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Cómo se recuperan el trabajo y la producción

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Un caso testigo sobre cómo pueden hacerse las cosas, en tiempos en que se debate el fin del trabajo, demasiada gente opina en medio de internas sin hacer algo concreto, y el empleo que existe es cada vez más precario. Los dueños abandonaron en 2002 esta fábrica de tornillos y sus trabajadorxs se hicieron cargo, como ocurrió con cientos de empresas recuperadas. Crearon la Cooperativa La Matanza. Atravesaron crisis, macrismo y pandemia. Cumplen nada menos que 20 años sin patrón, con una nueva generación al frente. Cómo se mantienen vivas la memoria y el deseo, pero también la producción y la administración. Por Lucas Pedulla.

Parte del grupo en la metalúrgica. Foto: Lina Etchesuri.

Una empresa: SAMASI.

Un año: 2002.

Un confín: Isidro Casanova, galaxia de La Matanza.

En una zona fabril asediada por la crisis delarruesca de fin de siglo, esta metalúrgica productora de tornillos, remaches, bulones, pernos y especiales sufrió el abandono de sus dueños. De sus 50 trabajadores, solo una docena siguió yendo a la fábrica porque tenían la llave, al menos para estar juntos en tiempos del “que se vayan todos”.

Un día, un vecino les contó sobre la cooperativa de ladrillos Palmar, vecina de la zona, y la idea se puso en marcha. 

Veinte años después, el confín es el mismo.

El año representa una celebración de aniversario redonda: 2022.

Pero la empresa hoy es recuperada: Cooperativa de Trabajo La Matanza.

Dos generaciones

La zona de ingreso a una recuperada es un portal que, una vez atravesado, llega a una historia que no se encuentra en Netflix. En el caso de esta fábrica, alrededor de una mesa de madera entre máquinas estampadoras, hay seis personas (tres mujeres, tres varones) que tienen en común un dato curioso: ninguna fue parte de la recuperación.

El más grande es José Santillán, el presidente, 55 años, y 11 en la fábrica: “Los fundadores de la cooperativa ya eran mayores, y se fueron retirando durante la pandemia. Ahí quedamos nosotros. Hoy somos ocho en total”. 

El más joven es Sebastián Parras, 19 años, y eso significa que cuando esta historia empezó, ni siquiera había nacido. Entró hace ocho meses: “Es mi primer laburo. No conozco otra forma de trabajar que no sea acá. Es una forma de trabajo más amena, no te digo liviana, porque tenemos responsabilidades, pero al menos no se siente tanto”. ¿Qué es lo que no se siente tanto? Piensa y responde: “La carga”.

Edith Garay tiene 31 años y entró a trabajar el mismo día que José. Sobrina de uno de lo fundadores, lleva en el cuerpo la memoria familiar: “Entré sin saber y aprendí el rubro directamente acá. Recién había terminado el colegio. Nuestra historia me tocó vivirla desde la familia: me acuerdo los dolores de cabeza que mi tío traía a casa”. Edith apunta una dimensión clave en estas luchas: “Quien recupera el puesto de trabajo no es solo el trabajador, sino también toda su familia, fundamental en acompañar el proceso”.

Así lo cuenta: “Esta era una empresa familiar, y como pasa en muchas, cuando se renovó quedaron los hijos de los dueños, que no quisieron seguir y la dejaron en manos de un administrador que se la llevó toda, pagó dos pesos, y se armó otra fábrica acá cerquita. Se llevó a buenos trabajadores y toda la cartera de clientes. Quedó otro administrador que empezó a hacer fraude con los trabajadores. Estuvieron entre dos y tres años en ese proceso hasta que se cansaron. Un compañero, que era el delegado, dijo: ‘Ya no va más. Despierten’. Entre los poquitos que eran, entraron. Se quedadon dos semanas, día y noche. Los amenazaban diciéndoles que estaban usurpando, hasta que se cansaron y no vinieron más. Buscaron todos los papeles para poner en orden la cooperativa”.

La fábrica fue expropiada y hasta tuvo una prórroga en la legislatura bonaerense, que venció en 2011. Desde entonces nunca se renovó. “Estamos sin expropiación, pero tampoco nadie está reclamando nada. Los dueños eran muy mayores y se fueron, no querían saber nada. Incluso uno de ellos fue socio de la cooperativa: cuando yo entré seguía trabajando acá. Lo que queremos es iniciar la usucapión (una figura que posibilita adquirir una propiedad por el paso del tiempo), porque desde 2003 los servicios llegan a nombre de la cooperativa”.

Es que la propiedad es otro limbo que deben sortear estas empresas. Por eso, el 5 de mayo el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER) presentó nuevamente en el Congreso, de la mano del diputado nacional Leonardo Grosso (FdT), el proyecto de Ley de Recuperación de Unidades Productivas, para que puedan existir resortes menos traumáticos que faciliten los procesos de legalización. En su artículo 6, por ejemplo, prevé que el Poder Ejecutivo ceda en comodato los inmuebles expropiados a las cooperativas para el cumplimiento de sus objetos sociales, con la condición de que las empresas cedan parte de las instalaciones que no destinan a la producción “para el desarrollo de actividades sociales, educativas, culturales, tareas de cuidados y/o de formación profesional”.

En ese sentido, Cooperativa La Matanza está tramitando la creación de un Centro de Formación Profesional (CFP) dentro de sus instalaciones. Sebastián se entusiasma: “Me gusta muchísimo porque una escuela de oficios es para enfocar más el tema de los jóvenes. No hay base técnica, es muy difícil aprender, pero así se haría muchísimo más fácil, y podría ser más sencillo incorporar gente nueva”.

Entusiasmo, memoria, aprendizaje comunitario.

El portal sigue sumando.

Cuidar lo propio

Que la historia la cuenten trabajadoras y trabajadores que no formaron parte de la recuperación habla de un movimiento que estas experiencias reflejan de forma única: la fábrica atravesó crisis, generaciones, macrismo, pandemia, y sigue en pie. No fue sencillo, explica Edith: “Estuvimos dos meses cerrados. Emitíamos cheques para hacernos de fondos y llevarnos algo de plata. Veníamos rogando que no te parara nadie, porque había controles por todos lados, para poder hacer alguna entrega, generar unos pesos, y poder repartirlos entre los compañeros. Fue complicado: creo que las recuperadas se mantuvieron porque apretaron los bolsillos para poder seguir abiertas”.

El testimonio refleja una ecuación lógica: sin producción no hay ingresos, pero no podía haber producción sin que sus trabajadorxs circularan. Para colmo el esquema de asistencia del gobierno, que pagó hasta dos salarios mínimos de empleados de empresas privadas (Techint y Clarín, por ejemplo), no incluyó a las cooperativas. ¿Cuál fue entonces la estrategia? “La cooperativa Aceitera La Matanza, de actividad esencial por producción de alimentos, nos hizo pasar como proveedores suyos. Así pudimos ir a la fábrica”. 

La pandemia también aceleró el retiro de quienes no querían exponerse por razones de salud. Quedaron solamente tres trabajadorxs, por lo que decidieron incorporar nuevxs. Doble mérito autogestivo en contexto pandémico: mientras miles de empresas y comercios cerraban, aquí no solamente continuaron, sino que además generaron nuevas fuentes de trabajo. 

¿Cómo se transmite lo que significa trabajar en una cooperativa? Edith, como integrante del MNER y de la Dirección Nacional de Empresas Recuperadas en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, organiza visitas a otras empresas, y promueve sorteos para ver quién la acompaña: “Es para que no se queden escuchando una sola voz, sino que escuchan la historia por sus propios protagonistas, porque acá no tenemos ningún fundador que lo pueda contar en carne viva”.

Sebastián fue uno de los ganadores, y comparte una impresión: “Lo que más me flashea es cómo se conocen entre todos. Es muy lindo que cada uno tenga su propia historia”. Belén Peralta, 27 años, administrativa, cuenta lo que más la sensibiliza: “La lucha, el tiempo, los meses sin dormir, el apoyo a otros compañeros. No conocía las recuperadas, fue a través de Edith: ahora lo explicaría por lo que estoy escuchando y viviendo. Tuve muchos trabajos, pero hoy no tengo el peso de tener un patrón”.

Walter Klatt, 49 años, coincide: “Se trabaja más tranquilo, más libre. Calculo que es el sueño de una persona que quiere trabajar y tener algo propio. En otras empresas está el estampador, el que limpia los tornillos, el de mantenimiento, y si vos eras algo de eso no podías tocar otra cosa. Acá me siento tranquilo. Soy parte: venía de una mentalidad de cuidar las cosas de los demás, ahora es venir acá para cuidar lo propio”.

Edith es la que más impulsa esa memoria y esa proyección a largo plazo: “Los compañeros que estaban tenían más de 70 años, y no tenían proyección de cuidar la fábrica para que vengan sus hijos, sus nietos. Era el día a dia. Nosotros empezamos a ver y a instalar que esto es a futuro”.

La primera trabajadora

Rosa Garay, 24 años, hermana de Edith, también empezó hace ocho meses: “Estoy en administración y me gustaría atender las máquinas. Pero hay un tema ahí”, dice y se ríe. “Tenemos un compañero que dice que las mujeres no van”. El presidente Santillán responde: “Una mujer tiene que tener cuidado en no golpearse la mano. Yo no sé, en una fábrica como esta nunca vi mujeres trabajando”. Las compañeras le responden: “Usted tiene los diez dedos”. Estas discusiones atraviesan a todo el movimiento, en su mayoría masculino, y por eso las trabajadoras del MNER armaron la rama de Géneros. Lo crucial es la práctica: promueven transformaciones en sus propias fábricas.

En Cooperativa La Matanza hoy son cuatro las trabajadoras, pero hasta hace un año y siete meses Edith era la única. Cuando su tío propuso sumarla en 2011, algunos compañeros se negaron: no estaban de acuerdo en incorporar familiares porque pensaban que no iban a tener el mismo entusiasmo por no haber sido parte de la recuperación. Cuando finalmente ingresó, no lo hizo como socia: “Estuve trabajando más de cuatro años cobrando menos que todo el resto simplemente porque era mujer. Recién cuando hicimos cambio de comisión y necesitaban poner a alguien que no sea los que estaban, no les quedó otra que asociarme. Fue la primera vez que ocupé un cargo: fui tesorera”.

Ese momento coincidió con conocer al MNER, y empezó otra pelea interna: “Entraste al movimiento y cambiaste, me decían. ‘Sos una histérica’, ‘una loca’. Claro, a partir de ahí empecé a hablar y fue todo para peor”. Un día le dejaron una rata muerta en la oficina. Otro día le tiraron basura. También le dejaron pegados carteles denigrantes en la fábrica: esa vez se enfureció y dijo que cuando saliera del baño no quería ver ese escrito. El insulto, luego, desapareció. “Hasta hace un par de años estuve con ataques de pánico sin poder salir de todos los problemas que había acá adentro. Me hubiese podido ir porque tenía propuestas económicamente mejores, pero siempre decidí quedarme”.

¿Por qué? “Porque tengo un sentido de pertenencia acá. Lo siento. Y porque la cooperativa, para mí, está por encima de los propios trabajadores. Siento ese amor, que es también el amor que siento por el MNER”. 

En el movimimiento, por primera vez, se encontró con compañeros que le preguntaban qué opinaba, qué le parecía, qué sentía: “Nunca había sentido que lo que sentía era interesante. Siempre era más interesante lo que tenía para decir otro que yo. Una vez aporté una opinión en una asamblea, me dijeron que estaba errada. Un compañero dijo lo mismo y todo el mundo: ‘Qué genio’. Otro compañero dijo que era una caprichosa y que iba a ir a hablar con mi papá porque conmigo no se podía hablar. Sola en el mundo. Me ponía mal, pero me daba fuerza diciendo que no me van a ganar, no me van a doblegar. Y acá estoy”.

Acá está.

Edith es hoy una de las principales dirigentes de un movimiento que no para.

Ocupar, resistir, soñar

Desde esa mirada, Edith plantea algo interesante: “Necesitamos tener perspectiva de empresarios sin olvidarnos que somos trabajadores”. ¿Por ejemplo? “En las empresas ves que dividen la administración por pagos, por cobros, por proveedores: tenés tres teléfonos distintos para cada cosa. En las cooperativas, a veces, es una sola persona, y eso es porque hasta el día de hoy no se le da la importancia que se le tiene que dar a la administración. Debería ser un 50% la administración y un 50% la producción”.

Esa proyección, en sintonía con una perspectiva de movimiento, también propone otras discusiones para el sector. Una de ellas es la salud: el plan es poder desarrollar una mutual, que también contemple espacios de recreación para lxs trabajadorxs. Un debate urgente es la jubilación. Julio Santillán, a sus 55, lo siente: “Una persona que estuvo 50 años aportando no puede jubilarse con la mínima. Es injusto”. En el caso de las cooperativas, como las trabajadoras y los trabajadores son monotributistas, el aporte para la jubilación siempre es a la mínima. Edith: “Nosotras somos un sujeto distinto y queremos tener un reconocimiento distinto. Tenemos un proceso productivo a escala, estamos dentro de la industria, porque somos empresas gigantes que cerramos. Después de recuperar nuestro propio trabajo y aportar nuestro propio capital para pagar el monotributo, jubilarte con la mínima es totalmente injusto”.

Otra de las ideas del MNER es la moneda MIA, desarrollada en esta misma edición: “Lograr una moneda propia es lograr independencia, sin estar dependiendo de lo que te impongan de afuera. Es discutir qué consumimos para vivir”.

Recuperaciones, leyes, escuelas de formación, mutuales, monedas: ¿qué es lo que hace que el movimiento no pare? “No pensamos solamente en nuestro bienestar, sino en cómo ayudar a los más desposeídos de nuestra patria. Siempre que recuperamos una empresa les decimos a los trabajadores que no queremos plata ni nada, solo que sean solidarios con quien después lo necesite”. 

Todo el recorrido, en clave de un cumpleaños redondo de 20 años de autogestión, hace que los deseos sean tangibles: “Por ahí estamos queriendo volar muy alto, pero de los sueños y de las esperanzas podemos vivir mucho”.

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