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Incluime esta

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Tulliworld, por Nancy Arruzza.

Quienes hablan de discapacidad mencionan la palabra “inclusión” en algún momento. Por lo general se trata de “normales” hablando bien de sí  mismes: se cuelgan  una  chapita  que  dice “Yo al discapacitado lo trato como  si fuera  prácticamente  un ser humano”. Y se afanan por pensar actividades y teorías que lo incluyan asumiendo que los tullidos desean fervorosamente ser considerados como elles, es decir “normales”, y que cada tullido es idéntico al  otro y entonces  será  posible  incluirlos  a  todos. Así como la etiqueta “Discapacitade” no se detiene en las particularidades de cada quien, la etiqueta. “Debe ser incluide” tampoco. Por supuesto, muches tullides también claman por la inclusión y me desalientan igualmente.

Si se insiste en catalogar ciertas actividades como “inclusivas” propongo que también se distingan las otras como “Exclusivamente para normales”. 

Claro que eso causaría cierto revuelo porque habría debates acerca de quién debe ser considerado “normal” y de qué forma esa normalidad debe identificarse. Debería ser una tarea fácil: ¿acaso para considerar discapacitado a alguien no nos basta con verlo o identificar qué no puede? 

Estela Lapponi, performer y videoartista brasilera, ha expresado en la primera parte de su “Manifiesto anti-inclusión” las siguientes afirmaciones: “La inclusión propone jerarquía de capacidades. La inclusión es incapaz de ver y observar. La inclusión es incapaz de oír y escuchar. La inclusión es simplemente incapaz. La inclusión presupone pasividad. La inclusión no interactúa. La inclusión causa pena. La inclusión es unilateral. La inclusión excluye. La inclusión aísla.”

En vez de observar qué puede mi cuerpo si quisiera hacer danza, por ejemplo, se me instará a que mueva los brazos y mi compañere bípede hará todo lo demás. En vez de adaptar los movimientos del cuerpo normal al cuerpo tullido, se intentará lo contrario. Las posibilidades del cuerpo tullido no son inspiradoras para los cuerpos normales.

Las actividades “inclusivas” suelen proponer las mismas estructuras que las “normales” solo que admiten cuerpos anómalos que puedan amoldarse.

En lugar de hablar de inclusión debería asumirse que se intenta asimilar y normalizar para que, finalmente, los cuerpos tullidos no desentonen tanto.

Adaptar, en vez de incluir, sería menos violento y enojoso para quien, como yo, ha tenido la posibilidad de pensar. 

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Sierra maestra

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MU en Traslasierra. La primera papa agroecológica con venta en el Mercado Central. Huertas comunitarias que le pelean a la malnutrición, el desempleo y la contaminación. La producción de uvas de mesa que eliminó el glifosato y duplica su rentabilidad. Experiencias y transiciones en Traslasierra: la comunidad boliviana, el salto en el consumo de productos campesinos, el ingeniero que se “deformó” y la mujer que entendió todo a partir de un linfoma. Vida y obra de quienes están construyendo nuevas lógicas y enseñanzas para producir, comer y vivir.  Por Sergio Ciancaglini.

Madre e hijo en la huerta comunitaria de San Pedro. La posibilidad de cultivar y de compartir producción sana. Fotos: Nacho Yuchark
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Mujeres sin veneno: encuentro de pueblos fumigados en San Miguel del Monte

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Tres mujeres de distintos pueblos azotados por las fumigaciones fueron las protagonistas de un encuentro que permitió tender puentes en común entre las distintas experiencias de organización y lucha vecinal contra los agrotóxicos, el agronegocio y la complicidad estatal. Un combo que, en contraposición, suele estar liderado por hombres. La Matanza, Pergamino y Lobos, parte del modelo tóxico bonaerense resistido por ellas que estudiaron derecho, reúnen evidencia y discuten los falsos eslóganes para defender lo elemental: la vida. Por Florencia Paz Landeira.

Erika Gebel (Virrey del Pino, La Matanza), Florencia Polimeni (Lobos) y Sabrina Ortiz (Pergamino), tres de las mujeres que encarnan la denuncia contra el modelo tóxico en la provincia de Buenos Aires. Fotos: Sebastian Smok
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Dulce de lucha: Cooperativa de Trabajo Mielcitas

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Fabrica alfajores, galletitas y dos populares golosinas: los Naranjú y las Mielcitas. Había sido vaciada durante el macrismo, a lo que se agregó la pandemia. El proceso de lucha incluyó peleas no solo con el patrón sino con ministerios y sindicatos. Inspirada en otras recuperadas, levanta la producción con autogestión. De 88 integrantes, 66 son mujeres. Lo que sienten, lo que ganaron y lo que falta: una ley que fortalezca a estos procesos genuinos de generación de empleo. Por Lucas Pedulla.

Fotos: Sebastián Smok
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LA ÚLTIMA MU. Crecer, crear, cooperar

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