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Un cuadro

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Lenin y vos: la historieta. Bruno Bauer es el seudónimo del creador de una historieta que juega con los discursos de ayer y hoy. Su nuevo desafío: molestar desde las páginas de Mu.

Bruno Bauer

La famosa foto de Lenin saludando al pueblo ruso con su gorra en la mano y, de fondo, la facultad de Filosofía y Letras y un Starbucks. Abajo, mirando a cámara están el Che Guevara, Karl Marx, Menem, Rodolfo Walsh, Perón. Y vos.

Esta imagen muy Sargent Pepper es la tapa del primer libro de Bruno Bauer, un dibujante que creó una voz propia en el mundo de la historieta. ¿Qué tienen que ver Lenin con Starbucks? La repuesta, de nuevo, sos vos. Sí, vos.

Bruno Bauer es el nombre de guerra de este profesor universitario de Historia sub cuarenta, oriundo del conurbano y criado en la Facultad de Filosofía y Letras, más conocida por su apodo: Puan. Estudiante y ahora profesor, y ahora dibujante, y ahora entrevistado, Bauer arrancó con Lenin y vos en 2008, pero recién en 2010 comenzó a subir
a la web lo que hoy se compila en el libro de tapa roja.

Su debut fue polémico: insultó a su propia hinchada, al meterse con “la izquierda” e insultó también al club para el que ahora juega: “La historieta es como esos pibes de Palermo que forman un grupo de cumbia: lo hacen tal cual, pero hay algo que no funciona”. El grupo de cumbia de Bruno canta letras que parecen patrimonio de las universidades públicas, de los militantes, de los jóvenes, de la clase media. El resultado es un collage que mezcla la teoría política, la cultura de masas, el contraste de los discursos del siglo pasado a la realidad implacable de hoy, las modestas esperanzas que todavía subsisten… El conjunto de viñetas juega con esos discursos de manera audaz e implacable, para hablar de esta época sin rebajarse a la agenda de turno.

Lo acusan de elitista.Grita a la hinchada: “Eso podría medirse si la historieta fuera un género masivo, pero como no lo es, lo mío representa solo un nicho más”. En su defensa: Lenin y vos no tiene por qué funcionar como un programa estatal -“para todos”-, no hace falta saber los pormenores de la revolución rusa para entender la mueca irónica porque está escrito desde acá y ahora. Incluso, aquellos que sí conocen las entrañas de “las izquierdas” pueden verse en la ambivalencia de reír o llorar, o ambas.

Bauer, que pertenece a la segunda categoría, dice que “el blog como formato ya fue”, y que “hoy ese lugar un poco lo ocupa Facebook”, donde actualmente vive.

Mercado de señaladores

No tiene reparos en asegurar que el mercado de la historieta argentina es “una mierda”. Lo dice como consumidor de historietas de otros que ahora empieza a mirar, de reojo, como colegas: “Incluso los tipos que pueden llegar a vender como Nick o Liniers tienen que terminar haciendo cosas en formato de señaladores”. La unión de Liners con Nik, porque es injusta, le permite señalar cómo el mercado trata parecido a los diferentes.

De la tradición más noble –los Fontanarrosa, por ejemplo-, dice simplemente que “se disolvió” y que hoy se apela a una tradición importada: “La cultura popular de Estados Unidos: el asesino serial, el extraterrestre, la paranoia, el cine clase b, lo trash. La referencia está intermediada, no es directa. Y eso es lo que no lo hace popular”. Lo popular de acá: “Pasión de sábado”. Sigue:

No es que la gente no lee: “Si me voy a tomar el tren ahora va a haber mujeres leyendo la novela de Florencia Bonelli”.

No es que no hay cultura gráfica: “En los colegios todos los pibes dibujan, imitan el animé”.

Bruno Bauer se pregunta cómo hacer más popular la historieta: “Si de verdad querés proyectarte como dibujante, no es tan importante que dibujes a favor o en contra del gobierno, sino que hagas bien tu laburo, llegues a mucha gente y transmitas un mensaje. Es más político un dibujante que plantea una nueva forma de ver las cosas que
un dibujante de mierda que se agarra de
la coyuntura”.

Vaya un ejemplo: “Quino, ¿es peronista, radical, de izquierda? No sabemos. Sin embargo, Mafalda tiene un lugar re groso, y este año aparecieron un montón de lecturas políticas de Mafalda”. Bauer asegura que el revisionismo de historieta seguirá alcanzado a personajes como Inodoro Pereyra, para pensar cómo se habla de una época: “Durante la dictadura estos dibujantes dijeron lo que tenían que decir. Hoy sus historietas en la década del 70 ya son fuente de investigaciones porque transmitieron un mensaje. Esa es la inmanencia política de la historieta”.

Lenin y Altamira

Lenin vuelve para desempolvar(se) los discursos que lo tienen como referencia, y con él regresan otras figuras del siglo 19: Marx, Lombroso (columnista de “tendencias”), y más acá El Pibe Altamira, “el cadete de la revolución”. Sin embargo, su historieta avanza a través de “temas” (Internet, el veganismo, el fútbol) y no de personajes: “Ya el hecho de que haya una historieta sobre Lenin funciona como chiste. La idea es hacer un pastiche de referencias que, a veces, atraganta.Trabajar con discursos es la llave”.

De algún modo la historieta de Bauer retoma aquella idea borgeana del cuento El Inmortal, que termina diciendo: “Lo único que me quedan son las palabras de otros”. En clave Lenin y vos, lo único que quedó
para el siglo 21 serían las palabras del siglo 20. El contraste se genera con este, nuestro siglo: “Yo juego a eso: dibujo al Marx que todos conocen, y le pongo al lado la otra nota, que es la que genera ese contraste”.

¿Por qué agarrarse de esas referencias? “Puedo hacerlo tranquilo porque acá la revolución rusa es un objeto frío, más allá de lo que diga el Chipi Castillo. Podés hacer chistes. No sé si me hubiera animado a hacer un Gorriarán Merlo y vos… Quizás sí, pero hubiera sido mal leído. Trabajar con objetos fríos me da libertad, puedo estar en un rincón del discurso y de la cultura sin que nadie me joda”.

Bolcheviques y piqueteros

«Cursé la materia Historia de la Revolución Rusa en pleno 2002: piquetes, cartoneros, represión, Puente Pueyrredón, por un lado; y por otro nosotros encerrados en un aula de Puan discutiendo si los populistas tenían razón o si los bolcheviques…”. Bauer no termina la frase: no hace falta. “Por un lado es algo muy esquizofrénico: se estaba prendiendo fuego el país y nosotros ahí adentro. Pero por otro lado estábamos discutiendo qué pasaba en el país. Discutir si los campesinos rusos eran sujetos que venían de una clase obrera era discutir si los piqueteros eran un sujeto social o teníamos que esperar algo más orgánico; eso lo decodifica cada uno”. Ese trabajo es el que requiere su historieta hoy.

Ese fue el momento clave de Bruno Bauer: año 2002, 22 años, padre sin trabajo, viviendo “en el Tigre feo”, la ciudad
revolucionada y él estudiando en Puan.

¿Cuánto tiene que ver Puan? “Todo”, responde. La historieta empieza, en parte, gracias a los discursos robotizados que se escuchan en los pasillos de esa facultad, que permiten determinar claramente qué palabras son propias y cuáles (demasiadas) son ajenas.

El desafío: no caer en la burla fácil. “Respeto a la gente que se dedica a la política. En un país que estimula la sospecha inmediata sobre lo político y valora a los empresarios, yo respeto a los militantes”. Su mirada sobre ese mundo no es de zoológico: reírse de los militantes  de Puan no es su asunto. Al contrario: son sus cómplices. Esa izquierda es la puerta de entrada para penetrar en los discursos de esta época, de nuestra política, y hacernos pensar qué palabras son, de verdad, las nuestras. “Uno no deja de sufrir las cosas que pasan. La ironía es un analgésico. La risa, la música, nos suavizan los dolores”.

Procurando ese recorrido, Bauer adelanta su trabajo 2015 en MU. Anuncia:  “Quiero hacer algo que tenga mis temas: la izquierda, el capitalismo, el anticapitalismo, pero no para académicos, sino para gente joven, para militantes inorgánicos. No quiero un discurso cerrado. En síntesis: voy a hacer lo mismo, pero de una manera más amplia”.

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