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Instituto Comunicaciones: el golazo cooperativo

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Hace más de 20 años que sus trabajadores salvaron a la institución de la quiebra. Desde entonces remontaron las vacantes, abrieron más cursos y hoy tienen lista de espera. Son más de 100 que deciden en asamblea. Reconocen la antigüedad, el aguinaldo y hasta crearon un sistema de jubilaciones. Ahora, en alerta permanente ante otra crisis, repasan su historia: una lección de cómo  hacer escuela para potenciar a los pibes con autogestión y pases cortos. Por Anabella Arrascaeta.

Instituto Comunicaciones: el golazo cooperativo

Minutos antes de las 4 de la tarde, en la planta baja donde está el jardín, se preparan para volver a casa; en el entrepiso, en un aula vidriada, se ve a un grupo de chiques más grandes en un círculo apretado mirando con atención algo que está en el centro de la mesa; dos pisos más arriba un taller de teatro para alumnes del secundario; afuera, en el gimnasio que está a pocos metros, hay un campeonato de básquet donde otro grupo del secundario acaba de perder un partido y se prepara para el siguiente; en el camino hay varios grados de primaria en el recreo al aire libre y un par de niños grita desde el piso ¡cuidado! cuando casi pisamos una piedrita que quedó en el borde de uno de los cuadrados que tienen números en el centro dibujados con tiza, como si fuera una rayuela desordenada. Justo a unas cuadras está el último lugar en el que vivió Julio Cortázar en Buenos Aires, aquí, en el barrio de Agronomía donde funciona esta escuela cooperativa con más de veinte años de vida.

Tomar la escuela

Este capítulo de la historia del Instituto Comunicaciones se inicia cuando un grupo de docentes decidió recuperar la escuela y conformar una cooperativa. 

Antes la escuela pertenecía al Club Comunicaciones emplazado en el barrio porteño de Agronomía, donde aún resiste el tercer pulmón verde más grande de la ciudad. Ahí funcionaba una institución donde había alrededor de 300 familias, y 45 docentes. 

Romina Orlando era una de ellas; había entrado a trabajar en el año 2000, hacía seis meses antes se había recibido de profesora de Historia y necesitaba experiencia: por eso aceptó el trabajo aunque en la entrevista de ingreso le advirtieron que a veces pagaban con retraso. La situación se agudizó al año siguiente, mientras la crisis estallaba en todo el país: el club ya estaba en quiebra y había sido intervenido. En ese marco la comisión directiva consideró que la escuela era deficitaria y decidió cerrarla. “Nos lo comunicaron en 2002, después de las vacaciones de invierno. A los y las docentes, el club nos despidió en distintos momentos, y de hecho a algunos nos quedaron meses de trabajo sin cobrar por la quiebra”. 

La pregunta fue: ¿qué hacemos? “Primero tuvimos que empezar a construir muchos más lazos entre los trabajadores y trabajadoras”, cuenta. Después, empezaron a pensar qué posibilidades tenían. “La realidad del país te daba bastante temor porque era todo muy incierto, y una mamá nos acercó un contacto y una idea: ‘y si se fijan qué onda formar una cooperativa y pensar en otra manera de organizar, las familias se quedarían, los chicos seguirían teniendo escuela y ustedes trabajo’”.

El contacto era del incipiente Movimiento de Empresas Recuperadas que hoy cumple 25 años nucleando ya a más de 400 unidades autogestivas. “Nos empezamos a reunir y a escuchar algunas experiencias que no tenían nada que ver con escuelas, claro, pero que mostraban cómo salir a flote en un contexto muy complejo. Y así, de la noche a la mañana, decidimos hacerlo”. El acta de formación de la cooperativa, firmada por veinte socies, está fechada el 30 de septiembre de 2002. 

Faltaban seis meses para que arranque el próximo ciclo lectivo.  

Instituto Comunicaciones: el golazo cooperativo
Profes y directivas de la cooperativa, en la cancha de básquet del Club, donde las y los alumnos practican distintos deportes.

Mochilas patronales

“No sabíamos qué significaba comenzar una escuela recuperada, y administrarla menos, porque ya no era solamente dar clases como docente, sino también administrar un lugar”, dice Erika Tisminetzky, que era docente de grado desde el 99 y que ahora es presidenta de la cooperativa. La cooperativa le alquiló el edificio al club, tal como lo siguió haciendo durante todos estos años, y ese verano limpiaron, arreglaron, pintaron. El edificio estaba en ruinas, sin mantenimiento desde hacía muchos años atrás. Tanto que las clases arrancaban a principios de marzo pero no llegaban a ponerlo en condiciones, y pidieron permiso a las autoridades educativas de la ciudad de Buenos Aires para empezar dos semanas más tarde. Finalmente el 17 de marzo de 2003 hicieron el acto de inicio del ciclo lectivo, que fue también su acto inaugural. 

Había en total 90 alumnos y alumnas entre todos los niveles. Erika tenía en su grado solamente cuatro. “En jardín casi no teníamos alumnos, en primaria teníamos algunos grados: por ejemplo, había primero pero no había tercero. Así fue durante cuatro, cinco años muy difíciles, casi sin cobrar”.

Explica Romina Orlando, que hoy es tesorera de la cooperativa: “La escuela siguió teniendo una cuota, no teníamos ninguna subvención, ningún subsidio, entonces todo lo que entraba lo teníamos que poner en la escuela. Algo que la profesión docente muchas veces tiene es que vos vas a trabajar a una escuela y no te ponés a pensar en quién paga la luz o si hay que comprar lavandina para los baños. Pero acá, los primeros años entraba la plata de las cuotas y salía para comprar lo que se necesitaba; el resto era para los viáticos”.

Agrega Erika: “Además había mucha gente que estaba becada. La situación general del país era también difícil, con un edificio en ruinas que nos llevó cinco años habilitarlo: había pasado Cromañón, entonces cada inspector que venía nos decía una cosa diferente. Fue mucho tiempo hasta que pudimos poner el colegio en condiciones y ahora todos los años lo tenemos que ir adecuando porque, por suerte, va creciendo”.

Hoy la escuela tiene 650 alumnes entre todos los niveles, la mayor parte en el secundario. La estrategia para poblarla fue el boca a boca. Romina cuenta que arrancar las clases y sostenerlas hizo que familias que se habían ido, volvieran. “Además siempre fue una escuela que tuvo, sobre todo para los y las adolescentes, una mirada desde lo inclusivo. Los primeros seis, siete años de la escuela, la secundaria incluso tenía una imagen bastante fea dentro del barrio, porque era a la que venían los que repiten, a los que tildaban de que se portaban mal. En ese momento tampoco se hablaba de lo inclusivo ni de los pibes o las pibas que por ahí se portaban mal porque había otro tema: era siempre una expulsión de otras escuelas y acá siempre existió, primero por necesidad, pero con una convicción, el decidir alojar. Y eso claro que presupone mucho conflicto, mucho trabajo de poner el cuerpo”.

Conquistas autogestivas

El Instituto Comunicaciones continuó, como era en la gestión anterior a la cooperativa, siendo un bachillerato con orientación en Educación Física. Por eso alquilan al club, además del edificio donde funciona la escuela, varios espacios para la práctica de los talleres que tienen: handball, fútbol, básquet, gimnasia artística, voley, natación. “En lo deportivo hay algo de lo cooperativo, de lo colaborativo, no tenemos un perfil competitivo, sino de recreación, obvio que después quieren ganar, pero el taller lo pueden hacer todes, no solamente el que es crack en el deporte. La idea es todo lo contrario: laburar el trabajo en equipo, la colaboración y el compartir”, describe Romina Orlando. 

En el secundario hay además otra propuesta de talleres que tienen que ver con expresión y comunicación. Romina: “Acá vienen pibes y pibas a quienes les encanta lo deportivo y otros vienen por la otra propuesta que tiene más que ver con la comunicación y la expresión, pero también vienen por cómo se los acompaña en la manera de aprender. Una manera que no es homogénea, que es diversa, en donde cada uno de los pibes y las pibas tiene sus tiempos, sus ganas, sus formas; hoy en la secundaria tenemos cursos de 35 pibes todos distintos. Es un laburo y eso terminó siendo valorado un montón en la comunidad, cambió la visión del barrio: de hecho ahora tenemos lista de espera y si pudiésemos abriríamos más cursos si tuviéramos más espacio”.

Hoy la cooperativa tiene 103 socios y socias, entre docentes, directivos, encargados de mantenimiento. Durante los veinte años recibieron solamente dos veces subsidios para mejoras edilicias, que permitieron comprar una caldera y renovar las instalaciones eléctricas. El ingreso de la escuela está dado únicamente por la cuota que pagan las familias, que en épocas de crisis como esta hace equilibrio para que sea suficiente para sostener el proyecto. Dice Romina, tesorera: “Es una escuela que sigue siendo accesible para lo que es la zona. Desde hace un año y pico hasta ahora el contexto es muy difícil, hicimos más ajustes para que el retiro de los asociados pueda asegurarse”. Hace años en asamblea se votó  que los sueldos docentes se rijan por la grilla salarial docente de CABA, el resto -por ejemplo, la limpieza- se basa en los distintos convenios que hay. 

Con el paso de los años, y al conseguir cierta estabilidad, la cooperativa decidió implementar lo que Erika nombra orgullosa: 

“Lo que llamamos aguinaldo fue acá un beneficio conquistado: hace tres o cuatro años que pudimos empezar a pagarlo, nosotros le llamamos Plus”. 

“Otra de las cosas buenas que también pudimos hacer es el tema de la jubilación: empezamos a pagar un seguro de retiro con el banco Credicoop para los socios y socias que van a terminar acá y que tienen determinada cantidad de años en la escuela. Hicimos muchas reuniones con escuelas cooperativas porque es una problemática social el tema de las jubilaciones de los cooperativistas. Es un drama porque hay mucha diferencia en la jubilación docente cuando vos trabajás en otro lado, que si trabajás en una cooperativa”.

“Otro beneficio que implementamos es la antigüedad en la cooperativa, porque por ejemplo nosotras que hemos sido docentes de otro lado no se nos computa la antigüedad, entonces ahora pudimos avanzar con el pago de la antigüedad en la cooperativa”.

Suma Romina: “La historia de la cooperativa fue teniendo momentos. Si mirás los libros de actas de los primeros años había asamblea casi que día por medio, para cada cosa había una asamblea. En estos años hemos ampliado el Consejo de Administración, nos capacitamos para la toma de decisiones”. Erika: “Ahora estamos haciendo muchas reuniones, en estos tiempos que están bastante convulsionados, como para compartir lo que a uno le pasa aunque no haya ninguna decisión que tomar”. 

Con veinte años cooperativos cumplidos, ¿qué falta? Romina: “Nos faltaría que la escuela tenga una inyección de modernización tecnológica. Erika explica que económicamente estaban “estabilizados”, pero que la situación actual se está sintiendo. 

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La escuela en su entorno y la fachada desde la calle Tinogasta, en Agronomía.

Asamblea permanente

Los actuales tiempos convulsionados se cuelan también en el aula. “Este año hay mucha conmoción”, dice Romina que además de tesorera y profesora de historia es tutora de los cursos de primer año de la secundaria. Ejemplifica: “La situación de cómo está lo económico, las cuestiones de la inseguridad, lo que pasó en el Obelisco (la muerte de Facundo Molares), son cuestiones que uno viene acá y dice: qué le digo a los pibes que ven todo esto. La realidad es que no tengo una respuesta, pero sí podemos poner en palabras, charlar, ver qué piensan los pibes”. 

Hasta la pandemia había un centro de estudiantes, que se desarmó entre el aislamiento y el egreso de los más grandes que sostenían gran parte del espacio. Este año la escuela propuso elegir delegados o delegadas de curso, como apuesta a que se arme nuevamente la trama de participación. Además, les tutores de cada curso llevan adelante la práctica de la asamblea. Cuenta Romina: “Son ejercicios que hay que guiar porque a veces no están dados. Estamos en una sociedad que está muy violenta, hay que laburar la escucha, la participación, querer decir, proponer, y también hay que bancarse que una idea pueda ser rechazada y que gane otra idea, que es lo democrático de la asamblea. Es dinámico, y cada día es diferente el desarrollo y el resultado”.

Por eso, dice Erika, “para mí siempre hay que seguir pensando en hacer escuela. Estamos pensando un proyecto de un centro cultural abierto a la comunidad, hacer actividades, un terciario. Se necesita laburo y tiempo, pero siempre la idea es hacer más escuela”.

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