón del barrio. Al mismo tiempo, queremos que gente de afuera conozca el espacio. No es fácil: el 75% tiene miedo de venir. El miedo es peor que un paro de colectivos, porque es más difícil de combatir. Eso va cambiando de a poco: la gente empieza a venir y rompe esa barrera del miedo. Porque acá hay algo que les hace bien, que los hace disfrutar o que les sirve. Entonces no podés tenerle miedo a eso”.

Piedrabuenarte ya tiene 8 años de vida y mediante la conformación de una oenegé, Pepi y Luciano obtuvieron el aval legal para poder gestionar el espacio durante 30 años.

El galpón, además, fue declarado de interés cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Luciano: “Cuando nos llamaron para avisarnos nosotros ni fuimos: atendimos el teléfono y agradecimos. Los políticos solo querían decir ‘yo los declaré de interés cultural’.  En realidad es algo que logramos con laburo, con murales, intervenciones en el barrio, recitales,  performances y mano de obra. Demostramos que hacemos las cosas bien porque nunca necesitamos de nadie: hacemos la mayoría de las cosas  de manera independiente,  y otras con financiación porque así lo requieren, pero nunca jugamos para ningún político porque no nos interesa. Lo que el político debería haber hecho lo hicimos nosotros. Entonces, creo que espacios como el Elefante Blanco también deberían gestionarse desde lo artístico. Demostramos que las cosas se pueden hacer sin plata, porque sin recursos ejercitás otras cosas, laburás con otras herramientas”.

El lema del Galpón Cultural Piedrabuenarte es: “Un terreno baldío convertido en una ciudad cultural”. Me confiesan que uno de sus sueños es algún día instalar allí una universidad de arte, para la gente del barrio y de las diez villas que lo rodean.  Pienso que ese “algún día” expresa un deseo futuro que puede cambiarse por un “todos los días” en presente. Eso es, en definitiva, lo que están haciendo.

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