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Hágase la luz

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Extractos del libro El compromiso en una época oscura. Miguel Benasayag y Angélique Del Rey escribieron este libro pensando en aquellos que están en la trinchera, intentando resistir, pero también comprender los desafíos actuales. Inédito en Argentina, resumimos algunos conceptos para el debate.

benasayag

La época oscura

«Vivimos en una época oscura”… Algunos estarán de acuerdo con esta afirmación ya que experimentan una cierta tristeza; otros por el contrario dirán que no, dado que la vida les sonríe, pero la mayor parte se sentirá asombrada ya que no sienten más que las tristezas o las alegrías propias de la época. Ahora bien, por oscuridad o luminosidad de una época no entendemos una sensación subjetiva o de júbilo o tristeza. La oscuridad o luminosidad de una época dependen de la existencia de posibilidades concretas de superación de los problemas que amenazan la vida, bajo todas sus formas. El carácter oscuro de nuestra época se debe más bien a la falta de un horizonte de superación de los desafíos de nuestras sociedades, de los peligros y amenazas que sufre la vida. ¿Qué hacer entonces? ¿Significa esto que no hay nada que hacer?

El militante triste

Todo el mundo (o casi) coincide con el objetivo de la defensa de lo vivo, del medio ambiente y de la cultura, frente a las fuerzas destructoras representadas por el economicismo, el utilitarismo y la serialización de los individuos. Sin embargo, en este punto reina una gran confusión en lo que se refiere a la cuestión de saber qué es lo que actúa en ese sentido, e incluso de saber lo que es un agente. ¿Sería un individuo de buena voluntad? ¿Acaso sería aquel que hemos denominado en nuestras obras precedentes como el “militante triste”, por su manera de luchar creyendo ferréamente en la llegada de la “sociedad del fin de la historia”?

La “tristeza” del militante se debe precisamente al afecto característico de su propia interpretación del mundo. A su juicio el mundo es un error: no es como debe ser. Por ejemplo, se piensa que analizar el desastre ecológico y el modelo antropológico subyacente no sirve para nada si no tiene lugar la revolución. Asimismo, se considera vana, o incluso traición, cualquier investigación biológica en torno a la ingeniería genética, ya que la lucha contra los organismos genéticamente modificados estaría relacionada ante todo con el factor político. Ni la “verdad” del arte ni la “verdad” de la ciencia, así como tampoco de cualquier dominio de carácter no político, hallan su razón de ser en lo político. Lo que significa que la vida de la gente no está pautada por las fechas ni los acontecimientos políticos. Para la gente, la vida se caracteriza por los años de juventud, de madurez y de vejez, o bien por las bondades (el matrimonio, el amor, el arte, los viajes, las amistades) o por las desgracias (inundaciones, guerras, represiones, muertes y enfermedades…). Los procesos múltiples de la vida no obedecen a las “efemérides” de los militantes. El mundo se transforma más por la acción de procesos sin sujetos que por grande hombres o grupos militantes.

El compromiso

Sea cual fuere la época o la situación considerada, el futuro no reside en lo que llegará mañana, sino en las virtualidades y las posibilidades reales susceptibles de desplegarse en esta época.  Las luchas y los esfuerzos, al igual que cualquier deseo, encuentran su origen, su desarrollo y su razón de ser por y para la situación presente. En consecuencia, el sujeto de la acción propio de la época no es ni un individuo ni cualquier poder central dirigido por el sentido de la Historia, sino una multiplicidad de situaciones agenciadas, susceptibles de construir por y para cada época concreta vías específicas de composibilidad, a fin de que la destrucción no predomine sobre la vida. Por eso, en una época oscura, se impone un compromiso de tipo investigador. Comprometerse en una época oscura no es realizar un programa, sino buscar de manera situada y según vías múltiples y contradictorias, y en todo caso conflictivas, el modo de superar ese mito del individuo que nos hunde en la impotencia y nos somete al utilitarismo de la postmodernidad.

La buena noticia

Las modalidades de compromiso “con una agenda apretada” resultan desoladoras: se quiere cambiar el mundo, el trabajo o el medioambiente, pero se está demasiado ocupado; los miércoles no (es el día de los niños), pero tampoco los jueves (debo ir al gimnasio), ¡y el viernes he quedado con María! Sin contar con el hecho de que el menor dolor de muelas borra en un instante todas las desgracias del mundo. En lugar de reducirse a simples accidentes que nos impiden aplicar el programa, esta inercia, este desánimo, constituyen elementos concretos y situacionales. El motor “trascendente” de la acción ya no funciona y ¡eso es una buena noticia! No, el compromiso ya no quiere funcionar bajo la única forma de la adhesión consciente, lo que significa que la vida misma se compromete en las situaciones concretas que la componen.

El motor sin esperanza

En nuestra época, por el contrario, el desafío reside en el hecho de encontrar y construir los motores “inmanentes” de la acción y sus razones, sin máquinas de esperanza. Ahora bien, cuando se dice motor inmanente también se dice multiplicidad de situaciones, y por consiguiente, ausencia de armonía y de redención final: nada de paz eterna ni de final de toda opresión, nada de mundo sin violencia ni de mundo de racionalidad triunfante. En lo sucesivo, el conflicto, los conflictos, ya no deben concebirse como momentos de una negatividad a superar, sino como procesos permanentes ante los cuales no cabe una solución definitiva. Las diferentes situaciones implican proyectos en conflicto mutuo: los problemas ecológicos requieren soluciones contradictorias respecto a ciertas exigencias de justicia social; los progresos técnicos y científicos en vez de ayudar sistemáticamente a la vida, en ocasiones la amenazan… Dicho de otro modo, el motor inmanente no funciona replicándose en toda situación de referencias preexistentes. Pero, además, en el compromiso inmanente, los grupos, las clases, los géneros o los diferentes sectores sociales carecen de un papel invariante: un mismo grupo, profundamente reaccionario en una situación, puede participar en procesos de emancipación dadas otras circunstancias, y viceversa.

Los cuerpos

Lo que llamamos “compromiso trascendencia” es el fruto de una razón consciente de la acción, mientras que el compromiso-investigación (o inmanente) constituye la expresión de un deseo vital. Y este deseo es el que otorga su fuerza, la de responder al desafío de esta época. El compromiso inmanente surge de los cuerpos. Atraviesa las situaciones y los seres humanos, pero no como el futuro de su análisis, sino antes incluso de su emergencia. Ahí donde el compromiso-trascendencia se basa en un paradigma racionalista, el compromiso-investigador se basa en un paradigma complejo, de comprensión del mundo y de la acción, que implica abandonar la idea de pretender controlar el cambio global. Las acciones desplegadas en la situación presente forman parte de la infraestructura de la cual emergerá la situación futura, pero no existe ni garantía ni visibilidad alguna respecto a lo que resultará de ella. En consecuencia, el compromiso debe pensarse en términos radicalmente inmanentes: es decir, se hace lo que se tiene que hacer en y para esta situación.

La situación

Un proyecto no parte del futuro, sino del presente, o lo que es igual, de la situación. Un proyecto parte de aquellas personas que se comprometen y actúan en situación, buscando respuestas a los desafíos planteados por aquella. Todo proyecto pertenece pues al presente de la acción y a la singularidad de la situación en la que se actúa. Pero esta proyección, que es la esencia misma de compromiso en situación (presente y local), no implica ninguna previsibilidad de los resultados, y menos aún del mundo global que dicha acción permitiría realizar. Nadie promete nada a nadie; más bien, se construye, se lucha, se crea. Por otra parte, un proyecto es dinámico: se dibuja al mismo tiempo que se construye el movimiento efectivo que lo desarrolla. Dicho de otra manera, ningún proyecto preexiste a la acción que tiende a realizarlo. Un proyecto se realiza a la vez que se define. De ahí también un vínculo nuevo entre teoría y práctica, en el cual la teoría no pretende orientar a la práctica, y mucho menos dirigirla.

Lo local

El compromiso de tipo “investigador” es situacional y concreto. Parte de los retos propios de la situación y tiene como aspiración el cambio aquí y ahora. No pretende pues cambiar las cosas de una vez por todas. No pretende tampoco tener influencia sobre un cambio global. Ahí donde el compromiso-trascendencia mira hacia la globalidad, el compromiso-investigador parte de lo local y desemboca en lo local. Para este tipo de compromiso, el mundo solo existe en situación: sus desafíos, sus problemas y sus soluciones son situacionales. Una injusticia solo se manifiesta localmente, no en las estadísticas (aunque éstas puedan esclarecer la situación); y también es en el plano local donde la búsqueda de una justicia más amplia adquiere sentido y se hace posible, nunca en los dispositivos globales establecidos desde una supuesta centralidad, la cual no es en realidad más que un “punto de vista de ninguna parte”.

Lo difícil

Resulta díficil admitir que las cosas cambian en todos los lugares y de manera permanente, sin que tales cambios locales constituyan al mismo tiempo la promesa de un cambio global, previsible o controlable de la sociedad. En consecuencia, resulta difícil admitir que las cosas cambien bajo formas y modos diferentes o contradictorios, sin que una estrategia de conjunto pueda, por definición, concluirse de tales luchas y tales compromisos.Y sin embargo, desde el punto de vista local, tales compromisos funcionan, van bien. Lo que significa que tal vez la dispersión que caracteriza al compromiso contemporáneo sea una de las condiciones de un cambio de mentalidad, de una aceptación de la nueva lógica.

Lo grande y lo pequeño

Local o situacional no quiere decir “pequeño”. Tomemos un ejemplo: si la tentación de centralizar las luchas se revela como un fracaso, entonces dar los buenos días a una dama no es tampoco el primer paso hacia la revolución; ahora bien, muchos de nuestros contemporáneos caen en la trampa del micro-compromiso, según el cual vivir se convierte en sinónimo de comprometerse. En la actualidad asistimos al desarrollo de una serie de prácticas (e incluso de una estética) de lo pequeño y lo cotidiano. Caricaturizándolo, se podría decir que al no materializarse los grandes relatos tendemos a refugiarnos en lo que ahora creemos que es el verdadero nivel de acción: ser “solo una buena persona”. De modo que una comida de barrio, una fiesta de vecinos o bien el famoso “cuidado”, entre otras mil micro-formas de relaciones en el mundo, pasarían a considerarse como formas sensatas de nuestra impotencia para la acción. Desde nuestro punto de vista la dispersión individualista es una pura ilusión: los individuos solos no entran en relación entre sí y con el entorno por medio de contratos o del “libre arbitrio”. Al suponerlos dispersos, ocupándose de sus pequeñas vidas, los individuos son cada vez más el producto de una captura realizada por las máquinas y los dispositivos de opresión.

Lo nuevo

Cada época posee su propia figura de singularidad, cambiante y contradictoria. En este caso la modernidad occidental ha determinado un sujeto -la Humanidad- el cual se presenta en una situación de guerra contra la naturaleza y contra su naturaleza.  Una singularidad no es un sujeto sustancial (proletariado, comunidad, individuo, casta) sino un sujeto en permanente cambio. Las “minorías”, en particular, son singularidades: eso mismo es lo que explica que, tal y como decían Deleuze y Guattari, hablen a todo el mundo sin necesidad de hablar de todo el mundo. Véase por ejemplo el caso de los sordos, los cuales luchan por su reconocimiento y dicen que, contra toda “evidencia”, lo que les falta no es oír, denunciando así toda reducción de la identidad a una forma de falta (discapacitados, dis-, diversos, “anormalidad”). Su lucha concierne entonces a todo el mundo sin necesidad de desarrollar un discurso sobre todo el mundo. Esto es lo que constituye una lucha minoritaria y, a la vez, una singularidad productora de acción.

El desafío

Aquello que retorna de manera continuada es la idea de que todo desarrollo de la potencia debe pasar por la representación. Se impone, entonces, de manera casi unánime, la idea de que al no existir un acuerdo sobre soluciones que sean totalmente representables, el proceso de democracia participativa se aboca al fracaso. Y mientras que la cuestión de la representación se convierte en fuente de divisiones y enfrentamientos, los participantes abandonan poco a poco las reuniones. “Siempre es lo mismo, nunca llegamos a ponernos de acuerdo”, se oye aquí. “Siempre son los mismos los que toman la palabra”, se oye allá. Por no hablar de aquellas personas que nunca dicen nada y que, sin embargo, se apresuran a volver a su “pequeña vida personal”.

La dificultad es que las luchas y las resistencias no pueden ser totalmente canalizadas por la representación. No es ni su motor ni su desenlace. Desde un punto de vista biológico, la representación nunca es lo primero. Es producto de la conciencia que interviene siempre a posteriori, después de que el mundo se constituya como objeto de una percepción del organismo. Solo si es territorializado en un tiempo y espacio dados, el organismo puede verse afectado por su entorno y, al término del proceso, producir representaciones capaces de ordenar el pensamiento.

Ahora bien, en una sociedad como la nuestra, que tiende a sobrevalorar la representación consciente y a negar cualquier anclaje del organismo en su entorno se produce más bien lo contrario: la representación interviene para ordenar lo real, lo vivido, y negar así todos los conflictos. Solamente si nos convencemos de que el hombre de la modernidad, ese hombre desterritorializado, pone en peligro su existencia biológica, la de otros organismos, así como al conjunto de sus relaciones orgánicas consigo mismo y con su entorno, podremos combatir ese proceso de manera eficaz.

El compromiso en una época oscura no puede realizarse más que a ese precio: renunciando a la voluntad de coherencia que ha establecido el gran proceso de la modernidad occidental. Y todo en nombre de una racionalidad más compleja que haga posible la re-territorialización de nuestros modos de acción y de pensamiento.

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