#NiUnaMás
El grito que falta: familiares de víctimas de femicidios reclaman justicia y escucha estatal
En San Martín, familiares de víctimas de femicidios se dieron cita el mismo día en que Alberto Fernández anunció medidas contra la violencia machista. Dieron así la letra que falta y que urge para atender a las familias destruidas por la impunidad y la pobreza. De los 63 femicidios en lo que va del 2020 a la mirada histórica de qué significa el Estado femicida: historias y crónicas de los casos y las voces que denuncian los abismos entre las políticas y la realidad.
La Plaza Sarmiento, en Villa Ballester, es parte del partido general San Martín, la Ciudad Juárez bonaerense, donde la lógica femicida sigue extrañas coincidencias de secuestros, descuartizamientos, búsquedas, encuentros por parte de mujeres, complicidad policial e impunidad judicial. Ese es el lugar del encuentro de familiares de víctimas de femicidios el domingo 1 de marzo.
A la Plaza Sarmiento van llegando decenas de madres e hijas con remeras blancas que llevan estampadas los rostros de las mujeres asesinadas. Muchas llegan llorando y no pueden ni hablar. Todas se abrazan, y comparten desde el dolor que las une la fuerza y las ideas para lograr salir del lugar en el que están: la injusticia, las amenazas, la falta de escucha estatal, la pobreza.
Muchas de las madres llegan con sus nietos de las manos: es que quedaron, tras las muertes, además de todo a cargo de ellos. La mamá de Débora Giménez, asesinada el 12 de enero de este este año, dice que le contó a su hija que su madre ahora es una estrella, y la niña le preguntó entonces si mañana, durante el primer día de clases, su estrella-madre la vería vestir el delantal de primer grado.
Entre lágrimas, Paola, abuela devenida en segunda madre, le dice que sí, y que su madre como todas las mujeres asesinadas también están hoy junto a las decenas de mujeres que posan juntas con las manos en alto, gritando “presente”, en la plaza Sarmiento de Villa Ballester.

Cambiar el enfoque
El mismo día en que el Presidente Alberto Fernández anunció medidas contra la violencia machista (el refuerzo de una línea telefónica y capacitación para funcionarios), por la tarde familiares de víctimas de femicidios se citaron a 30 km del Congreso, para pedir justicia por sus hijas y hermanas y reclamar medidas concretas y urgentes. La coincidencia con la apertura de sesiones fue casual, y por eso más simbólica.
La jornada estuvo convocada y organizada por la familia de Araceli Fulles, la joven de 22 años desaparecida el 1 de abril y encontrada asesinada el 27 abril de 2017. Las sospechas sobre sus femicidas incluyen bandas pesadas del barrio, con vínculos parentales con policías y garantía judicial. Como parte del corolario de esa mafia, el único detenido por su crimen, Darío Badaracco, fue asesinado a golpes y con agua hirviendo en abril del 2019 en el penal de Sierra Chica.
Su caso es paradigmático en la zona, y no hay nadie en los barrios que no conozca la sonrisa de la joven, su fanatismo por River, el amor de sus padres y la fuerza de sus hermanos; todos, juntos, organizaron este emotivo encuentro que funcionó como un abrazo colectivo. Otra excusa: juntar firmas para convertir el “banco rojo” de la plaza Sarmiento en un monumento a Araceli y a todas las víctimas de femicidio.
Desde Pompeya viajó también la familia de Carla Soggiu, la mujer de 28 años que fue secuestrada, violada y golpeada por su pareja, y que tras la denuncia por esa violencia –por la cual se lo condenó a 6 años de prisión en suspenso- fue hallada flotando en el Riachuelo, cuatro días después de activar el botón antipánico. Su crimen no se investiga como femicidio ni conecta el hecho con la golpiza.
Las historias de estas dos mujeres bastan para dar cuenta de qué hablan hoy las familias cuando reclaman justicia y de por qué la bandera que cuelga de la reja de la canchita de la plaza que dice “Estado femicida” no es una consigna sino una realidad. Mónica, la madre de Araceli, apuntó desde el escenario contra la impunidad que encubre a todos los casos: “La justicia es corrupta. La policía está involucrada. Nos sentimos desamparados”, mencionó. Sin embargo, también aclaró que el motivo del encuentro es amplificar una voz común: “Las víctimas no nos callamos más. Nos van a tener que escuchar, porque estamos muy empoderadas”.
Por su parte, el padre de Carla, Alfredo, fue contundente: “Necesitamos que la justicia patriarcal cambie el enfoque. En los juicios se habla solo de nuestras hijas, de lo que hacían, y eso no puede ser. No queremos que nuestras hijas estén en una foto: las queremos con nosotros”.

Femicidios 2020
Al tiempo que el verano mediático agitaba el brutal crimen de Fernando a manos de una patota en Villa Gessel, ocurrieron al menos 63 femicidios en lo que va del 2020, poco amplificados por los medios. En la Plaza está la familia de Débora Giménez, 26 años, fallecida el 12 enero a raíz de un disparo en la cabeza el día 5. Paola, su madre, cuenta el caso: “Ella era policía: siempre traba de ayudar a todo el mundo, era muy servicial. Tenía un mes de casada y quince días que se había mudado a Derqui con el marido, cuando vivió toda la vida en San Martin. El día 5 yo recibo un llamado a las cuatro y pico de la mañana diciéndome que ella se había pegado un tiro. Al llegar al hospital nos cuentan que mi hija había llegado sin el marido, que después dijo que ella se había intentado suicidar. Preguntamos cuál era el ingreso del orificio: tenía un orificio de bala de entrada del lado izquierdo, cuando mi hija no maneja la zurda”.
Su pareja, el policía Pablo Gómez, apuró la hipótesis del suicidio, pero algo no cerraba: “El marido me llama contando que supuestamente ella se disparó y hace todo un teatro de que ella estaba mal, estaba depresiva, cuando en noviembre ella tuvo su tratamiento y el psicológico le dio bien, por eso la dejaron seguir trabajando. Él declara que mi hija estaba drogada en el momento de los hechos, pero en los estudios que le hicieron estaba limpia”.

Las autopsias siguen desmintiendo al hombre, que igual se encuentra libre: “Estamos esperando que el fiscal entregue las escuchas de teléfono secuestrado de mi hija”. Una de sus hermanas es testigo de una llamada clave: “Previo a todo esto, mi hija a las 3 de la mañana llama a mi otra hija llorando diciéndole “voy para tu casa”. Como no llegó a la casa mi hija la llama para preguntarle qué pasó, y ahí Débora atienda y deja la llamada abierta, y mi otra hija escucha toda la discusión que este hombre niega. Por eso el fiscal secuestró el teléfono”.
Paola derrama una lágrima por palabra y asegura que ya conocía a la mamá de Araceli, Mónica, antes del asesinato de su hija: “He acompañado a muchas de las marchas, conocía a la mamá de Araceli, pero nunca creí estar acá cómo madre”.
¿Qué ve en común en todos los casos?
La mayoría de los asesinos son hombres manipuladores. Mi hija siempre estuvo apoyando esta lucha, siempre me decía que uno tiene que vivir por sus hijos, brindarles lo mejor y enseñarles a confiar. Me duele que no haya confiado para pedirme ayuda, porque ella era víctima de este hombre que la maltrataba, la golpeaba, y la mayoría de estos casos son así: estos hombres manipulan y las tiene sometidas.
¿Cómo se logra justicia?
Hay que empezar a hacer marcha a la fiscalía. Yo no tenía abogado, tantas veces me iba sola de los Tribunales sin nada… La única manera que te escuchen es llevar gente, hacer barullo, sino nadie te escucha.

La burla estatal
Natalia Sabán tenía 16 años y vivía en villa Hidalgo, José León Suárez. El 8 de diciembre de 2019 su familia recibido un llamado similar al caso de Débora: Natalia tenía un tiro en la cabeza. Falleció finalmente el martes 10, a las diez y media de la mañana. Quién fue, según su madre Malvina: “El día 9 el novio de ella y toda su familia desaparecieron de la casa y nunca más se los vio: tienen pedido de captura”. Todos los caminos llevan a responsabilizar a Matías Agustín Cano (20), ex novio de la joven, presente en el momento de los hechos.
Malvina: “(A Matías) Lo conocíamos de vista, ni siquiera lo había presentado. El muchacho no llegó a nuestra casa ni nada. Esto pasó un domingo; estaba en la casa de mi hermano comiendo y después se fue a mi casa; estuvo ahí hasta las 8 y media y dijo que se iba a la casa de la abuela y no, se había ido a la casa del novio. Y 11 y cuarto de la noche nos enteramos que tenía un tiro: no sabíamos dónde, salimos al hospital y nos encontramos que tenía un tiro en la cabeza”.

¿Qué se sabe de la escena del disparo?
Estuvieron cuatro personas: la madre, el novio de mi hija, mi hija y la amiga, nadie más. La amiga no habla porque dice que está amenazada. Y la familia de él dice que la que disparó fue una criatura de 10 años. Se hizo la reconstrucción del hecho y no da lo que dice el nene: dice el arma estaba empuñada con las dos manos, la altura tampoco le daba. El nene dice que tiró y los médicos forenses dicen que Nati tenía el arma apoyada en la cabeza. Hay contradicciones.
¿Cómo se mueve la causa?
La causa la estamos moviendo nosotros, nosotros llevamos la mayoría de las cosas, de testigos. Nosotros nos movemos más que todos y por eso hacemos, cada mes, una marcha a la fiscalía para que se muevan y no quede en el olvido como otras chicas que quedan como si nada. Lo único que estoy pidiendo es justicia, que los asesinos de ella estén presos, que caigan, que empiecen a mover lo que haya que mover para que los agarren. Incluso ellos estuvieron otra vez en la villa hasta que yo llamé al patrullero, y la comisaria de Suarez me decía que no había móvil para ese momento. Todo es así: es como si fuera que la misma policía se burla de uno.
¿Cómo les cambió la vida?
Nos cambió la vida totalmente. Yo tenía 2 hijos, Nati era la mayor y mi hijo menor tiene 14 años. Nati era la alegría de la familia, el domingo era juntarse, ella jugaba a las cartas, le gustaba bailar, iba a danza. Ahora ya no es nada igual; tratamos de seguir adelante haciendo cosas, queremos que se haga justicia, nos movemos nosotros, estamos acá hoy acompañando a ellos también, mutuamente nos acompañamos. Pasamos por el mismo dolor todas las que estamos acá.
¿Qué tienen en común y que reclaman hoy en esta Plaza?
Hay mucho en común: siempre es la pareja de las chicas. No hay mucha diferencia: a mi hija le pegaron un tiro, a la otra la violaron, a la otra la enterraron, pero siempre es un novio. Eso es lo que más bronca te da, porque vos estas confiado que tu hija tiene alguien que la quiere y después mira cómo termina todo. Lo peor que hay es la impunidad, que no haya justicia. Eso estamos pidiendo.
Organizarse y remar
Mariana lleva en su remera blanca la foto de Kevin, su hijo, asesinado en circunstancias no esclarecidas por cuatro balazos cuando se encontraba trabajando de remisero. Junto a siete otras madres, tres de ellas familiares de mujeres asesinadas (entre ellas, la mamá de Natalia Sabán), crearon la asociación Resurgir después de vos, desde donde motorizan un programa radial con el mismo nombre. Desde esa asociación también presentaron al Consejo Deliberante de 3 de febrero una iniciativa para que los reconozca como especialistas para asistir a familiares de víctimas de femicidios y asesinatos. Todas son del conurbano bonaerense.
¿Cómo se conocieron?
En los tribunales. Hacía muy poquito que había pasado lo de mi hijo. Malvina se acercó, después nos encontramos en un canal de cable, y fue surgiendo la idea de organizarnos. Hicimos el programa de radio, y acá estamos.
¿Qué tienen en común?
Todas atravesamos el mismo dolor. Son diferentes causas pero el dolor es el mismo.
¿Qué es lo que más duele?
La pérdida de un hijo, de una hija, la falta de justicia. Estamos muy enojadas, no nos apoyan en nada. Tenés que estar re mando contra la corriente continuamente y no puede ser así. Una tendría que estar más tranquila pensando que los q le hicieron esto a nuestros hijos van a recibir el castigo que corresponde.

Cae la tarde en Villa Ballester, mientras se despide el caluroso sol del domingo y las sirenas de la policía municipal quedan iluminando la Plaza Sarmiento. Las banderas, colgadas en las rejas de la canchita, recuerdan a las mujeres cuyos crímenes, sus coincidencias, lograron reunir a familias disímiles, de distintas partes del conurbano y la Capital, sorprendidas por el dolor y la injusticia, curtidas en esta organización que busca forjar su propia reparación histórica, su propia Verdad y Justicia, y su Nunca Más.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema?
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
#NiUnaMás
El 3J porteño: Vamos

Por Claudia Acuña
Fotos: Juan Valeiro
Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.
“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.
Quizá no sea una suerte, pero casi.
Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
#NiUnaMás
El Cordobazo del Ni Una Menos

Por Bernardina Rosini, desde Córdoba.
Así se hace.
Desconociendo si hay un documento o un escenario, ni siquiera preguntándonos al respecto.
Con la familia de Agostina encabezando, siendo abrazada.
Con una ofrenda hacia ellos y todas las víctimas, con sikuris sonando antes de empezar a caminar. Con madres nuevas, con hijas que nunca habían venido antes, con amigos de los barrios, con organizaciones, y sueltos.

La bandera, el símbolo en las calles cordobesas. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Con los ojos de Agostina Vega.
Bajo la lluvia, cubriéndonos entre todas. Entre todos, con ellos también. Varones, padres de familia, novios y compañeros, niños. Bajo paraguas, bajo el agua. Gritando y en silencio.
Con desorden, escuchando a quienes están al lado, leyendo aquel cartel.
Llorando juntas. Sin jet set, sin star system del activismo. Poniendo el cuerpo, diciendo cosas como “no encuentro una palabra sencilla para describir este punto de hartazgo”.
Señalando a la justicia, a los femicidas.
Con los ojos de Agostina.
Perdiéndonos siguiendo con la batucada. Agitando nuestros trapos. Caminando durante cuatro horas esas diez cuadras. “Yo sabía, yo sabía, a los femicidas los cuida la fiscalía”.

Ni la lluvia ni la noche ni la tristeza detuvieron la manifestación. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Quemando lo que haya que quemar, los señalamientos a la madre de Agostina, los rostros, las violencias. La desidia. El desprecio. Una chica me dice que ella y sus hermanas lograron que su madre pueda dar el paso para divorciarse, porque el padre la estrangulaba.

Familiares de Agostina Vega encabezando la marcha. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Y había gritos por Delicia. ¿Dónde está Delicia Mamaní? ¿Por qué no la buscan? Y se marchaba con una bandera con el nombre de cada una de las víctimas de femicidio de estos once años, llevándola amorosamente entre varias, escuchando a Miguel, el abuelo materno de Agostina, agradeciendo que hay familias marchando hace once años. Reconociendo lo bien que nos hace estar juntas y juntos.

Los ojos de Agostina. Los ojos que nos miran. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Abrazando. Haciendo justicia a fuerza de calle.
Con los ojos de Agostina.
Córdoba, así se hace: casi como empezando de nuevo.
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