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Adiós al amigo

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por Sergio Ciancaglini.

“Gracias querido. La información es complicada. Tumor cerebral alojado en la zona del habla y el entendimiento. Y encima con mal aspecto, más allá de la elegancia del bicho. Están analizando secuelas posibles y tiempos. Apenas me dé, te llamo. Los quiero”.

El mensaje es de abril de 2021. Gerardo mezclaba el horror, el afecto y hasta el humor, más allá de la elegancia del bicho. El domingo 4 lo había llamado preocupado por la noticia de una supuesta arritmia que le había impedido aparecer en su programa. No contestó.

Al rato sonó el celular. La verdadera historia se armaba con otras palabras: tumor maligno, miedo, angustia, estudios, biopsias, operaciones. Le habían dado la noticia dos días antes, una fecha que fue cualquier cosa menos un viernes santo. Estábamos paseando ese domingo por San Telmo con Claudia (Claudia Acuña, la persona que me soporta desde hace algún tiempo). Quedé en modo arritmia existencial. Claudia agarró el teléfono y dijo las palabras que yo hubiera querido pronunciar. Le habló de fuerza, de que siempre estaríamos a su lado, de amor. Él dijo que lo sabía.

Volvimos a hablar muchas veces: tenía claro que la historia estaba escrita.

Cuestión de tiempo.

Para ese tiempo y hacia afuera el pacto que pidió, casi sin decirlo, fue el silencio.

En plena era pandémica, el bicho no venía de afuera ni se lo combatía lavándose las manos o con vacunas. El bicho de Gerardo era lo suficientemente maligno como para pretender atacar el habla y el entendimiento de alguien que siempre intentó entender, que siempre quiso hablar, que pese a pertenecer a nuestro democrático sindicato de los ensordecidos sabía escuchar con las orejas, los ojos y el alma.  

Nos conocimos en el año 88 del siglo pasado, en Rosario. Él tenía 18 años. Era presidente o motor del centro de estudiantes de la Facultad de periodismo de la ciudad. Me invitó a dar una charla. Yo trabajaba en un diario progresista en el que se maltrataba a demasiada gente. Zarpar de ese ambiente para salir a hacer notas o aceptar invitaciones rosarinas era un truco de desintoxicación que recomendaba en voz baja un duende que andaba por allí llamado Osvaldo Soriano.

Cuando bajé del micro en Rosario estaban Gerardo y un par de sus compañeros del centro. Habían creado una agrupación que se llamaba El Payo, referenciada en un busto de alguien que no se sabía quién era (salvo que este recuerdo sea una especie de sueño posterior). En El Payo no tenían pretensiones pomposas de revolucionar la historia, de creerse la política universitaria, de adjudicarse el descubrimiento del agua tibia, sino de tomarse las cosas con seriedad, humor, y fomentar el periodismo como una pasión que no durase lo que un fósforo. De aquella charla en un aula llena recuerdo lo que comprobé siempre: el entusiasmo, la curiosidad, las miradas y los corazones abiertos que conocí en tantas provincias y que algunas veces me siguen haciendo percibir a Buenos Aires como un pueblo fantasma.  

Gerardo me llevó a recorrer bares, radios, canales, sosteniendo científicamente que “en Rosario están las chicas más lindas del país”. Me presentó a su mamá, compartimos la comida porque El Payo no iba a financiarlo todo. Gracias a él conocí Rosario como un viajero, no como un turista. Mi modesto trabajo periodístico en temas relacionados con derechos humanos había sido el punto de encuentro con ese joven engañosamente tímido, que ya a los 12 años se había lanzado a hacer algo asombroso: un relevamiento callejero sobre los desaparecidos en dictadura, consultando a la gente de los barrios, a comerciantes, a las escuelas (dato para quienes creen que el periodismo depende de un título, y no de ingredientes tales como la curiosidad, las ganas, la pasión, y hasta cierta desesperación por contar lo que ocurre).

Gerardo era veloz de la cabeza y de la palabra, irónico, atento, compinche. Ya tenía una perplejidad entre azorada y divertida frente a los acontecimientos que nos propina la irrealidad nacional. Empezó a venir a Buenos Aires, a casa, fue testigo de cómo Claudia y yo intentábamos el oficio de criar a nuestros hijos. Trabajó luego en un diario rosarino, volvió a Buenos Aires, donde se sintió siempre un exiliado, pero con su talento se fue ganando los espacios en la televisión que le dieron fama más que merecida.

Usó un recurso extravagante en esos ámbitos: la inteligencia.

Anduvimos viéndonos un poco a los saltos, entre menemismos, alianzas, kirchnerismos, pero hay amistades que parecen no necesitar del fichaje cotidiano, que tal vez están arraigadas en mecanismos celulares, o de las neuronas, o de las coronarias, fluyendo aunque el contacto no sea permanente. Hoy creo que no siempre hay que dejar que eso ocurra.  

En los últimos años recobramos esa compinchería. Cenas en parrillas insólitas y tangueras, intercambio de mensajes y noticias (me mandaba stickers canallas del matador Mario Kempes y Aldo Pedro Poy con la camiseta de Central). Fue gran impulsor de la primera y maravillosa novela de Claudia, No estás sola, saga que él se proponía convertir en serie televisiva. Y me metió también en un proyecto que para mí fue principalmente la excusa para hacer algo juntos y, como solía decir, aprovechar para reunirnos a chusmear de vez en cuando sobre los medios, el país, la vida y otros enigmas por el estilo.

Supe de sus ideas y de cómo se las robaron en algunos casos esas empresas mediáticas que tantas veces parecen un tumor alojado en la zona del entendimiento. Existe el llamado modelo extractivo (agricultura transgénica, megaminería, petróleo y los etcéteras actualizados de estos últimos 500 y pico de años) pero lo que me contaba Gerardo era un emblema de que la cosa tiende a ir mucho más allá, a toda forma de vida y de relación.

Con la noticia del tumor el correr de los meses trajo bajones y remontadas, pero él ya había entendido todo. Transitó las operaciones, los tratamientos, las quimioterapias. Nunca se puso en víctima.

Como le gustaba decir: cero queja.

Tampoco iba haciendo alarde de sus gestos de generosidad, que tanta gente le reconoce en estos días.

Seguía simplemente haciendo lo suyo, con sus armas de construcción masiva: creatividad, cordialidad, trabajo, convivencia, sensibilidad, mirada crítica, alegría. Y entendimiento. El bicho no lo logró. Antes y después de aquel viernes no santo, Gerardo siempre entendió todo.

En una cena en casa nos pidió que no le mandáramos textos sino audios, porque el tumor le estaba empezando a afectar la vista. Un día me dijo: “Ando medio desorientado cuando camino, pero bien, tengo que ir arreglando todo”.  

Me habló de la gente que lo ayudó, de la que lo contuvo. Su programa se había convertido en hogar, barrio, territorio común de la gente que hace música, espacio de conversaciones y de melodías y de sueños. Fue feliz por volver a hacerlo el año pasado. Fue feliz por poder trabajar.

En uno de esos días difíciles le mandé una foto en la que se lo veía agitando un puño. Debía estar cantando en La Peña del Morfi, pero parecía un agitador de barricada. Contestó riéndose: “A uno no lo dejan ser un judío burgués que quiere hacer televisión tranquilo”. Me contó que su hija Elena, 11 años, también estaba entendiendo todo: “¿pa, te vas a morir?” le había preguntado. Logró hacer un viaje con ella y con Pedro, su hijo mayor. Como organizando la despedida. Cero queja.

Ayer vi el cajón cerrado antes de que se lo llevaran a Rosario, envuelto en una bandera de Central. En estas ocasiones me vuelve un recuerdo.

Hace muchas vidas otra duende, María Elena Walsh, durante una entrevista me planteó un deseo: “Abrir los diarios y que haya muerto un gran hijo de puta, y no la gente buena. No personas queridas y valiosas”. En aquel momento me habló de Osvaldo Soriano y de María Herminia Avellaneda. “No quiero desearle la muerte ni voy a matar a nadie. Pero no seamos tan buenitos. Esto es un desequilibrio social muy grande. Y no sé cómo consolarme de tantos ausentes”.

Queda dicho Gerardo, sembraste mucho de bueno frente a lo maligno. Una forma de vivir, y hasta una forma de morir llena de un coraje callado, en medio del miedo, construyendo. Pero no hay caso. No me resigno a estos desequilibrios, y no logro aprender cómo consolarme por los ausentes. Eso sí: cero queja. Te abrazo.

Protesta social

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

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Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse. 

Por Lucas Pedulla   Fotos Juan Valeiro/lavaca.org

A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.

–Si no trabajo, no como.

Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Luis y la batalla cultural.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:

–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?

La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
La evolución de las variables económicas.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.

–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Gadalupe y otros discas acompañando la marcha de jubilados.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión. 

–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.

Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Congreso con atención de coiffeurs para jubilados y gente de la calle.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor. 

A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.

–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?

Luis es crítico:

–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”. 

La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.

¿Qué espera?

–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo. 

¿Hay opción B?

–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come. 

Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.

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Revista Mu

MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo

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MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo




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Ley de Tierras y después: Cambio de tema

Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.

Por Claudia Acuña




MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre

Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.

Por Francisco Pandolfi

Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org




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Atanor condenada por contaminación: La odisea

Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.

Por Lucas Pedulla

Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org




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Agroecología en Misiones: El libro de la selva

Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?

Por Francisco Pandolfi

Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org




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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto

Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.

Por Sergio Ciancaglini

Fotos: Juan Valeiro

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Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura

A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.

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El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder

¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

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Zoe Hochbaum: Comerse el mundo

Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.

Por María del Carmen Varela

Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org




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Crónicas del Más Acá: Rambo al sur

por Carlos Melone

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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

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