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Ritmo y latidos

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Candombe para todxs. Con bailes y tambores que ocupan el espacio público, el candombe sacude calles y plazas y acompaña reclamos sociales. De qué forma se multiplica la movida.

candombe para todxs

El tambor encierra un espíritu rebelde que se despliega revoltoso cuando las manos lo tocan.  Un uruguayo ilustre, el escritor Eduardo Galeano, describe su esencia subversiva: “Peligroso como la noche, ha sido siempre digno de sospecha y muchas veces, culpable. En las plantaciones de las Américas, las sublevaciones de los esclavos se incubaban al golpe del látigo, pero al golpe del tambor estallaban. Esos truenos eran la contraseña que desataba las revueltas”. Instrumento que aviva los ánimos, cuero, madera y palmas despertando sonidos, el tambor rasca donde pica. Danzar y tocar fueron imprescindibles para los africanos vendidos como esclavos al Río de la Plata y así nació el candombe, símbolo de resistencia cadenciosa y de lucha palpitante. Si bien Uruguay es su tierra de origen, de este lado del río también se lo baila, se lo toca y se lo siente. Para unirse, denunciar, hacerse oír, conspirar, el candombe sigue agitando espíritus inquietos.

Distintas comparsas se reúnen los fines de semana para celebrar al ritmo del chico, piano y repique, los tres tambores que forman una cuerda de candombe. Cada vez hay más seguidores que se animan y se agrupan en distintas comparsas, identificadas por un nombre y un vestuario que lucen especialmente para las llamadas, al estilo montevideano, en las que desfilan por las calles con sus músicos, bailarinas y los personajes típicos: la Mamá vieja, el gramillero y el escobero. Toque y baile, alegría y color.

Estilo libre

Cada comparsa se reune en un lugar, un día y hora determinados. A cielo abierto, por supuesto: las calles de San Telmo y distintos parques y plazas son el escenario natural para el entusiasmo.  Las clases para aprender la técnica de toque y danza son abiertas y gratuitas. Para tocar conviene llevar tambor propio, pero si no, algún candombero generoso facilitará instrumento. Para bailar, basta con pies y brazos con ganas de agitarse. En la llamada de fin de año participan más de 40 comparsas, aunque hay muchas más en distintos puntos del país.

Alfredo Beatriz, hijo de uruguayos y habituado desde chico a convivir con tambores, dirige Kimba, una de las comparsas más numerosas que convoca los domingos en Parque Centenario. Dictan a la gorra talleres de tambores y danza, organizan festivales en teatros,  venden rifas y con ese dinero compran instrumentos y vestuario.

Define al candombe como “una comunión; cuando suena es una especie de trance en el que disfrutás del momento. Eso es lo que el tambor viene transmitiendo de generación en generación. Pueden tocar juntos el médico y el que cuida coches: lo que importa es tu tambor y vos. Te saca de la locura en la que vivimos, en una ciudad en la que trabajás para comprarte cosas. Vienen desde nenes chiquitos hasta personas mayores, y se comparte mucho”.

La Asamblea de San Telmo ofrece su espacio para que la comparsa Lunayembé dicte clases abiertas. Guillermo Rodríguez es el director desde su formación, hace un año y medio, y su pareja Soledad está a cargo de las clases de danza. “Hacemos trabajo de hormiga, con una certeza: cada vez que llevás el candombe a la calle, lo tenés que respetar.  Queremos que quienes vienen a Lunayembé sepan qué es el candombe”, dice Guillermo, también  hijo de uruguayos.

La movida

Dos comparsas -la Mwnamke-mbe y la Iya-Kerere-Leli Kelén- tienen la particularidad de estar compuestas sólo por mujeres.  La primera se reúne en La Plata; la segunda, en La Boca.  “La energía femenina es muy particular. Desde el momento en el que nos reunimos en asamblea a charlar y debatir cuestiones que hacen a la comparsa, hasta el momento en que salimos a tocar y bailar, reivindicamos de alguna manera el lugar de la mujer en el candombe. Históricamente la mujer baila y el hombre toca. Hemos tenido varios encuentros con compañeros de otras comparsas y hemos participado en encuentros nacionales que se hacen todos los años y siempre hemos sido tratadas de igual a igual”, asegura Manuela Berruet, de Mwnamke-mbe, que en un dialecto africano significa “manos de mujer”.

Gervasio Acosta  es uno de los cinco directores de la comparsa Kumbabantú –que significa “gente alegre”- y se reúnen los sábados en Parque Chacabuco. En las llamadas, superan las cien personas. Asegura que son “una gran familia, los domingos los negros esclavos tenían un rato de esparcimiento y aprovechaban para tocar el tambor que trajeron de África, bailar y ridiculizar a sus amos. Nuestros colores son el negro, por la raza negra, el rojo por la sangre derramada por los esclavos y el verde por la esperanza”.

Hay cada vez más lugares de enseñanza del candombe. Se dan clases gratuitas en centros culturales y hay músicos y escuelas especializadas que dictan clases aranceladas, como las que funcionan en la Estación de los Deseos, en el barrio de Caballito, una antigua estación de trenes remodelada y acondicionada para la enseñanza de percusión (candombe, samba reggae, batucada) y danzas latinoamericanas, a cargo de Aguanilé, Cafundó y Estacatto. Otra opción: La Chilinga también dicta clases en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi).

Otra referencia imprescindible: Vanesa Aguilar, directora de Aguanilé, quien desde hace más de quince años agita el candombe organizando comparsas que tocan en espacios públicos, al aire libre.

Ritmo y memoria

El 24 de marzo de 2008 fue el bautismo colectivo para un grupo de chicas y chicos que venían tocando candombe en diferentes comparsas y decidieron reunirse ese día para intervenir en la marcha. Con sus tambores, por supuesto. De manera espontánea surgió un nombre que comenzó a identificarlos: Los tambores no callan. Y desde ese momento se hacen presentes en ocasiones que eligen entre todos y les resulta interesante participar: los aniversarios de los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, o el de Cromañón, apoyando a las Madres y Abuelas, a los qom, las marchas contra Monsanto, el aniversario de la represión en el Hospital Borda, a favor de la legalización del aborto, entre otros. Laura Mistura integra LTNC desde hace más de cinco años, tocaba con tambores prestados, hasta que estrenó el suyo el mismo día de la marcha del 24. “El tambor tiene esa función de denuncia. Cuando lo estás tocando resucita en madera y cuero, aparece la sangre, aparece la vida. Todo se materializa”.

El grupo se construye de manera horizontal, se comunican por una página de Facebook y por los vínculos consolidados en este tiempo. “Nos conocemos de las llamadas, de distintas comparsas. Este es un espacio abierto al que  puede venir el que quiera con su tambor. Cada vez que hay una convocatoria van los que pueden y somos los que somos; después se desarma, pero la red queda. Tocamos, bailamos, es el cuerpo en situación y eso es de una riqueza enorme”, dice Facundo Cuesta. 

La actividad de LTNC genera adhesiones y, de vez en cuando, alguna resistencia. Han recibido críticas por ser considerados “los piqueteros del candombe” al grito de: “sacate el tambor y colgate el bombo”. El personal de seguridad del Hospital Borda les prohibía entrar en el aniversario de la represión. “Bombos y partidos políticos no entran”, les advirtieron. Ellos respondieron que no tenían bombos sino tambores y que no eran un partido político, pero a los patovicas les daba igual, así que el Frente de Artistas del Borda tuve que socorrerlos para que pudieran entrar y tocar.

Diego Cueto, otro de sus integrantes desde la primera incursión callejera, reflexiona: “Puertas adentro del candombe esta es una forma nueva de salir a la calle, desde otra lógica que no es la de la comparsa tradicional. Puede costar entenderlo y es lógico que genere esa reacción, frente a los que consideran que el candombe es una reivindicación de un grupo social como los afrodescendientes. Que vengamos con el tambor y rompamos esa lógica puede llevar a pensar que nos apropiamos de una expresión que no nos corresponde para hacer algo que no es para lo que fue hecho. No queremos sumarnos a esa discusión, cada uno puede opinar, por supuesto. Lo único que aseguramos es que nosotros somos sinceros con lo que hacemos”.

La calle como escenario

Ganar la calle es una consecuencia directa de las acciones que emprenden LTNC cada vez que irrumpen con sus tambores.  La música y el baile en la vía pública son especies en extinción. ¿Cómo hacemos para evitarlo? Diego: “Es difícil sentirse dueño del espacio público, hay gente que lo entiende y sale a bailar a la calle y eso es transformador. En este país, el cuerpo ha sido muy reprimido. El pelo rapado, tomar distancia en las escuelas: yo vengo de eso. Y por eso, salir a bailar a la calle para mí es empezar a sanar.

¿Qué aporta el candombe a esta recuperación de lo público, de lo compartido?

Facundo: El candombe es puro presente, pura energía, no hay dos toques iguales, arranca y no sabés cuándo termina. Es impredecible. Tocamos y bailamos desde un lugar vital, potente. La historia del candombe tiene que ver con la resistencia, con lo negado, lo colectivo, la alegría.

Diego: No es lo mismo tocar desde la alegría que desde el dolor. Tocar el tambor en la calle está asociado a la fiesta o a la protesta, el bombo peronista, bombo piquetero, que para muchos es ruido. Como músicos, tratamos de transmitir otra cosa: no venimos a hacer ruido sino a tocar candombe, una expresión afrouruguaya. Un tambor es una expresión afro contracultural frente a un discurso hegemónico de una sociedad que se considera blanca. Cada vez que suena un tambor uno siente que hay una voz más sutil que tiene que ver con una reivindicación. 

Laura Ferreyra se incorporó a LTNC como bailarina. Aporta sus conocimientos de danza afro y pone el cuerpo al ritmo candombero. Recuerda que cuando fueron al Puente Pueyrredón sentían mucha angustia y desolación, hasta que vieron a la mamá de Jonathan Kiki Lezcano (asesinado por la policía) y a la mamá de Luciano Arruga (desaparecido en democracia) bailando sonrientes al compás de los tambores. “Nos cambió la energía, era resistir desde la alegría y donde hay alegría, hay esperanza”.

Cuando los negros africanos fueron arrancados de sus tierras y trasladados al sur de América, viajaron en barcos acariciando un anhelo secreto: el de ser libres. Los tambores fueron compañeros en la resistencia. Desobedientes, contestatarios y entusiastas, aprisionan las penas, rugen como fieras y alborotan las almas. Latidos de lo que supo ser rabia, trasmutado en victoria y sellado con memoria. Nunca el silencio.

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