#NiUnaMás
Mujeres mapuche: la resurgencia
Melisa Cabrapan Duarte es cantante, iba a ser diseñadora pero es doctora en Antropología, hija de un militar y una maestra. El crimen de Rafael Nahuel en 2017 la hizo “salir del clóset” y reconocerse como mapuche. Hoy integra la Confederación Mapuche de Neuquén, que enfrenta la invasión del fracking en Vaca Muerta. El concepto de “resurgencia”. Las mujeres mapuche frente al machismo y los abusos internos. El significado de vivir en comunidad. El ambiente y la gente. La construcción de otros horizontes y en qué cosas tener confianza frente a un 3J. Por Sergio Ciancaglini.

Melisa Cabrapan Duarte es y hace mucho de lo que enfurece al gobierno.
Mujer, mapuche, cantante, antropóloga, trabajadora, feminista, morocha-morena-marrón, intelectual, inquieta, investigadora, amante de la vida comunitaria, alborotadora, doctora, independiente, no cobra coimas, no evade impuestos, no es resentida, no estafa con criptos, no explota gente ni territorios y además los defiende en términos prácticos, no agrede a personas discapacitadas, no especula con el carry trade ni es racista, ni endeuda, y tiene la sonrisa que le fluye como una energía.
Vive en Neuquén, donde había una vez una vaca que murió y se convirtió en referencia de una zona que hoy es una tierra bombardeada por el fracking, no para producir riqueza sino para extraerla y malvenderla (para más info puede leerse el RIGI, Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones).
Por eso interviene en todos los desbarajustes y agresiones a los que son sometidas las 70 comunidades que integran la Confederación Mapuche de Neuquén. Eso incluye conflictos territoriales muy concretos, nada virtuales, que del otro lado presentan una constelación oscura formada por corporaciones, gobiernos, fuerzas de seguridad, jueces reversibles y exmedios de comunicación, entre otros jugadores de un partido demasiadas veces sin árbitro ni VAR.
Meli es kona (significa integrante y también “valiente”, y “guerrera”) del lof Newen Mapu, en las afueras de la capital neuquina, un espacio de resistencia y creatividad para pensar una vida más vivible para la gente y las comunidades.
Curiosidades: hija de un militar, no se asumía como mapuche. Estudió diseño pensando en hacer moda, saltó a antropología y se transformó en la primera mujer egresada de la Universidad de Río Negro. Hizo algo así como salir del clóset al asumirse mapuche. Le cambió la vida. Escribió un libro sobre prostitución y extractivismo, tiene una hija, cultiva en el lof y es apenas el comienzo. Armó la banda Weway, nombre que significa “vencerá”, con temas potentes, rítmicos, contagiosos. Más allá de sus títulos dice que cortar la ruta a las petroleras es de lo más lindo que le pasó en la vida y participa en una movida indígena para investigar el primer genocidio ocurrido en estas extrañas tierras en las que las mujeres, mapuches, cantantes, comunidades y otros etcéteras contagiosos suelen enfurecer al gobierno.

Trineo y salesianos
Está siempre atenta a Liq, 2 años, la hija que cría junto a su pareja Lefxaru Nawel, werken (vocero) de la comunidad Newen Mapu (ver MU 206). “Yo no tenía ese deseo de ser madre –explica Meli–, al contrario, siempre fui muy crítica, tal vez porque somos siete hermanos. Pero haber tenido a Liq es una experiencia y un proyecto maravilloso”.
También la tienen en alerta las novedades de la comunidad Xi Pañiku que habita la zona del lago Mari Menuco, que abastece de agua a la capital neuquina entre otras zonas, y que intenta ser perforado –sus alrededores y el propio lago– por YPF. Los mapuches ya han detenido cuatro intentos de la petrolera en esas tierras comunitarias, pero con la riqueza bajo sus pies han aprendido que las extrañas procesiones de trabajadores petroleros, fuerzas de seguridad y escribanos pueden reaparecer en cualquier momento.
Planea además las presentaciones de Weway donde es voz y guitarra, junto con Ivy Puel Catriel y Yuli Nawel Paredes que hacen toda la magia de coros y percusiones con toda clase de instrumentos mapuches. Uno de los temas, Kvpam, tiene una música fuerte, que fusiona desde el rock y el soul hasta todas cosas que nada tienen que ver con una versión caricaturesca de la música indígena. Dice en el estribillo: “Soy yo y soy todas, soy pasado, presente y futuro”. Tal vez la charla permita eso, que leamos el pasado y el futuro como presente. O al revés. O como cada quien prefiera.
Nació en Bariloche, en la parte urbana de Los kilómetros, como llaman a la zona oeste de la ciudad. Segunda hija de papá César, suboficial del Ejército, y mamá Stella Maris docente. “No me asumía mapuche, mi familia tampoco. Era una nyc (nacida y criada) aunque ese nyc es re-polémico. Bariloche es una sociedad durísima, jerarquizada. Siempre nos decían que nuestro apellido era mapuche”.
El apellido paterno Cabrapan se pronuncia con acento aunque no se lo escribe. “Teníamos una bisabuela que estaba en el campo y hablaba mapuzungun (idioma mapuche) pero teníamos una distancia espacial y temporal con ella. Me acuerdo que un Día de la Raza, o de la Diversidad le decían, una maestra dice ‘y acá tenemos a los hermanos Cabrapan’ y nos presentó como indígenas. Mi mamá enseñaba en esa escuela y estaba incómoda y molesta con eso. Y crecés vos también con esa incomodidad que te marcan, de no entender muy bien quién sos, o creer una cosa y sentir algo distinto”.
¿Qué hay detrás de esa historia de un 12 de octubre? “Venimos de poblaciones arrasadas, despojadas, violentadas. Luego esas personas y familias tuvieron como camino, como movilidad, ir haciendo cosas, trabajos, para que las generaciones nuevas sufran un poco menos. Desde ahí pienso que la formación de mi mamá como maestra y de mi papá como militar, nada menos, son actividades a las que accedió gente de sectores populares pensando: ‘les voy a tratar de dar una mejor vida a mis hijos que la que yo tuve y la que tuvieron mis padres’. Algo así como sacarnos de la discriminación. Y parte de eso era no considerarse mapuche, aunque hubiera abuelas o abuelos por ahí”.
Creció Meli cerca de un lago, de una montaña, podía andar en bicicleta. “Ahora todo está estallado por desarrollos inmobiliarios, pero nosotros nos íbamos a tirar en trineo a nuestro cerrito. Lef me jode, me dice que soy una cheta, pero mi familia era el estereotipo de gente de clase media profesional. Siempre pienso qué hubiera pasado si nacía en otra zona. Cómo hubiera sido distinta mi vida”. Estudió en colegio salesiano. “Veía que todos tenían la comunión, la confirmación, y no entendía; mis padres no nos mandaron ahí por lo religioso, pero la situación te formatea como para que sientas esa falta”. Hizo la catequesis y todo lo que no la convirtiera en alguien distinto. “Mucho después una mujer que conocí me hizo dar cuenta de algo: cuando decía mi apellido, lo hacía en voz baja, bajando la cabeza. Era un gesto que le llamaba la atención. Te lo cuento y todavía me angustia, porque fue algo que hice muchos años, sin entender lo que significaba”.
En la escuela tuvo otro terremoto cuando le hablaron de la dictadura, los desaparecidos, las violaciones a los derechos humanos. Meli reconoce que quedó espantada, llegó a su casa y se lanzó a interpelar a su padre. “Fui a preguntarle si era un asesino. Era muy fuerte que te cuenten eso, y más en una escuela pegadita al barrio militar. Con el tiempo también entendí a la maestra que lo planteó” cuenta riéndose. “Mi padre recién había empezado su carrera en el 85 más o menos, quedó afuera de lo de la dictadura. Pero tenía otra historia. Mi abuela sufría situaciones de violencia de mi abuelo Ernesto. Mi padre entonces quería formarse como suboficial, pero sin estar lejos demasiado tiempo para no dejarla sola”. La vida seguía inundando a Meli de preguntas.

Todo x 10 centavos
Salto hacia adelante. “Me gustaba coser, hacer cosas con las manos, era creativa y me gustaba transformar ropa de mi abuela, reciclar, leía la revista Cosmopolitan o hacía zapping y veía una pasarela en Francia. Cosas que se te cruzan de piba. Y pensé: voy a estudiar diseño”. La familia pudo mandarla a Buenos Aires a seguir esa carrera. Era 2007, estudiaba en Ciudad Universitaria, alquilaba en el centro y trabajaba de moza para completar algo de ingresos. “Yo valoro mucho la permanencia en un territorio. Pero creo que es bueno también tomar distancia, ver otros ambientes, salir de tu lugar conocido”. (A los seres urbanos, por ejemplo, les/nos resultaría ilustrativo compartir la experiencia de vivir sobre el lomo de las vacas muertas, por poner apenas un ejemplo).
En Buenos Aires Meli seguía aprendiendo. “Yo era una más en esa diversidad porteña, no aparecía tanto esa marca de qué soy, pero sentí también el racismo, el desprecio. Me acuerdo una mujer muy coqueta que me dejó una propina de 10 centavos, que era como un insulto. Le pedí que se la llevara. Lo bueno fue que empecé a sentir que podía enfrentar esas cosas”.
La bocharon en una materia y entró en crisis. “Me pareció injusto, una valoración subjetiva, algo re desmotivador. En el CBC me había enganchado con Antropología, y me inscribí en Puan (por la Facultad de Filosofía y Letras). Fue otro impacto, andaba desorientada, no me encontraba”.
Volvió a Bariloche con sensación de fracaso, sus padres consideraron que eso de la antropología era un tanto delirante. Pero se creó la Universidad de Río Negro, Meli se anotó en Antropología, y unos años después se recibió y fue la primera egresada mujer de esa Universidad. “Fue una experiencia movilizadora, con acceso a discusiones y materiales donde me sentí muy pichona, aprendiendo. Y seguía con una incomodidad: todos mis profesores y profesoras de antropología estudiaban el tema mapuche. Daban ejemplos, material para leer, hablábamos de etnografía y me acordaba de mi familia, de mi abuela, de gestos, palabras, formas de hablar y contar, comidas, que son mapuche aunque no lo asumas así. Después me involucré con proyectos de mujeres tejedoras de fibra de guanaco y era como estar con tu familia. Pero yo seguía diciendo mi apellido en voz baja, como para que nadie me escuchara”.

Balas al clóset
La antropóloga ya había sido contagiada por el feminismo. “Fue lo que más me movilizó y politizó. Es muy iluminador eso de ‘mujer no se nace, se hace’. Muy de feministas europeas blancas, pero fueron bases fundamentales para deconstruir lo biológico, entender lo social. Después conocí a las feministas chicanas, mestizas, tercermundistas e indígenas. Mujeres que hablaban desde otros lugares. Ahí está lo que nombro al hablar de feminismo. Al mismo tiempo, siempre fui muy sociable pero estaba sola en el sentido de qué es lo que alienta tu proceso de identidad. Y creo que es importante disputar esa soledad, la de una sociedad que te va encerrando”.
En 2015 obtuvo una beca doctoral en México. “Seguía en eso de buscar entornos para desafiarme, no como algo individualista. Cuando voy a México me decían que no parecía argentina, porque los argentinos eran blancos, los de las publicidades o los que hacían promoción en la puerta de los shoppings. Buscando dar una explicación yo decía que descendía de mapuches, que mi abuelita… pero entonces, ¿dónde empieza y dónde termina esa transferencia de identidad? ¿Cuándo dejás de “descender” y te empezás a posicionar desde el ‘yo soy’?”. El tema quedó en suspenso. Su trabajo sobre la prostitución fue incluido en Comercio sexual y discurso sobre trata en México, libro coordinado por la antropóloga Marta Lamas.
Volvió Meli a Argentina y tomó como investigación la situación de las mujeres migrantes (dominicanas, colombianas, venezolanas) y su relación con el contexto petrolero neuquino. “Existía el Bariloche Center, lugar de prostitución, sex shops, baile erótico, mercados sexuales mientras había cierres por la Ley Antitrata. El efecto fue persecución y las mujeres aparecían en destinos que tenían como punto en común la actividad petrolera. Así fui a Rincón de los Sauces en un autito modelo 2000 para conocer a esas mujeres y entender cómo funcionaba su vida en el extractivismo, donde a veces la prostitución ha tenido un lugar muy constitutivo de las sociedades petroleras convertidas en madres, esposas y a veces hasta fundadoras silenciadas de pueblos”.
Siguió luego su doctorado en Buenos Aires hasta que se rompió eso que Meli ha pensado tantas veces como su propio clóset: “Ahí pasó todo con total fuerza. Era 2017, me sentía cada vez mejor pero seguía todo ese proceso de incomodidad, de no encajar. Un día de noviembre me puse los auriculares, fui caminando a encontrarme con una amiga y pasé por Congreso. Había una movilización por el asesinato de Rafael Nahuel en Mascardi. Alguien me dio un volantito, que decía algo así como ‘el pueblo mapuche vive’”.
(Historia breve: Rafael Nahuel tenía 22 años. Estaba en Villa Mascardi por un conflicto de tierras. Intervino Patricia Bullrich cuando era de la casta macrista, después de la delarruísta y antes de la mielísta. Mandó al grupo Albatros de la Prefectura Naval (?). Los prefectos declararon después que hubo un “enfrentamiento” con los mapuche, aunque se demostró que eran un puñado de jóvenes para colmo desarmados. Así mataron a balazos a Rafael, por la espalda. Cinco de los albatros fueron condenados. Nunca nadie condenó de modo alguno a quien ordenó el operativo, trató de encubrir el crimen y ahora se postula para senadora).
La joven se quedó mirando el volantito, con los auriculares haciendo ruido, rodeada de un vértigo de gente en la movilización. “Y dije: wow. Estoy recibiendo un volante de un pibe porteño, seguramente un compa súper comprometido, pero, ¿no tendría que ser yo la que reparte el volante? Me quedé ahí, me impactó todo. Lloraba. No conocía a nadie pero me quedé escuchando a todos conmocionada. Terminó el acto, fui para Callao y Corrientes a encontrarme con mi amiga y lo que me acompañaba era el llanto. Mi amiga me preguntó qué me pasaba y no podía explicarle. Yo sabía que habían asesinado a Rafa pero tuve una sensación de dolor, de impotencia, terminé con un ataque de asma tremendo y a partir de ahí dije: nunca más voy a callarme. Ya sé cuál es el lugar”.
Doctora con pala
Reconoce un sueño: “Empecé a imaginarme poder participar de algo más grande, que no tuviera solo que ver conmigo sino con lo colectivo. Empecé a estudiar mapuzungun. Una amiga me invitó a la ceremonia que hacen las comunidades mapuches junto al volcán Lanín en 2018”. El Gejpun es un encuentro mapuche dedicado a su relación con la naturaleza, cosa de la cual varios winkas (no mapuches) deberíamos aprender, si entendiéramos mejor cómo funciona el universo.
Melisa quedó asombrada. “Volví un tiempito a México para terminar de escribir mi tesis con una amiga que también tenía que escribir la suya. Tenía la posibilidad de ir a San Luis de Potosí donde hay mucha resistencia de pueblos originarios contra la mega minería, pero apliqué para venir a Neuquén porque había una investigación posdoctoral para estudiar extractivismo y resistencias mapuche. Le decía a mi amiga: tengo ese impulso de estar en la lucha con otros”.
Volvió a Neuquén, donde había estado primero con sus investigaciones sobre prostitución en zonas petroleras, y después junto al silencio conmovedor frente a un volcán. Empezó a sumarse a los trabajos comunitarios del lof Newen Mapu. Confesión de la doctora: “Ya era la pandemia de 2020 y estaban tendiendo los caños de agua. Había un proyecto de cultivar plantas medicinales para recuperar ese tipo de saberes, pero primero teníamos que hacer pozos acá en la meseta que es durísimo. Nunca había usado tanto una pala”.
La cuarentena que encerraba, a ella la abría al conocimiento de Newen Mapu. Jorge Nawel, referente de la Confederación, le mostró los libros con actas de todos los parlamentos, lo que sería el clímax de cualquier antropólogo o historiador. Meli lo tomó como parte de un aprendizaje y también de un vínculo que tuvo otro paso cuando las bromas, los trabajos, los silencios y otros desafíos derivaron en su relación con Lefxaru.
Mujeres conversando
La tesis de Meli al doctorado fue presentada en su libro Mujeres de la noche y trabajadores petroleros-tránsitos entre economía, sexualidad y afectos. Su papá militar conoció a Lef. “No te voy a decir que mi papá es facho, pero tiene ideas estructuradas, de plantear que una persona como Milei puede llegar a hacer las cosas bien. Lef le habla con total calma de la mentira del usurpador mapuche, de la política racista, de la defensa legítima del territorio, mi papá lo escucha y hasta le dice ‘tenés razón’. Lef le regaló también el trarilonco (charilonco) la vincha, digamos entre comillas, que usan los varones. Mi papá lo puso con los trofeos que ganó compitiendo en bicicleta, y junto a un disco de Puel Kona (conjunto de rock mapuche en el que interviene el propio Lef). Y cuando hubo una ceremonia por mi hija Liq, mi papá vino con su trarilonco y lo usó por primera vez”. Nunca conviene subestimar el poder de ciertas conversaciones.
Lo mismo descubrió Meli sobre lo que ocurría en varias comunidades: muchas conversaciones de mujeres. “Toda la efervescencia del feminismo en los últimos años influyó para que las mujeres empezaran a crear espacios propios para hablar de temas que antes no se mencionaban. Los abusos, por ejemplo, incluso contra la infancia. Fue decir: ‘Encontrémonos a hablar cosas que no hablamos en los trawn (encuentros) mayores’. Porque estás disputando tu territorio con el avance del fracking, o con los terratenientes apañados por Milei, pero puertas adentro tenés algunas situaciones de violencia de género, abuso infantil, y no se hablan. Tenés el patriarcado también entre la comunidad. Había lognkos que modelaban a su gusto las comunidades. Quiénes participan, quiénes no. Quiénes iban a ceremonias, o no. Se discutía la violencia de afuera, pero la de género era una violencia más. Me acuerdo cuando compartí que mi abuelo abusaba de su hermana, mi tía abuela, que se escapó para siempre de aquí. Otra mujer dijo: “Tal persona me perseguía por el campo y yo corría y corría para que no me agarrara”. Otra dijo: “Tuve en mi casa a tal persona, le estaba dando refugio, y abusó de mi hijo’”.
El contagio de conversaciones sobre la verdad terminó provocando que un lognko fuera expulsado de la comunidad Kinxikew por violencia y abuso contra mujeres e infancia, y reemplazado por la lognko Amancay Quintriqueo. Y que cinco de catorce comunidades del Consejo Xawvn Ko estén conducidas por mujeres, con un crecimiento de la participación hacia otras formas de autoridad política. “Igual hay muchas mujeres que prefieren no decirse feministas. Es difícil la articulación incluso con los feminismos más decoloniales, cuando nosotras tenemos problemáticas concretas como la de las presas políticas o la machi Betiana. Por eso decimos por qué no vienen a Vaca Muerta, por qué no ven la resistencia, la creatividad, la creación por parte de las mujeres y las comunidades frente a eso. Y todo lo digo sin caer en el esencialismo de que solo las mujeres defienden los territorios, esa cosa mujeril, que ignora que es la comunidad entera la que está en la pelea”.
Tal vez no resulte sencilla de captar toda esa dinámica pero dice: “Yo también trataba siempre de entender todo, era como una máquina registradora de lo que pasaba en la comunidad, pero un día me dijeron: ‘estás tratando de entender, y no estás sintiendo’. Meli empezó a ecualizar así una armonía de cerebro y corazón.
La resurgencia
No ha hecho un estudio antropológico para entender a los indígenas occidentales y modernos, pero dice: “Salir de la comunidad, ir a Neuquén o a Buenos Aires, a veces parece una ficción donde se ve una mirada individualista, de sobrevivir el día a día, donde no importa lo demás. Como un mundo formado por muchos mundos que no se entienden. O a lo sumo, si voy al centro y me ven con la vestimenta mapuche, me piden sacarse una selfie, cuando en verdad somos la mayoría en la provincia aunque muchos no lo asuman”.
Cree Meli que estamos ante un presidente al que define con una palabra: “Odiante”. Si el nombre de la banda Weway significa vencerá, ¿qué es lo que vencerá? “Nuestra lucha, sueños, lo bueno, lo justo”. Me cuenta otra vieja novedad: “Entre organizaciones mapuche de Puelmapu, la Confederación Mapuche de Neuquén, la Coordinadora Mapuche-Tehuelche de Río Negro y Organización Identidad Territorial Malalweche de Mendoza, hace dos años retomamos nuestra articulación. Buscamos construir una demanda colectiva por genocidio del Pueblo Mapuche contra el Estado Argentino”.
En el acto después de la represión a los mapuche la doctora dijo sobre Vaca Muerta : “No es una suerte estar ahí. No es riqueza. Es una miseria, una lucha, afrontar todos los días para sostener la vida”. Y señalando a la casa de gobierno neuquina: “¿Querían un Rafita Nahuel en esa esquina de mierda donde creen que tienen el poder?”. Terminó su intervención ante 10.000 personas con un canto o grito ululante que explica en los tímpanos el significado de la palabra newen.
Se hace siempre una pregunta: “¿Es la defensa del territorio ambienal lo que hace que la gente resurja como mapuche, o es lo colectivo y la cosmovisión lo que hace ver que también hay que defender agua, aire, tierra, newen? ¿Qué es primero?”. En todo caso, cree las mujeres son las que mejor entienden que el cuidado de las personas no se divide del cuidado del territorio y la naturaleza.
Hay una palabra que le gusta: resurgimiento. “Me gusta más decirle resurgencia. Si los sistemas de opresión afectan nuestras relaciones, y la pandemia fue un gran ejemplo, entonces reconstruir las relaciones entre los seres es algo muy importante”.
Hace un tiempo Meli dijo que cortar la ruta de las petroleras es lo más lindo que te puede pasar en la vida. ¿Por qué? “Es hermoso porque interrumpís la rutina extractiva, haces que la industria pierda, como nos acusan, aunque sabemos que nosotres perdemos mucho más con ellos. Molestás al poder y sus intereses. La visibilización que ofrecen estas acciones es único. Transmitís un mensaje: existimos, estamos acá, no nos van a pasar por encima. Y lo que reclamamos es lo justo y lo legal”.
¿Qué es lo mejor de vivir en comunidad en términos prácticos? “Me gusta sentir comunidad. Saber que con mi vecina, que es mi ñaña, con mi lamgen, mi cuñado, con los picikece, niñes que juegan con mi hija, tenemos un proyecto común, de hacer la vida más digna y bella a pesar de toda la destrucción humana que nos rodea. Y lo práctico seria: contar con el otro/la otra, que el otro cuente conmigo, sentirte segura, ¡y saber que en cualquier momento podes ligar tortafritas!”
¿En qué confiar hacia adelante? “Queremos que nuestros varones no sean machistas, violentos, que puedan crecer de otra manera. Que las generaciones adultas puedan transformarse y dedicarle tiempo a estas cosas que se consideran no políticas y quedan últimas en la agenda. La resurgencia no es pensar en grandes eventos y acontecimientos, sino en micro situaciones, micro transmisiones, pequeñas prácticas que preparan el terreno para las resurgencias grandes. Y confío en romper el silencio, el enorgullecerse de identidades que fueron menospreciadas, perseguidas, asesinadas. En recuperar hasta la belleza, y el potencial de reconstituirnos pese a tanto daño”.
Se queda pensando antes de zarpar a ensayar para un recital en el salón Los Desafíos. Y suma propuestas hacia el futuro: “Imaginar nuestro territorio verde y con árboles que nos den sombra, con aire puro. Que nuestra gente silenciada vuelva a ser mapuche, que seamos miles, como les que somos. Que el Estado argentino reconozca el genocidio mapuche. Que eso sea una revolución para la memoria social e histórica. Y que la familia, la comunidad y el pueblo le demos herramientas a mi Liq para que sepa enfrentarse a todo lo injusto”.

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Mayo 2026: Por qué el Estado es responsable de los femicidios

En lo que va de este año ya sufrimos:
95 femicidios y travesticidios
95 tentativas de femicidios
66 infancias quedaron huérfanas como consecuencia de estos crímenes
97 marchas se realizaron para exigir justicia
60 funcionarios fueron denunciados por violencia de género.
59 mujeres y niñas fueron reportadas desaparecidas.
5 crímenes en investigación están sospechados de femicidios.
En cada uno de nuestros padrones se puede acceder a los datos de los casos que componen estas cifras que expresan una realidad: la máquina de la violencia femicida. Interpretarlos en su complejidad es una tarea que la antropóloga mexicana Julia Monarrez define como “la hermenéutica social del sufrimiento” que pone de relieve “las formas en que las fuerzas sociales más amplias se unen para arruinar las vidas humanas individuales”. Entre esos signos a desentrañar el negacionismo de Estado es parte central.
El elemento que caracteriza al femicidio es la tolerancia y minimización estatal de la problemática. La impunidad con la que actúan los homicidas contiene un mensaje implícito de permisividad social a través de las múltiples formas en las que acciona el aparato del Estado –policías, fiscalías, funcionarios- y, en los momentos actuales, explícito en los discursos que emiten las más altas autoridades que encarnan su representación. Así, las formas de hacer y de no hacer que caracterizan al Estado abonan estos crímenes, tarea que se completa con la negación de su responsabilidad.
Ejemplos concretos de los que fuimos testigos este año:
- Córdoba: “No hacemos ninguna autocrítica”, sintetizó el fiscal Raúl Garzón en la conferencia de prensa donde anunció el hallazgo del cuerpo destrozado de Agostina Vega, la adolescente de 14 años buscada desesperadamente durante una semana por su familia, amigas y vecinas. El fiscal demoró cinco días en aplicar el protocolo obligatorio de alerta y cinco también en allanar la casa del principal implicado, pese a tener información fehaciente sobre su identidad, dirección y participación desde el mismo momento en que desapareció la menor. El imputado por el femicidio de Agostina ya tenía una condena por privación de la libertad agravada, pero el fiscal interviniente le otorgó la libertad condicional.
- Mar del Plata: La defensora del femicida de Lucía Pérez atacó a los gritos a la mamá de la víctima durante la audiencia de cesura que la Cámara de Casación bonaerense obligó a realizar al cambiar el delito de femicidio por el de violación agravada. En tanto, el otro implicado fue beneficiado primero con libertad condicional, pero la Cámara ordenó su revocación, aunque su regreso a prisión está pendiente en un laberinto de apelaciones. A casi diez años del crimen de la adolescente de 16 años que motivó el primer paro de mujeres el trámite judicial está, en los hechos, como el primer día: culpabilizando a la víctima por su asesinato, torturando a su familia y negando la figura penal, en beneficio de las estadísticas.
- Córdoba: El cuerpo de Cecilia Basaldúa fue, finalmente, encontrado en una fosa común, a seis años de su femicidio. La familia se enteró que no estaba en la morgue judicial cuando solicitó realizarle una pericia de parte. Nunca fueron notificados que la fiscalía había trasladado el cuerpo al cementerio sin su autorización.
- San Juan: “Siempre estamos abiertos a dialogar con la defensa para acordar un juicio abreviado”, declaró a la prensa el fiscal Emiliano Pugliese encargado de investigar el asesinato de Camila Nicole Bijinai, víctima de una balacera desatada el 4 de octubre de 2025 en la provincia de San Juan. Su crimen no fue calificado de femicidio, por lo cual las estadísticas de ese año –dadas a conocer hace apenas unos días- señalan que en esa provincia no se produjeron femicidios, a pesar de que toda la dolorosa jurisprudencia producida por las víctimas de balaceras en Rosario indican lo contrario. El dato importante: la tipificación penal de femicidio no admite los juicios abreviados. Evitar esa caracterización es una tendencia que alienta la impunidad, tal como ya sufrió la familia de la periodista Griselda Blanco, asesinada en Corrientes en 2023. Tampoco Griselda formó parte de las estadísticas de ese año y por eso mismo su femicida gozó de un juicio abreviado.
Los cuatro casos tienen un denominador común: son crímenes que nuestro Observatorio ha denominado “femicidios territoriales”. Se trata de femicidios que no se ajustan a los modelos epistémicos tradicionales de la teoría de género y que no hablan de vínculos de pareja e intimidad, sino de tramas de narcocriminalidad e impunidad territorializadas, con participación de agentes estatales, tales como policías, agentes penitenciarios, fiscales y funcionarios. Participación activa, en tanto que genera condiciones de posibilidad para estas muertes en esos territorios; y también participación concreta, al garantizar y perpetuar la impunidad de esos femicidios, demorando su investigación, falseando pruebas, entorpeciendo y eternizando procesos judiciales y criminalizando a las víctimas y sus familias. Marta Montero, madre de Lucía Pérez, prefiere llamarlos “narcofemicidios”. Sumamos a este concepto la referencia al territorio porque quizá nos permita enfocar los factores que los producen: los narco-femicidios se originan en narco-territorios concretos en los cuales la actividad delictiva ya cuenta con impunidad estatal.
Para poner en contexto los datos de femicidios que sufrimos en Argentina es conveniente analizar las estadísticas que realiza la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de Naciones Unidas con las tasas que informan las fuentes oficiales de todos los países de América Latina:[1]
| AÑO | ARGENTINA | MÉXICO | CHILE |
| 2015 | 1.100 | O.700 | 0.400 |
| 2016 | 1.100 | 1.00 | 0.400 |
| 2017 | 1.100 | 1.200 | 0.500 |
| 2018 | 1.100 | 1.400 | 0.400 |
| 2019 | 1.100 | 1.500 | 0.500 |
| 2020 | 1.100 | 1.500 | Sin datos |
| 2021 | 1.000 | 1.600 | 0.400 |
| 2022 | 1.000 | 1.500 | 0.100 |
| 2023 | 1.100 | 1.300 | 0.400 |
| 2024 | 0.95 | 1.180 | 0.400 |
| 2025 | 0.85 | 1.080 | 0.46 |
La tasa expresa cuántos femicidios sufren estos países por cada cien mil mujeres mayores de 15 años. El femicidio de Agostina, por ejemplo, no formaría parte de esta ecuación.
Finalmente, queremos señalar que la escena del crimen de Agostina Vega que hoy nos está interpelando es la misma que se repite en las periferias urbanas de todo el país. Familias agobiadas por el multiempleo vecinas de familias rotas por el desempleo y el narcomenudeo. El Estado allí está muy presente, pero solo en su peor forma: la policía, que controla todos los movimientos, dejando hacer y dejando no hacer en una balanza que siempre se inclina hacia la impunidad de la criminalidad, que está organizada en eslabones muy débiles. Ningún capo narco vive allí y ninguna familia está preparada para soportar las consecuencias. En cada casa se sobrevive como se puede. Hasta que no.
Tal como señala Julia Monarrez, antropóloga mexicana y creadora del concepto “femicidio sistémico” para analizar, erradicar y prevenir esta violencia es necesario “concebir una unidad entre el sufrimiento individual de víctimas y familiares de víctimas, y las estructuras económicas, políticas y sociales que lo sostienen, requiere tener en cuenta que feminicidio es una palabra potente. Si dejamos de pensarla solo como producto de una relación cultural, que jerarquiza las relaciones desiguales entre hombres y mujeres en detrimento de ellas, y la comprendemos como una palabra capaz de describir los diferentes sistemas políticos, sociales y económicos que actúan en contra de la vida de las niñas y las mujeres, entonces podemos pensarla como una palabra antisistémica que denuncia los diferentes ensamblajes de opresión”. Y de esa opresión el Estado es responsable: todo femicidio es evitable.
[1] https://statistics.cepal.org/portal/cepalstat/dashboard.html?theme=4&lang=es
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La escena del crimen

Por Claudia Acuña
Como si fuera una respuesta de la realidad a las cifras, veinticuatro horas después de difundirse los datos oficiales que afirmarían la baja de femicidios, el cuerpo de Agostina Vega, de apenas 14 años, expone por qué el Estado es responsable de estos crímenes.
La escena del crimen de Agostina es la misma que se repite en las periferias urbanas de todo el país. Familias agobiadas por el multiempleo vecinas de familias rotas por el desempleo y el narcomenudeo. El Estado allí está muy presente, pero solo en su peor forma: la policía, que controla todos los movimientos, dejando hacer y dejando no hacer en una balanza que siempre se inclina hacia la impunidad de la criminalidad, que está organizada en eslabones muy débiles. Ningún capo narco vive allí y ninguna familia está preparada para soportar las consecuencias. En cada casa se sobrevive como se puede. Hasta que no.
Estamos entonces en el barrio Cofico, en las periferias de Córdoba Capital. En ese escenario el 5 de mayo de 2025 los vecinos vieron escapar corriendo de la casa de Claudio Barrellier -33 años, empleado en una agencia de seguridad que presta servicios a la municipalidad- a una joven desnuda y con las manos atadas. Llevaba puesta solo la bombacha y gritaba desesperada “Ayúdenme”. En el negocio de enfrente le dieron una remera para que se cubra. Llamaron a la policía y llegó el patrullero. Por ese acto de violencia Barrellier fue procesado por privación ilegítima de la libertad calificada y estuvo detenido veinte días. Al concederle la excarcelación, el juez interviniente le impuso una fianza y una serie de obligaciones. Entre ellas figuraba la presentación mensual ante la fiscalía, una condición que cumplió hasta mayo de este año. Se suma así el rol que cumple en estos casos el Poder Judicial, otra vez el Estado.
El sábado 23 de mayo Agostina salió de su casa a las 22.30 para encontrarse con él. Ariel, el remisero que la trasladó declaró que le llamó la atención que una chica de su edad viajara a esa hora hacia una zona considerada peligrosa y le preguntó el motivo. Agustina respondió que iba a encontrarse con el novio de su mamá. El motivo: iban a hacerle un regalo sorpresa. El remisero fue el último en verla con vida: Agostina desapareció.
Su cuerpo fue hallado una semana después en los pastizales de Ampliación Ferreyra.
Al conocerse la noticia las y los vecinos rodearon la comisaría, cortaron las calles y quemaron gomas. Señalaron así a quien consideran también responsable de su crimen: el Estado.
Tal como señala Julia Monarrez, antropóloga mexicana y creadora del concepto “femicidio sistémico” para analizar, erradicar y prevenir esta violencia es necesario “concebir una unidad entre el sufrimiento individual de víctimas y familiares de víctimas, y las estructuras económicas, políticas y sociales que lo sostienen, requiere tener en cuenta que feminicidio es una palabra potente. Si dejamos de pensarla solo como producto de una relación cultural, que jerarquiza las relaciones desiguales entre hombres y mujeres en detrimento de ellas, y la comprendemos como una palabra capaz de describir los diferentes sistemas políticos, sociales y económicos que actúan en contra de la vida de las niñas y las mujeres, entonces podemos pensarla como una palabra antisistémica que denuncia los diferentes ensamblajes de opresión para las mujeres.”
Por eso mismo, nos vemos en las calles este miércoles.
#NiUnaMás
Lucía Pérez: la lucha para que al femicida Matías Farías no le bajen la condena

(por Evangelina Bucari desde Mar del Plata, para lavaca)
Casi una década después del crimen que conmocionó a la Argentina y dio origen al primer Paro Nacional de Mujeres, el caso de Lucía Pérez enfrenta un nuevo capítulo judicial y otra instancia de revictimización para su familia, que ya atravesó todo tipo de maltratos en la búsqueda de justicia por el narcofemicidio de su hija de tan solo 16 años. (Foto de portada, Marta Montero y Guillermo Pérez, padres de Lucía, junto al abogado Juan Pablo Gallego)
En los tribunales de la calle Almirante Brown, en Mar del Plata, se lleva adelante una audiencia de cesura, un proceso de dos jornadas para determinar una nueva pena para Matías Farías, condenado por femicidio pero beneficiado el año pasado por un polémico cambio de carátula que hora le permitirá recibir una sentencia significativamente más baja que la prisión perpetua que cumplía.
Tras un primer día (el miércoles 29 de abril) marcado por las declaraciones testimoniales que buscaron trazar el perfil del condenado y el impacto del crimen, la segunda jornada estará centrada en los alegatos finales de las partes.
El eje de la controversia radica en un fallo de 2025 de María Florencia Budiño y Víctor Violini, integrantes del Tribunal de Casación de la Provincia de Buenos Aires, quienes resolvieron que el asesinato de Lucía no constituyó un femicidio, sino un “abuso sexual agravado”.
Esta reconfiguración del delito tiene consecuencias directas en la condena: mientras que el femicidio conlleva prisión perpetua, la nueva carátula reduce el rango de la pena a un espectro de entre 8 y 20 años de prisión.
La querella, encabezada por el abogado Juan Pablo Gallego, adelantó que tanto la fiscalía como ellos pedirán la pena máxima posible. Sin embargo, aclaró que también plantearán una vía alternativa: “De manera subsidiaria, vamos a sostener la figura de femicidio, porque entendemos que la orden de Casación ha quedado abstracta”.
Sobre lo ocurrido en la primera jornada, el abogado destacó que “solo declararon los padres de Lucía”, y que Marta Montero, la madre, “tuvo una posición muy categórica, responsabilizando al Estado por el daño que viene padeciendo la familia”.
Gallego también cuestionó con dureza a la defensa: “Presentaron dos testigos falsos que terminaron en un papelón, en un contexto de muchísimo agravio hacia la víctima”. Pese a ese escenario, aseguró que la querella se retiró conforme con el desarrollo de la audiencia y con expectativas de cara a los alegatos finales.
En medio de esta tensión, la causa sumó otro giro relevante. Juan Pablo Offidani, condenado como partícipe secundario, vio revocada su libertad condicional hace apenas unos días. La Cámara de Apelación y Garantías hizo lugar al recurso del fiscal y la familia, y determinó que no se cumplían las condiciones para su excarcelación.
Offidani, quien inicialmente había sido beneficiado con la libertad tras pasar nueve años detenido, ahora deberá someterse a un régimen de semilibertad estrictamente supervisado, con salidas diurnas limitadas y la prohibición absoluta de acercarse a menos de 200 metros de la familia Pérez Montero.

En la puerta del juzgado, familiares y manifestantes con el abogado Juan Pablo Gallego, que explica:“Estamos ante un caso en el que, por motivos que se desconocen o por relaciones de poder, se busca beneficiar a una persona claramente identificada como autor de un crimen que el Código Penal define como femicidio”.
Ni un paso atrás
La defensa de la familia Pérez Montero advirtió que si el tribunal local no convalida la gravedad del crimen y el perfil peligroso del condenado, recurrirán a la Corte Suprema o incluso a instancias de justicia internacional.
En cuanto a los fundamentos del fallo que modificó la calificación del caso, Gallego fue contundente: “En casi todos los párrafos, la propia Casación reconoce que se trata de un delito en un contexto de violencia de género, por lo que no se entiende el motivo de haber descartado el femicidio”.
En esa línea, vinculó la decisión con una coyuntura política específica: “En ese momento –señaló– se hablaba de eliminar la figura del Código Penal, cosa que finalmente no ocurrió”. De todos modos, se mostró confiado en que esa interpretación pueda revertirse.
Fue enfático en afirmar que desde la familia “no vienen a inventar una verdad”, sino a mostrar que los hechos probados encajan perfectamente en la figura que intentó “borrar” la Cámara de Casación. “En la audiencia de cesura volvió a quedar acreditado, como en todas las resoluciones y los juicios, que inequívocamente existió femicidio”, remarcó el abogado. Por eso, consideró que “estamos ante un caso en el que, por motivos que se desconocen o por relaciones de poder, se busca beneficiar a una persona claramente identificada como autor de un crimen que el Código Penal define como femicidio”.
Marta, que desde el día uno no dejó de luchar por su hija y “por todas las Lucías”, tiene una pregunta muy sencilla para hacerle a la justicia: “Si lo que le hicieron a Lucía no es femicidio, ¿entonces qué es?”.
Cronología de 10 años de impunidad y lucha
2016: Lucía es drogada, violada y asesinada el 8 de octubre. Las pericias forenses confirmaron que la última penetración anal infligida a Lucía ocurrió mientras ella agonizaba. Tenía rastros de drogas en su sangre.
2018: un primer juicio «misógino» absuelve a Matías Farías, Juan Pablo Offidani y Alejandro Maciel, los tres implicados en la violación y el femicidio de Lucía, condenándolos solo por venta de drogas.
2020: Casación anula ese juicio por contener «intolerables prejuicios de género».
2023: en un segundo juicio, Farías es condenado a perpetua por femicidio. Y Juan Pablo Offidani recibió la pena de 15 años de prisión por resultar partícipe secundario del delito de abuso sexual con acceso carnal agravado por el suministro de estupefacientes, y Alejandro Maciel, no recibió condena porque había fallecido en 2020.
2025: Un nuevo fallo de Casación “borra” el femicidio, e impone una audiencia de cesura para revisar la condena de Farías.
29 y 30 de abril de 2026: se desarrolla la audiencia de cesura.

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