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La edad de piedra

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Crónicas del más acá. Por Carlos Melone.

@bellinailustra

La cita era en Belgrano R.

Ni idea dónde queda Belgrano R. más allá de mapas y Wikipedia. Yo solo me quedaba con el querido Manuel Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús y algunas avenidas. 

Además la R es controversial.

Apenas una noción de su linaje aristocrático.

Una referencia opaca de protagonismo en los tiempos convulsionados del período de la Organización Nacional.

Después sumaría el saber su protagonismo en la noche del asesinato de los padres palotinos y algún enfrentamiento edilicio con el intendente de la dictadura.

El GPS me fue llevando en un domingo soleado y fresco por un camino que asumí interminable. Una vez que salí de General Paz hubo un largo lapso en el que no tenía idea de dónde estaba.

Una cosa es orientarse con GPS y otra muy diferente saber dónde estás.

Me pasa en la vida.

En ese mareo oceánico, ingresé a la avenida Melián. 

Adoquinado impecable en la (muy) ancha calzada, árboles altos abovedaban una cobertura verde glamorosa en el acechante otoño y unas mansiones como he visto pocas veces.

Bellas e impresionantes.

Quedé perplejo. Estacioné y caminé unas cuadras ida y vuelta, maravillado.

Tanto que no llegó a arruinarme todo mi muletilla ideológica de “a cuántos habrás jodido para tener esto”.

Me estoy enterneciendo. Es la edad.

Africanos y sudacas somos así, un poco naif. Hay rumores acerca de que caminaba con la boca abierta, cual cocodrilo al sol. 

No lo ratifico ni lo desmiento.

Después del paseo retomé el rumbo a mi destino original, a pocas cuadras de allí, en una heladería pegada a la estación ferroviaria.

Mucha gente en los bares, restaurantes y bolichitos que había allí. Mucha.

No es gente como uno.

No te distraigas.

Mi cita me avisó que atrasaba su llegada y me fui a caminar por la plaza que está pegada a las vías.

Nada en particular salvo alguna de las casonas de porte aristocrático que están allí. 

Niños corriendo y gritando, otros pequeños y pequeñas sentaditos en banquetas, con atriles donde pintaban con toda atención bajo la mirada de su profesora.

Y entonces lo vi.

Sentado solo en un clásico banco de plaza al que le daba el sol, que alumbraba mucho y calentaba nada.

Unos 20 años escasos, delgado, pelo enrulado multicolor, anteojos oscuros, camisa abierta completamente (despechugado diría mi mamá), jeans cuidadosamente gastados y rotos, sandalias, reclinado con un robusto libro de tapas duras, abierto por la mitad al que leía con evidente concentración.

El sol le daba de lleno en una escena de película romántica clase C. El implicado estaba haciendo eso que una lectura atractiva te impone: irte del mundo.

Irte de este mundo.

Un lector de traza posmoderna, muy cool, en una plaza junto a la estación, en Belgrano R, un lugar borgeano en la geografía africana, un pedazo de paradoja sudamericana.

El aspecto del libro me pareció familiar. Me alejé pero la curiosidad me atenazó. Tenía una sensación de familiaridad insólita con ese libro que vi al pasar, unos instantes.

Volví.

Lo saludé, sacándolo de un empujón de ese mundo mágico donde estaba y le pregunté que leía.

La sonrisa le dio tres vueltas a su cara: Los pasos perdidos de Richard Rudgley.

La vida es una ironía incomprensible.

Siempre.

Una pequeña bestia de 500 páginas que habita en mi biblioteca, exactamente igual en formato y edición al que leía el joven despechugado. Un recorrido maravilloso por la vida en la Edad de Piedra, desmontando mitos y pateando cabezas. Una joyita rara a la que accedí de casualidad y que en alguna crónica mencioné al pasar.

Ese libro me había acompañado en los días de los mayores golpes de la pandemia haciendo cola al aire libre en un Banco Nación impiadoso y cruel como cualquier Banco que se sienta orgulloso de sí mismo.

Vi la disposición de mi joven interlocutor y, mintiendo como corresponde a cualquiera que aspire a la decencia, le dije que tenía solo una vaga idea del autor y su libro y le pedí que me contara de qué se trataba.

Se lanzó con un entusiasmo que yo he perdido en algún rincón del camino a contarme y explicarme lo que venía leyendo. Y lo hizo muy bien: daba cuenta de una lectura aplicada y disfrutada y una capacidad de relato llamativa, inusual.

Faltaban el fuego y la noche para dar el marco a su entusiasmo.

Un juglar de casi 20 años en Belgrano R contando de los avatares de la humanidad en la Edad de Piedra, producto de leer (en parte) un libro de casi 500 páginas, un pesado ladrillo de color marrón y tapas duras.

Bien vista, la vida es sorprendente.

Bien vista.

Lo escuché un rato con legítimo placer y antes de irme le pregunté qué estudiaba.

“Nada” me dijo.

“Todo me aburre” me dijo el joven juglar de escasos 20 años en una plaza de Belgrano R que leía y contaba apasionadamente un libro sobre la vida en la Edad de Piedra.

La vida esconde.

No te confundas.

Me fui masticando un discurso motivador que un inhóspito sentido del pudor me inhibió de ofrecer.

Una astucia de la razón.

Mi cita llegó con retraso, sin agitación, serena como si hubiese llegado a horario. Después me llevaría a recorrer nuevamente las aristocráticas y deslumbrantes casonas de la zona.

No tenía la menor idea de dónde quedaba Lomas de Zamora.

Ni de su existencia.

Nadie es perfecto.

Mi cita no era de Belgrano R.

Ella era Belgrano R.

Pero eso es otra historia.

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