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La crítica original

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. Fue un editor único, capaz de retratar una época injusta y cruel. Lo logró con una fórmula también única: obligar a los mejores escritores a poner el cuerpo en los márgenes de la sociedad. Una mezcla que influyó en el periodismo tanto como en la literatura y lo convirtió en un millonario de leyenda, sobre el cual escribieron con asco Borges, Neruda, Marechal y Arlt. Una historia apasionante que pocos recuerdan.

Nacido uruguayo, nacionalizado argentino, su verdadera patria fue el periodismo. En 1913 y con sólo 25 años fundó un mito de proporciones inauditas; el diario Crítica, que llegó a vender más de 300 mil ejemplares por día, tres veces más que el periódico de mayor circulación actual. A sus órdenes y caprichos trabajaron los mejores escritores de la época, esos que su exquisito olfato de lector descubría mucho antes que el mezquino mundillo literario porteño. Padre de un estilo periodístico impactante, y pionero en todos los géneros: fue el primero en incorporar grandes fotos y dibujos; el primero también en colocarles epígrafe; el primero en incluir un suplemento deportivo, inventar secciones, imprimir en color, incorporar una revista a la edición, enviar un periodista de gira, denunciar un hecho de corrupción y anunciar las noticias con una sirena que hacía bramar desde la azotea del edificio de siete pisos, que ordenó construir a la medida de sus lujosos sueños en Avenida de Mayo al 1300, con bar, gimnasio y peluquería para uso exclusivo de sus empleados.
Fue, también, el creador del primer multimedio latinoamericano, capaz de unir en una sola empresa todos los recursos tecnológicos disponibles en ese momento: prensa escrita, radio, noticiero cinematográfico y productora de cine. Una audacia empresarial que empalidece las modernas fusiones de hoy, ya que tenía una incomparable ventaja: toda la empresa dependía de un solo y único hombre, Botana.

Retrato de un mito
Sin embargo, ninguna de sus muchas virtudes supera lo escrito sobre sus múltiples pecados. Acusado de mentiroso, extorsionador, sensacionalista, demagogo, manipulador, mafioso, esnob y soberbio, la figura de Botana fue mirada con desprecio por casi todos los que lo tuvieron cerca. Jorge Luis Borges lo recuerda sacando la billetera del bolsillo del saco de cachemir inglés para tirar al aire montones de billetes; luego se quedaba observando cómo sus redactores gateaban por el suelo para recogerlos. Leopoldo Marechal lo describe en su maravillosa Adan Buenosayres como un condenado al séptimo círculo del infierno por ese estilo periodístico que la novela describe así: “Era preciso basurear en el crimen, recoger la inmundicia de los cadáveres mutilados y arrojarle por último a la bestia el manjar impreso en cuerpo siete, con grabados de anatomía patológica y abundantes lágrimas de cocodrilo”. Roberto Arlt también rememora con asco el único año que trabajó para Botana, cuando “era uno de los cuatro encargados de la nota carnicera y truculenta, obligado testigo de cuanto crimen, robo, asalto, violación, venganza, incendio, estafa y hurto se cometía”.
Pablo Neruda fue el más descriptivo. En su libro de memorias Confieso que he vivido cuenta la reunión que en la quinta de Don Torcuato– que no era grande, sino grandiosa– lo sentó a la mesa junto a Federico García Lorca, Oliverio Girondo y Nora Lange, entre otras celebridades del momento. Así lo recuerda Neruda:
“Rebelde y autodidacta, había hecho una fortuna fabulosa con un diario sensacionalista. Su casa era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y todos los países orilleaban el camino. La biblioteca estaba cubierta sólo con libros antiquísimos que compraba en las subastas de bibliógrafos europeos. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en África, en Asia y en el Amazonas destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ocelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca. Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública de Buenos Aires”.

Querer y poder
Pero ni Borges, ni Marechal ni Arlt ni Neruda escribieron toda la verdad sobre Botana. Lo verdadero es el registro del sentimiento que era capaz de generar ese personaje cuya única premisa era la que repetía hasta el cansancio: “quiero y puedo”.
Es difícil imaginar a la redacción de Crítica en cuatro patas, como al propio Botana desparramando displicente el contenido de su billetera. En principio, porque allí se ganaron el salario orgullosos caballeros, como Conrado Nalé Roxlo, Ulises Petit de Murat, los hermanos González Tuñón y César Tiempo, por citar sólo algunos ejemplos. Pero también porque Botana cosechó fama de hombre generoso. Petit de Murat solía decir : “Si estoy vivo es gracias a Botana, que pagó todos los gastos de mi internación cuando estuve enfermo de tuberculosis”. El jefe de redacción del diario escribió que un día llegó a su escritorio y encontró un sobre con cinco mil pesos (el equivalente al precio de un auto en esa época) sólo porque a Botana le había gustado la edición de ese día. Los salarios, además, eran exactamente el doble de lo que pagaba cualquier otra publicación. Es probable, entonces, que la aristocrática imaginación de Borges creara aquella escena para transmitir la humillación que sentía por tener que escribir a cambio de un salario mensual.
Borges fue en Crítica co-director de la Revista Multicolor de los sábados, nacida para acercar a los lectores, al precio de 10 centavos, la producción literaria de autores hasta entonces desconocidos por el público masivo. Notas del pintor Xul Solar, de los escritores uruguayos Juan Carlos Onetti y Horacio Quiroga, relatos de Kipling, ensayos de Ezequiel Martínez Estrada y cuentos de Chesterton desfilaron por las páginas que Borges editó con pasión y dedicación. Su biógrafa María Esther Vázquez –la misma que acusa a Botana de populachero–, asegura que gracias a esa tarea Borges “encontró su verdadero destino dentro de la literatura”. Mucho tiempo después, el propio Borges se atrevió a confesar por qué decidió terminar con aquella aventura. Fue el día que cumplió 35 años, cuando quiso suicidarse. No se atrevió a renunciar a la vida, pero sí a Crítica. Aunque nadie pudo nunca confirmar si fue él quien le dijo adiós o Botana quien lo despidió.

La fórmula
Marechal y Arlt, en cambio, patean el corazón mismo del mito Botana. Escupen sobre él para exorcizar una condena. Botana creó las crónicas policiales que ellos escribían con una alquimia exquisita, escogiendo no sólo qué contar sino quién debía hacerlo. Él mismo se encargaba de seleccionar entre las decenas de noticias posibles, cuál sería la que haría latir a su diario. No fueron ni las grandes denuncias ni los reportajes a todo color los que convirtieron a Crítica en un fenómeno de éxito e influencia. Fue la capacidad de Botana de entender que ese país estaba irremediablemente partido en dos y que sólo en su diario volverían las dos partes a encontrarse. Sus lectores podía ver, cara a cara, a aquellos que la ciudad escondía en los márgenes.
Desde sus crónicas policiales, Crítica extendió las estrechas fronteras periodísticas de entonces para incluir a los inmigrantes, los obreros, los marginados del modelo, los apaleados por los poderosos de turno, los excluidos de la cultura oficial. Botana los huele en su propio hedor, los reconoce en sus miserias y les otorga lo único que él les puede dar: épica. Para lograrlo, escoge la pluma de los elegidos; talentos todos de exquisita cultura que jamás se hubieran encontrado con esas postales que traza la injusticia si él –el gran sabelotodo de los infiernos terrenales– no los hubiese obligado a mirar de cerca esos crímenes.
El horror que Marechal y el asco que Arlt descargan sobre Botana debe interpretarse como la repulsión que provoca toda una época y salpica a toda una elite. El jefe de redacción de Botana, Francisco Luis Llano, lo explica así: “El periodismo que nació con Crítica no era amarillo, sino escandaloso, como escandaloso fue el Watergate. Era verdadero, aunque oliera a podrido. En un medio tan impaciente por primicias y medroso de herir a cual o tal político, cualquier noticia que se aparte de esos cánones era perturbadora”.

Símbolos de poder
A Botana nunca pareció importarle lo que opinaran de él. Siempre decía al respecto: “La única opinión que me interesa es la de El Negro Cipriano. Y no creo que sea muy buena”.
Cipriano era Cipriano Arrúe, su fiel valet, lacayo y guardaespaldas, al que Botana llamaba con un humillante silbato. Eso era para él el símbolo del poder, al igual que sus tres Rolls Royce –uno negro, uno gris y otro celeste– o su quinta con treinta dormitorios, quince salas de baño y una bodega cuyas paredes pintó el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, durante una larga estadía que culminó cuando la esposa del pintor, Blanca Luz Brun, dio por terminado su matrimonio y aceptó su amorío con Botana. Tiempo después, en la dedicatoria de un libro, Blanca reveló los motivos de esa decisión públicamente, aunque sin dar nombres. Sólo escribió: “Para algunos es un santo, para otros Al Capone, para mí será siempre mi emperador.” Hablaba de Botana, por supuesto, el hombre que nunca se jactaba en público de sus romances, simplemente porque en público nunca habló. Siempre escuchó.
Todas las noches, el emperador Botana sentaba a su mesa –redonda, porque detestaba definir con una silla la cabecera– no menos de veinte personas que al menos una vez por semana compartían su plato favorito: faisán. Los criaba en su quinta, luego de enviar a su secretario privado a la India para comprar los casales. Tras la cena –que salvo la noche de los faisanes, los comensales podían elegir a la carta, como en los mejores restaurantes de la ciudad– ofrecía coñac y puros. Los suyos no los compartía con nadie. Eran un centímetro más grandes que cualquiera y, según él mismo se jactaba, de mejor calidad que los Partagás con los que convidaba a sus invitados. Se los fabricaban especialmente en La Habana, a medida de sus caprichos y con sus iniciales.

Vendo sotana, poco uso
Los que lo conocieron de cerca aseguran que Botana tuvo sólo tres amores intensos: Crítica, sus hijos y la timba. En ese orden. Aunque se pasión más comprobada fue la lectura. Se la inculcó –como una religión, un vicio o una condena– su madre Nicolaza Millares, cubana, nieta de venezolanos y pariente directa de Simón Bolívar, que le enseñó a leer también en inglés, francés y latín y que lo obligó a internarse en un seminario para ordenarse cura, con la convicción de que así tendría más tiempo para su formación intelectual. De allí se escapó Botana, a los 16 años. Vendió su sotana para financiarse el viaje de Montevideo a Gualeguay, a donde llegó en 1904 para pelear a las órdenes de su tío abuelo, el general Basilio Muñoz. De regreso a Montevideo, se inscribió en la carrera de Derecho hasta que la guerra civil que estalló en 1909 lo devolvió a la acción con el grado de teniente. Fue derrotado en Concordia y confinado en Corrientes, donde aseguran que se convirtió en mercenario, peleando para paraguayos o brasileños, según la paga. La aventura militar terminó cuando vendió su sable para financiarse el viaje a Buenos Aires.
El mito narra que luego se empleó como hombreador de bolsas en el puerto, aunque no llegó a levantar más que dos. A la tercera, se cruzó por su vida Adolfo Berro, quien le presentó al hombre que se convertiría en su protector: Marcelino Ugarte, un político conservador que le consiguió el primer empleo en un diario y después le facilitó los contactos para obtener el dinero necesario para fundar Crítica, el diario que popularizó con el socrático lema “Dios me ha puesto sobre vuestra ciudad como a un tábano sobre el noble caballo, para picarlo y mantenerlo despierto.”

El tábano
Fue ese tábano el que le permitió, entre otras cosas, apoyar primero y destruir después al presidente Hipólito Yrigoyen, para quien hacía imprimir todos los días un único ejemplar con noticias falsas que alababan su gestión. El mismo tábano que un general golpista ordenó silenciar, al decretar la clausura primero, y después la prisión del propio Botana, su esposa Salvadora y otros quince periodistas. El tábano que saludaba la lucha de los republicanos españoles, proclamaba a Hitler demente, difundía los artículos del rebelde Sandino o del por entonces no tan célebre Bernard Shaw, mientras seducía al lector con el fatal destino de la huerfanita del conventillo de La Boca. “Nosotros le tenemos que decir al público lo que le gusta”, repetía Botana a sus redactores, como un tábano que les chupaba el talento a cambio de mantenerlos con los ojos bien abiertos. La palabra tábano, finalmente, es un perfecto anagrama de Botana.
Así logró, finalmente, acumular la fortuna y el poder suficiente como para cumplir con los sueños de su madre. Compró más de mil ejemplares de incunables que acumuló en la más grande biblioteca privada de Latinoamérica y se sentó a leerlos, todas las noches, en camisa de seda, con un puro en los labios y un revólver en la cintura.

El hombre que murió dos veces
La primera muerte de Natalio Botana se produjo la tarde del 6 de agosto de 1941, en Jujuy. Murió de un ataque de soberbia. El día anterior se había escapado con un grupo de amigos al casino de Termas de Río Hondo, en la provincia de Santiago del Estero, y había apostado y ganado una fortuna. Al levantarse de la mesa, escuchó al croupier decir: “No hay por qué preocuparse. En un rato vuelve a apostar y pierde todo lo que ganó”.
Cuentan que entonces Botana ordenó partir para desmentir la predicción del croupier. Señaló como destino otro casino, ubicado en las Termas de Reyes, a 30 kilómetros de la capital de Jujuy. Por allí andaba cuando su Rolls Royce negro se estrelló contra los pilares de la ruta. El asfalto le rompió dos costillas y él no quiso que nadie lo tocara hasta que no llegara su médico personal desde Buenos Aires. Botana murió cuatro horas después. Había logrado que todos –amigos y desconocidos– obedecieran su última, estúpida orden.
Hoy, en su envidiado despacho de la Avenida de Mayo, está sentado el comisario mayor que tiene bajo su cargo la Superintendencia de la Policía Federal, el organismo que investiga las denuncias contra esa institución. No es una paradoja, sino un dato más de la sociedad argentina, quizás incluso sobre el actual estado de su periodismo y, sin duda, sobre la segunda y definitiva desaparición de Natalio Botana.

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