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Manu Chao: Cita colifata

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Pasó diez días en Buenos Aires grabando un cd con La Colifata, el colectivo de internos del Hospital Borda que hace radio y da lecciones “de lucidez”. Antes de irse a Brasil, sin previo aviso, se presentó con la intención de encontrarse con MU. No es una entrevista entonces, sino –literalmente– la cocina de una conversación.

La cosa es así: Gisela está barriendo el patio de su casa y tocan el timbre. Con la escoba en la mano, pega el grito:
–¿Quién es?
–Manu Chao.
A partir de ahí, hay que imaginarse a Gisela hacer esas cosas que sólo las mujeres pueden hacer en dos minutos: cambiar la escoba por la cámara de fotos, el traje de ama de casa por el de anfitriona, servir una cerveza fría a los invitados y ya no sé con qué mano agarrar el teléfono y avisarme que navegue a velocidad de crucero las diez cuadras que me separan de su casa porque Manu vino a ofrendarle a MU, sin aviso pero con cariño, una entrevista antes de volar hacia Brasil para el cumpleaños de su hijo. No voy a contarles lo que estaba haciendo yo, pero las chancletas me dificultan la corrida.
“Está en la terraza”, me advierte Nico, el compañero de Gisela, apenas llego, así que trepo los escalones hasta alcanzar ese pedazo del cielo de Almagro que, de pronto, me parece inmenso. No tuve ni tengo tiempo para asimilar la irrealidad de la escena, pero siento su magia. Noche negra, iluminada apenas con un foco improvisado con una caprichosa lámpara casera que se niega a someterse al enchufe. Hay un trípode, por supuesto, y tres fotógrafos (porque así es la casa de Nico y Gisela: el hogar de una cooperativa de imágenes y sueños) y una vieja puerta que vaya a saber de dónde sacaron, convertida en la escenografía sobre la cual asoma Manu Chao. Detrás, la silueta del barrio y las luces de la hora de la cena. En ese silencio, Manu tararea.
Seis veces pidió perdón por tener poco tiempo y seis veces más dijo gracias: por el vaso de cerveza, por las fotos, por la charla, por la corrida, por el encuentro, por todo. Pero ese hombre menudo, que habla el idioma indescifrable del trotamundos, no dice “perdón” ni “gracias” de cualquier modo. Mira a los ojos, directa y profundamente, hasta que conecta. Imagino que por eso está ahora ahí, sentado a la mesa de la cocina, dispuesto no a dar una entrevista ni a hacer declaraciones, sino a conversar. Nico me contará después que lo conoció en Brasil, que volvió a cruzarlo en varios otros lados y que el sábado fue con su cámara y algunos ejemplares de MU hasta el Hospital Borda porque se enteró de que estaría grabando el programa de La Colifata, el colectivo del que desde años Manu se siente parte. Pero hubo alguien que no lo dejó acercarse para charlar y seguramente otro alguien que se lo comentó a Manu y la forma de reparar el desencuentro fue esta visita sin aviso a la casa de Nico, cuya dirección vaya a saber cómo averiguó.
No es que crea que estos detalles domésticos tengan particular importancia y generalmente reniego del estilo egocéntrico de las crónicas periodísticas, pero no encuentro mejor forma de transmitir qué significa tener enfrente a Manu Chao que esta muestra de la escala humana de su sensibilidad. Si esto luego se transforma en música –especialmente en esa, su música– no parece ser casual.

El desastre y las flores
¿Has venido a Buenos Aires porque estás totalmente colifato?
Así es: estoy colifateando y es una felicidad inmensa, un aprendizaje. Participé del programa de radio, que siempre es un gustazo, porque la radio en vivo es como un concierto en vivo. Hacerlo en ese lugar, que es un infierno, pero tiene ese jardincito, te hace pensar que en semejante hospital ha crecido una florcita, que es La Colifata.
Y así está el mundo, ¿no?
Así está el mundo, sí. Un desastre generalizado con algunas florcitas creciendo por allí por allá.
Y esta flor que cosechaste junto a La Colifata es estos días, ¿qué frutos dará?
Hemos tomado mucho material de los quince años de andar que ya lleva La Colifata y hemos grabado mucho en vivo. Hicimos un taller dos días en la radio La Tribu y un tercero en la quinta de Los Piojos, que nos dejaron usar su estudio, así que estamos agradecidos. Cada uno de los que participaron trajo sus temas. Se grabaron kilómetros de charla, cada uno diciendo lo que quería decir, porque no había un temario establecido. Algunos trajeron su poesía, otros improvisaron, otros leyeron lo que habían escrito durante la noche… cada uno con su técnica, porque cada colifato tiene la suya. Pero más que todo lo que deslumbra es la capacidad de improvisación. Bufff… Es muchísima emoción. Uno de los días que grabamos, el Nico llegó al final de la sesión y me dice “Manu, te veo súper cansado”. No era cansancio físico, sino agotamiento de tanta emoción. Fue súper fuerte.
¿Qué tenés pensado hacer con todo eso?
La idea básica, que luego puede irse a otra cosa, porque el caminito es largo y las ideas de último momento siempre son las mejores, es grabar un cd.
¿Por qué un CD de La Colifata?
Porque es lo que sé hacer. Yo me he sentido súper privilegiado al escuchar lo que dicen por las emisiones de radio, pero no es mucha gente la que tiene ese acceso. Y a mí me ha servido muchísimo escucharlos.
¿En qué sentido?
Para mí son profesores de vida. Tienen una fabulosa experiencia para sintetizar las cosas. Puedes hablar de cualquier tema –del mundo, de la vida– y a mí seguramente me va a costar veinte mil palabras redondear el problema y salir con algo, pero cualquiera de ellos con tres palabras dice todo lo que hay para decir: hay que cambiar de tema. A mí me ayudan mucho a entender este mundo. Desde que los conozco, hace cuatro o cinco años, me han ayudado a reflexionar, a hacerme una idea de cada cosa. Para mí se han vuelto maestros de lucidez, sí… eso: me ayudan a pensar. Y cuando estás escuchándolos, el ansia que te surge es que quieres compartirlo con más. Quiero que mis amigos oigan esto. Que lo que me sirve a mí, le sirva a otra gente. Porque es una visión súper lúcida de las cosas: de lo bueno y de lo malo; de la alegría y del dolor. Por eso el cd: para que llegue ese mensaje colifato a la mayor cantidad de gente posible. La segunda razón es económica: que ese cd sirva para que La Colifata pueda tener una base económica más sólida, porque ahora es muy complicada. Lo importante de este cd es que genera un aporte económico hecho por ellos. No es nadie poniendo dinero para ayudar a La Colifata. Es La Colifata que se ayuda a sí misma. Es la búsqueda de la autosuficiencia, no de la ayuda externa, que puede resultar interesante, pero en el fondo no ayuda, porque el día que se corta, se corta. Creo que cualquiera de los proyectos de este tipo, cuando encuentra la técnica para generar sus propios recursos, encuentra la forma más sana de crecer y desarrollarse.
¿La autogestión es el gran desafío de esta época?
Es que la autogestión te da muchísima independencia.
Como artista, ¿cómo ha sido la experiencia de autogestionar tus propios proyectos?
En mi caso a esta altura ya es bastante fácil, pero desde siempre he intentado compartir estas experiencias para aprender con ellas. Por ejemplo, fue muy importante haber hecho, hace algunos años, el proyecto con La Colifata de sacar un cd en apoyo a los músicos callejeros de Barcelona. Ese proyecto fue totalmente autogestivo y funcionó al mil por cien, porque era un disco en el que varios músicos aportaron sus temas y todas esas músicas se salpicaron con extractos del programa de radio de La Colifata. Ese disco fue vendido exclusivamente en la calle: tenía una leyenda que decía “prohibido venderse en tiendas”. Nosotros lo produjimos y se lo vendimos a los músicos callejeros a 2 euros. Y funcionó tan bien que al poco tiempo ya habíamos pagado los gastos de fabricación y nos encontramos que sobraban casi 4 mil euros de los que, la verdad, nadie quería hacerse cargo, porque allí no había una sociedad formada: sólo gente. Fue dinero extra que salió para una escuela de Tucumán, finalmente. Y bienvenido fue. Pero como había más copias y ya estaban saldadas las cuentas, para que no hubiera problemas internos de dinero a la historia misma del proyecto, se rebajó el precio de venta a los músicos callejeros a 1 euro. Ellos luego lo vendían en la calle: al amigo a 6 euros, al turista a 10 y al super turista a 15. Y ese dinero iba directamente a su bolsillo. Pero de todo ese proyecto lo más importante es que La Colifata fue quien posibilitó crear un apoyo económico para los músicos callejeros de Barcelona.

Cómo se crea
Le habla mucho y a veces muy superficialmente, del desinfle de los movimientos sociales con respecto a aquel pico del año 2001 ó 2002. ¿Cómo los ves vos en relación al trayecto que han hecho desde entonces hasta hoy?
Es un camino difícil, siempre. Lleno de tropiezos.
¿Y cuál sería, para vos, la medida del éxito?
¿Para mí? El éxito es una palabra que da horas para hablar. Para mí el éxito es conseguir estar en armonía. Mi éxito personal es estar en buena sintonía conmigo mismo y en paz con mis pautas de la vida.
¿Cuáles son?
Ser una persona honesta, que cuando dice que va a hacer algo, entre lo dicho y lo hecho, el camino es derecho. Ésa es una frase que hay que aplicar: lo que digas, hazlo o si no, calla. Porque cuando tienes un sueño bonito, contarlo es fácil y lindo, pero cuando te pones a realizarlo, entra la parte difícil. Y para mí el éxito es conseguir realizar tus sueños. Y aunque consigas realizar el 10 por ciento, ya es un éxito.
¿Y cuando el éxito se te convierte en fama?
Ser famoso es un tipo de agresión. Pero tiene tantas desventajas como ventajas. No es una situación tan dura de vivir. Es más duro estar en el paro (desocupado) con cuatro hijos pa´ dar de comer. Cuando veo que hay artistas que dicen que el éxito es un problema, digo: “Nene, ¡no confundamos!”. Aunque la fama, evidentemente, puede ser peligrosa. Cuando un chaval sale de un barrio y al día siguiente se encuentra multimillonario, con todo el mundo sacándole fotos y corriendo detrás de él puede ser súper peligroso, desequilibrarte psicológicamente. Y muchos han caído en eso. Yo tuve la suerte de que me ha llegado poquito a poco, en dosis homeopáticas, y me acostumbré. No fue un choque frontal, como les ha pasado a algunos chavales. No es fácil soportar ese choque, supongo. Mira el caso de Rodrigo. Ojo: se respeta también. Él llevaba el espíritu del rock and roll cien por cien, pero bueno… le pescó el éxito como una patada caliente, tan de repente, que no le fue fácil. Pero su música queda: en Córdoba el Rodrigo no ha muerto. Así es la música: no hay nada tan definitivo, como en la vida.
¿Y con qué concepto de vida hacés tu música?
Con el de cultivar lo que yo hacía de niño. Crear de la manera más niña posible, lo menos cerebral posible. Trabajar con el instinto, pasarla bien. Si un niño la pasa bien, avanza, se ríe, crea. Y yo funciono así. Intento jugar. Trato de no analizar lo que estoy haciendo en el momento en que lo hago. Yo veo muchos artistas que se bloquean porque ya están analizando lo que todavía no terminó de ser. Y ahí se montan un quilombo. Demasiada duda.
¿No es bueno dudar?
Para mí no puede haber duda. Un niño cuando está haciendo algo que le gusta no tiene absolutamente ninguna duda: lo que está haciendo está bien. Poco duda un niño. Y eso, al momento creativo, es ley: pásatelo bien. Porque dudar… ¡pa´ qué! Si la vas a cagar, no pasa nada: mañana harás otra cosa. Y si no sale nada, no sale. Pero en tanto, tira hasta el final, intenta, rompe, abre, juega. Así es el proceso de la noche. Y luego te levantas a la mañana y pones play y ahí no hay perdón: o sale algo bonito o sale algo que te da una vergüenza que te mueres. Y bueno: lo borras. ¿Cuál es el problema? Por el momento, te lo pasaste bien. Y eso nadie te lo quita, aunque el resultado sea una mierda. El arte está pa’ eso ¿no?

Lo que hay atrás de Chávez
Suena a las lecciones que te dejaron los colifatos…
Es que ahí son maestros. Ésa es su fuerza. Pero también porque tienen la capacidad de establecer relaciones humanas intensas. En las relaciones humanas hay cosas que no hemos superado bien, el problema con el ego, por ejemplo. Mirá cuántas revoluciones se fueron a la mierda por el problema del ego…
¿Y por el problema del Evo? (risas) Porque estamos viendo resurgir liderazgos en Latinomérica y cuando mencionás a las revoluciones que fracasan por el ego, me acordé de Evo, de Chávez…
Fui a Bolivia hace un año y medio, cuando el proceso estaba todavía en pañales. En Venezuela está más avanzado. Estuve dos veces en estos últimos años y cada vez que voy, veo que lo que está pasando ahí es súper interesante. Pero afuera todo el mundo sólo habla de Chávez, que es una manera de no hablar de lo que está pasando ahí. En Europa, especialmente, no hay información: hay manipulación. Será porque molesta de verdad. Porque lo que tú ves pasando un poco más atrás de Chávez –incluso porque lo importante es lo que ha permitido que suceda detrás de él– es de una esperanza increíble. Es el único país del mundo que, cuando voy a un barrio, veo a los chavales decir: vamos a hacer esto y esto. Y nadie los para, porque hay una confianza de la política hacia la juventud. Me pasó, por ejemplo, con unos chavales que organizaron un concierto en el Poliedro, que es como decir el Luna Park aquí. Me recibieron diciendo: “Perdona Manu por cualquier molestia, pero nuestra experiencia se limita a haber hecho recitales para nuestros amigos del barrio y éste es un zapato muy grande para nosotros”. Pero se habían propuesto hacerlo y lo hicieron. Los dejaron hacer y se cargaron para siempre esa experiencia. Ese tipo de cosas es algo que hoy en día es interesante de ver, porque te informan de un tipo de proceso muy esperanzador. Y eso no vas a entenderlo leyendo la prensa.
Tampoco se entiende leyendo la prensa qué pasa con la rebelión de los jóvenes en los suburbios de Francia. ¿Cómo contarías vos esas experiencias?
En Francia no hay organización: hay desesperación. En Venezuela hay esperanza. Para mí fue súper fuerte, por ejemplo, la experiencia de viajar de Caracas directo a Bogotá, una ciudad que conozco mucho mejor porque he pasado más tiempo allí. En Bogotá mis amigos me dicen: “Manu, estamos haciendo cosas, intentamos, pero apenas levantamos la cabeza, palo”. Muy difícil: todo el mundo luchando con las uñas, rascando las piedras para hacer arte… para hacer lo que sea. Y en Caracas, ese estallido de voluntades, de trabajo, de hacer. El contraste es más fuerte.
Y Buenos Aires, ¿cómo lo encontraste?
No tuve tiempo de perderme mucho por la ciudad, me sumergí en lo mío y no vi demasiado. Yo me siento bien aquí, a mi gusto. Y si bien en estos diez días me llegó muchísima información, necesito de un poco de digestión. No me puedo tomar el permiso de opinar: me desborda.

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