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Lo que no se puede contar

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Crónicas del más acá. Por Carlos Melone.

@bellinailustra

El censo finalmente estaba en marcha. 

Pocos días antes había completado digitalmente lo mío con velocidad y sin errores, cosa que me sorprendió, dadas las precariedades nacionales y personales.

Venía escuchando coros de quejas y pataleos porque el mundo digital no respondía a las ansiedades apocalípticas de los psiquismos posmodernos. 

Se sumaban al coro griego de pesares los pintorescos paladines defensores de la privacidad que suponen que un censo pondría en evidencia su desnudez. 

Y suponen (además) que el Sr. Zuckberg o cualquier otro nombre del listado de cruzados por la libertad (de empresa) resguardaran su vida, sus datos, su intimidad.

Una belleza analítica.

En Argentina y el mundo siempre hay un conspirador a la carta, sin menú fijo. Y allí estaban como dato agregado las denostaciones al censo K y toda la retahíla de epítetos (nótese: retahíla de epítetos. Gracias) con argumentos de una creatividad que Dalí queda como un triste archivero de expedientes olvidados.

El censista llegó temprano a casa. Le di el código digital y lo invité a pasar y tomar algo caliente.

Aceptó.

En la cocina de mi casa empezamos a conversar digamos Diego y Yo. 

20 años, estudiante avanzado del profesorado en Educación Física. Conversamos sobre su formación y mi profesión. 

Nos reímos juntos de algunas características de los profes del área.

 Me contó que le gusta trabajar con los más chiquitos, que vive con su mamá y su hermanita de 12 años en la cercana Monte Grande.

No habló de algún papá y no pregunté. 

Tal vez olvido, tal vez ausencia.

Tal vez.

Me contó de lo necesarios que eran para su magro presupuesto los pesos como censista. En una deriva de la charla me dijo que pensaba irse del país. 

No lo dijo con furia ni enarboló la santa indignación. 

Me lo contó con una tristeza devastadora. 

Piensa recibirse e irse pero no sabe cómo decírselo a su mamá. 

Su novia ya está en la bella Andalucía y lo espera.

El té con un joven censista, futuro docente, el mate de un veterano profesor y una mamá que no sabe lo que debe saber sobre un pibe de 20 años lleno de determinación y tristeza porque ha tomado una decisión.

Conversamos casi media hora sobre su mamá y su decisión. 

Nos despedimos con unas gracias mutuas. 

El censo no puede contar todo.

Yo tampoco. 

No diré más.

Contar no es un relato.

Hablé de él hace mucho tiempo, cuando estas crónicas asomaban en el horizonte. 

Es artista y una de sus performances es El Oráculo.

Es amigo además. 

Quizás hoy eso no sea importante

Se viste completamente de negro con un largo manto que lo tapa completamente y una capucha que cubre su cabeza y no deja ver sus ojos. 

La imagen es intimidante.

En los eventos culturales que participa (siempre de noche) se sienta en un lugar apartado del movimiento y el trajín, con muy poca luz, lleva consigo un bastón y pone una silla ante él donde se sienta quien desea hacerle preguntas.

El espacio siempre es reservado.

Nunca contesta directamente, nunca recuerda lo que contesta y apela a construcciones gramaticales que oscilan entre el surrealismo, el psicoanálisis y el delirio.

Siempre frases cortas.

Siempre.

Su voz es oscura como el traje y con la pausa tensa de la brisa que antecede a la tormenta.

En cada evento que lo acompañé la gente hace colas, agradece consejos que no existen, se pone nerviosa antes de entrar como quién está en la antesala de lo que desea y no desea a la vez.

El deseo y los temores.

Hay algo del juego propuesto que las personas no juegan.

Hay algo allí de nuestras angustias más profundas y la incertidumbre que recorre el trayecto hasta el inevitable final.

Hay algo allí de nuestro desvalimiento que impide jugar el juego, que se impone y nos hace temer y preguntar como si el Oráculo realmente pudiese decir qué hacer con nuestras vidas.

El amor que no llega, el dolor que no se va, el futuro que se esconde, la opacidad de la vida, descifrar a las Moras y sus caprichos son las letanías que una y otra y otra vez recorren el pequeño espacio. 

El artista juega un juego en soledad porque no hay jugadores del otro lado: hay vidas resquebrajadas por la angustia de vivir.

El Oráculo no cobra ni pide ofrendas. No hay tributos.

Solo la inquietud sostenida. 

Solo el habla a través de otras voces en una elipsis donde el que no juega siempre escucha lo que quiere escuchar, entiende lo que necesita entender.

Las frases breves, abstractas, crípticas cuentan, narran el lugar de los deseos y lo imposible de saber el final.

El Oráculo suele terminar agotado.

Nunca habla de energías y ondas de aquí y de allá y vibras de arriba y de abajo cuando se despoja de su papel.

Siempre piensa en las desolaciones que se refugian en una figura intimidante, oscura.

Inevitablemente, cuando compartimos una copa de vino después de su trabajo, contamos acerca de la soledad.

Sin números.

No diré más.

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Sierra maestra

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MU en Traslasierra. La primera papa agroecológica con venta en el Mercado Central. Huertas comunitarias que le pelean a la malnutrición, el desempleo y la contaminación. La producción de uvas de mesa que eliminó el glifosato y duplica su rentabilidad. Experiencias y transiciones en Traslasierra: la comunidad boliviana, el salto en el consumo de productos campesinos, el ingeniero que se “deformó” y la mujer que entendió todo a partir de un linfoma. Vida y obra de quienes están construyendo nuevas lógicas y enseñanzas para producir, comer y vivir.  Por Sergio Ciancaglini.

Madre e hijo en la huerta comunitaria de San Pedro. La posibilidad de cultivar y de compartir producción sana. Fotos: Nacho Yuchark
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Mujeres sin veneno: encuentro de pueblos fumigados en San Miguel del Monte

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Tres mujeres de distintos pueblos azotados por las fumigaciones fueron las protagonistas de un encuentro que permitió tender puentes en común entre las distintas experiencias de organización y lucha vecinal contra los agrotóxicos, el agronegocio y la complicidad estatal. Un combo que, en contraposición, suele estar liderado por hombres. La Matanza, Pergamino y Lobos, parte del modelo tóxico bonaerense resistido por ellas que estudiaron derecho, reúnen evidencia y discuten los falsos eslóganes para defender lo elemental: la vida. Por Florencia Paz Landeira.

Erika Gebel (Virrey del Pino, La Matanza), Florencia Polimeni (Lobos) y Sabrina Ortiz (Pergamino), tres de las mujeres que encarnan la denuncia contra el modelo tóxico en la provincia de Buenos Aires. Fotos: Sebastian Smok
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Dulce de lucha: Cooperativa de Trabajo Mielcitas

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Fabrica alfajores, galletitas y dos populares golosinas: los Naranjú y las Mielcitas. Había sido vaciada durante el macrismo, a lo que se agregó la pandemia. El proceso de lucha incluyó peleas no solo con el patrón sino con ministerios y sindicatos. Inspirada en otras recuperadas, levanta la producción con autogestión. De 88 integrantes, 66 son mujeres. Lo que sienten, lo que ganaron y lo que falta: una ley que fortalezca a estos procesos genuinos de generación de empleo. Por Lucas Pedulla.

Fotos: Sebastián Smok
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LA ÚLTIMA MU. Crecer, crear, cooperar

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