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Ojos de papel

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Gonzalo Beladrich. Es psicólogo, profesor universitario, crítico de cine, periodista-mozo en mu y padre primerizo de Bolivia, una novela que narra el viaje hacia la construcción de la identidad. El peso de las elecciones sexuales y su antídoto: la ambigüedad.

Gonzalo habla y escribe con los ojos. Sus narraciones son miradas, guiños, percepciones, que reflejan un punto de vista único: el que le dicta su sensibilidad. Ahora mismo, cuando me pregunta qué me pareció Bolivia, su primera novela, sus ojos claros me escanean para detectar el veredicto. Mirando el piso le digo: “Creo que acabo de leer la primera novela emo de Argentina”. Sin pestañar, me responde: “Entonces soy Emo Morales”.
Dos días después, en ese monoambiente en el que convive con libros y posters de películas, trataré de explicarle el sentido de aquella frase: con la palabra “emo” intento describir esa forma de crecer agobiados por una mochila generacional, cuyo insoportable peso los adultos tratamos de ignorar o ningunear. “Soy hijo de cierta melancolía, no en el sentido clínico, sino generacional. Entrás a mi casa y el primer póster que se ve es el de Nadar solo, una película de tono azul, donde el personaje principal tiene esa forma de conexión con la realidad, de caminar mirando para abajo. Ese estado de ánimo es el que termina haciendo que uno tome las decisiones. No es el peso de la historia familiar, ni del círculo social, de amigos o de soledades, sino ese peso interior, existencial, que responde a cierto estado generacional, hijo de los 90”, dirá Gonzalo, quizás esforzándose por ver a través de mis ojos.

Ser o no ser
Bolivia, la novela, tiene justamente el dibujo de una mochila en su portada. Tiene, además, una estructura de capítulos breves, como si fueran eslabones que van armando o rompiendo una cadena, según cómo se lea. “La idea es que esa estructura casi clipera reflejara la concepción de la realidad que tiene el personaje. Por eso no vas a encontrar una descripción de La Paz, sino los elementos que reflejan el vínculo que tiene el protagonista con esa ciudad”, dirá Gonzalo.
La historia es narrada por un personaje joven, sin nombre, que intenta ver lo que siente. Es un personaje masculino, ni macho ni maricón. Y si de Ulises para acá todo relato de viaje es la historia del trayecto que construye la propia identidad, la del protagonista de Bolivia tiene que ver, fundamentalmente, con el peso de las definiciones de la sexualidad. “El miedo, en todo caso, es que esa definición, ese soy, se transforme en una cárcel, algo que encierra. Y la salida de emergencia es la ambigüedad”, dirá Gonzalo. Quizá, por seguirme la corriente o el razonamiento, me hace ver los símbolos actuales de esta tendencia: Cumbio –la más famosa de los floggers criollos–, Miranda, Babasónicos. “Ellos lograron escaparle al sos o no sos convirtiendo su estilo en una caricatura”. Ejemplos paródicos de una rebelión cultural que deja anacrónicas las etiquetas más básicas y desbarata la clasificación más primitiva: ni hombres ni mujeres. Ser humanos.
“Pienso en esa ambigüedad como en una decisión política. En lugar de definirte por rasgos identitarios que te ubiquen en determinado lugar, para así tranquilizar al otro, aparece esa cosa escurridiza que se escapa del discurso público como un jabón”.

El factor común
En la novela y en la charla Gonzalo menciona otro ejemplo: el del escritor chileno Alberto Fuget. “Me parece paradigmático en varios sentidos. Su ambigüedad no es sólo sexual. Empezó escribiendo críticas de cine, luego novelas que fueron éxito de ventas y recién a los 40 años hizo una película. Es un caso que revela cómo uno puede ir definiendo dónde conecta sus sensibilidades. Tuve una charla con él en Santiago de Chile sobre lo que sentía una figura como él –que no ha hecho un discurso público de su sexualidad– al vivir en una ciudad autoritaria, una experiencia que la conecta con cualquier otra capital latinoamericana, porque la mirada hacia esos cuerpos en rebeldía es la misma.”
Otro rasgo generacional: Gonzalo eligió Bolivia como destino del personaje de su novela. Hacia allí va, entonces, atravesando fronteras y rutas, con la excusa de unas vacaciones que terminan con puntos suspensivos. “Desde que comencé a escribirla supe que el final tenía que ser abierto. De hecho, elegí que la vía de escape de la cotidianidad fuera Bolivia por su ambigüedad: hay cosas que están muy regladas, ancestralmente, pero también muchas otras que son totalmente anárquicas, al menos para nuestros ojos urbanos. En Bolivia se pone de manifiesto la sensación de extrañeza que uno tiene siempre con respecto a la realidad. No hay metáforas. Decimos, por ejemplo: las mujeres están silenciadas. Muy bien: en Bolivia no ves otra cosa que mujeres en la calle y ninguna habla. Cargan unas bolsas más grandes que ellas, dobladas al punto de que la cara casi toca el piso, y no emiten sonido. Esa regla de silencio está clarísima. Y por otro lado, cuando querés ir a un lugar turístico, te tomás un micro destartalado que anda por caminos que dan miedo, te dejan al borde de un precipicio y arreglate como puedas, porque ahí no hay señales, indicaciones, mapas. Estás en el medio de la nada y sin reglas. Ese contraste es el único posible para poder sacarte los lastres de encima, como lo que lleva el personaje de la novela”.
Gonzalo convocará entonces a otro escritor que pesa en su generación: Ray Loriga. “Él podía contar la historia de un personaje que se encierra en una habitación y hace un viaje lisérgico. Para mí, el equivalente actual de ese vértigo es la realidad. Animate a salir de tu habitación, subite a un micro trucho del Once y andá a Bolivia. Ése sí que es un viaje que te coloca. Hoy el efecto de las drogas sintéticas lo podés reemplazar por Potosí”.

Generación multimedia
Por supuesto, si estamos hablando de una novela generacional, la autogestión es parte de la aventura. Gonzalo invirtió dos años en escribirla –estamos hablando de una generación que no es muy amiga del error, así que “cada palabra está revisada ochocientas veces”– y seis meses en producirla. El proceso incluye la venta anticipada de ejemplares –imprimió un talonario con cupones para entregar a cada comprador que luego podría canjear por un ejemplar de Bolivia– y con el dinero reunido pagó la impresión, que encomendó a la imprenta del grupo comunitario La Gomera.
Por supuesto también, no será el único soporte que tendrá la novela. Hay una página de Internet donde se la podrá bajar, libremente, para imprimir o escuchar, ya que la web incluye tanto el formato papel (en pdf) como el de audiolibro (en mp3). “Traté de pensar en todas las posibilidades y éstas fueron las tres que se me ocurrieron”, dirá Gonzalo.
Dirá, también, que mientras escribía Bolivia tuvo una revelación que parecerá obvia, pero para él fue sorprendente: una noche, sentado frente a la computadora sintió –y cuando pronuncia esta palabra se toca la boca del estómago– que la literatura era el lugar donde podía hacer cualquier cosa. Entiendo, entonces, que mi definición de emo se completa con esta idea: el agobio por hacer lo que realmente se siente. No hará falta que cambie su amable tono para responderme, porque su mirada es el puñal que clava en mi propia soberbia. Sólo dirá, continuando con la frase que el peso de mi comentario no alcanza a quebrar: “¿Así que puedo hacer cualquier cosa que quiera? Perfecto: quiero matar a mis padres. Lo escribí y listo: en el capítulo tres ya estaban muertos.”

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