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La imaginación al mouse

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Fernando Sanz es Cypher y parte de la generación que creó nuevas formas de comunicación, en base a una ética y una ideología bien definidas. Las claves: compartir en lugar de competir y creer que el dinero no impulsa todo. A los 22 años ya es un veterano de Internet y asegura que hay allí un modelo que puede inspirar una nueva forma de poder.

El sitio más visitado de Argentina se llama Taringa y fue creado por un muchacho de 17 años que lo vendió porque eligió viajar en lugar de especular. El dato lo encontré en Internet, junto a varias entrevistas a sus nuevos propietarios que aportaban a la fábula cifras increíbles: Taringa se cotiza ahora en más de 5 millones de dólares, tiene 640 mil usuarios registrados, casi un millón de visitas diarias y ofertas de compra del Grupo Clarín. De aquel muchacho, en cambio, solo encontré un anémico blog con una dirección de correo que me devolvió al instante la siguiente respuesta firmada por Cypher: “Habiendo visto su sitio web y su perfil, gustoso acepto la invitación”.
Me proponía, además, conversar vía Messenger.
La primera lección que recibí, entonces, fue sobre cómo usarlo. No es difícil, salvo porque estamos en Argentina y en medio del intercambio se cayó el sistema. Y a pesar de que me encanta esta frase, por lo que significa para mi generación, no fue tan sencillo adaptarme a la promiscuidad de un locutorio para retomar el diálogo. Hasta ese momento sólo había logrado obtener un puñado de datos:
Cypher es Fernando Sanz y ya tiene 22 años.
No terminó el colegio secundario.
Repitió una vez en el PíoIX, una escuela técnica, y dos en el Fernando Fader, un colegio de orientación artística, que cursaba por las tardes. “Aprendí mucho en los dos. Conocí lo mejor y lo peor de una escuela privada y otra estatal”.

A programar aprendió solo.
Ahora vive en San Telmo.
Trabaja free lance.
No tiene horarios.
Entendí, como una revelación, lo que significa la comunicación virtual: cualquier conversación se transforma en capítulos de una novela que uno espera con ansiedad porque recibe a cuentagotas. Semejante poder de sugestión produjo, entonces, lo inevitable: aunque él odiara las entrevistas y a mí me resultara más cómodo chatear, la curiosidad arrasó fobias y perezas. Lo invité a almorzar y me citó en el departamento de un amigo, en el barrio de Recoleta.

El password
La palabra comunidad es manoseada con frecuencia marketinera para definir vaya uno a saber qué de todas las cosas que suceden en ese universo infinito llamado Internet. En este mundo que llamamos real, la palabra adquiere exactamente el significado de la escena que encontré en aquel departamento de Recoleta. Un ambiente desnudo, una mesa redonda, un mate, una docena de facturas y cinco concertistas en el teclado, tecleando. Fernando parece el menor, con su aspecto de pájaro frágil. Será el único en hablar, mientras el resto custodia la charla, acompañando con un silencio de misa cada palabra. En cada una de las cinco pantallas asoma el idioma que solo conocen los que forman parte de esa raza que habita un mundo distinto. Para ingresar a ese mundo hay que tipear en la cabeza un password: “compartir”. Ese fue el abracadabra de Taringa, una palabra que inventó Fernando y que no tiene ningún significado, excepto ese: atreverse a nombrar lo que no existe es poner en acto aquello de la imaginación al poder.

La idea
Fernando creó Taringa en 2004 como una república independiente para que cada habitante exponga allí sus intereses, sin reglas, pero con un protocolo en constante evolución, custodiado por moderadores y participantes. Tomó como modelo una página extranjera y la adaptó a los usos criollos. “Internet todavía estaba por explotar. No tenía ningún tipo de objetivo. No pensé: quiero que sea la página más visitada del país, ni nada por el estilo. Simplemente hice lo que tenía ganas. El resto sucedió como siempre suceden estas cosas: naturalmente”.
Lo que sucedió fue que la propuesta de que los propios habitantes del sitio produzcan su sentido –eso que en Internet se llama “contenido”– fue un éxito desbordante. Fernando se encontró, en poco tiempo, lidiando con más de 35 mil personas a la vez. Pero como no quería que eso consumiera su tiempo, ni llenar la página de publicidad para poder mantenerla ni gastar energía especulando con un plan de negocios, envió un mensaje a un grupo reducido de personas: Taringa estaba en venta. La compró por un precio que Fernando no quiere revelar (aunque a través Google se encuentra una cifra) , Matías Botbol, dueño de Wiroos, la empresa que alojaba el sitio y que, por lo tanto, conocía mejor que nadie sus latidos. Hoy Taringa se promociona con un slogan: “Inteligencia colectiva” que intenta resumir el espíritu que le dio su creador. Pero en tiempos de Fernando la leyenda era muy otra: “Reduciendo tu productividad”. “Me di cuenta que la mayoría de la gente ingresaba en horario de laburo y me pareció que esa frase reflejaba mejor que nada el propósito que había adquirido el sitio”, explica ahora.

Dispersar el poder
¿Cómo se cotiza el precio de un sitio de Internet?
Esa pregunta se hace seguido justamente porque no tiene una respuesta concreta. En el caso de Taringa es aun más difícil por su naturelaza y su contenido. Hace poco hablaba de eso con los actuales dueños, porque aún tengo un 10 por ciento. Discutíamos cuál es hoy el valor de ese porcentaje y la verdad es que no tiene más que el que yo quiero. Es decir, es un valor simbólico, que se negocia de acuerdo al número que te permita o no conseguir compradores.
¿Qué cosas te dejó Taringa además de dinero?
Aunque debo agradecer la inagotable fuente de música que se creó, la verdad es que dinero no me dejó, ni tampoco mucho más. La vida no tiene mucho que ver con Internet.
¿Por qué?
Porque hay cosas de Internet que te sirven para analizar la vida, pero no es la vida. Por ejemplo, te sirve para demostrar que hay gente dispuesta a compartir o a trabajar juntas con un mismo objetivo. Te sirve para demostrar que la libertad de conocimiento es algo real, posible, concreto y que todo lo que se atrapa bajo el supuesto “derecho de autor” es hoy una trampa, puro capitalismo. Internet es, en todo caso, un ejemplo social interesante, que te permite como ningún otro comprobar que hay otra manera de hacer las cosas. Y que esa es la manera verdadera.
¿En qué sentido lo decís?
Internet es, sobre todo, el poder distribuido en la gente. Y es un ejemplo de cómo esa forma de poder, lejos de desgastarse con el tiempo o el uso, se consolida, crece. Te permite imaginar, entonces, cómo sería esa forma de poder aplicada a otras cosas. Estábamos acostumbrados a pensar, por ejemplo, que la única forma de organización posible del poder era a través de un Estado centralizado. Pero al mismo tiempo que vimos cómo ese Estado enorme es cada vez más débil, vimos cómo otra forma de poder se fortalecía. Y no es sólo debido al hecho de que cada día es más grande, sino porque cada día es mejor. Un ejemplo: vos ponés un programa en tu computadora creado por gente que trabaja por la libertad de conocimiento –como es el caso de Linux– y no vas a tener ningún problema, porque es un programa sólido, que funciona perfecto. En cambio, toda la gente que tiene Windows te puede contar los problemas que le genera. Ahí ves bien concreta la capacidad que tiene la gente para organizarse detrás de un objetivo común y crear cosas buenas. Y cómo no necesitás del capitalismo para hacerlas. Yo creo en esta ideología y en que a esta forma de hacer las cosas no le queda más que crecer. Es inevitable.
Y no aceptarlo sería como querer tapar el sol con las manos…
¿Y para que querés tapar el sol?
¿Para ser su único dueño?
Pero hay cosas de las que no te podés apropiar, aunque quieras. Si Clarín, por ejemplo, compra Taringa, el sitio se pincha, automáticamente. No necesito ser un experto para saberlo. Es lo natural: hay cosas que funcionan con libertad y otras que funcionan con dinero. La diferencia es clara y ya la sabemos. Clarín te dice “acá está la verdad” y un blog te cuenta lo que siente, que no es la verdad, sino lo verdadero. Con un blog no construís nada, pero con millones de blogs construís algo importante: la dispersión de la opinión. Y el usuario de Taringa valora eso: elegir libremente, de acuerdo a su interés, aunque ese interés no sea loable. Es cierto que hay un montón de gente que no puede elegir, que está fuera de esta opción y que cuando va a un locutorio lo único que encuentra es un Messenger o juegos. Eso no es Internet. Pero también es cierto que hay otro montón de gente que teniendo el acceso a todas las nuevas tecnologías no las usa más que para eso: chatear y jugar. La cuestión, entonces, se juega en otro lado.
¿En la cabeza?
Sí. Pero también en una realidad que es inevitable: Clarín se está pudriendo o Microsoft se está pudriendo porque el capitalismo se está pudriendo. Eso es lo inevitable. Es lo que pasa naturalmente en los grupos cerrados: se extinguen. Hoy toda forma cerrada de poder está en estado de descomposición. Lo vemos y lo sentimos. Los mercados están en estado de descomposición, los medios están putrefactos. No quiero sonar pesimista, sino todo lo contrario. De hecho me resulta bueno, me da alegría que esté pasando, porque significa que toda esta putrefacción va a fertilizar algo que va a venir. Estamos viviendo un cambio que no sabemos explicar, que no tiene precedentes. Y ese cambio se está dando simplemente porque el ser humano evoluciona. Primero nos erguimos, luego perdimos pelo o desarrollamos la motricidad fina y ahora lo que está en plena expansión es nuestra cabeza. Lo que estamos viendo es nada menos que el fabuloso crecimiento de la inteligencia humana, y por eso nos parece que nos estamos saliendo un poco de la caja. Pero es la caja lo que ya no necesitamos.

El aire es libre
¿Creés que el poder de las corporaciones está debilitándose?
Es lo que veo. Los otros días fui a una charla sobre software libre donde los integrantes del llamado grupo Lugro-Mesh contaban cómo estaban trabajando para mejorar Internet. El proyecto se propone que la red pueda ser todavía más descentralizada. Por supuesto, una idea así sólo puede originarse en una comunidad libre, abierta, interesada por lo social y no por el dinero. Y por supuesto también, cuando la idea dejó de ser una idea y comenzó a funcionar, las corporaciones quisieron cerrarla. Pero hubo quienes continuaron con el proyecto, libremente, para que una tecnología así pueda ser usada por cualquiera, tenga o no dinero para comprarla. El resultado es que ahora hay dos licencias: una cerrada, corporativa, y otra abierta, social. Los muchachos contaban que la mejor, la que más avanzó, es la abierta. Porque en los hechos, los intereses comerciales solo interrumpen un proceso que de otra manera fluye naturalmente. Incluso lo potencian en el sentido inverso: al enterarse del proyecto corporativo, fueron más lo que quisieron aportar para que la licencia libre mejore. Esto significa que hay otro interés que no es el del dinero que hace posible pensar cosas imposibles. Y ese interés es el único capaz de romper fronteras.
¿Se podrá mantener ese interés o tendrá un precio más alto que el que se ha pagado hasta ahora?
Hay por lo menos dos cosas que me hacen pensar que se mantendrá. La primera, es que hay gente para la que ya cinco millones de dólares no significan nada simplemente porque saben que el día de mañana esa plata puede valer cero. El dinero ya no inspira tanto respeto: hoy lo tengo y mañana estoy en bolas, aunque no gaste un peso. La otra es que Internet es aire y el aire es libre. No podés atraparlo en una billetera, porque lo que metés ahí ya no es aire: es otra cosa. Lo que sí puedo imaginarme que desparezca tal como hoy la vemos es la televisión. Yo ya no veo tevé y no sé cuántos chicos de mi generación la ven. Puedo decirte que en mi entorno, nadie. A mi me da asco. Quizás las personas que ven televisión crean que soy un poco extremista, pero yo creo que es justamente lo que hace falta: ser un poco extremista. Hay cosas que necesitamos mandar a la mierda y arrancar de nuevo, porque todo lo que tenemos hoy de una manera lo podemos tener de otra si queremos. Y esto es algo inevitable: más tarde o más temprano las cosas que no funcionan, cambian. Y el poder no funciona, así que va a cambiar. El modelo de Humanidad que hoy tenemos no funciona, así que o nos come el planeta o encontramos entre todos una manera de cambiarlo. No creo que ni mañana ni pasado, pero lo vamos a encontrar.
¿Sos optimista?
Soy realista. Veo el cambio. Veo también que algunos nos ponemos contentos por eso y otros no tanto, quizás por miedo. Es el miedo que transmiten los medios. Miedo y medios son parte de lo mismo: uno sostiene al otro. Y juntos sostienen al sistema. Es un círculo cerrado que se va deformando hasta convertirse en ese tumor que son los medios hoy. Los medios enferman. Entonces ¿por qué no boicotearlos y concentrarse en ver qué podemos hacer nosotros de otra manera? Parece una utopía, pero esa utopía comienza a tener forma. No es una isla desierta. Por lo pronto, está Internet y eso alcanza para que no parezca tan descabellado.
Pregunta pesimista: ¿cómo se defiende un sistema abierto del ataque de quienes tienen intereses contrarios?
Dando batalla. En un sitio, con profesionalismo, con una identidad clara que haga notorio cuando te atacan, aunque sea disfrazados. Aprendiendo de los errores. Y dejando que crezca el control natural que surge cuando dejás que la gente se exprese libremente.
¿Cómo sería ese control natural?
A partir de la idea de que no hay forma de saber la verdad. ¿Cómo detectás hoy qué es mentira y qué es verdad? Es casi imposible. Internet te demuestra eso, pero no pasa sólo ahí, sino en todos lados. Hoy el acceso a la verdad está cerrado. Entonces, la verdad para mí pasa por lo que siento. La verdad es tu sentimiento. Porque en el fondo todos sabemos cómo es la verdad, aunque no le veamos la cara.
¿Por qué?
Porque la verdad es práctica. Funciona.
¿Te sentís obligado a crear algo que supere Taringa?
Ni un poquito. Sólo me siento obligado a hacer algo desde mi posición privilegiada en este mundo que no da chances tan fácilmente.

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