Actualidad
Cometierra y Dolores Reyes: censura, femicidios y literatura

La escritora Dolores Reyes no necesita a fanáticos para promocionarle los libros, pero lo hicieron. Y no son fans. Los ataques oficialistas y gubernamentales (con Victoria Villarruel a la cabeza) pretendiendo censurar su novela Cometierra, distribuida en la provincia de Buenos Aires como parte del material para lectura de los últimos años de la enseñanza media, generaron el efecto inverso: consolidaron como best seller al libro que ya lleva 17 ediciones, mientras ahora volverá a imprimirse.
Como homenaje volvemos a publicar aquí la nota realizada en MU 182, La república de las brujas, que es a la vez el anuncio de la continuación de Cometierra con otra novela –Miseria– que los fanáticos de la censura tal vez se lancen a promocionar próximamente. Algo similar podría ocurrir con las obras de otras autoras cuestionadas, como Inés Garland, Aurora Venturini, Sol Fantin y Gabriela Cabezón Cámara.
Cometierra es el personaje de esa novela tan cuestionada y alabada: una adolescente a la que le llevan botellitas llenas de tierra que pisaron mujeres, niñas y jóvenes que se encuentran desaparecidas, para que ella la coma y cuente lo que la tierra le permite ver.
En la nota Dolores cuenta cómo es escribir en medio de la maternidad de 7 hijos. Su trabajo como docente en el conurbano. Su paso por un taller literario. Habla de la inspiración, de lo cotidiano, de Liniers como territorio de brujerías y desapariciones.
Nos cuenta: “La adolescencia es una etapa donde se pone más de manifiesto un cierto desamparo, y a la vez es una etapa súper vitalista: todo es posible. Los pibes son preciosos, tienen una energía increíble. Todo es posible en el sentido de la potencialidad de esa edad y de esas vidas, y a la vez están muy desamparados”.
La construcción de un mundo y ciertas consultas de Finlandia sobre La Salada. La voz de lo que es nuevo y desde dónde escribe Dolores Reyes. Aquí, el texto completo de La república de las brujas.
Por Anabella Arrascaeta
Dolores Reyes está parada sobre las vías del Tren San Martín donde de niña jugaba con sus hermanos, aunque el cruce de autos no era tal como hoy lo vemos. Pocos metros más allá está la casa de su abuela. A algunas cuadras, la primera escuela donde trabajó de maestra de grado, oficio que dejó hace escasos dos meses. Cerca, su propia casa. Y ahí nomás, la parada del colectivo 237 que va desde Pablo Podestá hasta General Paz, al límite de entrar a la ciudad de Buenos Aires. Para quienes conocen este micromundo real y ficticio, es el colectivo que se toman Cometierra, el Walter y Miseria en el final de su primera novela, Cometierra (2019), hacia su nueva casa.
Ese punto de llegada es, a la vez, el punto de partida de su segunda novela, Miseria (2023) que acaba de publicar Alfaguara. La primera edición de 7.500 ejemplares se agotó en diez días. La historia, como se ve, sigue lo que el primer libro empezó.
Cometierra es una adolescente a la que le llevan botellitas llenas de tierra que pisaron mujeres, niñas y jóvenes que se encuentran desaparecidas, para que ella las coma y cuente lo que la tierra le permite ver. El Walter es su hermano, y Miseria su cuñada, de 16 años, que está embarazada, esperando su primer bebé. Su voz, periférica en la primera novela, se vuelve central en el segundo libro.
El relato va y viene, y se completa entre la voz de Cometierra y la de Miseria, pibas que comparten todo, mientras arman familia, buscan a quienes no están y batallan contra las violencias del propio territorio.
Estamos en Caseros, localidad de la geografía bonaerense.
Desde acá escribe Dolores Reyes.
Cómo es parir
Dolores nació en 1978. Estudió el Profesorado de Enseñanza Primaria y también Griego y Culturas Clásicas en la Universidad de Buenos Aires. El primero de sus libros fue traducido a trece idiomas y Miseria a tres, en la etapa apenas inicial de su recorrido.
Cuenta que, para poder escribir, se levanta muy temprano. Cometierra, por ejemplo, la escribió amaneciendo a las 4 de la mañana. “No hay ningún momento mágico en el que esté toda la casa hecha, haya plata en el bolsillo y tenga todas las condiciones dadas para escribir. Eso no existe. No existió nunca”, dice. Entonces pone el despertador temprano y se levanta. “Soy metódica porque no me queda otra. Si no, no haría nada. Nada”. Tal vez ayude a entender el panorama el hecho de que, además de las (pre)ocupaciones de muches, Dolores tiene siete hijes.
Su primer libro lo escribió mientras hacía un taller literario con la escritora Selva Almada (autora de Ladrilleros, Lo que el viento se llevó y No es un río, entre otras). Dolores iba al taller cada semana y leía sus avances. Con las correcciones de Selva y las sugerencias de compañeres volvía a escribir, hasta que terminó. En cambio, el segundo libro lo escribió sola, sin rebotar los textos contra nadie.
Sabía que quería contar la continuación de la historia y que quería hacerlo sin repetirse, por lo que decidió narrar a dos voces. “No me resultaba necesaria una polifonía de un montón de voces por lo que iba a contar, pero sí sabía que Miseria pasaba de ser un personaje periférico a coprotagonista”.
Intermediadas por ellas, aparecen también otras voces. Por ejemplo, mientras Cometierra busca desde la tierra a quienes no están, se desespera por encontrar quien ayude a Miseria en el nacimiento del Pendejo, su primer hijo; así llegan las manos de Tina, una mujer que sabe cómo ayudar a nacer. “Me interesaba mostrar saberes que tradicionalmente fueron enseñados y transmitidos de mujer a mujer, respetados incluso, y en algún momento nos los arrebataron directamente. Pasamos a parir en un lugar metálico, con instrumentos espantosos, a veces directamente te atan las piernas; todo para la comodidad de un médico hombre que está ahí mirando. A mí me ataron, no estoy hablando de mi abuela. A mí me dijeron cosas horribles: ‘mirá, 19 años, tercer embarazo’, y yo los veía cómo se miraban, como si esta vida no valiera nada, desde un lugar de lejanía y distancia que muchas veces viven las pibas y los pibes adolescentes. En algún momento nuestras tareas pasaron a ser tareas de cuidado, dejaron de ser trabajo, y nuestra sabiduría fue totalmente arrancada y profesionalizada en manos de otros géneros y otras clases sociales”.
Cuando a Miseria le llega el momento de parir ahí están Tina, Cometierra y Walter. Llegar al mundo e irse no son cosas que haya que hacerlas sola, dice el libro. Es Miseria quien relata desde su propia voz el parto.
¿Por qué? “Hace tiempo vengo pensando en cuáles son los relatos de un parto. Siempre son una mujer gritando, llorando descontrolada, unos gritos inexplicables, y de repente todo se llena de sangre, no importa si es paulatino o no, y después aparece un bebé que generalmente tiene un mes y medio. A veces me enojaba, les decía a mis hijos ‘esto no tiene nada que ver un parto’. Me llamaba mucho la atención incluso la falta de disputar esa representación, de algo que es central en la vida de muchísimas mujeres”.
Cuando Miseria termina su relato –que habrá entonces que ir a leer– dice simplemente: “Y así nacemos”.
La escuela de la vida
Antes de subirse al colectivo, en el final del primer libro, Cometierra, Walter y Miseria pactan quedarse a vivir donde termina el recorrido. Dolores respetó esa promesa, y como el colectivo que se tomaron termina en General Paz, los hizo cruzar y ahí arranca la segunda parte de la historia. “Me tiran un montón de cosas de Liniers”, explica y enumera: “Es como una micro Latinoamérica. Hay todo lo que quieras: frutas, especies, fiesta de colores, locales que tienen montañas de jugos y un vestido de novia a la venta… Tenés a San Cayetano, y del lado de Ciudadela, el cementerio; cruzando, una cantidad enorme de santerías, una al lado de la otra. Cuatro cuadras para allá y tenés toda la parte de Liniers más antigua de los pasajes, que es una belleza, unas casas que no podés creer lo que son, de gente blanca. Te movés un poquito y aparecen presencias marrones, mestizas. Caminás diez cuadras y te dan diez volantes de hechicera: adivina, adivino indio, adivino de todo lo que se te ocurra; y las desapariciones de pibas, intensísimas en esa zona. Está también la terminal con gente que llega, y gente que va cargada con bártulos porque se va. Es un territorio un poco magnético, ¿no?”.
En el libro, Miseria responderá que Liniers no es solamente “el shopping del conurbano”, sino la “capital nacional de las videntes”. Cometierra va a decir, cuando ve todos papelitos fotocopiados que llevan caras, nombres y teléfonos, pegados en las paredes como murales: “Acá todas somos desaparecidas, putas o videntes”. Millones de ojos negros como semillas arrojadas al aire, dice en el libro. Pero hay una razón más por la que Dolores va hasta Liniers: “Están todos los mayoristas de las librerías: todas las maestras del mundo compramos en Liniers”.
Es que hasta el último 15 de marzo Dolores trabajaba en educación, lo hizo durante décadas, en escuelas públicas de Caseros y Pablo Podestá, como docente y secretaria. Mucho de esos años compartidos con pibes y pibas se refleja en el libro.
Cometierra, Miseria y Walter son adolescentes. En algún momento se definen: somos esto de nuevo, pibes que comparten todo. Dolores construye su relato desde esas voces jóvenes. “La adolescencia es una etapa donde se pone más de manifiesto un cierto desamparo, y a la vez es una etapa súper vitalista: todo es posible. Los pibes son preciosos, tienen una energía increíble. Todo es posible en el sentido de la potencialidad de esa edad y de esas vidas, y a la vez están muy desamparados”.
La primera escuela en la que trabajó fue la n° 49, a la que llegaban pibes y pibas de todo Pablo Podestá: abre a las 8 y cierra a las 5.30 de la tarde, garantizando desayuno, almuerzo y merienda. “Eso de que la adolescencia se extiende hasta los 30 o más en sectores medios acá no existe: tenés que salir a parar la olla. A la escuela venían los lunes con las manos infectadas porque van al Ceamse a buscar cosas con los carros, lata, cartón. Yo no romantizo, incluso el embarazo adolescente tampoco lo romantizo, pero existe. No me interesa construir miradas con prejuicios morales: me interesa acompañar la experiencia de los personajes sin juzgar”.
De nuevo, los alumnos de Podestá, y de tantos otros lugares del país: “La sociedad los desprecia tan fácilmente, se habla desde una distancia impresionante, de quien nunca estuvo ahí, que ni siquiera pisó un barrio precario. Miseria en un momento dice: ahora estoy bien, tengo amigos, heladera y agua. Cosas que damos por sentado, acá hay un montón de pibes que no tienen agua”.
Dolores traza un puente hasta hoy, pasando por el 2001, año de revueltas y del nacimiento de su cuarta hija. Recuerda de esos tiempos que los lunes en la escuela los pibes se caían, se desmayaban porque no comían el fin de semana. Ahora, dice amargada: “Se empieza a ver de nuevo, porque a la noche es té y pancito: la comida está carísima”.
Su novela Miseria, tal vez también hable de este país en el que la mitad de les niñes menores de 14 años viven en la pobreza. ¿Cómo salimos de esta? Sigue, trazando una fina línea entre ficción y realidad: “Hay muchísimas creencias mías que están en los libros. Una de las principales es que dejamos una huella en la tierra, que la tierra que habitamos nos conoce. No es solamente carne, huesos y sangre que pasa a la tierra, hay algo de la experiencia, algo del alma, de la historia, que hace que Cometierra sea una suerte de médium que puede ver y contarles a las personas que buscan eso que la tierra nos muestra. Y la otra creencia fundamental es: nadie se salva solo”.
La Salada en Finlandia
Cometierra descubre su don después de que asesinan a su mamá; hija de una víctima de femicidio a la que la tierra le habla. Como se para desde ahí narra la violencia sin espectáculo, el personaje conoce el costo de lo que ve, y su relato no puede ser un mensaje más de la máquina violenta. “No me gusta lo que hacen los diarios sensacionalistas con la violencia”, dice Dolores, quien en sus viajes se nutre de lo que ve y lee. Por ejemplo, recomienda ahora mismo el libro Madres terras que compila una serie de retratos de madres de jóvenes asesinados en Colombia. En las fotos se las ve semienterradas. O libros del norte de México que cuentan la historia de los varilleros: “Clavan unas varillas enormes metálicas en la tierra, las sacan y las huelen. Lo que hacen con un olfato mucho más desarrollado es sentir olor a cuerpos en la composición. Así encontraron fosas comunes. Es el método lo que me interesaba”. Es que Dolores construye un personaje que utiliza otro sentido que no es el de la visión tradicional de los ojos, que siente con la tierra en la boca, y así busca. “Somos una sociedad que buscamos todavía a nuestros desaparecidos, la gran mayoría desaparecidos por violencias estatales, por supuesto en dictadura, pero muchos también en democracia. Buscamos por ejemplo a Tehuel. La violencia institucionalizada contra los pibes en barrios precarios es infernal en este momento mismo: se sigue culpabilizando a los pibes por portación de cara y de pobreza hasta el día de hoy. Y ni hablar del asesinato a las mujeres”.
Cometierra la llevó a viajar por muchos países, algunos cercanos, otros muy ajenos. El último idioma al que la historia fue traducida su primera novela es el finlandés. ¿Cómo llegó hasta ahí? “Los nórdicos tienen una atracción por los policiales, por el género negro que les encanta. Pero por el otro lado, tengo que hablar 500 veces con las traductoras”. Por ejemplo, cuenta que para entender cómo era La Salada le mandaban fotos de un shopping. “No me alcanza con explicarles y por ahí les mando fotos, artículos periodísticos, trato de armar todo un contexto para que lo vean”.
¿Cómo fue su experiencia en Europa? “Me acuerdo en Estocolmo de preguntar cosas como ¿hasta qué hora puedo andar sola? Me miraban y no entendían, y a la vez parece que estás en un policial negro, todo lleno de neblina… Vas mirando para todos lados, pero eso es típico de mujer latinoamericana. Es distinto, pero a los pocos días se acercaban mujeres y me contaban que también hay femicidios, obviamente”.
En cambio, cuando le tocó recorrer Latinoamérica las coincidencias aparecían más fácilmente. “Estás en un barrio y hacés 20 cuadras y tenés una ranchería sin luz, sin agua al costado del basural. También ves las violencias institucionales de los Estados hacia los distintos grupos, y la fosa común, que va desde los enemigos políticos, los crímenes narco y la violencia machista. La fosa común, sacar la identidad, desaparecer un cuerpo: eso es tan Latinoamérica”.
Por algo de todo esto Dolores dedicó su segunda novela a las Abuelas y a las Madres de Plaza de Mayo: “ellas me enseñaron a luchar”, dice y aclara que no es una entelequia. “Yo en la adolescencia las tenía como modelo en militancia y de mujeres, que pese a todo lo que les habían hecho no tenían miedo y seguían organizándose. Nací en el 78, en medio de las desapariciones más horrorosas que hemos tenido, y crecí viendo organizaciones de mujeres que buscaban a sus hijos en la tierra, no como una metáfora, sino como algo absolutamente material y real”. Esas historias, también, son parte de su experiencia a la hora de sentarse a escribir: “Tuvimos una violencia en la dictadura infernal e innegable, pero estamos en democracia y tampoco es todo color de rosas. Seguimos con una desaparecida mujer o una asesinada mujer por día: muchos de esos cuerpos se niegan y no se encuentran”.
Al final de la segunda novela, Cometierra vuelve a Pablo Podestá; no se sabe cuánto durará esa estadía, ni si Dolores ya está escribiendo cómo seguirá esta historia que por ahora queda detenida ahí, nuevamente a pocos minutos de su propia casa, en medio de la vía del tren; ahí donde está el cementerio en el que están Melina Romero y Araceli Ramos, dos pibas de 17 y 19 años víctimas de femicidios que estuvieron desaparecidas y que, gracias a la lucha familiar, hoy tienen donde descansar.
Actualidad
Miércoles de marcha: entre las changas de los jubilados y el corazón de los chicos

Primera marcha de jubilados en el Congreso de 2026. Más policías y fuerzas de seguridad que manifestantes. Carros de asalto, móviles, camiones hidrantes, vehículos celulares, ambulancias. Todo un despliegue inútil que además entorpece el tránsito como los jubilados no podrían hacerlo. La mirada sobre las changas y la economía real. La llegada de personas y familiares de personas con discapacidad frente a la disolución de la ANDIS, y quienes manifestaron contra el desmantelamiento del Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas. Como siempre en estos tiempos, la arbitrariedad y la fuerza contra quienes menos pueden defenderse, pero siguen decididos a hacerse oír para que las cosas cambien.
Por Francisco Pandolfi
12 móviles de Gendarmería Nacional.
11 móviles de la Federal.
8 móviles de la Prefectura Naval.
31 móviles (inmóviles, quietos) fue el despliegue de las fuerzas nacionales en las inmediaciones de un Congreso otra vez vallado para una movilización de jubiladas y jubilados que no contó con más de 300 personas. El caos en el centro provocado por el propio “protocolo” que ha sido declarado nulo por la justicia.
A esa desproporción se le sumó un centenar de policías de la Ciudad, los únicos que estuvieron del otro lado de la valla, vigilando a quienes manifestaban.
A metros de las vallas, un puñado de policías federales recibe órdenes del único que está vestido con pantalón de vestir y camisa.

Tiene un handy en la mano.
Pero no quiere responder preguntas.
–¿Quién es el responsable del operativo?
–Tenés que hablar con el Ministerio de Seguridad.
–¿Pero con quién puedo hablar que esté ahora acá, que me pueda responder sobre el operativo de hoy?
–Tenés que hablar con el Ministerio de Seguridad.
¿Pero no hay un jefe de calle, alguien que me responda sobre el operativo?
–Tenés que hablar con el Ministerio de Seguridad.
–¿Cómo te llamás?
–Hernán.
–¿Tu apellido y cargo?
–No importa. Para hablar del operativo tenés que llamar al Ministerio de Seguridad.
El número del Ministerio de Seguridad es 5278-9800.
Atiende la guardia de la recepción: “A esta hora no hay nadie que te pueda contestar”, dice.
La tercera no es la vencida: el contacto con prensa del ministerio también cae en el silencio. No hay respuesta cuando se pide hablar con alguien que explique el operativo.

El cañito que pierde
Del otro lado de la valla, las y los jubilados dan un mensaje claro en este primer miércoles del año: acá estamos, acá seguimos, y acá vamos a seguir estando, cada semana.
También dan otro mensaje: lo que avizoran es mucho peor.
Carlos tiene 73 años es de Avellaneda y dice así: “Sigo trabajando, por supuesto”. Acentúa el “por supuesto”, normalizando la hostilidad. Plomero, albañil, gasista, porque “con 350 lucas es imposible”. Dice que hace 20 días que no tiene ninguna changa para hacer, “lo que da la pauta cómo la gente hace sus propias reparaciones o deja que el cañito pierda, algo que antes no hacía”.
Dice, también, que lo más sale es el laburo de albañilería, del que menos tendría que hacer: “Veo una bolsa de cemento y ya me pongo a llorar, no puedo hacer tanta fuerza, pero no me queda otra”.
Carlos no usa eufemismos, ni adorna sus palabras con un optimismo que a esta altura es difícil de comprar. “Este año va a ser peor”. Argumenta: “Terminamos el año con un decreto que le da más poder a la SIDE para hacer lo que quiera, y eso nos va a traer muchos problemas. ¿Cuánta gente se va a desmovilizar por miedo? Esto es un veneno”.
Carlos está contento, pese a todo, porque para las fiestas pudo reunir a su familia: “Cada uno trajo algo y la pasé con mis hijos y mis nietos. No me van a quitar la alegría de disfrutarlos. Se va a morir mil veces Milei antes que yo tenga que abandonar ese gusto”.
Héctor vive en Belgrano y tiene 75 años. Lleva un cartel colgado de su gorro tipo piluso: “Solo se trata de vivir”. Amplía: “Lo que estamos haciendo es sobrevivir. Yo quiero vivir, y dignamente. Tendría que ser natural, pero no”.
¿Pronóstico para este año?: “La esperanza es lo último que se pierde, pero con este gobierno puede pasar cualquier cosa, no soy optimista”.
¿Algún deseo? “Sólo tengo la ilusión de salir un poquito más, de ver más a mis amigos; de comprarme los remedios; por ahora, lo que tengo no es vida, ¿qué querés que te diga?”.

Los “discas” y los pacientitos
Otro mensaje que deja esta primera marcha de jubiladas y jubilados del año: los miércoles siguen siendo un punto de encuentro para otras luchas, para otros gritos que necesitan ser oídos. Esta vez, se sumaron personas con discapacidad por el anuncio del cierre de la Agencia Nacional de Discapacidad: el primer paso fue hacerla corruptible; el segundo y último, disolverla).
Se agregaron familiares de personas afectadas por el desmantelamiento que acaba de sufrir el Programa Federal de Cardiopatías Congénitas.
Natalia camina con León, su hijo de 10 años, que tiene una aneurisma en el arco superior de la aorta. “Es un pacientito Garrahan”, dice, con una dulzura que se agranda por el uso de diminutivos. “Todo esto es un retroceso de 15 años de trabajo. Las cardiopatías congénitas son patologías con alta predominancia de la muerte infantil antes del primer añito y el Plan Nacional interviene para que los pacientitos sean intervenidos en tiempo y forma en hospitales de alta complejidad. Al desmantelarse, aumenta la tasa de mortalidad infantil”.
De lo que está hablando es del corazón de los chicos.

Natalia vino desde Burzaco y ahora sigue caminando en la marcha de jubilados y de otras resistencias que contornean la Plaza de los Dos Congresos. “Ahora se aumentará la lista de espera para quienes se tienen que operar del corazón y faltarán los profesionales que coordinaban el área. Las familias ya veníamos tocando puertas, así que imagínense ahora sin el Plan, solo vemos pena y muerte para nuestros hijos”.
No se sabe quiénes se sumarán el miércoles próximo a la movilización, y a seguir exigiendo lo mínimo: una política que no ampute la humanidad.
Actualidad
¿En qué se parecen Trump y Pluribus?

Por Sergio Ciancaglini
Pluribus es una serie maravillosa y flamante, que tal vez ya quedó vieja.
El último capítulo de la primera temporada se emitió el 26 de diciembre y días después empezó a rankear como pieza de museo debido a Donald Trump.
La serie de Vince Gilligan explota de modo increíble una hipótesis: una civilización del planeta Kepler 22-b, ubicado a 640 años luz, contamina a todos los pobladores de nuestro mundo, que sonríen felices y actúan con amabilidad, pero cuyo cerebro forma parte de una gran mente colmena.
Esto es: hay un solo cerebro. Nadie piensa ya de modo individual sino que están todos unidos y dirigidos y masificados por esa mente colmena que reúne a la totalidad de los cerebros y saberes humanos. La IA en modo lisérgico.
Hay un solo problema: 13 personas resultaron inmunes a esa especie de virus algorítmico/biológico que controla al resto de la humanidad.
A la mayor parte de los 13 inmunes la situación les parece aceptable. Notan lo felices que están los demás, y la mente colmena los trata con servicial cortesía.
Solo unos pocos de los 13 entienden que no: que detrás de esa felicidad masiva a las personas les robaron el alma, porque la inteligencia alienígena lo que en realidad busca es apoderarse del planeta y sus recursos.
Esos humanos contaminados morirán pronto pero sonriendo tras haberse comido a sus propios muertos, y el mundo será una estación más en el avance de la civilización del planeta Kepler 22-b para subsistir a costa de los otros habitantes y otros planetas de este extraño universo.
Una semana después del último capítulo de Pluribus, Estados Unidos invadió Venezuela (América Latina), abdujo a Nicolás Maduro y redondeó las acciones con las que el país sustento de lo narco en el mundo simula combatir al narcotráfico.
Luego llegó Trump a explicar todo. ¿En qué se parece la política que simboliza Trump, a Pluribus y los ignotos seres de Kepler 22-b? Una hipótesis: la idea del control.
Pero lo que en la mente colmena son acciones y deseos altruistas (mientras roban almas y bienes comunes) en Trump es transparencia pura: habla del petróleo, de los recursos, del dinero en juego, de las corporaciones, de los muertos. Aclaró que considera que esa riqueza de hidrocarburos y tierras raras es norteamericana (lo cual supera en términos de ciencia ficción a toda la temporada de Pluribus) y demostró que puede llevar a la práctica todas las amenazas, provocaciones y disparates que rompen con el mundo tal cual lo hemos conocido.
El de Trump no es el imperio amable, hipnótico, seductor y temible de Pluribus.
En el suyo rige solo lo temible, y la sonrisa impostada es reemplazada por escenas de violencia explícita.
El control no es a través de la contaminación cerebral sino gracias a acorazados y drones, generales, violencia y guerras. Las mismas que el señor Trump dijo que quería evitar pero que –negocios son negocios– reactivan la industria armamentística, que es casi tan poderosa como la industria narco, aunque no compiten entre ellas y tienen intersecciones considerablemente turbias.
La actitud de Estados Unidos simboliza una idea: basta de seducción y amabilidad. Es tiempo de abducciones, de odiabilidad.
Lo que se estaba gestando en las últimas décadas y se inauguró formalmente ahora es la era del sometimiento. Y quien no lo acepte lo va a pagar caro. Queda por verse en este caso si el uso estadounidense de la fuerza es un sinónimo de poder, o una demostración violenta de debilidad (como acaso ocurrió en Venezuela con el propio Maduro).
En la parte que nos toca de este espectáculo cloacal, el gobierno argentino juega el rol del sometimiento sonriente. Como el viejo consejo que se les daba a las mujeres violadas: relájate y goza.
Mensaje al señor Vince Gilligan: desde este rincón findelmundesco saludo su serie increíble, pero hay otra que describe de modo diferente estas desventuras. Es argentina, se llama El Eternauta, se estrenó en 2025 pero nació en forma de cómic hace casi 70 años.
También hay en ella una civilización que busca controlar el planeta y los recursos. La invasión genera zombis y personas-robots (menos sonrientes que las de Pluribus) pero que no omite todas las formas de violencia imaginables.
Lo tóxico no lo usan para robar almas sino para matar.
En todo caso, el personaje de El Eternauta, Juan Salvo (Ricardo Darín), y la de Pluribus, la inmune Carol Sturka (la magistral Rhea Seehorn), comparten una idea frente la situación: con dudas y contradicciones, finalmente buscan hacer algo, resistir, oponerse, rebelarse frente al estado de las cosas. Su desafío: preservar cuerpos, cerebros y almas para que la existencia deje de ser una mala copia de la vida, o su the end.
En una de esas dos series imaginan una tecnología ética y cotidiana para intentar hacerlo: nadie se salva solo.
En la otra, el control de lo humano se realiza mediante un arma terrible: el consenso de una humanidad alienada. Carol no se resigna y al fin de la temporada tiene al menos un aliado. Es un latino, Manousos, que rechaza a la imitación que la mente colmena le presenta de su propia madre que le muestra los dientes, inquietantemente maternal. Manousos le dice en castellano: “Usted no es mi madre. Mi madre era una cabrona”. Y huye de Paraguay para buscar a Carol en Abuquerque, Estados Unidos, desde donde había hecho un llamado a los inmunes: tenemos que salvar el mundo.
Carol en otro momento menciona algo que podría sonar a procrastinación (con perdón de la palabra), a postergación. Pero nunca se sabe hasta dónde pueden llegar las cosas con la gente cabrona, como se considera a cada persona del mundo que puede elegir no someterse. Aquí pasó en la peor dictadura, cuando entre las pocas personas inmunes había 14 mujeres, madres y abuelas, las únicas cabronas que rompían la pesadilla del consenso alienado.
La frase Carol puede leerse como una involuntaria propuesta de acción para las personas y comunidades y, quizás, para la política (aunque esto suene también a ciencia ficción o realismo mágico).
La escena demuestra, como tantas expresiones del arte en estos días, un llamado a despertarse, cosa que en esta época parece cuestión de vida o muerte.
Carol dice en el más puro spanglish algo que aquellas personas a las que no lograron robarles el alma merecen recordar a cada momento, cada latido y cada respiración, para moverse, para no resignarse, para no someterse.
Como ya es de noche en el mundo, ella le anuncia a Manousos:
We save the world mañana.
PD: Por suerte entre los cabrones del mundo todavía existe Stremio.

Actualidad
Invasión a Venezuela: la verdad detrás del botín

Por Claudia Acuña y Lucas Pedulla
Lo dijo sin metáforas y con mayúsculas:
“Venezuela está completamente rodeada por la mayor armada jamás reunida en la historia de Sudamérica. Solo se hará más grande y el impacto que supondrá para ellos será algo nunca visto, hasta que devuelvan a los Estados Unidos de América todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron”.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció así –a través de un mensaje publicado en la red Truth Social– su decisión de invadir ese país, sin siquiera avisar al Congreso.
El “robo” del petróleo al que alude es, sin embargo, la decisión de nacionalizar el petróleo que tomó Venezuela en dos etapas históricas que ahora conviene recordar.
La primera fue el 1° de enero de 1976, bajo la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, quien pagó a las corporaciones Exxon, Shell, Gulf, y Mobil 5.626 millones de dólares como compensación. El economista Carlos Mendoza Potellá –quien acompañó en ese proceso al fundador de la OPEP, Juan Pablo Pérez Alfonzo– sintetiza así cómo fue: “Las mismas concesionarias designaron de su seno a quienes asumieron la gerencia petrolera venezolana: el entonces presidente de la Compañía Shell de Venezuela se convirtió en presidente de la ‘Operadora Nacionalizada’ Maraven. El vicepresidente de la Creole Petroleum Corporation, filial venezolana de la Standard Oil–Exxon se transmutó en presidente de Lagoven, otra operadora nacionalizada. El mismo esquema se repitió once veces con los gerentes de las demás filiales transnacionales, travestidos en gerentes de empresas estatales”.
Durante su segundo mandato, Pérez dispuso un plan de “apertura petrolera” que permitió operar a las transnacionales del petróleo en nuevas áreas, que luego su sucesor, Rafael Caldera, amplió. Así se llegó a la segunda nacionalización, impulsada por Hugo Chávez en 2007, quien a través de un decreto impuso que la petrolera estatal tenía que tener participación mayoritaria en todas las explotaciones petroleras venezolanas. Esa medida originó una serie de demandas internacionales, entre ellas la de Exxon, a quien el régimen de Nicolás Maduro pagó 700 millones de los 985 reclamados.
Del robo, hay que decirlo, fue víctima Venezuela, saqueada por la corrupción de quienes durante el régimen de Maduro administraron los activos de la petrolera estatal. Un ejemplo: el 17 de marzo de 2023, se dio a conocer la desaparición de 3.000 millones de dólares provenientes de cuentas por cobrar de la venta de petróleo, lo cual derivó en la detención de 61 personas, entre ellas tres coroneles y otros cuatro militares que ocupaban puestos relevantes en PDVSA.

El botín
Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, incluso más importantes que las de Arabia Saudí. Los yacimientos situados en la faja del Orinoco albergan más del 15% de todas las reservas mundiales. Su petróleo, además, es especial y característico: es más pesado y costoso de extraer, pero su alto contenido en azufre lo hace especialmente codiciado por las refinerías más sofisticadas.
Socio fundador de la OPEP, produce actualmente poco más de un millón de barriles diarios, lejos de los 3,5 millones de barriles que producía al final de la década de los noventa, cuando el país era una potencia global del sector de los hidrocarburos, con el 10% de la producción mundial de crudo. Ahora la república bolivariana apenas representa el 1%.
Para hacerse una idea del declive del sector en Venezuela, la industria del crudo del país llegó a ser la mayor exportadora del mundo. Ahora ocupa el puesto 21 entre los productores mundiales. Y está a punto de ser superado por su vecino Guyana, un país mucho más pequeño, cuya economía controla la petrolera Exxon.
Pero no solo se trata del petróleo. Tal como anunció el presidente Trump en su explícito mensaje hay “otros activos” que busca controlar con esta operación militar. Están en juego, además, minerales y tierras raras. Venezuela es un país muy rico en recursos naturales: cuenta con importantes reservas de gas natural, oro, hierro, bauxita y coltán, uno de los minerales necesarios para las baterías. También posee grandes yacimientos de cobre, níquel, titanio y zinc.
De Monroe a Trump
Dos siglos antes – el 2 de diciembre de 1823– el entonces presidente de Estados Unidos, James Monroe, declaró como potencialmente hostil cualquier intervención de las potencias europeas sobre los asuntos políticos de una América que libraba sus guerras de independencia, bajo el tan estadounidense lema: “América para los americanos”.
El 2 de mayo de 1965, 142 años después, la Cámara de Representantes completó esa declaración con la “Doctrina Johnson”, tras la invasión a República Dominicana ordenada por el entonces presidente Lyndon Johnson, para evitar un gobierno comunista.
El 3 de enero de 2026, casi 58 años después, en una fecha sensible para Argentina porque coincide con la invasión británica a las Islas Malvinas en 1833, la región amaneció bombardeada por orden del actual presidente estadounidense, Donald Trump, quien invadió Venezuela y detuvo a su presidente, Nicolás Maduro. “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”, dijo el documento de 29 páginas en el que EEUU redefinió la Estrategia de Seguridad Nacional, que denominó como “corolario Trump a la doctrina Monroe”. En un juego de palabras, se bautizó como “Doctrina Donroe”.
En declaraciones a la BBC, el investigador de Estudios Latinoamericanos del Council on Foreing Relations, Will Freeman, sintetizó: “Es una especie de justificación ideológica para la intervención de Estados Unidos o para la mano dura en la región. Pero el documento también menciona los cárteles de la droga y las incursiones extranjeras hostiles, lo que suena a la Doctrina Monroe en su versión original».
Si las viejas doctrinas buscaban la anexión violenta de una “América triguera” como si la región fuera el “caballo” y Estados Unidos el “jinete”, la actual doctrina Trump busca esnifar esa América narcótica que su país consume, abastece y fortalece en estructura, para su dominio geopolítico y el saqueo colonial de los bienes comunes, como dejó en claro Trump en su imperturbable y descarada conferencia: “Vamos a hacer que nuestras compañías petroleras de Estados Unidos, las más grandes en cualquier parte del mundo, entren, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera gravemente deteriorada y comiencen a generar dinero para el país”.
¿Qué país?
En el nuestro y en los bordes más empobrecidos de esta ciudad –el Bajo Flores– la comunidad venezolana que está en la platea del club Daom mirando a los suyos disputar un partido de béisbol en un clásico contra Vélez Sarsfield lleva aferrada en cada mano, como un rosario, el teléfono celular, desde donde siguen las noticias de su tierra y de su gente. Me dice una joven que ya lleva ocho años en Argentina:
“Es un comienzo”.
Lo dice con ilusión y alivio.
Su mirada y lo que transmite, su biografía y lo que representa –estudió Historia en la universidad de la república bolivariana, trabaja limpiando casas por hora en Palermo– es la exacta dimensión del mayor fracaso del discurso progresista y sobre esa rotunda frustración ahora urge reflexionar.
Fracasar, fracasar, fracasar hasta triunfar.
Lo decía Mao, que tanto disgusta a Trump.

ActualidadHace 3 semanasItuzaingó: los trabajadores ocupan la fábrica de ascensores Cóndor y proyectan una cooperativa

ComunicaciónHace 3 semanas19 y 20 de diciembre: La crónica que nos parió

ActualidadHace 4 díasInvasión a Venezuela: la verdad detrás del botín

NotaHace 2 semanasMatar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

ActualidadHace 4 semanasPetróleo y geopolítica: carta de María Galindo a Corina Machado





























