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Todo tranquilo

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Crónicas del más acá, por Carlos Melone.

@bellinailustra

Coronel Suárez es una ciudad con encantos modestos. 

Me desmontó algunos prejuicios cuando fui a pasear por allí. Prejuicios enancados en un supuesto de lujo y despilfarro.

No los vi.

Una plaza central típica con un monumento recordatorio de Isidro Suárez, un corajudo militar del ejército sanmartiniano, que después (como tantos) se entreveró en la guerra civil argentina. Un bisnieto ilustre, Jorge Luis Borges, lo ha recordado en algún escrito

Una ciudad venerablemente vieja, cuidada, amplia, sin ostentaciones evidentes.

Casas bajas, avenidas cuidadosamente empedradas, muy anchas, limpieza inmaculada.

Un parque automotor circulante que no deslumbra a nadie: algunos cachivaches conviven con imponentes camionetas y autos clase media clásicos.

Alguna vez estuvo fuertemente vinculada al mundo del polo y algunos apellidos nobiliarios que participaban en dicho deporte. Ni idea si eso continúa en la actualidad.

Una gran cordialidad de los lugareños con los que conversé. Y fueron unos cuántos. Salvo algún que otro desquiciado, en este país la gente es amable y mucho más en lo que llamamos “el interior”. Los suarenses se llevan las palmas.

La primera noche, helada hasta el dolor, fui a un bar cercano al hotel donde me hospedaba a comer algo. Me atiende Luis, joven y dispuesto.

A todo.

Me trae lo pedido y lo consulto sobre posibles lugares a visitar en la zona, de esos que no aparecen en las guías o en las referencias.

Coronel Suárez no es una zona de turismo.

Luis se toma en serio mi solicitud.

Se sienta en mi mesa. 

El bar aún está vacío.

Lo miro un poco perplejo. No me molesta que se siente a mi mesa, pero es inusual. Y el tipo lo hace con una naturalidad que he perdido hace mucho tiempo.

Me recomienda visitar unas colonias alemanas cercanas, todas con algún santo/a como denominación y en una de ellas vive su novia que, según la versión de Luis, “es alemana” porque a veces se le traban las palabras, aunque nació en Suárez.

Una definición de la alemanidad por lo menos curiosa.

Me la describe como rubia de ojos verdes y me dice, literal, “es como un sol”. El tipo está metido hasta los ejes con la supuesta gringa.

Cuenta, con acentuación épica, que en la etapa de confinamiento trabajaba con su patrón cortando árboles y haciendo jardines. 

La palabra “patrón” la repite una y otra vez. Hay algo en esa palabra que me incomoda desde siempre.

Me ofrece la referencia de una curva en la ruta de acceso que se llama “la primavera” (una curva con una promesa, infiero) para meterme en la zona de estancias y caminos de tierra que son mi debilidad.

Los caminos de tierra, no las estancias…

Me describe el club que se llama “Blanco y Negro” al que había visto al pasar (un nombre curioso). Lo define como aquel al que va la gente “bien” (un adjetivo con sonoridades de la década del 60 del siglo pasado). 

Insiste con que en Suárez es “todo muy tranquilo” y que no hay mucho que ver, pero “todo” es muy lindo.

El todo es igual a la suma de la nada pienso mientras tomo mi cerveza.

Lo escucho atentamente sin entender muy bien el porqué de su entusiasmo, que es mucho más que la amabilidad que describí antes.

¿La novedad?

¿La soledad?

¿Nadie lo escucha?

Finalmente entran clientes y entonces lo pierdo de vista. 

Un aluvión tan intenso como efímero.

Al día siguiente siguiendo la recomendación de Luis, fui a recorrer las mencionadas colonias, todas en sucesión muy cerca de la ciudad sin que lograra encontrar algo digno de contarse, salvo una cartelería muy insistente ponderando los valores de la familia y de Dios. 

Con Dios no nos han presentado y con la familia tengo mis reservas, pero nada grave, a fuerza de ser sinceros. Pero la gente que enarbola con entusiasmo estas ideas me inquieta, me pone alerta.

Muy alerta.

Siempre cuido amorosamente mis añejas paranoias.

Regreso tarde al hotel y el vacilante wifi de mi habitación me empuja al comedor, vacío y con una señal robusta. La recepcionista, Lucía, habilita una luz (el comedor está a oscuras) y una mesa enorme para que pueda trabajar allí.

El comedor es una bestia desolada: el hotel no ofrece otro servicio que el desayuno. El enorme espacio es testigo de que en algún momento la oferta fue otra.

Lucía, desde lejos, pasado un rato, tímidamente, me pregunta acerca de lo que escribo. Le digo que hago cuentos y otras yerbas.

Se enciende. Me empieza contar que estudia el profesorado de Literatura en el Instituto de la ciudad.

La conversación crece rápido. Docencia y literatura son amores compartidos.

A diferencia de Luis, Lucía se queda en la penumbra de la barra del comedor. Conserva una distancia que por alguna razón (pensé en ese momento) necesita.

Me cuenta que, con sus dos hijos, uno adolescente y la más pequeña casi, leen juntos, a veces en voz alta, a veces en silencio. 

No hay padre o compañero en su relato.

Una ausencia recurrente en mis diálogos con madres.

No diré más.

Navegamos los mares de las prácticas docentes y alojamos a los infinitos fantasmas de la literatura.

Ella proclama su romance con Cortázar y  la confronto con el vigor de Rivera.

Nos reímos un poco: por momentos parece una discusión futbolera.

En una deriva de la conversación me cuenta del trajín de estudiar, de las noches sin dormir, de la ayuda de su mamá, del acompañamiento de sus hijos.

De pronto, el ave despliega sus alas.

Lucía se larga a llorar.

Mientras lo hace me habla del cansancio, del esfuerzo, de la soledad, no deja de pedirme disculpas, de decirse a sí misma que es una tonta y seguir llorando.

Llora en la penumbra y no sé muy bien qué hacer, qué decir.

El llanto de las personas me desmantela absolutamente.

Llora Lucía en Coronel Suárez, la ciudad de Luis, vieja y prolija, en un hotel que está en silencio, en la penumbra, cerca de un extraño que le dice que escribe y la mira sin saber qué decir o hacer.

Espero.

La espera es un arte laberíntico.

Espero en silencio.

El silencio es un arma de filos peligrosos.

No importa cómo siguió la situación.

Todos necesitamos contar.

Todos necesitamos ser escuchados.

En viejas ciudades de alcurnia también.

¿No?

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Santiago Mitre: los ojos en el juicio

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El jueves se estrenará en los cines su nueva película (Argentina, 1985) que reconstruye el juicio a las Juntas Militares, con los fiscales Strassera y Moreno Ocampo interpretados por Ricardo Darín y Peter Lanzani. El film ganó el premio del Público en el festival de San Sebastián, y había ganado también en Venecia el otorgado por la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica como la mejor película de la competencia oficial. En esta entrevista a MU, Santiago Mitre habla del deseo como motor para filmar en medio de la pandemia. El desafío y el poder de la imaginación: mirar hacia atrás para narrar el presente. Claves, otras películas que supieron anticipar la época y un enigma: ¿qué hay que hacer cuando parece que no se puede hacer nada? Por Claudia Acuña.

Santiago Mitre. Foto: Marieta Vázquez
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Agrotóxicos en Baradero: todo huele mal

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Aire tóxico, olores pestilentes, enfermedades emergentes, aguas contaminadas. La comunidad expuesta a más de 60 plaguicidas con valores comprobados hasta cinco mil veces por encima de los estándares. Los análisis que revelan agrotóxicos en los cuerpos, incluso de niñas de 6 años. El municipio y un clásico: la defensa del modelo fumigador cuestionando las evidencias. Y la movilización social frente a la censura local y el silencio nacional. Con aval científico, la comunidad intenta garantizar lo que parece una nueva utopía: la salud. Por Francisco Pandolfi.

La escuela primaria rural 8, rodeada de campos transgénicos, en la que dos niñas de seis años presentaron glifosato en el cuerpo. Fotos: Sebastián Smok
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Punto inicial: el juicio a las Juntas Militares

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Testigo privilegiado de muchas de las audiencias, el periodista de MU repasa escenas, revelaciones y contexto del juicio por un crimen masivo cometido desde el Estado. Los testigos, las sorpresas, la ubicación de la locura y de la cordura. La proyección de esa historia pensando en las violaciones de los derechos humanos del presente. Por Sergio Ciancaglini.

Fotos gentileza de Telam y Fondo Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Archivo Memoria Abierta.
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La última Mu: Yo princesa

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