#NiUnaMás
Paren de matarnos
En lo que va de marzo, al menos 25 mujeres y una niña fueron asesinadas por sus parejas, ex parejas o conocidos. 15 mujeres más una niña fueron asesinadas por sus parejas, ex parejas o conocidos. Además hubo tres femicidios vinculados: las tres eran niñas. Y son cinco las mujeres que encontraron fallecidas sobre las que todavía no hay información precisa. Reconstruimos en esta nota las historias a partir de los datos aportados por observatorios de organizaciones sociales y medios de todo el país, para exigir al Estado que elabore medidas urgentes para frenar los femicidios durante el aislamiento social preventivo.
En lo que va de marzo de este año son en total 25 las mujeres y niñas que arrebató la violencia. 15 mujeres más una niña fueron asesinadas por sus parejas, ex parejas o conocidos. Además hubo tres femicidios vinculados: las tres eran niñas. Y son cinco las mujeres que encontraron fallecidas sobre las que todavía no hay información precisa.
Desde que empezó la cuarentena -20 de marzo- fueron asesinadas al menos 12 mujeres y niñas. Cinco de ellas -Cristina, Claudia, Susana, Lorena y Verónica – fueron femicidios en los que están involucrados sus parejas o ex parejas. Tres fueron femicidios vinculados de niñes: Ada de 7 años, una niña de 2 años y una bebé de 2 meses. Tres casos están todavía en investigación: Haydee Salazar de 54 años en Bariloche y María Leonor Ginés de 70 años en Salta fueron halladas el 28 de marzo, una adolescente de 17 años en Tolosa el 22 de marzo y Maria Florencia Santa Cruz, 30 años, encontrada el último día de marzo ahorcada con una campera en la localidad bonaerense de Tigre. Tampoco hay esclarecimiento del contexto de las muertes de Jesica Rocío Farías de 21 años en Santa Fe, la encontraron el 13 de marzo, y el de Florencia Micaela Soto de 27 años en Neuquén hallada el 18 de marzo.
Después de estar días y semanas desaparecidas, el 28 de marzo hallaron sin vida a cinco de ellas. Cuatro mujeres y una niña encontradas muertas en un solo día.
En lo que va del 2020, de enero al día de hoy, son 87 los femicidios y travesticidios confirmados y 5 los femicidios vinculados. Un total de 92 muertes por la violencia machista.
El machismo en Argentina se cobra, en promedio, una víctima por día.
Además, en El Jagüel buscan sin descanso a Gabriela Lucila Monzón de 19 años. Desapareció la mañana del 14 de marzo en esa localidad. Su hermana difundió en Facebook que Gabriela venía recibiendo amenazas y que el viernes 13 hizo la denuncia a esta comisaría. La vieron por última vez el sábado 14 de marzo a las 7.30 hs. El pelo de Gabriela es colorado. Sus familiares y amigos piden que cualquier información llamen al 1140259754 o al 1122670032 o también a la Comisaría 5ta de El Jagüel.
Las mujeres asesinadas por la violencia machista no son números. No son una estadística más en una lista que parece sin fin. Cada una de las que ya no están son madres, hijas, hermanas, compañeras, amigas, primas, mujeres queridas con identidades e historias de vida. Detrás de ellas hay familias y comunidades. Cuesta reconstruir cuáles eran sus gustos, sus habilidades, que amaban hacer, cuáles eran sus sueños, para hablar de ellas con otra perspectiva. Contar la crueldad es exponer a los femicidas, sus modus operandi y poner en relieve cómo los van a investigar, si serán juzgados por “crímenes menores” o con la contundencia del femicidio.
Las que nos faltan este mes. Ni olvido ni perdón.
2 de marzo. Guadalupe, 8 años, Lobos, Provincia de Buenos Aires, un día desaparecida. La golpearon y prendieron fuego viva en un presunto intento de ataque sexual. El principal sospechoso es un primo de la madre de la niña, Sergio Ramón Olivera, 22 años, al que detuvieron a 33 kilómetros de la escena y le encontraron rasguños que coinciden con los signos de defensa en el cuerpo de Guadalupe. La fiscal Patricia Hortel calificó el crimen como “homicidio calificado”.
2 de marzo. Brenda Micaela Gordillo, 24 años, San Fernando del Valle de Catamarca, Catamarca. Desapareció el 29 de febrero. Según la investigación, esa noche discutieron y su pareja la asfixió, la prendió fuego en una parrilla y como no pudo deshacerse de su cuerpo la descuartizó y repartió sus restos por la Ciudad. Naim Vera (19) intentó con frialdad y crueldad encubrir el asesinato; se entregó a la policía y confesó el crimen dos días después. El fiscal Hugo Costilla calificó el crimen como “homicidio agravado por femicidio”.
3 de marzo. Jordana Belén Rivero, 28 años, Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires. La golpearon hasta desmayarla y la tiraron por el balcón desde un séptimo piso. El departamento lo encontraron desordenado y adentro, atrapado, a Bernardo Luis Baraj, 50 años, quien fue detenido. Baraj había sido denunciado por un ataque a su ex pareja en Tierra del Fuego. El fiscal Fernando Castro investiga la causa como “homicidio agravado por la condición de género de la víctima”.
3 de marzo. Mónica Ramos, 61 años, asesinada a puñaladas en su casa de la ciudad de San Luis. La encontraron los bomberos cuando acudieron a la casa porque se estaba incendiando. No hay detenidos por el crimen pero se descartó la hipótesis de un robo y apuntan a alguien de su entorno. Los investigadores creen que fue un femicidio porque no había forzamientos de puertas ni ventanas.
3 de marzo. Octavia Colque, 39 años, Las Toninas, Provincia de Buenos Aires, cuatro días desaparecida. La golpearon, asfixiaron y enterraron en el patio trasero de la casa de la ex pareja, Balvino López, quien fue detenido sospechado del femicidio. El fiscal, Gustavo Mascioli, caratuló la causa como “homicidio agravado por el vínculo y por haber mediado violencia de género”.
3 de marzo. Agustina Atencio, 17 años, Catriel, Río Negro, cuatro días desaparecida. La golpearon y la arrojaron al río. El posible femicida es Ezequiel Rebolledo, 21 años, con quien compartía la tarde en las orillas de Río Colorado. Rebolledo era de su círculo de conocidos; Agustina intentó defenderse él cuando la atacó porque ella se negó a la seducción. No queda claro si murió por asfixia a la inmersión o por estrangulamiento. El fiscal, Santiago Márquez Gauna, investiga el caso como “femicidio”.
8 de marzo. Fátima Acevedo, 25 años, Entre Ríos. Sufría violencia en manos de su pareja, Nicolás Martínez de 35 años. Lo denunció a la policía y al juzgado porque intentó quemarla con ácido, pero nadie lo detuvo. Estaba cansada de hacer denuncias que no llegaban a nada, desesperada por ella y su pequeño hijo. Les dijo en un mensaje de texto a sus amigas que ya no sabía qué hacer. Había desaparecido el 1 de marzo, siete días después encontraron su cuerpo en un aljibe.
9 de marzo. Denise Vergara, 31 años, fue asesinada por su ex pareja en su lugar de trabajo, en Villa del Totoral, Córdoba. Miguel Gutiérrez, de 40 años, había amenazado al padre de Denise con que iba a matarla. Ella lo había denunciado el 2 de marzo por violencia familiar – tenían un hijo- tras una “sucesión de hechos y conductas violentas” según contó la familia al diario La Voz. Él resultó imputado por lesiones leves y la oficina de violencia familiar de Jesús María emitió una orden de restricción. Gutiérrez premeditó el femicidio: la noche del 9 de marzo rompió el alambrado del complejo fabril donde trabajaba Denise, se ocultó en la oscuridad a esperar que ella terminara su turno y al verla pasar la golpeó en el rostro y la apuñaló en zonas vitales. Mientras las compañeras de Denise pedían ayuda, Gutiérrez huyó. Se entregó a la Justicia la madrugada del 10 de marzo. El fiscal Guillermo Monti lo imputó por femicidio.
12 de marzo. Romina Ruiz Díaz, 36 años, fue asesinada a puñaladas en su casa en la localidad de Los Pozos, partido bonaerense de Cañuelas. Detuvieron a Mauricio Wilvers, 38 años, quien era su pareja. Romina, desangrándose, pidió ayuda a sus vecinos y murió en el hospital. El hijo mayor, un adolescente de 14 años, presenció el hecho. También fue testigo el hijo de 3 años. Ambos niños vieron a su padre sobre su madre con un cuchillo en la mano, apuñalandola. La pareja, además, criaba una beba de año y medio. Romina no lo había denunciado por violencia. El fiscal Lisandro Damonte acusó a Wilvers de “homicidio calificado por el vínculo y femicidio”.
13 de marzo. Lidia Elizabeth Britez, 47 años, asesinada a golpes por su ex pareja en Formosa. César David Cáceres, 37 años, la llevó al Hospital Central de Formosa donde lo detuvieron por las heridas que Lidia presentaba, pero el juez ordenó su libertad. Al confirmarse el fallecimiento de la mujer, allanaron la casa de Cáceres y encontraron elementos que coincidían con el ataque a Lidia. Esa noche se entregó a la policía. La hija de Lidia, Yanina Aquino, contó al medio El Comercial que su madre desde hacía un año salía con Cáceres, que había cambiado su forma de ser y que su estado físico estaba deteriorado porque sufría violencia. También que el agresor había sido denunciado por una pareja anterior. Yanina intentó frenar a Cáceres pero en la policía no le tomaron la denuncia. La causa quedó caratulada como “homicidio en ocasión de violencia de género».
15 de marzo. Pilar Riesco, 21 años, cayó del balcón de un cuarto piso en el barrio porteño de Nueva Pompeya. Quedó imputado su novio, Patricio Reynoso, 31 años, con quien había discutido el sábado 14 de marzo. Según informó Perfil, Reynoso declaró al fiscal Martín López Perrando que ella le había dicho que no lo quería más.
21 de marzo. Susana Edith Melo, 51 años, Ingeniero White, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires. La asesinaron a golpes en la cabeza. Fue encontrada sin vida en un camino vecinal. Detuvieron a su ex pareja Raúl Gregorio Costa, 49 años. Una de las seis hijas de Susana contó a Canal 7 que en enero había sufrido agresiones y que en general siempre fue violento. La ex mujer de Costa lo había denunciado por violencia y también tenía una denuncia por violación. Susana también lo había denunciado. El fiscal Diego Conti lo acusó de femicidio.
21 de marzo. Lorena Fabiola Barreto, 32 años, Barrio Itatí, Puerto Libertad, Misiones. La apuñalaron en su vivienda, fue trasladada al hospital, llegó sin signos vitales. Fue detenido su pareja, Roberto Rivero Medina, 74 años, quien fue imputado por el delito de “homicidio doblemente calificado por haber mediado violencia de género y por el vínculo”. Tenía dos hijos, un niño de 10 años y un adolescente de 16 años. Lorena había hecho la denuncia el año pasado por amenazas y Medina tuvo una restricción perimetral que no fue renovada.
24 de marzo. Verónica Soule, 31 años, Santa Fe. Tenía el 80 por ciento del cuerpo quemado, una semana después de estar internada falleció en el hospital. Según la versión de su esposo, Lisandro Cabral, la mujer se autolesiono. Su familia asegura que la violencia que él ejercía contra ella venía desde hacía años, que en más de una oportunidad la vieron golpeada y que ella lo denunció una vez. Se aguarda el resultado de la autopsia pero la justicia inició la investigación con los dichos de él y caratuló la causa como “intento de suicidio”. Al confirmarse el fallecimiento, el fiscal a cargo, Carlos Zoppegni, ordenó profundizar la investigación que no tendrá avances, según dijo al medio TN, “porque no puede mover a nadie por la cuarentena”. Verónica tenía una hija y un hijo, de 8 y 11 años que quedaron al cuidado de Cabral.
26 de marzo. (Femicidio vinculado a Natalia P.) Bebé sin identificar, tenía 2 meses de vida, Puerto Iguazú, Misiones. La balearon, horas después falleció en el hospital. El culpable del ataque, quien fue detenido, sería su padre Mario D. S., 40 años. En la vivienda que compartían el detenido mantuvo una discusión con su pareja y madre de la beba, Natalia P, de 19 años, a quien también amenazó con un arma calibre 22 de aire comprimido. Según relató la joven, durante la pelea, el agresor efectuó un disparo que impactó en el cuerpo de la niña.
28 de marzo. Claudia Repetto, 53 años, Mar del Plata, General Pueyrredón, Provincia de Buenos Aires. Desaparecida desde el 1 de marzo, diecinueve días después, el fiscal de la causa resolvió imputar a su ex pareja Ricardo Rodríguez, 54 años, por femicidio. El cuerpo de Claudia Repetto, que falleció ahogada tras ser atacada a golpes, fue encontrado el 28 de marzo sepultado en una zona de acantilados. El dato para el hallazgo fue confesado por su expareja, quien admitió ser el autor de femicidio, luego de que los hijos de la víctima lo encontrarán andando en bicicleta por la ciudad. El fiscal Fernando Castro imputó a Rodríguez por el delito de femicidio. Claudia tenía cuatro hijos adultos.
28 de marzo. (Femicidio vinculado a: sin registro de nombre). Víctima sin identificar, 2 años, Lules, Tucumán. La ahorcó su padre quien se suicidó luego de cometer el crimen. Leandro Almirón, 21 años, habría discutido el viernes a la noche con la madre de la niña, quien era su ex pareja, y tras advertirle que la iba a matar, se la llevó y al día siguiente encontraron a ambos sin vida en una finca limonera de esa localidad.
28 de marzo. Cristina Iglesias, 40 años, Monte Chingolo, Lanús, Provincia de Buenos Aires. Ella y su hija Ada de 7 años desaparecieron el miércoles 25 de marzo. Fueron halladas tres días después en el fondo de su propia casa, asesinadas a puñaladas y la nena también por asfixia. Por el doble femicidio detuvieron al novio de la mujer, con quien cumplían la cuarentena. Su familia denunció en redes sociales que Cristina sufría violencia por parte de Abel Romero (25), quien fue capturado y confesó el crimen, aunque dijo que tres hombres lo obligaron. El fiscal Jorge Grieco lo acusa de doble femicidio.
31 de marzo. Maria Florencia Santa Cruz, 30 años, Tigre, Provincia de Buenos Aires. Durante la madrugada un patrullero la encontró. Estaba semidesnuda, colgada ahorcada con una campera en un alambrado. Detuvieron a Santiago Ezequiel Hernández, 32 años, a quien se lo ve con ella en las cámaras analizadas. Al momento de la detención Hernández presentaba excoriaciones en los brazos producidas en las últimas 24 horas.
La reconstrucción fue posible gracias a los datos aportados por observatorios de organizaciones sociales y medios de comunicación de todo el país. El resultado es escalofriante e implica que el Estado adopte medidas concretas y urgentes para frenar la violencia machista.

#NiUnaMás
Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords

En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.
Por Evangelina Bucari
En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. En Cañuelas, un hombre le prendió fuego a la casa de una pareja de lesbianas. En Recoleta, dos mujeres, de 26 y 24 años, caminaban de la mano cuando un hombre las frenó y las increpó: una terminó con la nariz fracturada; la otra, con lesiones en la mano. En Palermo, un joven gay fue brutalmente golpeado y le rompieron la mandíbula. En Neuquén, Azul Mía Natasha Semeñenko fue asesinada, sin haber podido “ser Azul del todo” porque no recibió su hormonización.
Ninguno de estos hechos violentos de 2025 fue excepcional. El año pasado se registraron 227 crímenes de odio contra personas lesbianas, gays, bisexuales, trans (travestis, transexuales y transgéneros) y otras identidades disidentes. Según el informe anual del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, fue el año más violento desde la creación de este organismo, con un crecimiento de más del 60% respecto de 2024, cuando se habían registrado 140 casos. Se trata, dice el relevamiento, de un aumento “abrupto, excepcional y cualitativamente distinto a la progresión observada en los años anteriores”.
La violencia por odio hacia el colectivo LGBT+ se intensificó en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de organismos de protección, paralización de la agenda legislativa en materia de derechos y consolidación de discursos fascistas que estigmatizan a la diversidad.
Para María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de la Federación Argentina LGBT+ (FALGBT), el drástico aumento de estos crímenes en Argentina no puede separarse de los discursos de odio que provienen del gobierno nacional. “Tanto el presidente como funcionarios y allegados se expresan de manera violenta y discriminatoria hacia la comunidad LGBT en general y, principalmente, hacia la comunidad trans”, describe Rachid. “Y eso –agrega– genera mayor violencia y discriminación en la vida cotidiana. Esos discursos terminan legitimando, avalando y fomentando la violencia hacia nuestra comunidad”.
Esa realidad se percibe en lo cotidiano. Ayito Cabrera, director y fundador de la organización Espacio Tolomocho –que nuclea a personas trans con discapacidad–, advierte que el aumento no se limita a los casos visibles, sino que se expresa en formas más silenciosas y estructurales de violencia, atravesadas por la precarización económica y el desfinanciamiento.
“Los pedidos de ‘apañe’ de personas trans se multiplicaron considerablemente”, resume. Ese crecimiento, explica, tiene directa vinculación con la dificultad de acceder a un trabajo que permita sostener condiciones básicas de vida: comer cuatro veces al día, estudiar y alquilar. Cientos de personas travestis, trans y no binarias perdieron sus empleos en ámbitos estatales y muchas se quedaron sin acceder a medicamentos o tratamientos.
RADIOGRAFÍA
El informe elaborado por la FALGBT y las Defensorías del Pueblo de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires permite visibilizar la violencia cotidiana y su naturaleza.
Más de un tercio de los casos corresponde a ataques contra el derecho a la vida, que incluyen asesinatos, suicidios o muertes vinculadas a condiciones estructurales, mientras que casi dos tercios son agresiones físicas que no terminaron en muerte. Rachid aclara que hay un subregistro, “porque hay casos donde no se desarrolla ninguna línea de investigación relacionada a la posibilidad de un crimen de odio”.
En ese punto aparece uno de los datos más significativos del período: las agresiones físicas se duplicaron en un año y pasaron de 73 a 147 casos, un incremento del 101,4%.
Las muertes vinculadas a crímenes de odio se mantienen altas y con un patrón sostenido. En 2024 se registraron 67 casos (17 asesinatos, 44 muertes por violencia estructural y 6 suicidios), mientras que en 2025 la cifra ascendió a 80 (16 asesinatos, 53 muertes por violencia estructural y 11 suicidios), es decir, un aumento del 19,4%. Ese crecimiento incluye un dato especialmente preocupante: los suicidios casi se duplicaron en un año.
Las mujeres trans siguen siendo las más afectadas y concentran el 62,56% de los casos registrados. En segundo lugar se ubican los varones gays (22,03%), seguidos por varones trans (7,93%), lesbianas (5,73 %) y personas no binarias (1,76%).
Pero el documento advierte algo más: es un fenómeno que se expande. Entre 2024 y 2025, los ataques contra varones trans pasaron de 5 a 18 casos. Y las agresiones contra personas no binarias, que ni siquiera aparecían en registros anteriores, se duplicaron.
Ayito Cabrera describe con crudeza cuando además hay intersección de violencias. “Quienes somos personas trans con discapacidad vivimos una doble vulnerabilidad y una discriminación estructural histórica”, advierte. En ese contexto, señala, la falta de políticas públicas agrava condiciones ya precarias y profundiza el abandono.
Para el fundador de Espacio Tolomocho, las identidades trans –en especial, las transmasculinidades– se convirtieron en blanco de discursos que buscan deslegitimar derechos conquistados. “En esta intersección, nuestra identidad se ha convertido en chivo expiatorio de una campaña internacional de las derechas globales. En nuestro territorio, eso se traduce en necesidades básicas –salud, vivienda, trabajo– gravemente afectadas: las hormonas se han vuelto prácticamente inaccesibles, la atención sanitaria se deteriora y la falta de empleo impide sostener una vivienda”, detalla Ayito.
En este sentido, las cifras no pueden interpretarse de forma aislada, sino como parte de un entramado de violencias estructurales, simbólicas e institucionales que impactan de lleno en las condiciones de vida.
Otro tema preocupante es un crecimiento sostenido de agresiones en comisarías y establecimientos penitenciarios, junto con un dato que marca un punto de quiebre: la participación de fuerzas de seguridad pasó de 17 casos en 2024 a 64 en 2025. Esto consolida a la violencia institucional como uno de los principales vectores de agresión, en especial contra la población trans y, en particular, contra las mujeres trans.
Rachid señala que esto no resulta sorpresivo. “Cuando aparecen o se instalan gobiernos de derecha, las fuerzas de seguridad se sienten más avaladas para ejercer su violencia hacia los grupos vulnerados en general y la población LGBT en particular”, explica.
LA ANTIAGENDA
El hecho de que el registro más alto de toda la serie histórica del Observatorio se produzca durante el gobierno de Javier Milei es un dato cargado de sentido. Desde que comenzó su mandato, siguiendo la agenda de ultraderecha de su amigo Donald Trump, el presidente argentino promovió discursos que cuestionan derechos, deslegitiman identidades de género diversas y contribuyen a habilitar formas más intensas de violencia contra las personas LGBT+, como quedó demostrado durante su intervención en Davos en enero de 2025.
Esa violencia simbólica vino acompañada de la eliminación de programas, organismos y dispositivos estatales que cumplían funciones centrales en la prevención de la violencia y el acompañamiento de las víctimas. La disolución del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), por ejemplo, dejó a la población LGBT+ sin un canal institucional específico para denunciar actos discriminatorios. El informe lo sintetiza en una frase que funciona como advertencia: “Allí donde el Estado se retira, el odio encuentra condiciones para expandirse”.
Esa relación entre discurso y violencia también aparece en la experiencia cotidiana de las organizaciones. Para María Rachid, los informes no solo marcan un aumento de los crímenes de odio, sino que evidencian su vínculo con los discursos que circulan desde el poder.
Agrega que, a partir de expresiones públicas de funcionarios y del propio Milei, se produjo un cambio perceptible: crecieron las denuncias, las consultas y también la violencia cotidiana. “Hay evidencia de esa relación directa. Lo muestran los informes, pero también se puede ver en las redes sociales de cualquier organización LGBT”, plantea Rachid.
Ocurre que cuando esos discursos provienen de una voz de autoridad como lo es el Poder Ejecutivo Nacional, el impacto es concreto. No solo habilitan la violencia, también la legitiman.
Desde el Espacio Tolomocho explican que lo que antes circulaba como insulto marginal hoy es retomado por funcionarios y medios, ampliando su alcance y su legitimidad social, y habilitando agresiones físicas, institucionales y discursivas con mayor impunidad.
Las consecuencias de ese proceso también se observan en el acceso a derechos básicos, como la ley de cupo laboral. Los despidos en la administración pública y la falta de implementación efectiva de estas normativas profundizaron la exclusión de la población trans y empujaron a muchas personas a situaciones de extrema precarización.
En este contexto, espacios como Tolomocho adquieren otro sentido y se transforman en redes de contención y cuidado, un recurso fundamental en tiempos hostiles. “Somos personas trans con discapacidad profesionales en nuestras áreas, editamos libros, hacemos muestras de arte, damos clases, trabajamos en accesibilidad. Apostamos a la educación y al arte como formas de construir otra sociedad”, explican.
En un clima social marcado por el ascenso de los discursos de odio, la discriminación y el individualismo, la respuesta vuelve a ser colectiva. La organización, la denuncia y la presencia en las calles se tornan fundamentales ante una avanzada antiderechos que tiene en el propio Estado nacional a uno de sus impulsores.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
#NiUnaMás
El 3J porteño: Vamos

Por Claudia Acuña
Fotos: Juan Valeiro
Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.
“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.
Quizá no sea una suerte, pero casi.
Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
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