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Marche preso

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El documental Los cuerpos dóciles. Una película que ganó tres premios en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata desnuda a la máquina judicial registrando el trabajo de un abogado penalista.

los cuerpos dociles

La película podría llamarse El abogado, pero se llama Los cuerpos dóciles, título de uno de los capítulos de Vigilar y castigar, en el cual Michel Foucault expone las técnicas mediante las cuales el poder opera sobre los cuerpos, los manipula, los ordena, los disciplina, los somete.

La película ganó tres premios en el último Festival de Cine de Mar del Plata. Uno de ellos a mejor guión, pero no tiene guión.

Otra curiosidad: la película es un documental, pero parece una ficción. Registra la vida y el trabajo de Alfredo García Kalb, un personaje que parece salido del universo Nueve reinas pero no: es abogado penalista, músico y ex convicto. En los nueve meses que estuvo preso en Devoto terminó por decidir cuál sería su profesión.

Ser humano

Alfredo trabaja defendiendo personas a las que por variaciones de la economía y limitaciones del lenguaje  se los suele llamar “pibes chorros”.  Jóvenes, pobres, muchos de ellos sin estudios, muchos de ellos judicializados desde menores, siempre con algún antecedente penal: culpables perfectos que alimentan una maquinaria judicial aceitada teóricamente para “resocializar” a los condenados, pero que fácticamente es un túnel cuya única salida parece ser seguir delinquiendo.

Alfredo tiene una ética de trabajo que parece ser una excepción a esa maquinaria: habla de igual a igual con sus acusados, rechaza los juicios abreviados y mantiene relación personal con sus clientes por fuera de lo profesional. Los cuerpos dóciles es un retrato que explota esa humanidad que emana Alfredo dentro de un sistema que no tiene nada de humano. Dice, por ejemplo: “Si vas robar en la provincia de Buenos Aires pensalo bien: antes de terminar preso es mejor que te peguen un tiro”.

La película tiene dos directores: Diego Gachassin es director, camarógrafo, director de fotografía y Matías Scarvaci es actor y abogado, profesión que nunca llegó a ejercer, pero que lo llevó a conocer a quien sería el protagonista de su película.

Diego: “Nosotros tuvimos que presentar un guión al INCAA y para eso nos imaginamos un poco hacia dónde ir, pero era imposible saberlo. El guión es tentativo, la realidad te da otras cosas. En principio  habíamos pensado un aspecto más didáctico, más académico. Filmamos unas escenas en la universidad con un grupo que estudia a Foucault. De ahí salió el título, pero fue lo único que quedó porque vimos que no convenía bajar línea desde nuestro lugar, y que además Alfredo era muy fuerte como personaje”.

Matías: “Desde que estudié con él que tenía ganas de hacer algo. Siempre me llegaban historias excéntricas sobre Alfredo, le pagaban casos con autos y cosas así. No sabía qué, pero quería hacer algo. Hablé con él y enseguida aceptó. Lo seguimos durante dos años. Cualquier abogado penalista tiene que desarrollar mucho la oralidad. Alfredo tiene mucha voluntad de actuación, es excéntrico. A nosotros eso nos venía bárbaro. Porque más allá del tema, que es importante, era importante también poder contarlo desde un lugar que sea interesante desde lo cinematográfico, que sea atractivo, dinámico y que tenga todos los condimentos de una buena película. Todo eso se condensaba en la figura de Alfredo”.

Un anillo y 5 pesos

Los directores siguieron el trabajo de Alfredo en tres casos, pero uno de ellos fue el que terminó estructurando el relato: dos jóvenes robaron una peluquería y fueron atrapados en el instante. Se recuperaron todos los elementos robados menos dos: un anillo y un billete de 5 pesos, que según uno de los chicos fueron robados por un policía. Por ese faltante, el juez interpretó que se trataba de un robo y no de una tentativa de robo, por lo cual la pena posible es aún mayor.

La película no tiene entrevistas, no tiene voz en off, ni placas, ni ningún recurso que intente ser explicativo. Los realizadores optan, en cambio, por un registro directo del juicio- con todos los componentes dramáticos que esa situación implica-, de las reuniones de Alfredo con sus clientes, y también de su vida privada, en algunas secuencias que son las más ficcionalizadas, pero las que terminan por redondear al personaje.

En ese despojo, en esa distancia está la decisión más interesante de la película, que evita caer en la condescendencia o en la denuncia meramente declamativa, dejando que la maquinaria judicial hable por sí sola y que cada espectador se deje penetrar por lo que muestra la cámara, eso sí, atravesados por la empatía que genera la gracia y el histrionismo suburbano de Alfredo García Kalb.

Diego: “Nos interesaba desde el principio ese registro donde hay una indefinición, donde la frontera entre el documental y la ficción es muy permeable. Por otro lado, en el comienzo nos costó filmar. Los juicios son públicos, pero pareciera que a la justicia le gusta trabajar de manera oculta. Las dos primeras veces que fuimos a filmar el juicio nos negaron el permiso. Decían que no era importante para la causa que estemos ahí. La película no hubiera sido lo que es si no fuera por la astucia de Alfredo: recurrió al artículo N° 364 del Código Procesal Penal, que establece que el abogado puede llevar una cámara personal. Entonces fuimos como la cámara del abogado. Era gracioso porque cambiábamos lentes, teníamos sonidista, micrófonos: era un abogado muy bien equipado”.

Matías: “Nosotros no casualmente tenemos el permiso de la gente que cometió los delitos o están vinculados a los casos. Es gente de ámbitos muy marginales que no tienen visibilidad, entonces la filmación les daba un dejo de existencia. Es más: podemos decir que existen en tanto y en cuanto son filmados, porque si no, no les importan a nadie. Vivimos en una época tremendamente mediatizada y hay cámaras por todos lados, la gente tiene conciencia de la presencia de la cámara, ya no hay inocencia respecto a eso. Veo que ahí hay una conciencia que se convierte en actuación. En el documental eso se ve. La situación del juicio, además, es un acto tremendamente teatral. Creo que ese es el fuerte de la película: lo teatral de la situación”.

La película espera seguir circulando por otros festivales y posiblemente se estrene a principios del año que viene. Los directores desean también que se exhiba más allá del circuito exclusivamente cinematográfico, que permita generar discusión y visibilidad sobre el tema.

Lo que quieren que veamos, finalmente, es que  dos jóvenes, como muchos otros, demasiados, están presos de una maquinaria judicial que funciona a la perfección: llena la cárceles de pibes pobres. Los cuerpos dóciles nos hace pensar, además,  que a veces el cine puede hacer visible un hecho injusto sin convertirlo en una pieza más del espectáculo.

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