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Pura sangre

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Naty Menstrual escribe, diseña, canta, recita, participa de una asamblea barrial, de un programa radial y de un suplemento semanal. Pero fundamentalmente, es la creadora de su propia vida.

La pollera corta, las piernas largas, el maquillaje perfecto, la boca delineada y ese andar que hace bambolear las miradas de acá para allá. No hay hora de la siesta en Plaza Congreso, pero la inocencia de una tardecita soleada alcanza para que su silueta parta en dos el ritmo de la ciudad. Nada, en cambio, parece perturbar la intensidad que transmite, como si eso que llamamos realidad fuese para ella apenas un telón o un ruido de fondo. Es cierto: a los pocos minutos de conversar, ya no hay fondo ni hay ruido. Sólo su voz hipnotizante que recita:
 
Te quiero obsceno
subido
subido a un torino negro
si no hay torino
a un chevy naranja
o a una reluciente
renault fuego.
Te quiero grasa.
Te quiero.
Para llevarte a pasear a casa
al country de Moreno.
Y que mamá llore
escondida en la cocina
negando su pena
entre los platos mugrientos.
Y que papá, eterno ausente,
hable con vos de coches,
Y de Boca y de River,
y de lo puta que soy,
Y de por que le salí tan puto
Si nada hicieron.
Nunca hicieron.
 
El poema lo escribió en una Navidad y es una de sus tantas producciones literarias que publicó en su propio blog, donde solo se identifica con tres datos: Naty Menstrual, San Telmo, Argentina.
Hablando con ella, entiendo que esa economía de palabras responde no a la necesidad de rodearse de misterio, sino a la catarata de sustantivos que deberían definirla: es actriz, cantante, locutora, diseñadora, dibujante, poeta, periodista, integrante de una asamblea barrial, conductora de un micro radial, vendedora en una feria, tanguera, directora de sus propias performances y, fundamentalmente, creadora de su propia vida.
 
Vivir con rimel
Naty no nació Naty, pero tal cual cuenta en su poema, su casa natal está en el bonaerense barrio de Moreno. Se educó obediente en un colegio católico y alemán –primaria y secundaria– con buenas notas. De allí egresó junto a su hermano mellizo. “Él salió cura y yo maricón”, comentará como al pasar, en el momento más inesperado de la conversación.
No es fácil seguirle el ritmo, porque ella se preocupa más por zurcir su historia con humor que por atarla a cuestiones cronológicas. Saltamos, entonces, de Moreno a Rosario y de Rosario a Madrid, siguiendo el recorrido de su corazón y de su vocación. A Rosario llegó adolescente y trasladada por un amor. Allí comenzó a estudiar diseño industrial. Ganó un concurso de nuevos talentos. Sus creaciones fueron admiradas en un desfile. Y sin punto ni aparte, ya estamos hablando de su vida en España: en el Museo del Prado se deslumbró y en la movida madrileña se recontra divirtió. Fin del romance, fin de la etapa sudaca. Retoma su vida porteña. Ya es Naty Menstrual.
No hay en todos sus relatos un mínimo sabor a queja.
Cuando habla, de todo muestra lo mejor, lo que todavía tiene, lo que nadie ni nada le quitó. Y cuando escribe, agarrate, porque tampoco esconde nada: ahí está ella y ahí estás vos, sin telón. Escribe Naty en su cuento titulado “Chupá”:
“Ya era de noche. Y de noche, me convertía en un vampiro chupasangre travestido. Salía de cacería con una sed irrefrenable. Me produje como para matar. Botas bucaneras estampadas de dálmata, minifalda haciendo juego, remera escotadísima negra de encaje apretada al punto de la asfixia, para marcar las ubres siliconadas de vaca prostituta y mucha pintura en la cara, mucho labio rojo, mucho delineador negro al estilo trola dark. Así estaba. Vestida para fagocitar un alma masculina con problemitas de identificación sexual.”
 
Muchas vidas
Naty es un nombre propio que creó en los tiempos en que tenía una cabellera lacia y larga, aunque todavía usaba pantalón. “Parecía Natalia Oreiro”, cuenta divertida y por eso comenzó a darle ese apodo a su vida secreta. Cuando la hizo pública, le agregó un apellido inmejorable. “Soy así, hormonal, como cuando las mujeres están en esos días que les ponen la sensibilidad al máximo”.
En algún momento estudió locución y se nota, porque sabe cómo hablar ante un micrófono sin titubear ni perder ni dicción ni aire. En algún otro momento aprendió a montar un espectáculo y comenzó a producir sus propios recitales de poesías, con música, escenografía y acting. Vaya a saber cuándo, se sumó a la Asamblea de San Telmo, donde participa de la atención del comedor y de la feria artesanal que todos los domingos la encuentra en un puesto del Pasaje Giuffra, de 9 a 18. En el medio, se dedicó a diseñar las remeras que allí vende. Sus coloridas pancartas de tela –en talle small, medium o large– proclaman:
“Muera barbie”
“Ser hetero. Ser puto. Ser torta. Ser trava. Ser humano”
“No tengo tránsito lento. Me cago en todo”.
En este momento, también, escribe una columna en el suplemento Soy del diario Página 12, notas en la revista El Teje y realiza un micro de humor en el programa radial que la Asamblea de San Telmo produce en Radio Argentina, los sábados de 10 a 12. En el medio, regresa a Moreno a visitar a su familia o comparte con sus amigos confesiones y diversiones que, a veces, la devuelven maltratada. Lo dice sin quejarse, sólo para mencionar que cuidarse es algo que está aprendiendo en su terapia.
–¡Qué ganas de comerme un morcipan!–, me dice entonces.
Son las seis de la tarde, pero la idea no parece un disparate, quizá porque cómo lo dice Naty, tan emocionada. Recién cuando un poderoso negro se acerca a nuestra mesa a ofrecer sus baratijas doradas entiendo de qué me habla. Mucho más tarde, también, entendí lo que significaba para ella caminar por esas veredas soleadas. Lo leí después, en su blog, en un pequeño artículo que tituló “Mi degenerado género”. Escribe Naty:
“Estuve varios años para poder andar por los caminos de la vida travestida, bastante diferente a los caminos de la vida que entona Vicentico. Me visto-me monto-me pinto-me-miro-en-el-espejo-me encuentro-me desencuentro-me armo-me desarmo, y esa elección tiene el sabor de las calles de la Capital, en hora pico en día laboral. Hay días donde el tránsito es liviano y fluido y los hay plagados de embotellamientos y lentos, donde uno prefiere no haber salido. Es como la vida: a veces rosa, a veces negra, a veces en escala de grises o tornasolada. Después de todo eso es lo divertido, la emoción, el vértigo del cambio, del día a día.”
El relato está fechado en mayo.
Pero dos años antes.

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