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Que se vayan todos

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El nuevo barrio queda en los suburbios de la ciudad donde se libra una batalla crucial del nuevo proceso político boliviano. Reivindican la autonomía como herramienta para enfrentar la pobreza y el racismo. Ya eligieron un alcalde propio y simbólico. Ya crearon una universidad. Y ya eligieron un nombre: Ciudad Igualitaria. Ésta es la utopía que están haciendo realidad.

“Somos pobres, indios, negros, ignorantes, nos dicen que no servimos para nada, pues bien” dice con una sonrisota un hombre llamado Bernardo, “entonces empezaremos a arreglar todo entre nosotros, por nuestra cuenta, para no molestar a nadie y no depender de nadie” informa en medio de uno de los mercados de Plan 3000, donde hay pollos vivos y otros ya descabezados, jeans, carne seca, locutorios, mantas y vestidos de fiesta que uno va mirando asombrado en esa especie de laberinto de pasillos que han techado con chapas, como túneles infinitos que van llevándote entre pilas, collares, bolígrafos, panes, dvd, serpientes, frutas, mujeres amamantando, especias, juguetes, remeras, cholas, champúes, harinas, cumbia, gomeras, ex mineros, linternas, anuncios de movilizaciones, niños corriendo en el laberinto que termina o empieza o mejor ambas cosas, como todo en el Plan 3000, en una rotonda donde cruzar la calle significa ser como un torero en medio de una manada de vehículos para intentar la hazaña de alcanzar esa isla en medio del caos de bocinazos, bullicio, comercio y movimiento, y en esa rotonda hay una especie de pequeño obelisco que en realidad es un mojón de piedra donde han labrado la palabra de nueve letras más asombrosa que se haya visto en un barrio periférico, pobre, tozudo, ruidoso y vivo: autonomía.
El lugar es un inmenso barrio de 250.000 personas incrustado en Santa Cruz de la Sierra, ciudad boliviana de 1.500.000 habitantes, rica, conservadora, carapálida y calurosa que cultiva sus tradiciones de racismo y superioridad sobre mujeres y hombres como los que viven en Plan 3000. Fuera kollas, raza maldita, es algo que puede verse pintado en ciertas paredes, pero también gritado en YouTube.

El choque
En medio de la trifulca del poder económico de Santa Cruz con el gobierno nacional presidido por Evo Morales, los cruceños enviaron a su grupo de choque Unión de Jóvenes Cruceñistas, activistas xenófobos y/o patotas de jóvenes adinerados, a dirigir el saqueo de oficinas del gobierno central y, en la misma tónica, a atacar al Plan 3000, donde una desharrapada marea formada sobre todo por mujeres de la feria junto a jóvenes, niños y niñas del barrio, armaron piquetes quemando gomas para resistir la invasión de fascistas que intentaban incendiar los puestitos de la feria, y se defendieron usando armas pesadas: gomeras, piedras y bombas de carnaval. “Las llenábamos de agua y ají picante y se las tirábamos a la cara” ríe Jimena, 16 años. Fueron tres jornadas del 11 al 13 de septiembre, y Plan 3000 se quedó con el récord de haber sido el único lugar que resistió el embate, mientras se instaló para siempre en los pasillos de la feria y en los corazones de sus habitantes la noción práctica de que no tiene sentido seguir quemando energía en batallar con racistas, o esperar algo de una oligarquía embrutecida e históricamente golpista (que financia entre otras cosas a los grupos racistas de choque), o imaginar soluciones de políticos de Santa Cruz a los que consideran, tal como en otras latitudes, inútiles, corruptos e indiferentes frente a sus problemas.
En Plan 3000 fueron al grano. Don Gregorio Jardín, de la cooperativa de agua Cooplan, lo dice con una frase de alcances por ahora indescifrables: “No esperamos más. Queremos la autodeterminación social”.
No es mera expresión de deseos. El proyecto está en el Parlamento y en enero debe tratarse. “Sabemos que ganamos en Diputados, perdemos en el Senado, y se aprueba en la asamblea de las dos cámaras donde hay mayoría a favor” calcula David Salazar, que se presenta como “alcalde simbólico” elegido por las organizaciones sociales hasta que en 2009 la autonomía esté materializada. Será la 5ª Sección Municipal. Su nombre: Ciudad Igualitaria Andrés Ibáñez.

Historia veloz
Bolivia tiene una violenta historia de rebeldías y movilizaciones; sólo en los últimos años ocurrieron la Guerra del Agua, la Guerra del Gas, las puebladas y cortes de ruta que la caracterizaron durante décadas (y Argentina heredó en forma de piquetes), gobiernos tumbados, pueblos indígenas alzados, florecimiento de organizaciones sociales, gremiales, y de productores. Toda esa correntada tuvo entre sus protagonistas a Evo Morales, activista social y político del Movimiento al Socialismo (mas), que recibió su correspondiente dosis de persecuciones, golpizas y hospedaje en prisiones, todo como uno de los referentes opositores y representante de los cocaleros, trampolín para que estuviese a un 1 por ciento de llegar a la presidencia en 2002, y luego de una serie de rebeliones y alzamientos que acabaron con el gobierno de Gonzalo Sánchez de Losada y el de su sucesor Carlos Mesa, llegara al triunfo electoral que lo depositó en la presidencia en enero de 2006.
Pero antes, en 2004, las organizaciones sociales de Plan 3000 ya habían tomado la decisión de obtener su autonomía. La palabra les llegaba con dos biografías contrapuestas:

  1. a) La de los pueblos indígenas: el concepto de autonomía está en el adn de sus reclamos, la idea de recuperar la autodeterminación frente a formas de poder basadas en la humillación o, en el mejor de los casos, en una servidumbre condescendiente.
  2. b) La de los poderosos departamentos de la Media Luna boliviana: que concentran a los sectores agrícolas, sojeros, industriales y petroleros. Plantean la autonomía con respecto a los gobiernos centrales, buscando en realidad independizar un modo casi feudal de ejercicio del poder, y de independizar también sus recursos económicos para no tener que repartirlos federalmente con las zonas más pobres del país.

Territorio de charla
En Plan 3000 estos antecedentes se hicieron cotidianos en las conversaciones de las Juntas Vecinales, de las cooperativas y de los gremialistas (organizaciones de los mercados populares callejeros). Hablaron los aymaras inmigrantes de las zonas altas con los guaraníes y ayoreos de las bajas, los ex obreros mineros convertidos en transportistas con los ex guerreros del agua, las mujeres en la feria. Plan 3000 es territorio de pura conversación, además de que, como pasa en casi toda Bolivia, cada persona pertenece a alguna forma de organización social que a su vez suele estar movilizada. “Es que si las organizaciones sociales no pelean y se mueven” murmura Gregorio sirviendo un vaso de agua, “aquí nadie haría nada”. Roberto, uno de los Jóvenes Igualitarios (otra organización surgida en el barrio, la que más directamente asumió los choques con la derecha) reconoce: “Si alguien hubiera hecho calles, alumbrado, obras, nadie estaría hablando de autonomía”. La señora Rosario, una de las 3.000 originales del Plan plantea preguntas sorprendentes: “¿Qué les hicimos? ¿Por qué nos odian? ¿Por qué son racistas? ¿Por qué nos discriminan y nos humillan?”. Le contesto que no sé qué contestar, y dice: “Porque son mentalidades atrasadas. No sirven. Ahora se sacaron la máscara. Todos sabemos lo que son. Nunca volveremos atrás”.

Argentinos, conformismo y polenta
Plan 3000 cumplió 25 años. Nació en 1983, cuando se evacuó allí a las víctimas del desborde del río Piraí, que dejó literalmente sin nada a 3.000 personas. Primero fueron unos toldos. Para lavarse o beber tenían que comprar agua en baldes. Luego fueron unas chozas construidas por ellos mismos. Luego la inmigración de pobres de todo el país. Y la aplicación de la premonición pronunciada en 1781 por Tupac Katari (jefe de una rebelión indígena que cercó dos veces a La Paz): “Solo me matarán a mí, pero mañana volveré y seré millones”. Atado por los españoles a caballos azuzados en diferentes direcciones, fue descuartizado. Más que paralizarse ante semejante drama, bolivianos y bolivianas parecen gozosamente decididos a ser millones. Plan 3000 (que pronto será el Plan 300.000) ya es el barrio más grande de Santa Cruz. Alex Guzmán señala la multitud que pulula por las calles de tierra: “Fíjese, la mayoría son jóvenes. Ésa es una de nuestras fortalezas”.
Alex es de los viejos, tiene 35 años, y se ha sumado a una de las iniciativas educativas gestadas en el Plan 3000: la Universidad Popular Igualitaria. Es presidente de la carrera de Derecho que se dicta allí.
–¿Docente?
–No, estudiante –contesta, cual curso intensivo de dos palabras para empezar a entender las ideas igualitarias.
Cuenta: “Prácticamente no llega dinero ni inversiones que corresponderían al barrio. Por eso no hay alcantarillado ni cloacas”. El Estado tampoco ha ubicado allí un hospital público, pero sí el vertedero de basura de toda Santa Cruz, en Normandía. Alex: “Entonces ante el abandono por parte del centralismo departamental y la falta de obras, la gente del barrio ha ido peregrinando por las oficinas públicas sin que nadie brinde respuestas. ¿Por qué hay que mendigar lo que nos corresponde?”. Alex hace un link mental que lo lleva a Argentina: “Mire usted, aquí hay una cosmovisión de la vida, la naturaleza y la convivencia. Y ahorita estamos fundando instrumentos políticos que nacen en esa posición de hacernos cargo de lo que es nuestro. No es lo que pasa en algunos lugares de Buenos Aires, donde muchas veces se conforman con vivir a base de polenta y unos pesos. Los compran para que sean obedientes. Nosotros no. Queremos lo que nos corresponde”. ¿Qué es lo que les corresponde? “Tener la oportunidad de una mejor vida, y que nosotros mismos hagamos lo que haya que hacer. Ya no hay que ir a los capitalismos ni a los marxismos, sino tener una mirada nuestra”. ¿Y cómo se logra, en un universo tan formateador de las miradas? “En este barrio especialmente hay un fenómeno que se llama conciencia. Aquí no se necesita de un líder. Hay un gran deseo de ser independientes y de buscar un nuevo camino. Las armas son democráticas, lo que queremos es gestionar nuestra vida”.

Almorzando por un peso
Cruzando la avenida Che Guevara atravesada por micros compactos de las 25 líneas que transitan el Plan 3000, Ana María ha inventado un negocio inesperado: ganar lo mínimo por cada plato de comida que vende en su puesto. “Dos Bolivianos (menos de un peso) por un locro, menuditos de pollo y sopa de arroz y una limonada fresca” dice esta mujer rotunda que irradia buen ánimo: “Vendo barato, pero hartito, mucho ¿me entiende?, la plata se mueve y tengo muchitos clientes, de 500 a 800 personas todos los días. Todo esto es harto bonito”.
Ana María y las chicas que trabajan con ella se instalaron con palos, ojos abiertos y paciencia a hacer la vigilia durante noches enteras cuando la muchachada del centro de Santa Cruz lanzó sobre el barrio su ataque, usando como carne de cañón a barra bravas futboleras y a otros pobres contratados al efecto por monedas, mientras ellos se mantenían en prudente retaguardia y los combates exhibían un estilo ya clásico: pobres contra pobres. “Aquí nos quedamos porque esta gente quería saquear y quemar los puestos. No los hemos dejado, y ayudaron los jóvenes, los hijos del barrio”. Para estar alertas escuchan Radio Integración, la emisora que Morales le regaló al barrio, aunque Eduardo Loayza, su director, asegura que mantiene un pensamiento crítico y de una nueva izquierda.
Aclara Ana María, la chef de Plan 3000, que todo lo habla de modo personal: “porque soy independiente, no me interesan los políticos que están todos cortados por la misma tijera”.

El barrio de la autonomía

¿Qué pasaría con el municipio ya autónomo? “Haríamos las calles, el pueblo haría el cambio. Dicen que somos maleantes, cuando lo único que queremos es trabajar y mantener a nuestros hijos. Los del centro quieren que los acatemos a ellos. Nosotros no queremos acatar a nadie”.
¿Y Evo?

Pasan decenas de mujeres, todas se saludan, el mercado hierve al mediodía y en el puesto de Ana María las ollas atraen a un pequeño gentío: “Yo no era apegada a Evo. No lo voté, pero voy analizando la nueva Constitución y me parece que hay que apoyar eso”. Dicen que hay más promesas que hechos concretos en su gestión, la desafío: “Mire, todos estos terratenientes y empresarios mucho no lo van a dejar gobernar. Tiene mucha contra. Creo que sería importante que pueda distribuir la tierra. Importante en serio. Pero aquí se lo apoya si hace las cosas. Al que mienta, no lo vamos a apoyar”.
¿Qué es la política?

“Los políticos no sirven para nada. Embolsillan el dinero de otros. Ellos son los maleantes, todos lo sabemos. Pero claro, la política verdadera es la que queremos hacer aquí, juntarnos, conversar y ponernos de acuerdo”. No me habla de dirigentes, sino de la comunidad. “Ésa es la convivencia. ¿Sabe dónde se va a notar?” Le confieso que no tengo idea: “Aquí” señala estirando el brazo hacia una de las avenidas angostas, rotas e inundadas del Plan 3000: “En la calle, aquí es donde tenemos que ponernos de acuerdo para hacer las cosas, y no encerrados como hacen los maleantes” dice, sin que una sola de sus palabras suene a irritación ni a discurso.
¿Y qué es el poder?

Ana María me mira divertida y un poco perpleja: “Para mí el poder es hacer cosas. Trabajar, velar por todos. No significa dar órdenes, ni darles dinero a los ricos. El poder empieza de abajo, empieza por la gente”. Me convida una limonada. Tal vez haya que venirse a comer un locro harto baratito en lo de Ana María, para recordar sin tantas vueltas qué quería decir la palabra democracia. Unos pasos más lejos un señor sentado en el piso canta una melodía monocorde, no entiendo si es árabe, pero entiendo que no quiere que lo fotografíen. Le acaricia la cabeza a una serpiente enrollada en una canasta que asoma la cabeza y saca la lengua de un modo inquietante. Le pregunto a Ana María cómo son las personas del barrio: “Gente que quiere vivir. Que defiende lo que piensa. Además aquí queremos ser igualitarios, y que nadie se crea más que el otro. ¿Usted me entiende?”.

Los pesos de la Ciudad Igualitaria
Ciudad Igualitaria, Universidad Popular Igualitaria. Habrá que saber quién fue Andrés Ibáñez, prócer más bien invisible, cuyo nombre identifica a algunas calles bolivianas y a una provincia dentro del departamento de Santa Cruz aunque su historia es tremendamente menos burocrática. Nació en 1844, fue abogado, llegó a secretario de la Prefectura de Santa Cruz, creó el Club Igualitario, la publicación Ecos de la igualdad y en 1874, en una ceremonia pública, cambió su levita jurídica por una chaqueta de artesano, tiró sus botas y salió a caminar descalzo entre la multitud, proclamando que había que poner en práctica las ideas de igualdad con respecto a la propiedad privada y al ejercicio de la vida en común. Organizó una revolución armada, refrendada por el voto, con apoyo de trabajadores, artesanos e indígenas, ejerció el gobierno santacruceño durante 7 meses repartiendo las tierras que los latifundistas no trabajaban, se plantó frente al poder económico cruceño y proclamó la idea de un Estado Federal ganándose también como enemigo, en un solo movimiento, al gobierno central. Su mensaje fue rápidamente captado por el establishment de la época: lo combatieron, lo cercaron, lo traicionaron y lo fusilaron cuando tenía 33 años. La parte federal de sus ideas fue tomada por la historia oficial de Santa Cruz, mucho más que el aspecto igualitario de las mismas, que han hecho que se lo considere un precursor del socialismo en el continente.
Pero aquella historia desmesurada tiene una traducción terrenal en Plan 3000, relacionada no sólo con el contenido de lo igualitario sino con los números de la gestión que quieren encarar. David Salazar, el alcalde simbólico: “Tendrían que estar llegándonos unos 8 millones de dólares anuales, pero la inversión del departamento y el municipio no llega al millón y medio. Estamos diseñando nuestras propias instituciones, como la Universidad Popular Igualitaria para que los jóvenes puedan estudiar aquí y no ser discriminados como lo son incluso en las universidades estatales, dominadas por la derecha. Pero además vamos a instalar un parque industrial, estamos estudiando declararnos zona franca para favorecer esa industrialización, y empezaremos a cobrarle a Santa Cruz por la basura”. La ciudad deposita 1.200 toneladas diarias de basura en el barrio, todo un símbolo. “Nosotros pondremos una planta para reciclarla” agrega Salazar. Gregorio Jardín sacó más cuentas: “Por Ley de Participación Popular del gobierno a cada municipio le corresponden 22 dólares por habitante, lo cual implica otros 5 ó 6 millones para Plan 3000 que nunca llegan porque usted ve que aquí no se hace obra alguna, nada de infraestructura. Ahorita mismo Santa Cruz le está debiendo al Plan unos 15 millones de dólares que nunca fueron ejecutados”. Jimena, de los Jóvenes Igualitarios: “Parece que en el camino el dinero va embolsillándose”. ¿Qué pasaría si el dinero que están calculando no les llega? Salazar: “Nuestro principal recurso es la credibilidad, y la fuerza de las organizaciones del Plan, como la Unión de Juntas Vecinales y todas las demás. Siempre vamos a encontrar soluciones si las buscamos nosotros mismos”.
Gregorio: “Los políticos y los medios dicen que invierten mucho en Plan 3000. Mienten, y la autonomía es la que lo va a demostrar. Por eso mismo la rechazan”.
Los políticos de la derecha de Santa Cruz quedaron ante Plan 3000 entrampados en el propio reclamo de autonomía que le hacen al gobierno nacional. “La diferencia es que ellos quieren la autonomía para seguir siendo tan centralistas y oligarcas como siempre” dice Pedro Roca, abogado que colabora con la Juventud Igualitaria. “En cambio aquí la autonomía es para que exista un modelo más horizontal y democrático de vida y de gestión”. Betty, vendedora de vestidos de fiesta en el mercado, lo pinta así: “Estamos cansados de que los políticos nos usen de escalera”. Se escucha fuerte cumbia villera. “Néctar”, me ilustra un chico, completando una trilogía argentina con la camiseta de Boca y una gorra del Che.
Bernardo, que impulsa Margarita fm, me responde sobre la política y el poder: “Política es levantarse a las 3 de la mañana, trabajar y comportarse bien con los demás. Y el poder es la capacidad de decidir nosotros mismos qué queremos. Si no podemos decidir, no somos libres. Por eso la autonomía es como los hijos que crecen y se van haciendo autónomos de los padres, para vivir su propia vida”.
Palabras sencillas, que suenan como nuevas, y que parecen entrelazar deseos que figuraban en la imaginación de los que gritaban en Argentina “que se vayan todos”, con algo de lo que esperan los que creen que para cambiar las cosas hay que tomar el poder, pero todo subordinado a ese torrente de aspiraciones y sueños y esfuerzos de la gente del barrio, que Betty define como si fuera un programa político, entre los vestidos de fiesta que alquila a 15 bolivianos (7 pesos) por día: “Que nos dejen vivir, hacer nuestro trabajo, que no nos discriminen y que sepan que somos personas que nos valemos por nosotras mismas y nos organizarnos para salir adelante”.

Evo y las guerras
Todo esto funciona dentro de ese volcán que una de las más respetadas intelectuales y conocedoras de la realidad boliviana, la mexicana Raquel Gutiérrez Aguilar, definió así en un artículo reciente: “Vientos de guerra civil en Bolivia” (www.ubnoticias.org/es). Los enfrentamientos del gobierno con el poder económico de los prefectos, masacres como la de Pando (18 campesinos asesinados y varios desaparecidos en un incidente todavía no demasiado claro), la expulsión del embajador norteamericano acusado de conspirar con la derecha, los bloqueos de los campesinos pro gubernamentales al departamento de Santa Cruz, el anuncio de futuras marchas campesinas contra esa ciudad, la respuesta en forma de ataques como los que sufrió el barrio. Las reacciones contra Morales se encendieron más todavía cuando en el referéndum del pasado agosto consiguió un histórico 63 por ciento de apoyo a su mandato, superior al ya inédito para Bolivia 54 por ciento que había obtenido en las elecciones, algo que la derecha acaso percibió como un espejo electoral de la profecía de Tupac Katari.
¿Cómo funciona la figura de Morales en un lugar como Plan 3000?

“Es de mi clase, sabe lo que es sufrir necesidades, y está ayudando al barrio. Por eso lo apoyo” dice doña Rosario. “Es netamente socialista” define Salomé, una de las gremialistas del mercado Pocitos, “y ésa es una idea que entienden los viejos, los jóvenes no creo. Me parece que apoya mucho a los campesinos pero no tanto a la gente pobre de las ciudades. Si hace más cosas lo van a querer, porque acá somos todos pobres. Y los políticos del centro son peores: nunca hicieron nada”.
La Casa del Pueblo es un gran galpón que alberga a los grupos más claramente “evistas” como la Juventud Igualitaria, y otra organización surgida del barrio, la Juventud Unida. Juan explica: “A la Casa del Pueblo pueden venir los muchachos de la calle, los que andan con la cuestión del alcohol y la droga y totalmente abandonados, para ver si los ayudamos a que encuentren un camino”. En un rincón están los escudos de madera y los palos con los que salieron a defender el barrio, que parecen más un símbolo de fragilidad que de fuerza. “Lo que tenemos fuerte es la voluntad” describe Esteban, 17, con un gesto muy serio de su cara de nene.
Hay afiches de Evo, entusiasmo, pero no se nota incondicionalidad: “Nadie es perfecto” explica Daniel, “dicen que el compañero es un poco pasivo, pero ha hecho cosas harto positivas, va de a poquito”. ¿Qué significa eso? Pedro: “Seguimos siendo una economía neoliberal, pero al menos se van dando pasos en la cuestión social y la inclusión”.
Planes como el Juancito Pinto que le otorga a cada chico en edad escolar 200 bolivianos por año (algo menos de 100 pesos) o la Renta Dignidad para los ancianos (320 dólares anuales para los mayores de 60 que no tienen jubilación, y 240 para los que sí la tienen) son los dos ejemplos preferidos. “Pero eso lo toma del idh, el Impuesto Directo a los Hidrocarburos, que provocó la reacción de los prefectos de la Media Luna que quieren manejar esos fondos. Esas peleas traban al gobierno” sugiere Pedro.
¿Y cómo se destrabará?

Juan: “Se va a destrabar cuando todos entiendan que no estamos apoyando a una persona, sino a un proceso de cambio. Y eso está simbolizado en la nueva Constitución que fue elaborada por la Asamblea Constituyente”.

Lo pluri

La Constitución plantea a Bolivia como Estado Plurinacional (incluyendo a las naciones indígenas), no sólo garantiza derechos (como todas) sino que exige su cumplimiento a los gobernantes, plantea la revocatoria de todos los cargos electivos (o como me dice Daisy, vendedora de ropa en el mercado: “los que te pueden poner, te pueden sacar”), instala las autonomías no sólo regionales sino también indígenas, y habla de la tierra.
Gregorio: “Con ese tema de la tierra le confieso que va a haber violencia. Hay miles de hectáreas de latifundio, contra campesinos que no tienen ni 300 metros cuadrados. La brecha social es enorme. Si el gobierno es inteligente y logra aprobar la Constitución, tal vez las cosas sean diferentes, porque allí se llama a un referéndum para determinar si se permitirá un máximo de 10.000 hectáreas o de 5.000. Siempre es menor que los actuales latifundios”. Pedro: “Y se van a estudiar los títulos de propiedad para ver cuáles son válidos, porque hay muchos campos que han sido regalos, prebendas de las dictaduras y de gobiernos corruptos”. Bernardo es otro de los que cree que puede haber oscilaciones, pero nomarcha atrás: “Si las cosas las hace Evo, muy bien. Y si no las hará otro. Pero por primera vez sentimos que en el sillón estamos todos y no vamos a dejarlo durante décadas”.
En realidad, no habrá que esperar tanto para conocer cómo se sigue escribiendo esta historia. En 2009 habrá un referéndum para aprobar la nueva Constitución. ¿Hasta dónde las negociaciones con la derecha implicarán –o no– cambiar cuestiones de fondo? ¿Cómo reaccionará la sociedad? En Plan 3000 nadie quiere violencia, pero a nadie le asusta porque la vienen viviendo desde siempre. Aquí la espera se mezcla con otra: a más tardar a mediados de 2009 la Ciudad Igualitaria Andrés Ibáñez será una realidad.
A Mary, peluquera del mercado, mamá de tres bellezas que juguetean alrededor, y una de las tantas mujeres de Plan 3000 abandonada por su marido, le nace pensar la política como la pareja. Lo público como lo privado. No sé si es inocente, o sabia, o ambas cosas. En todo caso lo sabio es tratar de entender: “Los hombres son débiles, los políticos también. Parece que una los conoce, pero no. Yo creía que conocía a mi marido, durante diez años. Pero descubrí que no sabía quién era. Por eso digo que en la vida hay que aprender a desconfiar. No todo el tiempo, claro, pero aprender que te pueden engañar con las cosas, con el dinero y con las palabras. Hay que mirar las acciones. Por eso muchas ahorita estamos saliendo adelante, nosotras mismas, en todo el barrio. Y tratamos de mejorar. Los hombres son débiles. Nosotras no, aunque lloremos hasta aprender que no te pueden usar, ni estafarte, ni humillarte, ni creer que una es menos, ni romperte el corazón. Al final, se aprende”.

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Guillermo Mamami es bien porteño y bien hijo de bolivianos. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA y desde hace diez años es el director del periódico de la comunidad boliviana en Argentina, que tiene su versión impresa y virtual. Dice que desde sus páginas busca recuperar la autoestima de un pueblo que está cambiando la Historia.
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La crisis boliviana de septiembre puso en evidencia el papel de Brasil en la región. Aunque los medios y los portavoces del progresismo proclaman que la intervención de unasur y del gobierno de Lula fue decisiva para sostener a Evo, lo cierto es que los intereses brasileños están más cerca de la Media Luna que de los movimientos populares bolivianos. En esta nota, el analista Raúl Zibechi describe cuál es el alcance de los negocios de las empresas brasileñas en el país andino: por diferentes vías, controla alrededor del 20 por ciento de su pbi. Sólo en Santa Cruz 200 familias brasileñas son propietarias de 350.000 hectáreas que representan el 35 por ciento de la producción sojera boliviana.
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