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El swingazo

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Mariel y Manuel, referentes de esta nueva ola. Una movida que no para de crecer: música, baile, ropa de época, diversión de ida y de vuelta. Cómo nace y se hace este ritmo que traspasa generaciones. Por María del Carmen Varela.

Vestidos multicolores con corte a la cintura, faldas amplias, cabelleras adornadas con flores, trajes con chalecos, zapatos lustrados y hasta sombreros y tiradores. La escena parece sacada de una película de los años 40 pero esto sucede hoy en la noche porteña. Vestuario vintage, salón de baile, una banda de casi veinte músicos tocando en vivo una melodía de piano, contrabajo, trompetas y clarinetes.  Componentes de un ritual elegante que evoca los viejos tiempos, sin falsa añoranza de lo que nunca vivió. Entusiasmo festivo que aflora en cada cuerpo. Movimientos rápidos al compás de un ritmo enardecido que recarga la energía impregnada en cada paso. Giros, saltos y trucos de baile que se ciñen con devoción a la cultura de un ritmo que otra vez hace mover los pies: el swing.

La sonrisa permanente parece ser una característica que va de la mano de esta danza de salón. Así como en el tango el gesto es más solemne, en el flamenco la expresión es adusta y en la salsa el semblante se relaja, cuando se baila swing el rostro resplandece. Por lo general se baila en pareja, aunque también se suele bailar en soledad, entre mujeres o entre varones. La tradición marca que el hombre es el guía, pero esta cualidad fue mutando y hoy la mujer también dirige el baile.

Contra la depre

A simple vista puede resultar un baile frívolo. Si miramos con más profundidad, sabremos que sus orígenes e historia están bastante lejos de la trivialidad. Barcos llenos de africanos llegaron hace más de 200 años al norte de América para ser vendidos como esclavos. Lejos de su tierra y de sus costumbres, arrebatada la libertad, les quedaba su voz. En los campos de algodón, sus cantos eran lamentos. Esa tristeza hecha canción se convirtió en un género musical: el blues.

Para llegar del blues al swing, hay que sumergirse en el jazz. Por ordenanza municipal se les permitía a los esclavos tocar, cantar y bailar sólo los domingos a la tarde. En una plaza conocida como Congo Square, en Nueva Orleans, unieron sus cantos y danzas al ritmo de tambores y así se fue gestando el jazz, fusión de varios condimentos: el blues, el ragtime y la música clásica europea. Con esas bases, más libertad de ejecución e improvisación, el jazz es uno de los géneros musicales más influyentes y antecedente del rock and roll.

El swing surgió a fines de los años 20 en Estados Unidos, y ya en la década del 30 era escuchado y bailado masivamente. Luego de la depresión económica, las ganas de divertirse y evadirse hicieron que los salones bailables se llenaran de gente.

Baile orgánico

Este ritmo conquista cada vez más adeptos en el mundo y no somos la excepción: en el barrio de Villa Crespo está ubicada la escuela Swing City, la primera en tener sede propia. Coordinada por Mariel Gastiarena, Manuel Bicain y Juan Villafañe, ofrece clases de lindy hop, tap y charleston.

¿Por qué cada vez más gente quiere bailar swing? Mariel: “Es un baile en el que se puede improvisar. Si bien tiene una estructura, todo lo que pasa en el momento es único. No hay que pensar tanto sino sentir, estar con los sentidos muy disponibles”.

Manuel: “Creció en todo el mundo. El swing funciona en personas jóvenes y no tan jóvenes, es un baile inclusivo, social, nació como una danza de gente que no iba a tomar clases sino que escuchaba la música y bailaba, lo que lo hace muy orgánico, no representa una barrera. No es necesario ir con una pareja de baile, podés bailar con cualquier persona, la chica puede sacar a bailar al hombre, pueden bailar mujeres con mujeres, hombres con hombres. Cualquier tipo de división que vos quieras hacer en las personas, se rompe a través del baile del swing”.

Espíritu de fiesta

Mariel y Manuel coincidieron hace ocho años en un viaje a un festival de swing en Suecia que duraba cinco semanas. Si bien ya se conocían de la escena local, allá tomaron clases y se fueron una semana a pasear a Londres. Además de pareja de baile se convirtieron en pareja de vida, armaron la escuela y todos los años viajan a distintos lugares del mundo a dar clases.

A sus 14 años Mariel acompañó a su hermano a una clase de rock y después venía la de swing: se quedó. En los 14 años siguientes no se dedicó a otra cosa, excepto un trabajo de un mes como camarera. “Nuestra formación fue autodidacta, hasta que pudimos empezar a viajar”. Para la misma época en que Mariel se enamoraba del swing, Manuel empezó a tomar clases mientras estudiaba Ingeniería de Sistemas. Hace tres años abandonó su puesto de gerente y se dedica full time al swing. Juntos dan clases en su escuela y en el exterior, organizan fiestas y competencias anuales.

Cada fiesta de swing tiene características de show: vestuario seleccionado especialmente para la ocasión, banda en vivo, peluquería vintage, dj’s de electroswing. La Swing Party se convirtió en la fiesta más grande de Latinoamérica de este género musical. Manuel: “La hacemos porque siempre el jazz y el swing fueron algo popular, nocturno. Es tratar de llevar el swing a un boliche donde la gente puede ir a bailar y divertirse, para devolverle a la noche el jazz que le pertenece”. Mariel: “También organizamos fiestas todos los miércoles y sábados hasta las doce de la noche. Queremos generar el ambiente social para que vengan a bailar”.

Tal cual vemos en el cine, los bailes de salón tienen sus espacios para lucirse y competir. Con el mejor vestuario y un despliegue de pasos que sean dignos de alcanzar el primer puesto, docenas de parejas de baile participan en las competencias. Mariel y Manuel organizan junto a otros profesores una competencia anual que se llama CA.PO.S. (Campeonato Porteño de Swing), que suele realizarse en el mes de noviembre en diferentes espacios físicos. El espíritu es que funcione como un mecanismo para mejorar, compartir con el otro, no como deporte o rivalidad. Se evalúa la conexión y la creatividad en la coreografía.

Todo tiempo pasado no es más que pasado y bailar confirma que los años dorados pueden dejar de ser una época idealizada para encontrarlos de repente a la vuelta de la esquina, al menos por un rato.  Como sostiene Manuel, bailamos para festejar la vida. “El arte nos identifica como humanos. En los rituales primitivos la danza siempre estuvo presente. Si dejás que el baile te atraviese, es la expresión de vida completa”.

#NiUnaMás

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