#NiUnaMás
Aislamiento y violencia machista, parte I. En la justicia: cuarentena violenta
En lo que va del año, al menos 102 mujeres y personas trans fueron asesinadas. La mayoría de ellas, por sus parejas. Acá la primera parte del especial Aislamiento y violencia: la radiografía de la justicia.

Por lavaca.org y Lucrecia Raimondi
3 de abril. Maira Alejandra Sarmiento, 22 años, es asesinada a puñaladas delante de sus hijos por su ex pareja Luis Edmundo Martínez, 55 años, en Villa Mariano Moreno, Tucumán. Venía escapando de su agresor desde hacía meses. Encontró refugio en la casa de Cecilia, su cuñada y amiga, en el barrio Las Talitas al norte de San Miguel de Tucumán. No buscaba aislamiento por la pandemia de coronavirus: escapaba de la violencia.
En una llamada que Alejandra grabó, él le anunció que la quería a matar. Ella le dijo que no lo amaba, que no quería saber nada con él, que pensara en las hijas, que la deje tranquila. Pero Martínez insistía: “Yo te voy a matar porque yo te amo. Te voy a matar y me mato con vos”, le dijo por teléfono. Alejandra fue con el audio a la comisaría de El Colmenar para hacer la denuncia. La periodista tucumana Mariana Romero reconstruyó en su cuenta de Twitter la desidia: “Con el audio, se fue a la comisaría de El Colmenar. Le dijeron que le correspondía la comisaría de Villa Mariano Moreno, así que se fue para allá. Cuando llegó, le dijeron que le correspondía la comisaría de El Colmenar. Volvió. Le dijeron que le correspondía la de la Villa. Se hartó. Hizo que le tomen la denuncia y, cuando ella la fue a firmar, se dio cuenta de que no habían puesto el nombre del agresor. «Pucha se me pasó», cuenta su amiga Cecilia que les dijo el oficial, así que la tuvo que imprimir de nuevo. No quisieron escuchar los audios. Le dijeron que ahora tenía que ir a lo que llamamos la Comisaría de la Mujer. Pero, cuenta Cecilia, casi no había personal y le dijeron que cuando terminara la cuarentena la iban a hacer que haga «tratamiento psicológico». Alejandra les dijo que más que tratamiento psicológico lo que necesitaba era custodia, pero le respondieron que eso lo tenía que ordenar «tribunales».
En los 5 días que le quedaban de vida, ella nunca supo si su causa llegó a Tribunales. La mañana del 3 de abril Martínez quebró el aislamiento obligatorio por coronavirus, volvió a Las Talitas y esperó a que Cecilia abriera el portón de su casa para entrar la moto. El femicida la empujó y entró a la vivienda. Sacó a Alejandra de los pelos a la vereda, la arrinconó y la golpeó. La arrastró 20 metros y la hirió con una cuchilla de carnicero. Cecilia pidió ayuda a los gritos, solo una vecina se acercó. Lo apartaron de un golpe en la cabeza con un ladrillo. Pero se incorporó y volvió buscar a Alejandra para darle una puñalada en el pecho. Martínez fue detenido por un vecino policía que procedió después del ataque, con Alejandra muy mal herida. Murió en la vereda, a la vista de su hija de 5 años que salió de la casa y se horrorizó por encontrar a su madre desangrándose. La fiscal Adriana Giannoni imputó a Martínez por femicidio. Dos niñas pequeñas quedaron huérfanas.
El caso de Alejandra Sarmiento muestra las fisuras de un Estado que no sabe cómo actuar para proteger a una mujer en situación de violencia. Como le pasó también a Fátima Acevedo en Paraná, que denunció y las medidas que tomó el Estado no fueron suficientes para prevenir el asesinato en manos de su ex pareja. Las últimas estadísticas de la Defensoría del Pueblo de la Nación informaron que el 87 por ciento de los femicidios que se registraron en 2019 se cometieron en el hogar.
Fuerza mayor
La cuarentena agregó así un saldo sangriento de lo que va del 2020: 102 los femicidios y travesticidios confirmados: 87 mujeres y niñas, 3 asesinatos a travestis y otras 12 de esta comunidad LGBTTI fallecidas por el abandono del Estado.
Entre el 1 de marzo y el 7 de abril fueron halladas 29 mujeres y niñas víctimas de femicidio, según el relevamiento de organizaciones sociales y ONG a partir de noticias en los medios de comunicación o publicaciones en redes sociales. En los casos de travesticidios se suma otra dificultad: los medios de comunicación muchas veces no respetan sus identidades, además de que no todos salen publicados en las noticias, lo cual hace más difícil poder reconstruir la radiografía de la situación. El número al que llegó lavaca es a partir de un trabajo territorial de consulta a la comunidad trans que entiende la baja expectativa de vida como un travesticidio social. No hay datos oficiales actuales de estos crímenes.
Desde el 20 de marzo que empezó el aislamiento obligatorio por coronavirus fueron encontradas o asesinadas casi la mitad: 17 mujeres y niñas muertas por la violencia machista. De esos hallazgos, 13 mujeres y niñas fueron asesinadas durante el período de aislamiento. Algunas convivían con su agresor, otras fueron atacadas porque sus femicidas violaron la medida preventiva. Mientras lees esta nota la espantosa lista de femicidios y travesticidios posiblemente aumente.
“Esta cuarentena obliga a muchas mujeres a estar en sus casas junto a los agresores”, dice María Inés Benítez, del Movimiento de Mujeres y Diversidad de Mar del Plata y Batán y de la Campaña Nacional Todas Somos Lucía, y explica que cada organización difundió el teléfono de alguna de sus integrantes a quien poder llamar para tener asesoramiento o acompañamiento en situaciones de violencia. María Inés es una de las que recibe llamados: en un solo día fueron tres las mujeres que se comunicaron con ella, y cuenta que en uno de los casos tuvieron que conseguir que intervenga un móvil policial. Resume así la emergencia: “Es preocupante. Más allá de que las organizaciones tratemos de suplir, los casos han aumentado muchísimo”. Fuentes judiciales revelaron a MU que los delitos contra la propiedad son prácticamente nulos. Mientras tanto, que las denuncias telefónicas por violencia machista se mantuvieron igual o aumentaron. En la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires se detectaron un incremento en los casos: de 1 o 2 por día a 4 o 5 por día desde el 20 de marzo, fecha de inicio de la medida sanitaria. Otra de las fuentes judiciales agregó que considera que las medidas de protección que se están otorgando en este contexto se vuelven “endebles”.
A dieciséis días de que el Poder Ejecutivo Nacional decretase el aislamiento social, preventivo y obligatorio para toda la población con sus excepciones, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad dispuso en la Resolución 15/2020 que las salidas con fines de realizar las pertinentes denuncias por violencia serían permitidas para las mujeres y la comunidad LGBTTI. Ese mismo día se conoció la noticia de que el hombre que había acompañado a su cuñada a hacer una denuncia por violencia fue procesado por violar la cuarentena.
La única política pública nacional impulsada por este Ministerio en el período de aislamiento fue la iniciativa “barbijos rojos” que recibió duras críticas por no tener en cuenta que las mujeres quedaban expuestas frente a sus agresores y que las farmacias, además de no adherirse todas las federaciones que las nuclean dejando afuera a siete provincias y casi la mitad de los establecimiento de Capital, tampoco están capacitadas ni tienen la obligación de contener las demandas de auxilio. Sin contar que en muchísimos barrios a lo largo y ancho del país no hay farmacias cercanas.
Según Agustina Ciarletta, directora del espacio de la Mujer en la Legislatura porteña, el número de llamadas a la Línea 144 en la Ciudad se duplicó desde el inicio del aislamiento y explicó que el 43% son llamados de familiares y amigos de las víctimas. Cabe aclarar que las operadoras de esta línea no reciben denuncias, sino que brinda información, contención y asesoramiento a las personas que llaman. Pero frente a la situación actual de urgencia, la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, anunció hoy frente a la cámara de Diputados que en coordinación con el Ministerio de Mujeres y Géneros acordaron que todos los llamados recibidos por la línea 144 den aviso al 911 para atender las situaciones de emergencia. Además, el Ministerio de Justicia y el Ministerio Público Fiscal firmaron el lunes un convenio de cooperación para agilizar las medidas de protección judiciales en período de aislamiento. También la ministra de Justicia, Marcela Losardo, anunció que reforzaron con un número de WhatsApp la Línea 137 de atención a víctimas de violencia familiar, que envía personal judicial para socorrer a las mujeres que llaman y las derivan a la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) para que hagan la denuncia penal.
La OVD, que depende de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, está abierta las 24 horas los siete días de la semana y recibe todas las consultas de manera presencial, pero ahora atiende con una guardia reducida. El promedio habitual de denuncias que llegan a completarse -el tiempo de espera suelen ser de varias horas y muchas se van sin hacer la denuncia- es de un mínimo de 40 y un máximo de 52 casos por día; estiman que aumentarán cuando pase la emergencia sanitaria.
Durante el aislamiento obligatorio la atención es con un personal reducido y el tiempo de la entrevista que solía ser de una hora y media o dos, en cuarentena es menor. Analía Monferrer, directora de la OVD, informó a MU que del 20 de marzo al mediodía de hoy registran que recibieron un total 91 casos. Durante el aislamiento obligatorio tuvieron su pico de atenciones el 2 de abril con 11 casos. De las mujeres que se acercaron a la OVD durante el aislamiento, 36 conviven con sus agresores y en otros casos que no convivían el agresor violó la cuarentena y la restricción emitida por el juzgado de familia; todavía les resta analizar la situación de 15 casos. Monferrer atribuye la disminución de consultas al contexto de aislamiento obligatorio, y a la dificultad de circulación, pese al decreto ministerial.
La excepción fue la Provincia, que tiene la mayor densidad demográfica de todo el país. Allí se registró la mayor cantidad de femicidios. Mediante el Decreto 178/2020 publicado el 31 de marzo en el Boletín Oficial de la Provincia de Buenos Aires se otorga al Ministerio de las Mujeres, Políticas de Géneros y Diversidad Sexual provincial la facultad para otorgar un subsidio que permita dar asistencia inmediata y acompañamiento a quienes estén en situación de violencia machista. El Fondo permanente especial de ayuda en la emergencia está destinado a afrontar gastos urgentes, de asistencia económica inmediata y en el lugar de los hechos, a las propias víctimas, sus familiares o las personas que acompañen la situación de crisis y emergencia.
“La pandemia nos colocó en un cono de excepcionalidad que transformó toda nuestra vida –dijo a MU Estela Díaz, a cargo de esa cartera- Veníamos planteando la estructuración de todo el Ministerio, los mecanismos para que esa transversalidad sea posible con municipios, organismos del Estado, con mesa interpoderes, y todo esto se puso ahora en función de la atención de la violencia. Es un subsidio que ayuda para la salida de la emergencia. Estamos impulsando el proceso, trabajando con el Banco de la Provincia de Buenos Aires. Ayuda a la salida de esas situaciones, cuando necesitas irte, cuando tenes gastos porque saliste de tu casa, favorece la respuesta y se rinde por parte de los Municipios o mesas locales de manera muy simple, explicando el caso. Está pensado para casos urgentes”. El contexto en que se implementó la medida: “Estamos restableciendo las líneas de atención y estalla la cantidad de llamados en estos días”.
#NiUnaMás
Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords

En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.
Por Evangelina Bucari
En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. En Cañuelas, un hombre le prendió fuego a la casa de una pareja de lesbianas. En Recoleta, dos mujeres, de 26 y 24 años, caminaban de la mano cuando un hombre las frenó y las increpó: una terminó con la nariz fracturada; la otra, con lesiones en la mano. En Palermo, un joven gay fue brutalmente golpeado y le rompieron la mandíbula. En Neuquén, Azul Mía Natasha Semeñenko fue asesinada, sin haber podido “ser Azul del todo” porque no recibió su hormonización.
Ninguno de estos hechos violentos de 2025 fue excepcional. El año pasado se registraron 227 crímenes de odio contra personas lesbianas, gays, bisexuales, trans (travestis, transexuales y transgéneros) y otras identidades disidentes. Según el informe anual del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, fue el año más violento desde la creación de este organismo, con un crecimiento de más del 60% respecto de 2024, cuando se habían registrado 140 casos. Se trata, dice el relevamiento, de un aumento “abrupto, excepcional y cualitativamente distinto a la progresión observada en los años anteriores”.
La violencia por odio hacia el colectivo LGBT+ se intensificó en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de organismos de protección, paralización de la agenda legislativa en materia de derechos y consolidación de discursos fascistas que estigmatizan a la diversidad.
Para María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de la Federación Argentina LGBT+ (FALGBT), el drástico aumento de estos crímenes en Argentina no puede separarse de los discursos de odio que provienen del gobierno nacional. “Tanto el presidente como funcionarios y allegados se expresan de manera violenta y discriminatoria hacia la comunidad LGBT en general y, principalmente, hacia la comunidad trans”, describe Rachid. “Y eso –agrega– genera mayor violencia y discriminación en la vida cotidiana. Esos discursos terminan legitimando, avalando y fomentando la violencia hacia nuestra comunidad”.
Esa realidad se percibe en lo cotidiano. Ayito Cabrera, director y fundador de la organización Espacio Tolomocho –que nuclea a personas trans con discapacidad–, advierte que el aumento no se limita a los casos visibles, sino que se expresa en formas más silenciosas y estructurales de violencia, atravesadas por la precarización económica y el desfinanciamiento.
“Los pedidos de ‘apañe’ de personas trans se multiplicaron considerablemente”, resume. Ese crecimiento, explica, tiene directa vinculación con la dificultad de acceder a un trabajo que permita sostener condiciones básicas de vida: comer cuatro veces al día, estudiar y alquilar. Cientos de personas travestis, trans y no binarias perdieron sus empleos en ámbitos estatales y muchas se quedaron sin acceder a medicamentos o tratamientos.
RADIOGRAFÍA
El informe elaborado por la FALGBT y las Defensorías del Pueblo de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires permite visibilizar la violencia cotidiana y su naturaleza.
Más de un tercio de los casos corresponde a ataques contra el derecho a la vida, que incluyen asesinatos, suicidios o muertes vinculadas a condiciones estructurales, mientras que casi dos tercios son agresiones físicas que no terminaron en muerte. Rachid aclara que hay un subregistro, “porque hay casos donde no se desarrolla ninguna línea de investigación relacionada a la posibilidad de un crimen de odio”.
En ese punto aparece uno de los datos más significativos del período: las agresiones físicas se duplicaron en un año y pasaron de 73 a 147 casos, un incremento del 101,4%.
Las muertes vinculadas a crímenes de odio se mantienen altas y con un patrón sostenido. En 2024 se registraron 67 casos (17 asesinatos, 44 muertes por violencia estructural y 6 suicidios), mientras que en 2025 la cifra ascendió a 80 (16 asesinatos, 53 muertes por violencia estructural y 11 suicidios), es decir, un aumento del 19,4%. Ese crecimiento incluye un dato especialmente preocupante: los suicidios casi se duplicaron en un año.
Las mujeres trans siguen siendo las más afectadas y concentran el 62,56% de los casos registrados. En segundo lugar se ubican los varones gays (22,03%), seguidos por varones trans (7,93%), lesbianas (5,73 %) y personas no binarias (1,76%).
Pero el documento advierte algo más: es un fenómeno que se expande. Entre 2024 y 2025, los ataques contra varones trans pasaron de 5 a 18 casos. Y las agresiones contra personas no binarias, que ni siquiera aparecían en registros anteriores, se duplicaron.
Ayito Cabrera describe con crudeza cuando además hay intersección de violencias. “Quienes somos personas trans con discapacidad vivimos una doble vulnerabilidad y una discriminación estructural histórica”, advierte. En ese contexto, señala, la falta de políticas públicas agrava condiciones ya precarias y profundiza el abandono.
Para el fundador de Espacio Tolomocho, las identidades trans –en especial, las transmasculinidades– se convirtieron en blanco de discursos que buscan deslegitimar derechos conquistados. “En esta intersección, nuestra identidad se ha convertido en chivo expiatorio de una campaña internacional de las derechas globales. En nuestro territorio, eso se traduce en necesidades básicas –salud, vivienda, trabajo– gravemente afectadas: las hormonas se han vuelto prácticamente inaccesibles, la atención sanitaria se deteriora y la falta de empleo impide sostener una vivienda”, detalla Ayito.
En este sentido, las cifras no pueden interpretarse de forma aislada, sino como parte de un entramado de violencias estructurales, simbólicas e institucionales que impactan de lleno en las condiciones de vida.
Otro tema preocupante es un crecimiento sostenido de agresiones en comisarías y establecimientos penitenciarios, junto con un dato que marca un punto de quiebre: la participación de fuerzas de seguridad pasó de 17 casos en 2024 a 64 en 2025. Esto consolida a la violencia institucional como uno de los principales vectores de agresión, en especial contra la población trans y, en particular, contra las mujeres trans.
Rachid señala que esto no resulta sorpresivo. “Cuando aparecen o se instalan gobiernos de derecha, las fuerzas de seguridad se sienten más avaladas para ejercer su violencia hacia los grupos vulnerados en general y la población LGBT en particular”, explica.
LA ANTIAGENDA
El hecho de que el registro más alto de toda la serie histórica del Observatorio se produzca durante el gobierno de Javier Milei es un dato cargado de sentido. Desde que comenzó su mandato, siguiendo la agenda de ultraderecha de su amigo Donald Trump, el presidente argentino promovió discursos que cuestionan derechos, deslegitiman identidades de género diversas y contribuyen a habilitar formas más intensas de violencia contra las personas LGBT+, como quedó demostrado durante su intervención en Davos en enero de 2025.
Esa violencia simbólica vino acompañada de la eliminación de programas, organismos y dispositivos estatales que cumplían funciones centrales en la prevención de la violencia y el acompañamiento de las víctimas. La disolución del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), por ejemplo, dejó a la población LGBT+ sin un canal institucional específico para denunciar actos discriminatorios. El informe lo sintetiza en una frase que funciona como advertencia: “Allí donde el Estado se retira, el odio encuentra condiciones para expandirse”.
Esa relación entre discurso y violencia también aparece en la experiencia cotidiana de las organizaciones. Para María Rachid, los informes no solo marcan un aumento de los crímenes de odio, sino que evidencian su vínculo con los discursos que circulan desde el poder.
Agrega que, a partir de expresiones públicas de funcionarios y del propio Milei, se produjo un cambio perceptible: crecieron las denuncias, las consultas y también la violencia cotidiana. “Hay evidencia de esa relación directa. Lo muestran los informes, pero también se puede ver en las redes sociales de cualquier organización LGBT”, plantea Rachid.
Ocurre que cuando esos discursos provienen de una voz de autoridad como lo es el Poder Ejecutivo Nacional, el impacto es concreto. No solo habilitan la violencia, también la legitiman.
Desde el Espacio Tolomocho explican que lo que antes circulaba como insulto marginal hoy es retomado por funcionarios y medios, ampliando su alcance y su legitimidad social, y habilitando agresiones físicas, institucionales y discursivas con mayor impunidad.
Las consecuencias de ese proceso también se observan en el acceso a derechos básicos, como la ley de cupo laboral. Los despidos en la administración pública y la falta de implementación efectiva de estas normativas profundizaron la exclusión de la población trans y empujaron a muchas personas a situaciones de extrema precarización.
En este contexto, espacios como Tolomocho adquieren otro sentido y se transforman en redes de contención y cuidado, un recurso fundamental en tiempos hostiles. “Somos personas trans con discapacidad profesionales en nuestras áreas, editamos libros, hacemos muestras de arte, damos clases, trabajamos en accesibilidad. Apostamos a la educación y al arte como formas de construir otra sociedad”, explican.
En un clima social marcado por el ascenso de los discursos de odio, la discriminación y el individualismo, la respuesta vuelve a ser colectiva. La organización, la denuncia y la presencia en las calles se tornan fundamentales ante una avanzada antiderechos que tiene en el propio Estado nacional a uno de sus impulsores.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
#NiUnaMás
El 3J porteño: Vamos

Por Claudia Acuña
Fotos: Juan Valeiro
Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.
“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.
Quizá no sea una suerte, pero casi.
Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
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