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MU en Chubut: Zafar para contarla

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Desde el martes, la Comarca andina integrada por Lago Puelo, El Hoyo y el Bolsón atraviesa, quizá, las horas más tristes de su historia. Se calcula que se incendiaron 50 mil hectáreas, más de 300 casas se convirtieron en cenizas, al menos dos personas fallecieron, junto a incontables animales, vegetación y vida. ¿Qué significan esos números? ¿Qué hay detrás, o por delante? A Nadia, en Lago Puelo, se le quemó la vivienda y además estuvo a punto de agrandar las cifras del horror: junto a dos hijos y su compañero se vieron literalmente rodeadxs por el fuego. Cómo zafaron, y lo que vieron cuando la vida llega al límite: quién ayuda y quién no, qué prende y qué apaga los incendios cotidianos.

MU en Chubut: Zafar para contarla
Nadia en El Pinar, una noche sin incendios, en la casa que ahora la comunidad le ayuda a reconstruir. Foto: Nacho Yuchark

Textos de Francisco Pandolfi y fotos de Nacho Yuchark desde Chubut

Toda la provincia de Chubut está declarada oficialmente en emergencia económica. Pero también social, ambiental, educativa, y muchos etcéteras más. La Comarca no es la excepción, donde también prevalece la crisis habitacional, hídrica y eléctrica. En ese contexto provincial y municipal, el Pinar, una de las ocupaciones más viejas de la localidad de Lago Puelo, hasta el martes a las cinco de la tarde cobijaba alrededor de 170 viviendas. Una era la de Nadia, que la había logrado cerrar “con mucho esfuerzo un par de días antes de que el incendio la destruyera por completo”, narra.

La voz de Nadia está desgastada, fatigada. La carraspera tiene una causante concreta: se le metió un infierno en la garganta, una caldera en las cuerdas vocales, en el pecho, en la memoria: “Cuando vi humo me alerté, le dije a mi compañero y su amigo si podían ir a fijarse la situación y yo seguí revocando en el interior de la casa, sin creer que se iba a prender todo”, empieza un testimonio desgarrador.

Nadia tiene 32 años. Es artesana en la feria de El Bolsón. Nació en Morón, en el oeste de la provincia de Buenos Aires y vive hace una década en la Patagonia. Cinco años atrás se estableció definitivamente en el Pinar, que está emplazada en medio de un bosque precioso, en un valle de ensueño repleto de pinos oregones, que hoy es el apocalipsis.

Allí vive junto a sus dos hijos: Sion, de 7; y Luna, de 3. Con ellos estaba al inicio de la catástrofe más espeluznante que ha sufrido la Comarca.

“La casa era toda de barro, acústica, entonces ni escuchaba lo que pasaba afuera, hasta que Sion me dice ‘má, hay mucho humo’. Lo tranquilicé, le dije que estaba muy lejos. No le mentí: realmente el fuego estaba muy lejos. Dejé el barro y miré por la ventana hacia el otro lado. Vi el cielo naranja, como muchos atardeceres; pensé que era el sol, quizá mezclado con un poco de humareda, pero jamás imaginé que ese color podía tratarse del fuego”, explica de forma acelerada, como quien tiene la imperiosa necesidad de escupir lo atragantado, una llaga que lleva mucho más de siete días.

La calma que intentaba manifestarle a sus hijos cambió en un instante, precisamente cuando Juan, su vecino, llegó gritando desesperado, para sumergirla en una película de terror, en la vida real: “Rasta, salgamos ya, ya, ¡ya!, que se viene el fuego”. A partir de ahí, siguieron cinco horas de pelear con la máxima inteligencia por la supervivencia. “Fue tan desesperante que no sabía qué hacer; estaba sola con mis hijos, con una pata ortopédica porque en enero había sufrido una doble fractura de peroné. Metí un par de cosas en la mochila y salimos desesperados. Nos subimos los cuatro al auto y cuando quisimos salir por arriba, el fuego ya estaba a metros; intentamos llegar a otra salida, pero en una ráfaga el incendio se nos cruzó por delante. Dimos marcha atrás y caímos en la cuenta de lo peor: todo el Pinar estaba cercado por las llamas. Nos bajamos del auto y empezamos a correr hacia arriba con mis chicos a cuestas. Cuando estábamos por llegar a la cima, otra vez se nos cruzó el fuego casi en nuestros ojos; volvimos corriendo para abajo, cruzamos el arroyo, y otra vez el fuego. Ahí sí, creímos que no teníamos escapatoria”.

Atrapadxs sin salida

“El fuego estaba en los 360 grados. No había ningún lugar por donde salir. No había solución, íbamos a morir calcinados”, recuerda, ronca, con los ojos húmedos. Quizá fue su muerte, vista tan cercana; y la muerte de sus propios hijos, tan latente, tan posible; quizá fue todo ese naranja que nada tenía que ver con la contemplación de un mágico atardecer, que la iluminó en el momento justo. “A metros de donde estaba mi casa quedaba una sola pelopincho sin haberse derretido aún. Tenía nada más que 10 cm de agua, pero era la única opción que nos quedaba. Corrimos sin parar. Tiré a los nenes adentro y luego nos tiramos nosotros dos. Ni bien nos metimos boca abajo, el fuego pasó por al lado y destruyó la casa de Juan. Cuando pudimos, agarramos la lona de una pelopincho rota que estaba cerca y nos envolvimos los cuatro; como último recurso, a unos metros encontramos una chapa y nos la pusimos de techo. Y ahí nos quedamos, sin más nada que hacer, esperando…”.

El fuego avanzaba muy rápido, iba haciendo círculos, remolinos. “Abrazaba la pileta, pero no la tocaba. El calor y el humo ya eran insoportables, así que casi siempre estábamos debajo del agua, que bien pegados al suelo nos alcanzaba a tapar. Cuando no aguantábamos más, salíamos unos segundos, respirábamos un poquito y nos volvíamos a meter”, rememora con un detalle tan descriptivo que abruma. Alrededor de tres horas estuvieron dentro de la pelopincho. “Fueron eternas. Los nenes gritaban ‘vamos a morir, vamos a morir’; ‘quiero que sepas que sos la mejor mamá del mundo. Yo les decía que íbamos a sobrevivir, hasta que colapsé, y les dije que sí, que tenían razón. Yo no podía más”.

Los caminos de salvación se agotaban: “Con la poca batería que le quedaba a Juan llamamos a Defensa Civil y, como nunca nadie del Estado vino a hacer un croquis del barrio, no sabían dónde mierda estábamos”.

La respiración empezaba a reducirse. Ya habían respirado demasiado humo. “El agua ya estaba recubierta de hollín. Nos mojábamos la boca y escupíamos. Teníamos una sequedad increíble de tanto calor. Llamamos tres veces al 107, sabían que nos íbamos a morir asfixiados y lo único que nos decían era que ya habían elevado el mensaje, pero nunca aparecieron. Después nos enteramos que cuando el “último” vecino en ser evacuado salió de El Pinar, desde el SPLIF (Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales) le aseguraron que ya no quedaba nadie en ninguna casa”.

Sin respuesta estatal, Juan llamó a su compañera que estaba en El Bolsón para que viniera a rescatarlos. En paralelo, el compañero de Nadia junto con otro amigo la buscaban desesperadamente por los centros de refugiados, luego de que les confirmaran que en su barrio no quedaba nadie. Como no la encontraban, burlaron la seguridad y entraron a El Pinar. Gritaron, desde la cima del valle. Y desde debajo de una chapa y una lona, dentro de una pelopincho, renació la esperanza. Les devolvieron el alarido. Entonces, envueltos en una frazada seca, se metieron entre las llamas a rescatarlos. “Cuando escuchamos el pedido de Nadia pidiendo ayuda no lo dudamos. Empezamos a caminar. No se veía nada. Las llamas eran del doble de largo que los pinos más altos. Entramos con una frazada seca cada uno, de esas truchitas, no las que son de pluma; así llegamos hasta allá en medio del fuego. Les juro que no tengo ni una ampolla y eso que estaba en zapatillas deportivas, sin guantes ni ropa ignífuga”, relata el amigo, quien pide no revelar su identidad. “Era difícil creer que realmente no vendrían a buscarnos, pero en un momento debimos asumir que efectivamente no lo iban a hacer”, agrega.

MU en Chubut: Zafar para contarla

Terrorismo y flores de bach

“Vinieron por el medio del incendio, fue una locura total lo que hicieron. En ese momento el fuego todavía era inmenso. Cuando ya estábamos los seis planeando qué hacer, apareció la compañera de Juan por un camino superior, donde había mermado un poco el fuego y quedaban brasas. Como venía de afuera sabía el panorama y nos dijo que había que salir urgente porque el fuego estaba volviendo también de ese lado”.

Nadia tenía todo el cuerpo mojado y sentía que el fuego se le pegaba en la piel, como quien levanta temperatura de un sacudón. Juan estaba en ojotas, que se le iban derritiendo al andar sobre la parrilla de brasas. Eligieron pasar “por el arroyo seco, el único lugar donde se podía cruzar porque las piedras estaban calientes pero no se prendieron”, rememora ella, a quien se le va dibujando en el rostro una tenue sonrisa, a medida que llega al final de la proeza.

“Trepamos lo más rápido posible, en la absoluta oscuridad y cuando llegamos a la cima, la sensación fue indescriptible. La ruta estaba cortada, todo era una catástrofe, un terrorismo puro, era el fin del mundo”, cuenta y esa mueca sonriente que había atinado a surgir, desaparece de repente: “Había un agente del SPLIF apostado en la salida, le imploramos que nos sacara de ahí, que nos llevara a cualquier lado, pero nos dijo que no podía; le contamos toda la situación, nos vio salir de la muerte; vio a mis hijos desnudos; pero igual se fue a la mierda”. Finalmente, un voluntario que pasaba con su camioneta les paró y los llevó a El Bolsón, donde los derivaron al hospital para hacerles una serie de estudios y después a un hostel, sólo por dos días. Luego, a la calle, otra vez.

Pasó una semana de “ese terrorismo puro”, “del fuego intencional”, y su casa terminada, hoy es un pedazo de tierra donde la comunidad la está ayudando a construir un techito de madera provisorio, ladeado por una lona verde y bolsas de plástico negras. Debajo, una pequeña carpa, rota, sin los parantes firmes. “Acá nunca vino ningún funcionario, salvo en la época de las elecciones que trajeron una bolsa de cemento” dice, mientras sigue acumulando broncas: “Llamamos miles de veces a la municipalidad para que, por ejemplo, nos trajeran ripio para los caminos de salida. Pero ni eso, nunca trajeron nada”. Su amigo, que la escucha mientras clava una madera del techo, la corrige: “Sí que traen, pero problemas. Desde que nos pasó esto, tampoco vino nadie del Estado. Pero nadie, eh. La única ayuda fue del pueblo, que nos ofreció todo lo que se les ocurra, hasta flores de bach”.

Y sentencia, porque a esta historia de resistencia, de dolor y de mucho amor; a esta historia tan particular, la atraviesan veinte años de lucha: “Ningún incendio es casual y siempre está relacionado a una clara acción del gobierno provincial y nacional en contra de quienes cuidamos los bosques nativos, protegiendo a las empresas mineras, extractivistas, siempre a costa del pueblo”.

Documental a un año de la represión del 12 de marzo

Imagen sobreviviente: el fotógrafo, el hincha y la jubilada

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El 12 de marzo de 2025, hinchadas de fútbol se autoconvocaron para acompañar la marcha de jubilados y jubiladas. Ese día la violencia desplegada por Patricia Bullrich hirió gravemente a Pablo Grillo, Beatriz Blanco y Jonathan Navarro. Este corto documental de Cooperativa Lavaca vuelve a esa jornada y a una imagen de solidaridad que sigue sobreviviendo.

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MU 211: Método Pablo

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Todo lo que le salvó la vida a Pablo Grillo, fotorreportero herido tras un disparo de Gentarmería hace un año. Lo que enseña su pelea contra la muerte, que terminó ganando gracias a la solidaridad y una red de salud pública y afecto que sigue viva.




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Pablo Grillo: Salvar la vida

¿Qué le salvó la vida al joven fotógrafo atacado por la Gendarmería? La gente que lo ayudó tras el disparo, la que lo atendió cuando se preveía que lo suyo era quedar en estado vegetativo. Los familiares y amigos: la red que estuvo en los momentos más difíciles y armó un mapa de cuidados para salir con solidaridad y energía de la violencia y la oscuridad. Detalles de casi un año destinado a volver a ver esa sonrisa. La recuperación continúa: la vida le ganó a la muerte. Compartimos el QR para releer en lavaca.org la primera entrevista periodística brindada por Pablo. LUCAS PEDULLA




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El bordado: Beatriz Blanco, la “jubilada patotera”

Fue agredida por un policía y cayó de nuca al asfalto durante una manifestación de jubilados. La escena se hizo viral como símbolo de la represión de cada miércoles. Beatriz pensó que había muerto pero sobrevivió al golpazo. Una causa instruida por la jueza Servini de Cubría avanza para condenar al policía que la atacó. Fue acusada por Bullrich de “jubilada patotera” y ella lo lleva con orgullo en una remera creada por sus hijas. Tiene 83 años, sigue yendo a la Plaza con su bastón y sus reclamos por una vida digna, y hace bordados para reflejar cosas alegres. LUCAS PEDULLA




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El aguante: Jonathan Navarro, herido durante la represión

Un oficial de Prefectura le disparó a la cabeza durante la manifestación de hinchadas y jubilados, la misma en la que tiraron al piso a Beatriz Blanco e hirieron a Pablo Grillo. Perdió la visión del ojo izquierdo para siempre. Jonathan Navarro fue aquel día a la calle convocado por hinchas de su club, Chacarita, e indignado porque a su papá le habían sacado el acceso gratuito a los medicamentos. Hoy está desocupado. “Pero no me arrepiento de haber ido”. LUCAS PEDULLA




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Renacer es posible: MU en Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur

Fue la fábrica Aurora Grundig, la del televisor “caro, pero el mejor”. Colapsada tras el menemismo, sus trabajadoras y trabajadores organizados en cooperativa la recuperaron para resistir el abismo del desempleo. Hoy enfrentan más de lo mismo. Pero son 133 personas, crearon un bachillerato, consiguieron 60 viviendas. El industricidio visto desde la óptica de quienes logran llevar adelante lo que la patronal hundió: otra forma de crear y sostener trabajo, en una isla que el gobierno busca despoblar. FRANCISCO PANDOLFI




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En movimiento: Movilizaciones 2026

Más allá de todo el protocolo de represión oficial las calles fueron otra vez, durante este verano 2026, un lugar de expresión y reclamo frente a la crisis que está ocurriendo en el país y en una sociedad muchas veces vapuleada por las políticas del gobierno. Algunas imágenes para recordar estos días que todavía no sabemos qué historia terminarán escribiendo.




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Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura

Un grupo de hijos e hijas de desaparecidos comenzó un proceso judicial para que el Estado reconozca que la violencia ejercida sobre esas infancias también constituyeron delitos. Es un proceso inédito que llega luego de un análisis y reconstrucción de testimonios sobre cómo funcionó el terrorismo de Estado en sus operativos, cautiverios y crímenes. Una investigación crucial que reúne los testimonios de Teresa Laborde, María Lucía Onofri, María Eva Basterra Seoane y Dafne Casoy. EVANGELINA BUCARI




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Carta abierta: Masacre planificada 2026

Retomamos la Carta de un Escritor a la Junta Militar –enviada por Rodolfo Walsh el mismo día de su desaparición– para trazar una sintonía con el actual modelo económico. Lo ya vivido, frente a un presente alucinado. Y algunas pistas para intentar encarar lo que se viene. SERGIO CIANCAGLINI




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Politizate: La Kalo

Es actriz, performer, canta, baila y agita en las calles y en las redes para combatir al fascismo y a la política tibia. Es drag y “vieja bruja”. Habla sobre dopamina, lucha de clases, therians, cultura, haters y kiosqueros. Historia y terapias para pelearle a la tristeza. FRANCO CIANCAGLINI




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No podrán: Luciana Jury

Cantante y compositora con base en el folclore, causó revuelvo en el Festival de Cosquín por sus críticas al gobierno. La sobrina de Leonardo Favio y cómo protegerse y tejer alianzas en tiempos de hate, para que la cultura popular no solo resista sino también haga florecer. MARIA DEL CARMEN VARELA




Cabo suelto: Crónicas del más acá

Carlos Melone

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INFORME ENERO-FEBRERO 2026 DEL OBSERVATORIO LUCÍA PÉREZ DE VIOLENCIA PATRIARCAL

Temporada de femicidios

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Por el Observatorio Lucía Pérez de Violencia Patriarcal (https://observatorioluciaperez.org/)

Durante el verano de este 2026 sufrimos un femicidio y una tentativa de femicidio cada día y medio. Un promedio alarmante que, además costó la vida de cuatro criaturas; tres de ellas apenas superaban el año.

Las víctimas tienen un rango etáreo que va de los 78 a los 17 años y dejaron a 16 infancias huérfanas.

Los datos: enero y febrero suman 43 femicidios y 43 tentativas de femicidio.

No son cifras. Son vidas, como la de Natalia Cruz (foto principal), en Campo Quijano, Salta: su hermana también fue víctima de femicidio años atrás. Hubo marchas para exigir justicia durante casi todos los días desde el día del crimen en que se fugó su asesino –17 de febrero– hasta ayer, cuando finalmente lo atraparon, consecuencia de haber logrado con estos reclamos que la fiscalía ofrezca una importante suma de recompensa por información sobre su paradero.

Lo que deja este verano también es la condena a perpetua por los  femicidios territoriales de las hermanas Estefanía y Marianela Gorosito, de 25 y 28 años, en Rosario, Santa Fe, la ciudad más castigada con este tipo de asesinatos.

Temporada de femicidios

Estefanía y Mariela Gorosito, dos femicidios territoriales en Rosario.

Así el Poder Judicial reconoció por primera vez y explícitamente la relación entre la violencia del narcotráfico y la de género. Tal como expuso claramente el fiscal Patricio Saldutti “Estefanía y Marianela fueron asesinadas en un contexto de violencia de género extrema. Fueron tratadas como moneda de cambio o como mensajes enviados a través de sus cuerpos para saldar deudas. El desprecio por su condición de mujeres es evidente en la forma en que fueron captadas, trasladadas y descartadas como si sus vidas no valieran nada”.

El condenado es Pablo Nicolás Camino, de 31 años, jefe de una cédula de la banda narco Los Monos, quien ya acumula 40 años de prisión por delitos de homicidio, balaceras y asociación ilícita y está procesado, entre otras causas, por el ataque al supermercado que pertenece a la familia de Antonella Roccuzzo, esposa de Lionel Messi.

Temporada de femicidios

Pablo Nicolás Camino, condenado por el femicidio de las hermanas Gorosito.

Pablo Camino ordenó la ejecución de las hermanas desde el penal donde cumple condena. Es decir: estaba bajo la responsabilidad de las autoridades penitenciarias en el momento de organizar el crimen. A Marianela le dispararon ocho veces. A Estefanía, cinco. Sus cuerpos fueron encontrados en un basural al día siguiente de la ejecución.

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