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Sueños y pesadillas

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Tiene dos hogares, una casa de día, tres empredimientos productivos, una agencia de noticias y una escuela de educadores populares. Así armaron una red social que contiene a más de 300 chicos. Impulsan la campaña “El hambre es un crimen: ni un pibe menos”. Este año, ya sufrieron tres violentos atentados.

Darío Cid es educador popular. Tiene 42 años, pelo oscuro y barba. Flaco, flaquísimo. “El único desnutrido del lugar”, me dice. Una afirmación cargada de sentido al conocer el contexto: el hambre es parte de su lucha cotidiana. Darío es el responsable del emprendimiento más grande y más antiguo: la Casa de los Niños. Una casa donde estudian, comen, juegan y se organizan para su convivencia 200 chicos menores de 13 años. “Trabajamos la educación desde lo no formal. Tratamos de desarrollar las máximas potencialidades de los chicos, pero no seguimos el método escolar. Lo prioritario para nosotros es saber organizar la vida común. Acá aprendemos a cuidar el lugar entre todos. Y después, a lo largo del día, brindamos clases de apoyo escolar”.
Así resume Darío las bases de uno de los tantos espacios que gestó Pelota de Trapo, una organización social que nació con nombre de película: en el terreno donde construyeron su primer hogar, Armando Bó protagonizó en 1948 esa historia dirigida por Leopoldo Torres Ríos de la que tomaron el nombre para recuperar de la ficción los sueños de aquel niño futbolero que ansiaba otro destino.
En los últimos meses, el proyecto fue centro de las peores pesadillas. Entre abril y septiembre de este año soportaron tres atentados dirigidos contra la campaña que impulsa el Movimiento Nacional los Chicos del Pueblo, espacio que comparten con otras 400 organizaciones. Violento es, también, comprender el motivo de estos ataques. Lo que proclama el movimiento en su campaña es simplemente “El hambre es un crimen: ni un pibe menos.”

Desde el potrero
El primer espacio que construyó Pelota de Trapo es donde hoy funciona la Casa de los Niños. Allá por el 73 era literalmente un potrero cualquiera de Avellaneda. Y allí comenzó a jugar al fútbol con los pibes del barrio el fundador del proyecto, Alberto Morlachetti. La situación era otra: la preocupación era acompañar durante el día a los hijos de las madres trabajadoras. El país vivía los últimos minutos de pleno empleo. Avellaneda todavía se erigía como un poderoso cordón industrial. Fábricas y galpones eran la clave del paisaje.
Así, en el corazón de lo que fue una Avellaneda productiva, nació este espacio que fue hilando relaciones y construyendo vínculos sociales que sirvieron para llenar el gran vacío que dejó la aniquilación de la vida fabril. Su estrategia fue centrar los esfuerzos en los pibes, allí donde se amasa la vida y se decide el futuro. Hoy día trabajan, a través de diferentes proyectos, con aproximadamente 300 chicos de distintas edades.
La táctica fue siempre idéntica: desde que comenzaron, hace más de treinta años, decidieron ir dando respuestas a los problemas a medida que iban apareciendo. El resultado es casi un inventario de los desafíos que tuvieron que sortear y que hoy incluye:

Dos hogares de niños: Hogar Pelota de Trapo y Juan Salvador Gaviota.
Una casa de día: Casa de los Niños.
Tres emprendimientos productivos: panadería, imprenta y granja.
Una agencia de noticias.
Una escuela de educadores populares.

El espacio
En la Casa de los Niños los pibes pasan todo el día. Funciona como un lugar de apoyo a las familias para la crianza de los hijos. Llegan a las 8 de la mañana y se van a las 5 de la tarde. Los que están en edad escolar van a contraturno a la escuela.
La casa es una construcción de cuatro pisos con un gimnasio. En el primer piso –espacio para la atención de la salud– funcionan un consultorio de pediatría y otro de odontología. Justo al entrar al gimnasio me encuentro con los chicos que juegan al metegol, a la pelota, saltan la soga y se divierten. El lugar es grande y los pibes, al parecer, están de recreo. Unos juegan pelota a paleta, otros saltan sobre colchonetas, unas niñas hacen un trencito y otras esperan su turno para saltar la soga. Colgando desde el techo nos observa un fabuloso muñeco. Flequillo de un metro y ojos enormes. Su expresión es alegre, transparente. Sus brazos de tela, de casi seis metros, se mecen sobre los niños que juegan debajo. No está solo. Lo secundan, también en el aire, varios pájaros de papel.
En el piso de arriba están las aulas, que no son aulas, al menos como yo las conocí: no hay bancos individuales colocados en dirección a un pizarrón, sino un espacio colorido colmado por chicos que dibujan o toman la leche, sentados a su gusto. Hay carteles pegados en las paredes que detallan modos de organización y normas de convivencia.
Darío me cuenta que los chicos vienen de lejos. Menciona Gerli, Lanús, Lomas de Zamora. “Lo que pasa es que a veces una mamá vive acá cerca y a los dos días, vive a un kilómetro, pero siempre el lugar de referencia queda”. No son nómades voluntarios: la falta, precariedad o inestabilidad laboral sumadas a los problemas de vivienda son los que les mueven el arco. “Acá todos los pibes tienen a sus padres. Aunque la mayoría son madres solas o adolescentes con hijos, que tienen muchísimas dificultades laborales y habitacionales. Viven en vagones de tren, casas tomadas o inquilinatos”.

Casa abierta
El hogar Pelota de Trapo, en cambio, nació para responder a otra problemática: los pibes en situación de calle. Hoy conviven 45 chicos. Su inicio se remonta al año 83, cuando le pusieron el nombre que ahora tiene toda la organización. “Eran terrenos del ferrocarril que se tomaron para hacer el hogar”. ¿Hubo conflicto por la toma? “No, no nos jodieron. Porque nadie se hace cargo de esos pibes. Los tomamos de una y, ¿quién se iba a animar a sacar un hogar de pibes?”
Cuando arrancaron eran diez chicos más los educadores. La lógica: a puertas abiertas y con decisión del pibe sobre cuándo se queda o se va. Desde allí fueron caminando y construyendo su futuro. De la nada. A fuerza de imaginación, como dice Darío. Con la ternura y la belleza como conceptos centrales de sus prácticas. No es una frase: en las paredes de los hogares los chicos conviven con cuadros que reproducen obras de Berni, Carpani, Rivera o Picasso. “Como una manera más de acercarlos a otra forma de ver la realidad”.
Cuando comenzaron con el primer hogar suponían que la situación que vivía el país sería pasajera y que en poco tiempo lo tendrían que cerrar. Por eso una de las primeras cosas que hicieron fue plantar árboles, para que luego, en ese mismo lugar, floreciera una plaza.
El tiempo los desmintió y no sólo tuvieron que resignar la plaza, sino doblar la apuesta: construyeron otro hogar, al que bautizaron Juan Salvador Gaviota, para los más grandes. Allí conviven veinte jóvenes. Siempre con la misma lógica. “Con la libertad de que el pibe eligiera estar con nosotros y nosotros eligiéramos estar con el pibe”, explica Darío.

Pan y trabajo
«Pero los pibes crecen”, se ríe Darío, consciente de que no ofrece ninguna revelación. Por eso, además de pensar en cómo resolver el tema habitacional, la crianza y el apoyo a las familias, salieron al ruedo con los emprendimientos productivos. “La primera experiencia fue dentro del hogar. Pequeñas experiencias de trabajo: hacer el horno de barro, el pan, un gallinero, criar gallinas”.
Ni chicos ni educadores sabían cómo hacerlo, así que aprendieron juntos. “No teníamos ni idea de cómo se criaban gallinas. Con la imprenta pasó lo mismo: nadie era imprentero. Cuando se compró la primera máquina, los adultos y los pibes la mirábamos y preguntábamos: ¿alguien sabe por dónde entra el papel? Pero es el mejor desafío: aprender juntos. Para el educador y para el pibe”.
Hoy lucen orgullosos el resultado de esa experiencia. La panadería Panipan, además de hacer pan –por supuesto– fabrica fideos y helados y ofrece servicio de lunch y de catering; la granja en Florencio Varela –donde viven otros veinte chicos con educadores– provee las verduras que se consumen por Avellaneda, y la imprenta, a la que bautizaron Escuela Gráfica Manchita. “Ahí enseñamos el oficio gráfico y realizamos las mejores impresiones”, se ufanan ahora. Tienen máquinas a cuatro colores en las que, según proclaman en sus promociones, pueden “imprimir la mirada más dulce, el beso más apasionado, la caricia más tierna, el paisaje más bello, un libro de Roberto Arlt o la poesía de Gelman”. ¿Sus clientes más famosos? Joan Manuel Serrat e Ismael Serrano imprimieron allí las entradas para sus recitales.

País pirado
Darío me cuenta que ellos trabajan allí la maqueta del país que sueñan. Su universo es acotado, me advierte. Por eso salen a la calle, junto a otras organizaciones: para no encerrarse. Ése es el espíritu del Movimiento Nacional los Chicos del Pueblo. “Estamos ahí para que no nos digan que no se puede. Se puede educar a un pibe en un hogar de puertas abiertas. Se puede. Con trabajo, con ternura, con afecto. Se puede. No con cárceles, no con rejas, no con picanas, no con torturas. Se puede hacer de otra manera. No con policía, no con más policía. Se puede y nosotros lo sabemos porque lo hacemos”.
El Movimiento les permite el contacto con otras 400 organizaciones y su lema es simple: “El hambre es un crimen, ni un pibe menos.” Difícil no estar de acuerdo.

Los ataques
En lo que va de este año han sufrido tres atentados. El primero, en el mes de abril, cuando una patota de ocho personas armadas, estilo grupo comando, entró en la imprenta Manchita, ocupó los tres pisos y se dedicó a pintar y gritar amenazas. El siguiente, el 24 de julio, cuando secuestraron a un adolescente de 16 años del Hogar Juan xxii, de la obra Don Orione, institución vecina de Pelota de Trapo, con la cual comparten barrio, prácticas y las acciones de la campaña en el Movimiento Nacional los Chicos del Pueblo. En este caso, el joven salía temprano a realizar sus actividades cotidianas y fue interceptado a pocas cuadras del hogar por un auto del que se bajaron un par de personas con el rostro tapado. Lo metieron por la fuerza dentro del automóvil y comenzaron a dar vueltas por las calles del Gran Buenos Aires. Mientras, la patota le colocaba un revólver en la boca. “Deciles que se dejen de hacer pelotudeces porque si no vamos a ir a quemar la imprenta, la panadería y la Casa de los Niños”. Media hora después, lo liberaron en la estación Remedios de Escalada. Finalmente, el pasado viernes 26 de septiembre, le tocó a un educador voluntario, también del Hogar Juan xxiii. A una cuadra de la casa, cuando llegaba para comenzar sus tareas, lo interceptó una camioneta, lo subieron, lo amenazaron con un arma, lo golpearon y lo liberaron media hora más tarde, a pocas cuadras de donde lo habían secuestrado.
Darío, entre consternado y sorprendido, me dice: “Evidentemente, algún interés estamos tocando. Lo que nos sorprende es que marchar para denunciar que el hambre es un crimen provoque esta reacción. Nos parece increíble. Pero en realidad, si lo pensamos bien, no es tanta locura. Porque este país hace rato que está pirado. Está pirado porque hambrea a sus pibes”.

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