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Vale Amitrano

La maga

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Por Claudia Acuña.

Desde que empezó este año todas las semanas estamos enterrando una persona buena y la de esta es Vale Amitrano. Famosa en Constitución y estrella de nuestro cielo, Vale merece nuestra despedida pública porque mucho de lo que somos lo aprendimos de ella.

Por entonces recién habíamos huido de los insoportables empleos de la prensa comercial, luego de décadas de salarios no tan malos y puestos acomodados, pero tras ese salto que representó renunciar a un escritorio para abrazar al periodismo lo que apareció fue el precipicio que cava la humillación del miedo.

Es cierto que no emergió inmediatamente, quizá porque estábamos aturdidos por el jaleo en las calles que sacudió el país a finales de 2001, quizá porque todo el mundo –absolutamente  todo el mundo– se había quedado sin dinero o tal vez porque ambas cosas eran noticias que escribíamos casi sin dormir y con ritmo periodístico, ya que ningún medio las publicaba porque o no quería hacerlo o no podía, por línea editorial o porque la crisis los había dejado sin capacidad para cubrir la noticia en el lugar de los hechos. En ese tembladeral no tener miedo al mañana no era una opción: no había mañana.

Siempre hay mañana, obvio.

En aquella pesadilla llegó con sorpresa y sin esperanza.

Hoy nadie recuerda esos días, pero la muerte de Vale Amitrano nos obligó a volver a la escena del crimen como para recordar todo lo que dejamos de soñar por un billete.

El durante

Siempre digo que la Historia –ya sea la de la Humanidad o la personal– se cuenta como saltos que van de un hecho importante a otro –después de la dictadura asumió Alfonsín, primero estuve en pareja con Fulano y luego me casé con Mengano– pero los verdaderos cambios –con  su legado de traumas y alegrías– son los durante: ese tramo que va a de eso a aquello es lo que verdaderamente duele, modifica y se acumula como memoria.

Ese tramo es la ciénaga (Lucrecia Martel lo sabe).

Siempre hay ciénagas, obvio.

En aquella pesadilla logramos emerger de ella con violencia y chamuyo, mucho de ambos.

Eso que llamamos 19 y 20 dejó 39 muertos, siete de ellos niños, cinco en los alrededores de Plaza de Mayo. No fue el final, sino una batalla más de la sostenida resistencia social contra los desastres económicos sembrados por una política muy similar a la que estamos sufriendo estos días, marcada por la desocupación.  A los tiros y gases con que el Estado trató de ahogarla se sumaron los planes sociales, creados en este continente para aplacar la sublevación zapatista en México y estrenada en Argentina en la incendiada Mosconi, territorio de los ex trabajadores de una YPF privatizada y vaciada (otra vez el eco de la actualidad connota de otra forma estas palabras).

Ni las balas, ni los gases, ni los muertos ni los planes apagaron las protestas: así llegaron las urnas.

Breve resumen:

  • Gana en 2003 Carlos Menem por poco margen, renuncia y llega la primera sorpresa: un gobernador poco conocido para el ring porteño donde se pelea la política nacional: Néstor Kirchner.
  • Asume un país que tenía demandas urgentes y las exigía como mejor sabía: en la calle y a los gritos.
    Otra sorpresa: un 24 de marzo el Presidente ordena descolgar el cuadro de Videla.
  • Un mes después su Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, anuncia un plan para ordenar el país “con el Código Penal en la mano”.

En la siguiente protesta social –julio de 2024– protagonizada por putas y vendedores ambulantes que reclamaban que no criminalicen su trabajo– hubo 24 personas detenidas acusadas de coacción agravada, delito no excarcelable. La figura penal la sugirió Horacio Vertbisky –periodista y presidente del Cels– desde la tapa del diario Página 12, cuando describió la protesta que rodeó la Legislatura como un intento de toma de la Bastilla. Tercera sorpresa: Vertbisky ahora era oficialista y entusiasta de la criminalización de la protesta social.

Entre los 24 detenidos estaba el hermano de Vale: así la conocimos.

Durante los 14 meses que estuvieron presas estas personas hablaba todos los mediodías con Vale para pensar qué íbamos a hacer para liberarlos: desde recitales en Parque Lezama y el Obelisco con la Orquesta Típica Fernández Fierro cortando el tránsito con el piano y Lucrecia Martel convocado a los artistas que leían las cartas de las presas, hasta huelgas de hambre frente a la Legislatura, con Vale y Diana Sacayán como únicas ayunantes. No hubo días de esos cuatrocientos que pasaran sin que hiciéramos algo: éramos tan pocas que estábamos obligadas a ser persistentes. En tanto, a nuestro alrededor las cosas se fueron “ordenando”.

En ese momento se instaló el miedo.

Mucha gente conocida iba acomodando sus finanzas, generalmente con puestos precarios en el Estado. Otra fue cooptada por la cuarta sorpresa: nacen los kioscos. Con una buena narrativa podías obtener fondos para realizar campañas sobre desastres sociales, salvo que se tratara de… las personas detenidas en la protesta de la Legislatura. Nos enteramos así que te podían dar dinero para –por ejemplo– hablar y vivir hablando de las putas –como abolicionista o como reglamentarista– pero no para llevarle un maple de huevos a las putas presas, que es la moneda necesaria para sobrevivir en el penal de Ezeiza: hay subsidios para todas, menos para las putas.

En medio de esa insólita postal –por novedosa y también por desconcertante– la pregunta sobre qué hacer y sobre todo, qué consecuencias tendría no hacer lo que muchos hacían o hacer otra cosa se transformó en una pistola apuntada al bolsillo.

El monstruo era el hambre.

O la ruina.

O la debacle, que para todo profesional de clase media es económica: el resto se acomoda.

Vale lo notó sin necesidad de escuchar palabras. Estábamos en medio de la plaza Constitución, esperando para iniciar la actividad del día, cuando nos clavó esos dos carbones negros que encendían su miraba y dijo:

–¿A ustedes les hicieron creer que se van a cagar de hambre, no?

Silencio.

–Trabajo en la calle desde los cuatro años y te voy mostrar por qué aprendí que ustedes no.

Vale miró entonces alrededor, detectó un cajón de manzana y lo trajo. Se sacó el pañuelo que envolvía su cuello y lo colocó como tapiz del cajón.

–Denme sus anillos, ordenó

Los colocó arriba del mostrador improvisado y agregó los suyos: en total habría unos seis.

Luego comenzó a arengar.

–Biju por 10 pe!! Biju por 10 pe!!

En diez minutos vendió los seis.

Al entregarnos los billetes, remató:

– Lo único que te va dar hambre es la vergüenza. La calle es nuestra olla: por eso nos metieron presos.

Cuando llegó el juicio oral, el fiscal desistió acusar por falta de pruebas a las putas y vendedores ambulantes presos a los que les había arruinado la vida, pero para entonces el país ya se había “ordenado”.

Así comenzó un viaje de varias décadas acompañando a Vale en sus batallas para defender los derechos de un espacio público que ella describía así:

–¿Ves esa baldosa? Sale 20. Cinco son para la cana, cinco para Espacio Público, 10 para la fiscalía contravencional. Cada baldosa tiene una tarifa y vos tenés que calcular antes de pararte cuánto tenés que recaudar para poder pagarla y comer: esa cuenta define dónde te parás y dónde no.

Vale crio sola tres bellezas y al verlas crecer comenzó a soñar con cortar la cadena familiar que ataba sus destinos a ganarse la vida en la calle. Me dio así la oportunidad de devolverle lo aprendido: la convencí de que, como buena maga, abriera un local dedicado al cuidado de esa espiritualidad que ella honraba.

Se llama Hecate, está en San Telmo. Es hermoso y lo atienden sus hijes.

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