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Nada más que la verdad

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¿Quién es Marcela Noble, la heredera de Clarín? La investigación sobre la adopción irregular de los hijos de Ernestina Herrera derivó en un trámite judicial escandaloso que ya lleva 26 años. ¿Por qué la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo sospecha que es su nieta?

Nada más que la verdad–El universo siempre equilibra la balanza.
–¿En serio?
–No… pero debería.
(Diálogo tomado de la serie House).
 
Isabel Chicha Chorobik de Mariani cumplió 86 años el último 19 de noviembre y pensó que no hay mucho más que esperar. Recordó, recuerda ahora, la siguiente escena:
En una casa ubicada en las calles 30 y 56 de La Plata, bombardeada y acribillada como en una guerra, 200 individuos con tanques, helicópteros, bazucas, granadas y otros insumos, el 24 de noviembre de 1976 mataron a un grupo de entre cinco y siete personas que imprimían allí la revista Evita Montonera. Tras una falsa medianera había un pasillo de 1,20 por 10 metros de largo, donde funcionaba la imprenta clandestina con máquina offset, rotraprint y una puertita secreta a ras del piso que se abría y cerraba mecánicamente. Todo se puede visitar y conocer aún hoy.
La publicación revelaba ya en esos meses del 76, los fusilamientos clandestinos, desapariciones, torturas, los vuelos de la muerte, y el rol de la Escuela de Mecánica de la Armada, índice temático que explica el ensañamiento hacia la casa y sus ocupantes. Fueron unas cuatro horas de ataque, hasta reventar literalmente toda resistencia.
Cuando callaron las armas y remataron a los heridos, uno de los atacantes entró a la casa y salió con un bultito envuelto en una manta. Se dirigió al jefe de la Policía Bonaerense, el siempre alucinado general Ramón Camps:
–¿Qué hago con esto?
–Póngalo en aquel auto –respondió Camps, señalando el vehículo del subjefe de la Unidad Regional La Plata de la Bonaerense, Juan Fiorillo.
El bultito era Clara Anahí Mariani, de tres meses de edad. Hija de Daniel Mariani (el hijo de Chicha) y de Diana Teruggi. Diana fue acribillada en un rincón del patio donde hoy crece un limonero. Daniel, a quien todos llamaban Posky (apodo que le puso Chicha a partir de una historieta) era economista del Consejo Federal de Inversiones. Se salvó esa vez porque había salido poco antes de la casa rumbo a su trabajo, pero fue asesinado por la policía en agosto del año siguiente.
Clara Anahí desapareció. Su abuela Chicha se lanzó desde entonces a una búsqueda obsesiva y apasionada, que en el camino la llevó a fundar Abuelas de Plaza de Mayo en 1977, y a irse de la institución en 1989 por diferencias sobre las que sigue guardando una discreción de otra era. Ahora dice:
–No estoy segura, porque sólo se puede estar seguro cuando se tiene el análisis genético realizado como corresponde. Tengo sospechas por una cantidad de elementos que he ido reuniendo, de que mi nieta puede ser Marcela Noble Herrera, la hija adoptada de Ernestina Herrera de Noble, la dueña de Clarín.
 
 
Rece y no moleste
Chicha toma un café en su estudio repleto de libros y legajos judiciales, con una lámpara y una lupa electrónica que ya casi no le sirven para ver. “El cafecito es un lujo de vez en cuando; si es liviano, el médico me deja”. Se ríe y busca con la mirada. Se acerca mucho: “Te veo borroso, pero te reconozco”. ¿Qué pasó en noviembre, cuando Chicha cumplía 86 años y la desaparición de Clara Anahí 33?
“Se sumaron distintos elementos que yo venía reuniendo o desechando. Pero además dije: no puedo esperar más. La cabeza por suerte me funciona muy bien. Lo que me molesta es la diabetes, la ceguera, empezar a estar sorda, y todas las ñañas que se van acumulando después de los 85. No sé cuánto tiempo de lucidez me queda y no quiero que se me borren los datos de la computadora que tengo abajo del pelo. Lo normal sería que en algún momento el cerebro empiece a querer olvidar. Entonces pensé: ¿qué estoy esperando? Tengo apuro. Avanza la ceguera. Quiero verla”.
Hasta los oftalmólogos saben que ver es un asunto que no depende sólo del nervio óptico. Pero aquí no hay metáforas: quiere ver a Clara con lo que le queda de vista, como lo hizo siempre esta Sherlock Chicha, mirando y percibiendo cada rincón del universo para captar alguna pista que la acerque a su nieta. Los funcionarios judiciales italianos le pusieron un apodo: 007. Ahora sus ojos me encuentran, y cuentan.
“Desde el comienzo hubo cosas que me llamaron la atención y yo iba haciendo deducciones. Primero, todos los que éramos católicos, practicantes o no, íbamos a la iglesia con la ingenuidad de que nos iban a dar una respuesta, o un apoyo. Hablé con el obispo José Montes, el segundo de Antonio Plaza acá en La Plata, y que además había preparado a Diana y Daniel para su casamiento en 1972. Montes me confirmó que la nena estaba viva, al cuidado de gente muy importante, que me dejara de molestar y no pusiera en peligro a los que la tenían. Le exigí que me dijera dónde estaba y directamente me echó de la Catedral, señalándome la puerta. ‘Rece, deje de molestar, y váyase’, me dijo”. Tras esta lección de caridad cristiana, años después (en medio de los Juicios por la Verdad) Chicha seguía reclamando que confesase. Montes fue a visitarla y le dijo que no recordaba absolutamente nada. “Me mintió descaradamente. Toda esta gente nos toma por idiotas”.
Otro mensaje evangélico en plena dictadura fue el de Emilio Grasselli, capellán castrense que recibía familiares en la capilla naval Stella Maris, en Retiro: “Él revisó el fichero que tenía, y dijo que estaba en un hogar muy importante. ‘No se puede tocar’ nos dijo a mí y a mi marido. Más recientemente, durante los Juicios por la Verdad, también él dijo que no se acordaba de nada”. Chicha: “El juzgado llevó a Graselli a buscar el fichero, y cuando se lo investigó estaban todas las fichas menos una: la de Clara Anahí”.
 
 
El precio justo
El relato vuelve hacia los años 80, cuando a Chicha la mirada se le clavó en una foto, en las piernas y la mano de una niña. “Cuando asumió Raúl Alfonsín la señora de Noble sacó a sus hijos adoptivos Marcela y Felipe del país, los mandó a estudiar a Suiza, y luego hizo un viaje con ellos que salía fotografiado en Clarín, visitando a reyes y presidentes. Me llamó la atención Marcela. Yo tengo unas piernas distintas a la generalidad”. Piernas robustas, herencia de campesinas polacas. “Esta nena tenía esas piernas. Y en otra foto estaba con una mano reposando sobre la otra. La mano era idéntica a mi mano. Y algo más: la oreja, como la de mi nieta, y como la mía”.
Chicha sabe por experiencia que estas semejanzas pueden ser trampas del propio deseo. “Hay parecidos por generaciones, por raza, que son relativos y no se pueden tomar como válidos. Entonces fuimos al juzgado de San Isidro con una abogada de Abuelas. Estuvimos una mañana entera leyendo el expediente y llegué a una conclusión: Marcela no podía ser Clara Anahí. La razón era muy sencilla. El acta de adopción 674 era de junio de 1976, decía que la nena había nacido en marzo, pero Clara había nacido después, en agosto de ese año. Así que seguimos estudiando el caso con la sospecha de que eran hijos de desaparecidos, pero yo me quedé con la idea de que no era mi nieta”.
Tiempo después Guillermo Patricio Kelly, personaje del pantanoso universo de los “servicios de inteligencia”, que a la vez había hecho denuncias contra sectores militares y grupos de tareas de la dictadura (que tenían sus propias y feroces “internas”), llamó a Chicha, se encontró con ella y con Matilde Sacha Artes Company (había recuperado a su nieta apropiada por Eduardo Ruffo, un ex Triple A e integrante del grupo represivo que actuó en el campo de concentración Automotores Orletti). Kelly le dio un mensaje cifrado. “No le puedo decir más que esto: busque en Clarín”. Ella volvió a mirar aquellas fotos. “Pero por el expediente y las fechas, yo seguía convencida de que no podía ser Clara Anahí”.
Chicha se ríe de un modo raro, como de sí misma. Y plantea: “Soy una ingenua. Y voy a morir así. Me engañan cada vez que pueden. Yo leí ese expediente pensando que era verdadero. Me creo las cosas. Recién ahora aprendí a desconfiar”.
¿Qué había ocurrido? El 17 de diciembre de 2002 el juez Roberto Marquevich ordenó detener a Ernestina Herrera de Noble, ante la hipótesis de que los expedientes de adopción de Marcela y Felipe Noble Herrera podrían tener irregularidades. Esta causa surgía por denuncias de otro personaje de los servicios y el delito fronterizo con lo oficial, Emilio Jajan, detenido en Estados Unidos por lavado de dinero entre otras habilidades. Jajan había trabajado para los Noble. Este señor y su esposa denunciaron la cuestión de los hijos de adoptivos, posiblemente como un tira y afloje de alguna negociación con el grupo, en la que la compra-venta de silencio no encontró el precio justo.
El otro involucrado en este relato, el entonces juez Marquevich, también tiene una trayectoria sinuosa, pero que a la vez contribuyó a esclarecer numerosos casos de chicos desaparecidos, y a recuperarlos. Fue además quien logró devolver a la prisión al ex dictador Jorge Rafael Videla, justamente por el delito de robo de niños cometido durante eso que se llamó Proceso de Reorganización Nacional.
Marquevich acusó a Noble. Clarín acusó a Marquevich de estar en una campaña contra el diario y la señora. El escándalo derivó en la orden de la Cámara Federal de San Martín de liberar a la mujer tres días después, y con el tiempo el propio Marquevich fue imputado por privación ilegítima de la libertad de la señora de Noble. Lo sobreseyeron, pero fue finalmente destituido.
 
Falso hasta la tapa
La causa de la adopción quedó en la órbita del juez Conrado Bergesio a partir de 2003. Chicha en ese momento no captó el alcance de lo que podía estar ocurriendo. “Sabía que había algo irregular con respecto a Marcela y Felipe, pero no me imaginé que hasta las fechas de nacimiento podían estar falsificadas. Por eso retomé impulso mucho después, recién en noviembre del año pasado, cuando además de cumplir 86 años como te dije antes, me leyeron una entrevista a Marquevich en el periódico Lumbre”. Ese mensuario, que investiga temas sociales y de derechos humanos, publicó el reportaje en el que el juez destituido describe sus investigaciones y hallazgos a partir de las denuncias sobre el trámite de adopción. El título: “Señora, usted se robó dos chicos”. La frase con la que Marquevich comunicó la detención a la señora de Noble.
Chicha: “Ahí saltó que el expediente era falso desde la tapa hasta la última hoja. Ni la dirección de la señora de Noble era la verdadera. Ponían la historia de que a Marcela la encontraron en una canastita en el jardín de la casa. Y que a Felipe lo entregaron en un instituto. Lo que se descubrió es que nada de eso era cierto, la mujer que entregó a Felipe no existía, ni su documento. Y la persona de la canastita, un jardinero vecino (Roberto García) terminó resultando que no era jardinero, sino el chofer de la señora de Noble, que aclaró que no había encontrado a ningún bebé”.
Chicha pidió que Marquevich fuera citado a declarar en la causa que lleva adelante por Clara Anahí. “Marquevich dijo que monseñor Plaza había intervenido en la entrega de la chica. O sea que a Marcela aparentemente la llevaron desde La Plata, donde habían secuestrado no sólo a Clara Anahí sino a otros bebés”. Y esto explicaría, de paso, que monseñor Montes, segundo de Plaza, supiera y callara el destino de la beba.
(Un detalle curioso: según el relato de Marquevich, la señora de Noble fue especialmente atendida durante su detención por el comisario Jorge Fino Palacios, recientemente denunciado y actualmente preso por escuchas ilegales, espionajes y otros oficios. “Palacios le llevaba manicura, peluquero y masas a la mañana” dijo Marquevich a Lumbre. “Faltaba que le cantara el Himno”. La galería antropológica de toda esta saga es siempre asombrosa).
 
 
Consorcio de los pantanos
El juez Bergesio ha llevado la causa como si fuese un reverso de Marquevich, con medidas que los organismos de derechos humanos adjudican a una actitud amistosa hacia corporaciones como Clarín, y los sectores militares.
Ante Bergesio se abrió otro link del caso: las declaraciones del ex director del diario La Razón, José Pirillo, quien aseguró que en el directorio de Papel Prensa, Héctor Magnetto, el principal ejecutivo del grupo, le pidió que moderara los artículos sobre desaparición de chicos. Pirillo reveló luego a la prensa: “Magnetto me dijo que hubo gestión de Videla” respecto de los hijos adoptados por Ernestina Herrera. Agregó: “En 1985 Magnetto me pidió que dejara de publicar notas sobre casos de apropiación de bebés porque era un tema que dañaba particularmente a la señora y a él”. Pirillo es otro empresario oscuro, de fortuna incomprensible, que portaba fajos de billetes en las medias y llevó adelante una conducción psicótica del diario La Razón, que lo hizo pasar incluso por la cárcel.
Que se dependa de pistas brindadas o escondidas por personajes tan gaseosos como Jajan, Kelly y Pirillo, demuestra la orfandad legal y política que han padecido demasiadas veces estos casos. Pero a la vez no quiere decir que las denuncias sean falsas. Al revés: las historias de estos pantanos suelen ser reveladas, o al menos confirmadas, por los habitantes de los pantanos. El argumento puede extenderse a esa convivencia inquietante entre militares, grupos económicos, mediáticos, corporaciones judiciales, políticas y eclesiásticas. El chofer Roberto García tal vez no merecía quedar enredado con esta gente.
 
 
La clave es un policía
En noviembre de 1976 Clara Anahí fue depositada en el auto del policía Juan Fiorillo, que bajo las órdenes de Ramón Camps y Miguel Etchecolatz, ofició como subjefe y luego jefe de la Unidad Regional de La Plata. Fiorillo fue una especie de pionero: en 1962 fue responsable, en la Comisaría de San Martín, de la desaparición de Felipe Vallese, 22 años, militante de la resistencia peronista, obrero metalúrgico, secuestrado, y luego golpeado y torturado. Jamás se volvió a saber de él. Se lo considera el primer desaparecido argentino. Con tal currículum, Fiorillo hizo carrera en la Bonaerense y durante la dictadura fue uno de los ejecutores más entusiastas de los operativos de secuestros de personas. De allí surge un puente entre dos cuestiones:
1) Camps ordenó poner la bebé en el auto de Fiorillo, según lo que pudo reconstruirse. Poco después un vecino (Oscar Ruiz, según consigna el libro Chicha, La fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, de Juan Martín Ramos Padilla) vio a quien luego reconocería como Carlos El Oso García (segundo de Fiorillo) entregar a la bebé en otro vehículo policial.
2) Chicha, en noviembre de 2009, declaró ante el juez Arnaldo Corazza que pudo confirmar que Fiorillo fue quien entregó a Clara Anahí a la señora de Noble. “No te puedo contar quién me lo dijo, porque jorobo a una persona que tiene miedo de morir si se sabe que habló”.
Fiorillo fue detenido justamente por la causa de la desaparición de Clara Anahí, pero en 2008 padeció otra pandemia de estos años: la de represores que fallecen mientras están presos. La curiosidad médica es que siempre mueren antes de declarar. Esto explica el silencio de Chicha para proteger a quien le reveló cómo Clara Anahí viajó de La Plata a San Isidro.
 
 
El cepillo de dientes
Casi simultáneamente con las declaraciones de Chicha, la causa sobre la identidad de Felipe y Marcela que el juez Bergesio había acunado durante siete años, despertó. La Cámara Federal ordenó agilizar el expediente, y el Parlamento aprobó las leyes sobre adn y el Banco Nacional de Datos Genéticos (bndg), que habilita a los jueces a obtener muestras de cabellos y saliva, o de objetos que contengan muestras biológicas (ropa interior, por ejemplo), cuando la persona no acepta que le realicen la pequeña extracción de sangre que sirve para determinar el adn. El otro aspecto de la legislación permite cruzar los datos resultantes con los de todas las familias que buscan a sus desaparecidos.
Bergesio tomó otro camino. Ordenó lo que habían pedido los abogados de los Noble: que les tomaran muestras en el Cuerpo Médico Forense, entidad que tuvo que ser intervenida por la Corte Suprema debido a las múltiples “irregularidades” en sus estudios a lo largo de los últimos años. La medida se cumplió el 29 de diciembre pasado y las diferentes apelaciones presentadas por los abogados de Clarín lograron demorar que se realice la comparación y se terminen las incertidumbres.
Chicha: “Fue una vergüenza. No hubo peritos de parte. No se sabe qué se hizo. Guardaron unos frascos, pero podían ponerse análisis de cualquiera. Y al día siguiente inesperadamente el juez Bergesio hace un allanamiento en el domicilio de los Noble que me asombró. Llegaron, esperaron una hora en la puerta, tampoco hubo peritos de parte. ¿Quién le puede creer a alguien que ha mentido tanto que ahora me va a entregar un cepillo de dientes con muestras verdaderas? Es tomarnos por idiotas. Los procedimientos hay que hacerlos de otro modo para garantizar que las muestras son las correctas. Y con peritos de parte. No con patrañas”. Chicha recuerda el caso de Paula Logares, la primera chica restituida, cuyos análisis fueron falsificados en el mismo ámbito del Cuerpo Forense, con el simple ardid de cambiar una muestra por otra.
El argumento de Chicha es: “¿Por qué tanto ensañamiento en ocultar la identidad de esos jóvenes? Nadie quiere hacerles ningún daño, simplemente saber y terminar con esta duda. Porque al final, vamos a llegar a la verdad. Quedaremos algunas por el camino, porque estamos viejas”.
El razonamiento podría incluir a la propia señora de Noble, 84 años. “¿Por qué no decir la verdad y evitar este desastre?”
Para esto no hay respuestas.
 
 
La herencia
La historia cuenta que Ernestina fue la enfermera de Roberto Noble durante su convalecencia, momento en el que se casaron. Noble murió en 1969, y se supone que la adopción de Felipe y Marcela formó parte quizá de un vacío afectivo, o también de una contienda judicial por la herencia que Ernestina mantuvo con Guadalupe Noble, la hija del fundador de Clarín, que se saldó negociadamente. ¿En qué cambiaría la situación si se descubriera la verdadera identidad de Felipe y Marcela? Mariano Gaitán, abogado de Abuelas de Plaza de Mayo, lo explica así: “Si se determina la ilegilidad de la adopción, todos los actos posteriores quedan anulados. Pero esto no debería afectar la herencia, ya que se puede recurrir a la sucesión testamentaria y dejar expresado allí quién hereda”. ¿Por qué, entonces, Marcela y Felipe no quieren definir su identidad? Dice Gaitán: “Hemos podido observar que los chicos parecen no tener capacidad de decidir. Es tan grande la presión y son tan poderosos los intereses en juego, que Marcela y Felipe parecen hasta encerrados. Los hemos cruzado en pruebas, rodeados de cuatro abogados, un chofer y dos guardaespaldas. Me resultaría muy difícil creer que los dejaran decir ‘yo me quiero analizar’ y listo”.
Chicha asegura que no duda de la buena fe de la propia Marcela en todo esto. “Sólo tengo referencias de gente que la conoce. Me cuentan que es muy seria, medida, respetuosa, muy inteligente, no amiga del boato. Es corpulenta como mi consuegra y yo. Estoy segura de que no le debe gustar nada toda esta exposición, ni todo lo que hay alrededor”.
“Creo que la cuestión es no rendirse. Yo me acuesto y pienso. Anoto. Haber sido docente me ayudó a ser ordenada y discreta. No encontré a Clara Anahí, pero el trabajo nos condujo a otras chicas y chicos”. Chicha conduce ahora la Asociación Anahí, que además de trabajar con los juicios a represores (“ya tendrían que ponerme un despacho en Tribunales”) está a cargo de preservar la casa de la calle 30, declarada Monumento Histórico. “Y recién ahora estoy pudiendo empezar la causa judicial por el asesinato de mi hijo. Pude acusar a Etchecolatz por lo de Diana. Sigo buscando a mi nieta. Y empiezo a reclamar justicia por Daniel”.
¿Relación con el gobierno? “No soy kirchnerista, pero leo los diarios y me siento asqueada. En broma digo que los opositores me van a terminar haciendo kirchnerista”.
Al hablar de derechos humanos, agrega algo que demasiada gente parece haber olvidado: “Yo agradezco lo que los Kirchner han hecho, pero falta lo principal que es buscar a los desaparecidos. El gobierno no se ha encargado de dar respuesta sobre ese tema. Ha facilitado las cosas, pero siempre estamos nosotros trabajando. Todo lo que hay en mis causas es porque lo he aportado yo. Aceptan lo que decimos, pero no buscan. Nos dejan solas en esa lucha. No lo apruebo. Los Kirchner son personas valientes. No van a acobardarse por hablar con los comandantes militares, exigirles que revelen la verdad, y que no vengan con el cuento de que no saben nada, porque tienen todos los datos. Lo más urgente son los chicos robados. No es algo que podamos hacer siempre solos. Pero todavía falta aquello por lo que empezó todo esto, y el gobierno tendría que hacerlo: que los militares digan qué pasó y dónde están los desaparecidos”.

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