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El discreto encanto del Pepe

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Uruguay se convirtió en el país ideal por su “clima de negocios” cuando asume un tupamaro, ex rehén de la dictadura. ¿Qué valoran? La hipótesis de Raúl Zibechi.

La mayoría lo descubrió a raíz de su discurso de 22 minutos en el hotel Conrad de Punta del Este el miércoles 10 de febrero. Algunos más avispados –como el dueño de Buquebus, Juan Carlos López Mena–, a esos recién llegados les llevan varios kilómetros de ventaja. Por algo Mena pasa por ser uno de los hombres fuertes del Río de la Plata: la misma noche del balotaje, fue uno de los primeros en correr hasta el “quincho del Pepe” (así apodan la construcción en la quinta donde vive el presidente, hace sus asados y recibe ministros, empresarios y embajadores) para “ponerse a disposición”.
Son legiones los empresarios argentinos –entre 400 y 500– que se hicieron un hueco en sus agendas para escuchar al Pepe. Algunos, incluso, hicieron fila para entregarle tarjetas y habría más de 150 interesados en invertir en la patria de Artigas. Es cierto que el capital es tan cobarde como cholulo. Apenas huele conflicto, sale disparando; pero en cuanto intuye ganancias, no duda en espolvorearse del color de moda para acumular un poquito más. Y ahora la moda es Uruguay, léase Frente Amplio. ¿Son tan diferentes las políticas de los gobiernos de Argentina y Uruguay? Sin duda no lo son. ¿Por qué, entonces, es tan diferente el “clima de negocios” en una y otra orilla?
El almuerzo y el discurso del Conrad tienen su pequeña historia. La iniciativa partió de López Mena pero pronto se sumaron la Cámara de Comercio Argentino Uruguaya que él mismo preside, la Unión de Exportadores y la Cámara de la Construcción del Uruguay. El objetivo para unos y otros era crear “un clima de mucha confianza”, en palabras de López Mena, para facilitar el flujo de “inversiones” de argentinos hacia Uruguay. Esas llamadas inversiones están focalizadas en su mayor parte en el negocio hotelero en Punta del Este, cuestión que al dueño de Buquebus parece interesarle ya que sus ganancias se vinculan con ese sector. Pero más allá de los intereses particulares, es evidente que Uruguay se ha convertido en un referente para unos cuantos argentinos. Sólo en Colonia están viviendo unas dos mil familias argentinas y se espera que el goteo siga en los próximos años.
El discurso de Mujica empató con los deseos y sueños de este sector social. Dijo que aspira a que la inversión alcance al 25% de PBI, cuando históricamente se sitúa en la mitad o menos, ya que uno de los hobbies de los dueños uruguayos de la plata ha sido siempre llevarla a Suiza. Mirándolos a la cara, Mujica les dijo que la trajeran e invitó a los de otros países a hacer lo mismo: “No te la van a expropiar ni te van a doblar el lomo a impuestos”.
Pero el aspecto que más destacó, seguramente para diferenciar a Uruguay de lo que sucede en el resto de América Latina, fue la cuestión de la seguridad. “Vale la pena vivir en Uruguay. ¿Saben por qué? Porque un presidente, un futuro presidente, un ministro, caminan por las calles tranquilamente, y eso es un lujo que se da este país”. Si alguien cree que Mujica exageró, es porque no conoce este país. Y remató: “Quieran al Uruguay. No es perfecto, no se coman la pastilla, pero es casi lo más convivible de América Latina”.
El premio llegó poco después que Mujica dejó los micrófonos. Largas colas de lobbistas empresariales se formaron detrás de cada futuro ministro, quienes desplegaban propuestas de inversión, algunas con lujo de detalles, durante casi una hora. Más lejos, los ex presidentes Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti aplaudían. Una vez más, López Mena hacía la síntesis: “Uruguay, a partir de la restauración democrática, ha encontrado un rumbo hacia la confiabilidad, la seguridad jurídica, la madurez institucional”. El día anterior, el nuevo embajador de Estados Unidos dio una larga rueda de prensa en Montevideo, en la que casualmente dijo casi lo mismo: “Uruguay importa por el ejemplo que da, el ejemplo de un país democrático, donde se respetan no solamente las elecciones, se respeta a la prensa, los derechos humanos, las normas jurídicas”.
 
 
La paz social
Mi impresión es que el “clima de inversiones” comenzó a ser percibido durante los momentos más críticos de la crisis de 2002. Una crisis que tuvo un impacto económico y social tan o más profundo que la afectó a Argentina y tuvo su eclosión en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. De este lado del río, las cosas marcharon por caminos diferentes.
La recesión se instaló en 1999, a la par del estancamiento argentino. Entre enero y julio de 2002 el riesgo país pasó de 220 a 3.000 puntos; la corrida financiera se llevó el 45% de los depósitos bancarios; el precio del dólar se duplicó y el producto bruto interno cayó a la mitad del de 1998. La desocupación trepó al 20% y el porcentaje de la población por debajo del índice de pobreza alcanzó el 40%.
La gran diferencia fue la reacción de la izquierda y del movimiento social. En el pico de la crisis, julio de 2002, el entonces líder de la oposición, Tabaré Vázquez, fue muy claro: “Nosotros no apostamos a los estallidos (…), apostamos a la denuncia, a la oposición, a la movilización ordenada, no a la explosiva. Una manifestación ordenada es mucho más efectiva que el estallido social”. José Mujica, señaló que temía un “vacío de poder”.
La izquierda consiguió la hegemonía cultural mucho antes de ser mayoría electoral. La gestión municipal de Montevideo, desde 1990, donde reside la mitad de la población del país, contribuyó a afianzar y profundizar esa hegemonía cultural y social, sin la cual la izquierda no podría soñar con llegar a ser gobierno. Pero, ¿en qué consiste esa hegemonía? En que las ideas-fuerza que encarna el Frente Amplio (Estado social, gobierno honesto, soberanía nacional, justicia social, entre otras) se han convertido en el “sentido común” de los uruguayos de comienzos del siglo XXI. O sea, es un imaginario compartido también por los empresarios.
Entre fines de los 90 y el año 2005, toda la región fue sacudida por sucesivos levantamientos populares: desde Venezuela, Ecuador y Bolivia, donde se produjeron los más intensos sacudones sociales, hasta Argentina, Perú y Paraguay. Incluso en Chile, donde no hubo levantamientos masivos, el Estado debió lidiar con el pueblo mapuche al que le aplicó permanentemente la Ley Antiterrorista. En Brasil, donde tampoco hubo acciones insurgentes, la represión a los Sin Tierra se tradujo en más de mil asesinatos por parte de los pistoleros de los hacendados y la Policía Militar, que además mata y desaparece miles de personas en las favelas del país.
Mientras eso sucedía en el continente, en Uruguay la izquierda logró contener la protesta social, o canalizarla hacia el proceso electoral. Alberto Couriel, senador por el MPP (Movimiento de Participación Popular), lo dijo bien claro en el invierno de 2002, cuando arreciaba la crisis: “Si no nos movemos, ganamos”. Es lo mismo que escuché decir a mis alumnos de educación popular: la certeza de que no hace falta movilizarse porque la crisis nos catapulta directamente al gobierno.
 
 
Mujica el uruguayo
Sería un error pensar que Mujica es un traidor o que bajó totalmente las banderas históricas que lo llevaron a la lucha armada en la década de 1960. Lo que hoy dice y hace el Pepe, es lo mismo que viene diciendo desde hace por lo menos 15 años, desde que fue electo diputado en 1994. Fue la claridad y transparencia de sus ideas, y la sencillez con que las expone, lo que lo llevó a la presidencia. Mujica no tuvo que hacer ningún artilugio mediático para llegar donde está. Piensa como la inmensa mayoría de los uruguayos.
Puede discutirse si su pensamiento actual corresponde al de una persona que se proclama de izquierda. Mujica piensa y actúa como estadista, como gobernante, como persona responsable de conducir un país como Uruguay. Por cierto, no piensa como un tupamaro de los 60, ni siquiera como pensaba Raúl Sendic a fines de la década de 1980, poco antes de morir en 1989.
Sendic se había retirado de la política partidaria y había fundado el Movimiento por la Tierra, ese mismo que ahora ocupa tierras en Bella Unión, donde cinco décadas atrás sentó la bases para crear el MLN-Tupamaros. Nunca se consideró un político sino un “luchador social”, incluso cuando empuñaba las armas. La vida de Sendic estaba mucho más cerca del “rebelde social” al que alude el subcomandante Marcos que del revolucionario profesional, porque quería cambiar el mundo desde abajo. Por eso, pese al enorme respeto que se le tenía, dejó la política partidaria. Mostró que aun en un país muy institucional y en un período de honda decepción militante, es posible elegir no plegarse a lo que el sistema impone.

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