El peor veneno

Tomates y agrotóxicos en Corrientes. El modelo que nos envenena, a juicio: hoy comienza el juicio por la muerte de un niño de 4 años y una chiquita de 5 que estuvo en coma y sigue en tratamiento. El caso es apenas la punta del ovillo que une la fumigación con agrotóxicos con el infierno que representa en la correntina localidad de Lavalle la producción de tomate. En el banquillo está sentado un empresario acusado de homicidio culposo y lesiones. En esta nota de MU publicada en noviembre de 2012 se cuenta la historia en su contexto: una industria sin control estatal que basa sus ganancias en el trabajo infantil, en negro, que usa venenos letales y produce así el 22% de los tomates que llegan al Mercado Central.


Francisco deja pedacitos de galleta en los rincones porque dice que Kili, su hermanito, tiene hambre y no hay comida en el lugar donde está.
Su mamá está durmiendo la siesta, agotada, porque durante toda la noche deambuló por la chacra persiguiendo entre las sombras los gritos de auxilio de Kili, su hijo muerto.
Su padre, Agustín, se tapa la cara con las manos: llora, tiembla, aúlla.
José Primitivo Rivero, el jefe del clan, pronuncia entonces la única palabra capaz de describir lo que está pasando en este bello rincón del Paraje Puerto Viejo.
Angá.
Don Rivero habla la lengua de mis ancestros y por eso sé que nos está advirtiendo sobre algo grande y muy malo, que se manifiesta acá, pero va más allá.
Está hablando de algo que nos pone a prueba: no hay más suerte ni casualidad, solo consecuencias.
Y aunque seamos cobardes, aunque tengamos miedo, aunque sepamos que vamos a perder, habrá pelea.
No es algo que podamos elegir porque no hay opción.
Angá es la muerte alimentándose de la vida.
Angá, en guaraní, es el Diablo.
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Todo por 2 pesos
El Río Paraná fue el principal productor de vida de la correntina localidad de Lavalle hasta que llegaron allí otras formas de producción que fueron convirtiendo ese paraíso natural en el infierno que es hoy. El Paraje Puerto Viejo está en la orilla de Lavalle y por eso todavía hay familias ahí que viven entre esas dos dimensiones: construyen sus casas con el barro del río, se alimentan de la pesca o la bondad de la tierra fértil, y cosechan billetes de los planes sociales o el trabajo en negro en las tomateras: 2 pesos por cajón.
Son las 4 de la tarde cuando comienza el desfile de trabajadores hacia los viveros cubiertos de plástico que protegen los tomates criados por la media docena de propietarios que se instalaron en Puerto Viejo, atraídos por los suelos fértiles, el fácil acceso al agua y la falta de control. El intendente, Hugo Perrotta, es administrador de una de esas tomateras, me cuentan los vecinos, mientras vemos pasar la fila de trabajadores. Son niños descalzos que llevan sobre la cabeza, para protegerse del sol, las canastas con las que luego recogerán los tomates, durante 8 horas, bajo el sopor de los toldos plásticos, manipulando sin guantes una cosecha fumigada con veneno.
Esos niños forman parte de la industria que produce, en esas condiciones, el 22% de los tomates que ingresan al Mercado Central de Buenos Aires y se distribuyen luego por todo el país.
Diagnósticos
Gladys me dice que fueron los gritos de auxilio de su hijo Nicolás los que nos trajeron hasta su casa y por eso nos recibe con alegría. Pero Gladys no sonríe y habla tan bajito que hay que sentarse muy cerca para seguir el relato sobre cómo murió su hijito de 4 años. Fue a fines de marzo de 2011. “Amaneció vomitando. Lo llevé a la salita de primeros auxilios de Lavalle. Ahí la doctora Patricia Vitón le aplicó una inyección y nos mandó de vuelta. Mejoró un rato. A la tarde se fue a jugar con su primita, Celeste y los dos volvieron con vómitos. Lloraban y lloraban. Los llevamos entonces al hospital de Santa Lucía y nos dijeron que no tenían nada. Pero él siguió llorando y vomitando. Entonces fuimos a Goya. Mi hijo ya estaba muy mal. Lo trasladaron a Corrientes. Ahí murió. Cuando el forense me entregó el cuerpito me dijo que lo mató la tomatera, por el veneno”.
Así sintetiza Gladys un calvario que involucró recorrer 2 kilómetros hasta la salita de primeros auxilios, 10 kilómetros hasta Santa Lucía y, luego 17 kilómetros hasta Goya, más los 300 hasta la capital correntina, para buscar en 5 centros de salud un diagnóstico que encontró recién la autopsia.
Antes y después, los médicos apuntaron mal. “La doctora Vitón me dijo que yo era culpable por darle a mi hija un té de yuyo”, cuenta Margarita, la mamá de Celeste, la nena de 5 años que fue a jugar con Nicolás aquella tarde y regresó, como él, vomitando. Celeste hizo el mismo recorrido sanitario, pero logró llegar a tiempo al traslado en avión al Hospital Garraham, de Buenos Aires, donde la enchufaron a una máquina que le filtró la sangre. “Llegó con un pedido de trasplante, porque tenía el hígado fulminado y cuando comenzaron a filtrarla, recuperó la función hepática. Ahí se vio que estaba envenenada”, cuenta Margarita, su mamá.
Los médicos le dijeron que el origen del veneno podía ser la acacia, una planta silvestre que florece en la zona de Puerto Viejo y, por eso, Margarita esperó a que su hija mejorara para regresar a su casa, cortar un pedazo y volver al Hospital Garraham para que analicen la acacia. Ahora me muestra un papel firmado por la doctora donde se afirma que la planta no resulta venenosa ni peligrosa para la ingesta humana. “Yo ya lo sabía, porque mi mamá la tomaba en té, pero se ve que los doctores de Buenos Aires son ignorantes de las cosas naturales”, dice Margarita, la mamá de Celeste.
Esa ignorancia incluye lo más obvio: la casa de Nicolás, la de Celeste, están al lado de una tomatera. Apenas 30 metros separa la fila de toldos de plástico donde se fumiga el tomate del rancho de madera donde se criaron lo chicos envenenados. “Acá todos sabemos que ellos usan venenos muy fuertes que no te dejan respirar”, cuenta la Gladys, la mamá de Nicolás.
Esa ignorancia incluye, además, otras intervenciones médicas que le dan a este caso un valor paradigmático: el director del hospital de Santa Lucía emitió un comunicado, que fue difundido por la radio local, informando que la familia Arévalo había sido afectada por una hepatitis fulminante, por lo cual recomendaba a la población tomar los recaudos necesarios para esos casos. “Fue a propósito, para que nadie se nos acercara”, diagnóstica Josefina Arévalo, tía de Celeste y Nicolás, y una de las princesas guaraníes que le dieron a esta historia otro final que el científicamente esperado. “Creían que nos íbamos a quedar calladitos, resignados, pero nosotros somos luchadores. Ellos piensan que es por plata, o porque somos lieros, o porque no sabemos nada. Es cierto: somos pobres, pero no nos vamos a rendir si nos matan los hijos. Y eso es lo que ellos no entienden porque lo único que saben es de plata”.
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El asesino
Josefina cuenta que el día del entierro de Nicolás se acercó al cementerio un concejal, primo del dueño de la chacra lindera. Lo encaró para decirle: “Andá y preguntale qué veneno usó porque Nicolás ya está muerto, pero Celeste está en coma y todavía podemos salvarla”. El concejal se comunicó después con ella y le dijo que le preguntó a su primo qué agrotóxicos usaba: “Le contestó que usaba cromo, pero hasta al primo le miente esta gente”.
La verdad recién se supo el 12 de setiembre de este año, cuando el juez de instrucción Carlos Balestra procesó al empresario tomatero Ricardo Nicolás Prieto por el homicidio culposo agravado de Nicolás Arévalo y lesiones culposas agravadas producidas a Celeste Abigail Estévez. Confirmó así lo que la familia ya sabía: Nicolás murió y Celeste estuvo en coma por culpa de la chacra que, apenas a 30 metros de la casa de estos niños, fumiga los tomates con un veneno letal: endosulfán.
En su fallo el juez consignó que la autopsia de Nicolás reveló la forma en que fue asesinado: inhalación.
Respiró veneno, como todos los vecinos de las tomateras de Paraje Puerto Viejo.
El stock o la vida
«El endosulfán es un pesticida que el SENASA prohibió el 1 de julio de este año, luego de una consulta pública donde escuchó los argumentos de organizaciones y asambleas ambientales, el Defensor del Pueblo de la Nación y recomendaciones de organismos internacionales, entre otros muchos que denunciaron los peligros del endosulfán para la vida humana. El más letal es su poder residual: sus efectos venenosos duran entre 60 y 800 días. Es decir, que permanecen donde se lo aplica: agua, tierra y cultivos. Más claro: comer dentro de los 60 días un tomate fumigado con endosulfán implica tragarlo.
Según datos de la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (Casafe), en 1999 se utilizó en Argentina 1,9 millón de litros de endosulfan. En 2008 se duplicó: 4,2 millones de litros. Este año, a pesar de la anunciada prohibición, se calcula que su uso se triplicó. ¿Por qué? Por dos motivos importantes:
1) Su uso no es ilegal. El SENASA prohibió este año su importación, pero la prohibición de usarlo recién entrará en vigencia a partir de abril de 2013. Se había importado mucho y la prohibición comenzará a regir cuando se agote el stock, según calcularon las autoridades sanitarias.
2) Este anuncio bajó el precio y lo convirtió en el más popular de los venenos agropecuarios.
El mercado es Angá.
Pérdidas
La familia Arévalo tiene abuelo y 11 hijos que formaron sus respectivas familias. La muerte de Nicolás y la enfermedad de Celeste los dividió por primera vez: solo 4 hermanos llevaron adelante el reclamo de justicia. El resto tuvo que pagar el precio del silencio para conservar el trabajo en las tomateras. Otra de las cosas que perdieron los Arévalo en este trayecto es la comida para la olla que sostiene Josefina y con la que alimenta a 70 chicos del barrio. Ahora sólo recibe leche 3 veces por semana, que sirve a las 5 de la tarde y debajo del quincho que está a menos de media cuadra de las tomateras que siguen fumigando su veneno. “Te das cuenta por el olor, que es tremendo y no te deja respirar”.
Lo último que perdió la familia Arévalo fue el trabajo temporario que había conseguido Josefina en una tomatera: la echaron al día siguiente de recibirnos. Y por eso mismo.
 
Que se vayan ellos
El juez Carlos Balestra notificó al Departamento de Sanidad Vegetal y Fiscalización Agrícola el resultado de su investigación: “el deceso del menor se produce por intoxicación por plaguicida alfa endolsulfan”. La notificación lleva fecha del 17 de mayo y solicita que se informe al organismo contralor correspondiente. Es decir: el juez informa para que hagan algo.
¿Qué?
Responde Josefina: “Que los corran de al lado de nuestras casas. Hasta hace 15 años ahí había una calle, pero ellos avanzaron y pusieron los toldos hasta ahí nomás. Nosotros, después de la muerte de Nicolás, nos pusimos en contacto con la gente del barrio Ituzaingo, en Córdoba. Vinieron a visitarnos médicos que trabajaron con ellos. Tuvimos una reunión en la iglesia, donde dieron una charla. Nos explicaron que hay leyes que determinan que no se puede fumigar tan cerca de las casas. Eso queremos nosotros. Pero acá es al revés: quieren que nos vayamos nosotros, que nacimos acá y estamos desde antes”.
Costos
El médico cordobés que los visitó es el doctor Medardo Ávila Vázquez, pediatra, neonatólogo e integrante de la Red Médicos de Pueblos Fumigados. Estuvo en Paraje Puerto Viejo durante un fin de semana y les ofreció coordinar un relevamiento sanitario. Dos días después de su visita se conoció el fallo que condenó al empresario tomatero. “Para mí que él nos ayudó porque se vio que ya no estábamos tan solos”, sospecha Josefina.
La charla de la familia con el doctor Ávila Vázquez fue en la iglesia de Lavalle, conducida por el cura Rodolfo Barboza. El obispo de Corrientes lo desplazó días después de esa reunión, por pedido del intendente, aunque el funcionario lo negó luego en una carta que hizo publicar en los medios locales. Josefina: “El padre Barboza fue la persona con más poder que nos apoyó y eso es algo que le están haciendo pagar a él y a nosotros”.
El otro apoyo les llegó del contrapoder local: la hermana Martha Pelloni. “Una noche llegaron a nuestra casa la secretaria y el abogado de la fundación de la hermana Pelloni. Hablaron con todos nosotros, que estábamos muertos de miedo y desconfiados. Hablaron también mucho con Gladys, que no podía ni ponerse en pie de lo mal que estaba porque había enterrado su hijito hacía muy poco. Le dijeron: ´Le damos dos días para llorar, pero después tiene que luchar por su hijo, por sus otros hijos y por todos los demás´. Al día siguiente Gladys se levantó y fue a firmarle el poder al abogado. Después, vinieron los chicos de los Guardianes del Iberá. Ellos nos acompañaron mucho, nos explicaron el tema de los agrotóxicos, nos dieron fuerzas en momentos difíciles. Al año de la muerte de Nicolás ya estábamos muy organizamos. Hicimos una movilización desde nuestra casa hasta la intendencia. Éramos 40. Los vecinos nos miraban mal. Nadie nos quería hablar, nadie nos recibió. Pero a nosotros hacer la marcha nos dejó contentos, animados. Estábamos así, fuertes y decididos, cuando nos enteramos de la muerte del chiquito Rivero. ¿Cómo podía pasarnos eso? ¿No era que no íbamos a permitir que muriera ni un niño más? Recién ahora, cuando conocimos el fallo de Nicolás, pudimos recuperarnos un poco de ese golpe tremendo.”
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Pesadillas
José Carlos Rivero, al que todos llamaban Kili, también tenía 4 años cuando murió, el 12 de mayo de este año, en el Hospital Garraham y como consecuencia de un envenenamiento. A él le deja pedacitos de galleta su hermano Lautaro. A él busca su mamá en la noche porque todavía lo escucha gritar auxilio. Y a él, cuenta su padre cuando para de llorar, es a quien ve el comisario de Lavalle en esas pesadillas que lo despiertan sudando. “Se nota que tiene la conciencia mal, porque él vino con el intendente cuando se tomaron las muestras de la tierra para ver si había rastros de veneno. Después dijeron que esos estudios no encontraron nada, pero yo tengo el video que filmé el día que los chanchos, las gallinas y el perro murieron por culpa del agua que habían tomado”.
La familia de Kili vivía por entonces al lado de la tomatera de Oscar Antonio Candussi, presidente de la Asociación Hortícola de Lavalle. “Ahí empezó todo, lo de los animales fue primero, pero después lo de mi hijo. Estaba palidito, no me quería comer. Me quejé a la chacra, porque estaban tirando el agua de los tomates a mi casa con una manguera, pero no me hicieron caso. Decidí entonces venirme a vivir a lo de mis padres, pero ya era tarde. Kili empezó con los vómitos. Lo llevé al doctor en Lavalle y me dijo que era broncoespasmo. Pero después el vómito ya era con sangrado y ahí me fui a Santa Lucía y le pusieron una inyección. Me dijeron que con eso se solucionaba. No alcanzó a llegar a casa y de vuelta el vómito. Fuimos a Goya y ahí sí que dijeron algo que nunca les voy a perdonar: que yo usaba droga y las dejé al alcance de mi hijo y por eso él estaba así, ido. Lo derivaron a Corrientes en una ambulancia que tenía tubo de oxígeno, pero no la máscara. En el traslado se le reventó la vía. No lo podían volver en sí. Dios le quiso dar un empujoncito y llegó, y ahí mismo lo llevaron a Buenos Aires. Los doctores del Garraham fueron sinceros. Me dijeron que tenían pocas esperanzas, porque le curaban una cosa y lo atacaba otra. A lo último fue el cerebrito. Ahí me cortaron por la mitad. Lo que más me dolió es que el intendente, que es un tomatero, dijo que yo tenía los químicos que intoxicaron a mi hijo. ¡Que vengan y revisen todo! Acá no hay nada porque yo trabajo solo con cosas orgánicas”.
Luego de la muerte de Kili y por primera vez en este tipo de casos, una enfermera del Hospital Garraham habló con los medios de Corrientes. Por radio, Mercedes Méndez se preguntó: “¿Qué responsabilidad nos cabe a los profesionales de la salud en salir a denunciar estas cosas que vemos que están pasando? ¿Es ético seguir mirando para otro lado cuando están envenenando a las personas impunemente? ¿No debemos pensar en hacer algo más?”. Las palabras de la enfermera fueron apoyadas por la Comisión Interna de ATE de ese hospital.
Manual
La hermana Martha Pelloni me contó que el día del velorio de Kili encontró a este padre abrazado al ataúd, llorando como lo hace ahora. Cuando lograron desprenderlo, la hermana se dio cuenta que encima del cajón había un libro. Creyó que era la Biblia, pero le pareció demasiado grande y se acercó para ver mejor. “Manual de Agricultura Orgánica”, decía la tapa dura, en letras rojas.
Le pregunto ahora al papá de Kili si enterró a su hijo con aquel Manual. Me dice que la hermana Pelloni lo sacó del cajón y se lo entregó. “Esto no lo necesita él, sino vos. Es lo que te va dar fuerzas”, le dijo. El papá de Kili se queda mirando la tierra seca. Y sigue: “Yo estudié todo de ahí. Toda mi vida le hice caso. Fue la escuela que no tuve y estaba orgulloso, leyendo, practicando… ¿A usted le parece justo que a mi hijo lo maten los agrotóxicos?”
Lo invisible a los ojos
Don Rivero, el abuelo de Kili, 62 años por cumplir, 48 de ellos vividos en Puerto Viejo, me dice que Dios no se llevó a su nieto, que fue un hombre y no le tiene miedo, a pesar de las amenazas. “Yo sé que estamos discriminados, porque no tenemos plata, porque somos pobre gente humilde que vivimos del día a día, pero así también va a llegar el día en que esa persona tenga que ir a la justicia a decir: yo fui el culpable. Y va a llegar porque vamos a luchar para que llegue. Yo no tengo armas, pero tengo una lengua para defenderme y tengo ojos. Veo el contorno. Veo que hay asma en un pueblo donde nadie sabía ni qué era el asma. Veo los chiquitos con labio leporino. Veo las criaturas que nacen deformadas. Veo los chicos que no desarrollan, que tienen 14 años y parecen de 6. Yo le pegunto a los doctores, ¿qué es esto? Me dicen que no saben. ¿Cómo que no saben? Todos sabemos que se usan remedios fuertísimos, que matan todas las plagas. Y que los trabajadores de las tomateras se desmayan a las tres o cuatro líneas de fumigada”.
Quiénes son los responsables, le pregunto ingenuamente. Don Rivero responde como si le hablara a una niña: “Señora, acá no hay responsable. Acá maneja el poder de la plata. Yo sé lo que usted piensa: ´Qué lindo sería que venga una persona de confianza y diga: ¿cómo podemos controlar los remedios fuertes?’. Y está bien que piense eso, está muy bien, porque es fácil, es fácil, claro que es fácil, (lo dice así, por triplicado y con fuerza) y sí que se puede hacer control, cómo que no. Y seguro que hay remedios menos peligrosos para la gente, para el que compra el tomate, para el que trabaja el tomate, para el que vive vecino al tomate. ¿Pero sabe qué pasa? ¿Sabe cuál es el problema? Son dos. ¿Quién nos va a apoyar a nosotros? ¿Quién los va a controlar a ellos?”.
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Hacer justicia
El abogado Julián Segovia, integrante de la Fundación Infancia Robada que creó la hermana Martha Pelloni apenas llegó a Corrientes, fue el encargado de buscar justicia para Nicolás, para Celeste y, ahora, para Kili. Difícil, en este último caso: en el Hospital Garraham hicieron una autopsia, pero no por orden judicial. Se determinó así que Kili murió intoxicado, pero nunca se buscó la sustancia que lo envenenó. “Sólo tenemos un análisis de orina que le hicieron en el hospital de Goya donde consta que se encontró una sustancia clorada y esto es compatible con el tipo de agrotóxicos que se usan en las tomateras. Ahora enviamos al Cuerpo Médico Forense de Corrientes todos los estudios, historias clínicas y análisis que le hicieron en cada uno de los establecimientos de salud en los que estuvo, solicitando un informe para ver si se puede establecer así lo que le provocó a muerte. Pero hasta el momento la justicia no ordenó investigar nada”.
En el caso de Nicolás, tampoco fue fácil. “Pedimos muchas medidas, ofrecimos testigos, tuvimos peleas, buscamos la vuelta, siempre sin apoyo, porque nos tocó un fiscal frio, que no se involucró. Pero lo definitivo fueron las pruebas: la autopsia, los análisis, las muestras de tomate, de barro, de flora, que se tomaron adentro y afuera de la chacra. En todos apareció el mismo veneno: endosulfan”.
El abogado cuenta que el endosulfán se puede comprar fraccionado, pero no en cualquier lado. Uno de sus expendedores es el Instituto Provincial del Tabaco. “En otros tiempos fue el cultivo típico de esta zona, pero actualmente la gente solo trabaja el tabaco porque así obtiene una obra social, que es algo que el Instituto facilita. Esa es hoy una producción altamente tóxica, donde se usan productos muy fuertes y letales y todo el mundo lo sabe y le escapa. Si no fuera por los beneficios que da el Instituto no sé si alguien la haría. El otro día me contaba un muchacho que trabaja en los depósitos del Instituto donde guardan los agroquímicos, que los compran en tambores de 200 litros. Y los productores vienen con bidones o botellas de gaseosa vacías y se lo llevan. ¿Usted entiende lo que le digo?
Lo que entiendo es cuál es el rol del Estado en todo esto…
Ahí va: el Estado no se preocupa, ni controla…
Y tolera la explotación infantil…
…y femenina y en negro. El otro día el ingeniero Juan Sablis, encargado del Inta Goya, me decía que la producción hortícola es factible en esta región gracias a la mano de obra en negro, porque si se tuviera que registrar a todos los trabajadores como Dios manda no sería rentable. Con eso le lo digo todo: estamos hablando de niños y mujeres que se exponen sin protección alguna al peligro de trabajar con estos agrotóxicos.
¿Cuál es el beneficio de producir algo en estas condiciones?
El del productor. El beneficio económico hoy es alto, porque el cajón de tomate está 100 pesos y en cada una de esas coberturas plásticas, que tienen 25 x 7 metros, se pueden lograr 200 cajones. Hay dos cosechas por año, así que calcule. Es una producción altamente rentable porque evade todo: el fisco, la ley, los controles. El peligro es que el tomate producido así va al Mercado Central sin respetar siquiera el poder residual del insecticida: se cosecha a la mañana y a la tarde ya lo están mandando para Buenos Aires. Y no basta con agregar 3 gotitas de lavandina al agua, porque estos productos son clorados y no mueren ni se desintegran así.
¿Cree que el productor local es tan poderoso como para lograr este nivel de impunidad?
No, porque acá no se está tapando todo porque el productor es poderoso. Acá lo que se está tapando es que el Ministerio de la Producción correntino no reconoce que el chico Arévalo murió por intoxicación, tal como se lo informó el juez por escrito. Y si se hace el distraído es porque existe la posibilidad de que, ante algo así, se tenga que determinar que los tomates de Lavalle se dejen de mandar a Buenos Aires hasta que no se controle su producción como es debido. Y eso no sería rentable.
Confesión de parte
En informe del Ministerio de Economía de la Nación llegó a la misma conclusión en diciembre de 2010. Dos ingenieros agrónomos –Hernán Palau y Mariano Lechardoy– y un licenciado –Facundo Neyra– suscriben el detallado relevamiento que hicieron de la producción tomatera de Lavalle. Allí, entre otras graves cosas, consignan:
“Existen casos (muy pocos) de uso de agroquímicos no permitidos o dosis no recomendadas (más común), no solo en cuanto a la dosis en sí, sino en cuanto a las repeticiones y respeto por los períodos de carencia”.
“En lo que respecta a la legislación laboral, una parte importante de la mano de obra utilizada en el sector no se encuentra inscripta debidamente. Siendo esta una actividad de uso de mano de obra intensiva, hace que el productor hortícola afirme como inviable poder cumplir con todas las obligaciones patronales”.
“Las plantas de empaque deben cumplir con requisitos de condiciones higiénico-sanitarias y de buenas prácticas que establece la Dirección de Calidad Agroalimentaria dependiente del SENASA. En la región, la mayoría de los galpones de empaque no cuentan con la habilitación correspondiente y por tanto, no cuentan con buenas prácticas. Esto es una debilidad institucional del sector, ya que en la región no hay oficina del SENASA dedicada a la horticultura”.
Ni las muertes de Nicolás ni de Kili, ni la agonía de Celeste, ni nada de lo mucho y evidente de lo sucedido en Paraje Puerto Viejo logró hasta ahora mover un centímetro de esa postal correntina del infierno.
Esa inmutable impunidad es la que originó la tapa de esta MU. Ahí podés verlo a Brunito, con los ojos cerrados, los brazos cruzados, el tomate que le cierra la boca. Fue amorosamente retratado así por su mamá, Julieta –testigo y compañera de este viaje– junto a Mónica, otra de nuestras amigas fotógrafas.
Esa es la imagen que se nos apareció en el insomnio del regreso en micro.
Supimos así que para nosotras este viaje no fue, no es, nunca será una nota escrita en un papel ni esta tapa una foto, sino un grito.
Angá.
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