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Vin Up: alcohol & vegetales

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Tres que buscan incomodar con el sello de la marca de una bebida prohibida. Un hit que denuncia a los músicos que abusaron de mujeres. Las críticas a las estéticas y gustos hegemónicos, y las autocríticas de una escena en movimiento. Un cóctel que suena pesado. 

Texto: Julián Melone

Vin Up: alcohol & vegetales
Foto: Sol Tunni

Romina llega primero, con tiempo de sobra; Roma un poco más tarde, ya que estaba lidiando con una emergencia familiar; y por último llega Romy, pidiendo perdón por la tardanza y arrepintiéndose de la combinación de colectivos elegida para viajar. “El punk proveerá”, dice Romy sirviéndose cerveza y pasando la botella a sus compañeras: las tres erres que conforman Vin Up están juntas otra vez.

El nombre del grupo, Vin Up, sale de una bebida en tetra brick que circulaba por las góndolas durante los inicios de la banda. De acuerdo al colorido envase, sus ingredientes eran “extractos vegetales y alcohol”. Ni más ni menos. 

De vez en cuando Las Vin Up se cruzan con la bebida homónima -que perteneció a la ex Productora Alimentaria S.A., ahora Cooperativa Naranpol- en supermercados de dudosa reputación, a pesar de que fue declarada “no apta para consumo humano” por la Agencia Santafesina de Seguridad Alimentaria luego de una ráfaga de consumidores intoxicados, justo cuando los dueños se borraron de la faz de la tierra y los trabajadores intentaban tomar control de la empresa. “No la tomen nunca”, recomienda Romy mientras rellena su vaso.

Romy: “Vin Up nos apretó para que no usáramos sus diseños en nuestros afiches. Y mirá lo que son las cosas: ahí nos contacta un chabón que había hecho… ¿te acordás del Vin Up Fresita Negro? Me mandó por correo todas las gráficas que la empresa no le había pagado y me dijo que las usemos. Eran unos logos re piolas, todos vectorizados, re flamas”. 


Incomodar la escena

En 2007 editaron su primer demo, Gordas Putas, una simple y aniquiladora crítica a la estética heteronormativa establecida y sus ramificaciones sociales. Desde entonces, se abrieron camino en la escena independiente del punk y el rock a fuerza de shows crudos de espíritu ramonero, estribillos capaces de educar más que cualquier ciclo lectivo, cargar equipos en innumerables bondis, ensayar y tocar todos los días “aunque fuere en la concha del mono” (sic), en recitales colectivos capaces de extenderse hasta después del desayuno del día siguiente. 

Romy: “Hubo una en González Catán, donde tipo 6 de la mañana cayó el baterista de una de las bandas con medialunas que robó de un salón de fiestas donde había un cumpleaños de 15. ¿Quién iba a comer medialunas? ¡Estábamos todos en Narnia! De golpe flasheamos que había pogo, pero en realidad habían venido los parientes de la cumpleañera a cagarse a palos con los pocos que quedábamos ahí. Me río, pero llega a pasar ahora y salgo con la táser directamente… No me hinchen las pelotas, ya me cansé”.

Después de algunas rotaciones de integrantes, el trío hoy está integrado por Roma, Romina y Romy; esta última es cantante y quien suele tomar gustosamente la iniciativa para responder apenas se terminan de enunciar las preguntas. Romy: “En todo este tiempo pasé de disgustarle a la gente a que directamente me tengan miedo. Apenas nos ven subir al escenario, dicen ‘¿qué va a pasar ahora?, ¿qué van a decir, con qué se van a meter, con quién se van a agarrar?’ Me gusta esa incomodidad”.

Cantar en voz alta 

El año 2019 les brindó un estallido de popularidad inédito gracias a su canción Violines y su estribillo ‘Todas las bandas que me gustaban/resultaron ser altos violines’, en referencia a que (finalmente) comenzaban a hacerse públicas las denuncias de muchísimas chicas abusadas sexualmente por rockeros que hacían uso de su posición de poder.

También es cierto que ese hit estuvo a punto de no publicarse: faltando un par de días para terminar la producción del disco Terroristas Emocionales, se dieron cuenta de que la canción no podía quedar afuera del álbum, así que ensamblaron sus ideas en tiempo récord para poder grabarla. Más cerveza, por favor.

Romy: “El tema salió porque es algo que nosotras necesitábamos decir: no componemos para cumplir con la exigencia de lo que el público necesita o no. Sí nos asombró la respuesta de la gente, que nos dice cuánto necesitaban cantar en voz alta algo así, que alguien exprese tan literalmente lo que les estaba pasando. La cantan con dolor, bronca y tristeza”.

No toda la respuesta fue positiva. Esta oleada de nuevos oyentes también trajo acusaciones anónimas de oportunismo. “¡Tomatelá!”, se queja Romy, “¿Oportunismo? ¡Nosotras venimos militando feminismo cuando ni sabíamos lo que era el feminismo!”. Roma: “Te señalan ya por el hecho de ser mujer”. Romina: “Tenés una banda que son todas mujeres, con una canción como Violines en cierto estilo de música, y empiezan las críticas de gente que no te acompaña en nada, ni siquiera escuchándote. Tratan de imponerte una obligación en la que ellos ni siquiera se involucran”.

Romy: “Nos juzgan: directamente dicen que no podemos, no tenemos y no deberíamos hacer ciertas cosas, a pesar de saber que, si lo hacemos, se nos abren más espacios. Y ahí me parece que está el daño: personas que tomaron lo que pasaba solamente para censurar nuestro arte. Al final somos nosotras las que salimos a decir algo en contra de eso y las que estamos bajo la lupa sin poder dar un paso para acá o para allá”.

Calzarse la guitarra

demás de ser Las Vin Up, las tres tienen otros trabajos y proyectos de vida por fuera de la banda, lo que transforma en una odisea cualquier combinación horaria. Se definen como autogestivas-autodigestivas y cada paso hacia adelante es firme, pero cuesta arriba, en especial cuando comienza la lluvia de cuestionamientos que, quieran o no, influyen directa o indirectamente en el futuro del proyecto.

Romy: “Se nos exige ser impolutas, representar al 100% lo que piensan ellos, o ellas, o elles, o lo que vos quieras, y no se nos deja seguir actuando en la libertad que nosotras queríamos. O sea, hay un montón de bandas con las que decidimos no tocar por motu propio; y cuando vienen a exigirnos que eso no suceda, ahí es donde nos rompe las pelotas. Y yo no me voy a bajar de un escenario porque toca Juancito, sino que voy a tratar de estar en escenario para poder representar a todas esas personas que por ahí no tienen voz. ¡Si no, le dejamos el escenario a Juancito! ¿Entendés? Me parece que no se hizo una autocrítica en cuanto a cómo se comporta el público en este tipo de cosas”.

También – les- pasan cosas lindas: el otro día, Roma estaba viendo unas zapatillas desde una vidriera y sintió un tímido rumor desde atrás. “¡Es la baterista de Las Vin Up!”. Y no pudo evitar sonreír.
Ora escena: Romina, en aquel momento estudiante de radiología, entraba de contrabando a un hospital para poder presenciar cuestiones del oficio. En recepción detectaron su carácter de infiltrada y a segundos de rechazarle el ingreso, la dejaron pasar. El sorpresivo momento se explicó con un mensaje en voz baja: “Aguanten Las Vin Up”.

Romy ya perdió la cuenta de cuantas veces esperó algún colectivo nocturno en esquinas siniestras. Pero sabe que siempre aparece alguien que la reconoce: “Romy, ¿qué hacés acá? Vení que te llevamos, ¡Aguanten Las Vin Up!”.

El punk no es una elección, es lo que son y lo que aman hacer. Sus deseos son simples: que la guita no las condicione para dejar de hacer lo que les gusta. Y por qué no, una heladerita y una parrilla. No están satisfechas. Entonces… ¿Cómo están? Romy responde con sonrisa pícara: “¿A vos te parece que no estoy contenta?”, termina su vaso y se cuelga la guitarra: hay que ponerse a laburar.

El punk proveerá.

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