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Ana Esther Ceceña: Aprender del zapatismo

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«Un intelectual de izquierda tiene más dificultades para entender el discurso zapatista que una señora ama de casa», explica la investigadora mexicana Ana María Esther Ceceña en esta entrevista realizada poco antes de que se cumplan diez años de la aparición pública del EZLN.

Esta no es una entrevista exclusiva. Hace algunos días, la economista mexicana Ana Esther Ceceña estuvo en Buenos Aires para presentar Chiapas, la revista que dirige, y que el Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) comenzará a coeditar desde Argentina. Con más disposición y amabilidad que tiempo, la investigadora sugirió si el reportaje con lavaca podía hacerse de manera compartida con Mariana Percovich, del diario La Mañana del sur, de Neuquén.
De modo que, esa mañana, allí estábamos tres personas.
Tres personas tratando de dar cuenta del fenómeno del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que está a punto de cumplir diez años de su presentación pública.
Presentación pública que el movimiento decide hacer justo el día en que México se incorpora al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, junto a Estados Unidos y Canadá.
Tratado repudiado por Ceceña, que enumera las consecuencias negativas que trajo para la economía de su país, justo la semana en que en Buenos Aires se lanza la Campaña contra el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y en Miami se reunían los gobernantes a impulsar el acuerdo.
Del ALCA habla entonces la investigadora, que salta de un asunto al otro al ritmo de dos periodistas, en una de las oficinas de Clacso, el centro dirigido por el politólogo Atilio Borón
Atilio Borón, que abre la puerta y saluda, es uno de los teóricos de la izquierda tradicional, al que le cuesta aceptar algunas de las innovaciones del zapatismo, cuyos integrantes no se proponen la toma formal del poder y promueven la horizontalidad, el consenso, la autonomía y la democracia directa entre otros valores ahora retomados por los nuevos movimientos sociales en todo el mundo. Con ese tipo de pensamiento de la izquierda tradicional polemiza Ceceña en esta entrevista
Entrevista que -contra los parámetros exitistas del periodismo actual- es una prueba cotidiana e ínfima de que, tal como sostienen los zapatistas, el consenso es un ejercicio diario de construcción de un diálogo compartido y respetuoso con el otro.
-¿Cuándo surgió su interés por el zapatismo?
-Supe del zapatismo, como prácticamente toda la sociedad, cuando el movimiento hizo su irrupción pública el 1 de enero del 94, y mi interés surgió inmediatamente. Yo raras veces enciendo el televisor, y más aún después de la desvelada, pero ese día lo prendí y me encontré con que un grupo guerrillero estaba tomando la ciudad de San Cristóbal. Los periodistas trataban de entrevistar a alguien y resulta que lo reportean al subcomandante Marcos. Y fue algo tan extraño porque era como el anti-líder: no hablaba como un político, no hacía una arenga, no echaba discursos… De modo que me llamó la atención desde un inicio por eso y también porque surgía una revuelta en un momento en que se pensaba que ya no había posibilidades de combatir esta globalización implacable.
-El movimiento zapatista no se presenta públicamente en un momento cualquiera: el día en que en México entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
-El Tratado no solo estaba ya firmado, sino que se había cambiado la Constitución y ya entraba en vigor, de modo que no era posible echarlo pero, de todas maneras, la irrupción del EZLN ese día sirvió para cuestionar esa idea presente por entonces de que ahora sí íbamos a ser desarrollados y que con el Tratado entrábamos al paraíso, cuando la verdad fue y es un acuerdo gravísimo.
-¿El ALCA reviste la misma gravedad?
– El ALCA es un eslabón más, muy importante por cierto, pero uno más, en el sentido de que no es que hay que esperar la firma del acuerdo para ver si avanza: el ALCA ya está avanzando. El plan Puebla-Panamá, el Plan Colombia, las políticas de ajustes, la deuda externa son pasos parciales a través de los cuales se han generado las condiciones para que los países latinoamericanos prácticamente no puedan prescindir de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Al mismo tiempo se están negociando tratados bilaterales y todo eso forma parte del ALCA porque, en realidad, las cláusulas con las que se establecen son las mismas. Solo que el ALCA implica una complicación mayor porque abarca a muchos países e implica supranacionalidad, entonces no hay manera de renegociar cosas. La cláusula de inversiones, por ejemplo, pone a los gobiernos como si fueran un particular más, entonces pueden ser demandados como un competidor cualquiera, de modo que ningún Estado puede tener políticas nacionales propias porque lo van a demandar. En México hubo una protesta muy fuerte de los campesinos, que se llamó «El campo no aguanta más» y pedían que se renegociaran cláusulas del Tratado y el alegato del presidente fue que no podía renegociar porque para ello tendrían que ponerse de acuerdo con Canadá y Estados Unidos, que no iba a aceptar ningún condicionamiento.
-¿Cómo reaccionaron los intelectuales mexicanos ante la irrupción del nuevo movimiento?
-Las primeras reacciones fueron muy ilustrativas de lo que, incluso luego, ha ido ocurriendo. Los intelectuales más vinculados al sistema político -aún los intelectuales de izquierda- condenaron inmediatamente el levantamiento porque decían que estaba en riesgo la democracia. ¿Cuál democracia? podría preguntarse uno, pero en fin. Periódicos, como La Jornada, que ahora publican los comunicados zapatistas, inicialmente también estuvieron en contra del levantamiento. Hubo, no obstante, otra fracción de la intelectualidad -y de la sociedad misma- que era muy crítica frente al sistema político y económico y entonces se fascinó por estos nuevos planteos y se acercó muy rápidamente a los zapatistas para ver qué estaba pasando.
-¿Sabían de la existencia del EZLN?
-La irrupción del zapatismo fue una demostración de que no habíamos hecho bien los análisis. El movimiento se preparó durante diez años antes de hacer su aparición pública y nosotros no nos habíamos dado cuenta. Ese fue un desafío muy fuerte para la interpretación de la realidad y eso hizo también que esa primera reacción negativa cambiara en los siguientes días. Al ver el impacto tan fuerte que había tenido en la sociedad, toda esa gente que había condenado al movimiento, empezó a recular , a sensibilizarse y a decir que era algo muy interesante, que había que ponerle atención, que en realidad los indígenas nunca habían sido reconocidos en México, que tenían razón…
-Quizás lo que más sorprendió fuera que un pensamiento tan innovador surgiera de una población con altos índices de desnutrición y analfabetismo…
-Yo creo que ahí es donde se demuestra que el ser humano es un todo complejo integrado. No es primero el que come y luego el que piensa, sino que todo va al mismo tiempo, incluso a veces el pensamiento se adelanta a lo que son las relaciones económicas. Son efectivamente gente en su mayoría analfabeta, mal alimentada, sin clínica, sin médicos; pero la experiencia de haber resistido 500 años les da una fuerza interna que es muy grande. El hecho de que sean analfabetos no quiere decir que sean elementales en sus conocimientos. Cuando los españoles llegaron a México lo primero que hicieron fue quemar libros, es decir eliminar testimonios escritos -que había muchos en esa región porque la cultura era muy avanzada- y prohibir la lectura y la escritura. ¿Qué hacen entonces los indígenas?, se refugian en su oralidad. Tienen una cultura oral muy desarrollada, con tradiciones que ha mantenido en estos 500 años y han ido enriqueciendo. No es que se quedaron en aquel momento: observan, discuten, procesan. Todo esto está en las comunidades.
-¿En ese desconocimiento de los intelectuales subyacía este prejuicio?
– Así es, el racismo también se ejerce así. Realmente la problemática indígena quedó instalada como una de las problemáticas del siglo XXI y de eso ya no puede salir. Pero esto requiere un aprendizaje y una apertura que muchas veces el intelectual no tiene. Se supone que un intelectual de izquierda, un revolucionario del pensamiento, debería ser el más preparado para estos casos y, a veces, tiene más dificultades para acercarse y entender el discurso zapatista una señora que es ama de casa pero que tiene la sensibilidad necesaria como para darse cuenta de lo que está ocurriendo ahí. Porque acercarse a un pensamiento tan diferente y tan complejo requiere una disposición para cambiar esquemas, para desplazarse a un terreno un poco virgen en el que hay que construir los conceptos. Es decir: hay que discutir con los zapatistas pero también hay que construir conceptos que nos permitan a nosotros apropiarnos de lo que ellos están planteando. Y no es una tarea fácil.
-¿Cómo es ahora la relación de los intelectuales con el zapatismo?
-Es cíclica, hay momentos en que se vuelve a tensar la relación, sobre todo cuando nos acercamos a las elecciones. En períodos electorales siempre vuelve a separarse mucho la opinión de los intelectuales más vinculados al sistema político que ya no condenan el levantamiento pero sí la actitud abstencionista de las comunidades zapatistas que -según ellos- favorece a la derecha. No se ponen a pensar que hay razones muy profundas detrás de ese abstencionismo, porque es un abstencionismo militante: no es por descuido que no votan.
-¿La cuestión indígena era una preocupación de la izquierda mexicana?
-Era una reivindicación un poco clientelar, ésa es la verdad. Se sumaba a los indígenas como uno más de los sectores pero no se les tomaba realmente en cuenta. Las reivindicaciones indígenas estaban incorporadas, de manera muy maniquea en las reivindicaciones de los partidos políticos. Incluso el PRI tiene desde hace rato trabajo con las comunidades, con los sectores indígenas a través de esta estructura clientelar.
– La horizontalidad, el consenso, la democracia directa, ¿los postulados políticos del EZLN son heredados de la cultura indígena?
-Yo diría que es heredado y que es construido. En la historia de los mayas hay períodos de un régimen autoritario con relaciones muy verticales entre ellos pero hay otros momentos con muchas evidencias de que las relaciones eran horizontales, las tomas de decisiones eran colectivas y no había mucha disparidad entre unos grupos y otros. Aparentemente ellos mismos se habían rebelado, aún antes de la conquista, a sistemas de dominación como los que siempre nos hablan: las pirámides y las castas de los guerreros y los sacerdotes. Entonces, tienen esas dos herencias pero también un trabajo político de 500 años. Hay, además, una práctica de la crítica y la autocrítica muy fuerte, y esa autocrítica es en parte herencia pero también es construcción. Hay una reflexión muy fuerte sobre las revoluciones del siglo XX en el ejército zapatista, que se hizo en ese mestizaje entre los guerrilleros que llegan primero a la selva y las comunidades que se incorporan después.
-En esa reflexión se separan de la guerrilla de izquierda tradicional…
– Los zapatistas hacen una crítica muy fuerte a la guerrilla tradicional. Incluso se inician como una bifurcación de los grupos guerrilleros que había en México. Y se
distancian cada vez más porque el trabajo con las comunidades los fue cambiando. Los transformó en un sentido muy distinto al que mantuvieron los otros grupos guerrilleros. No solo dentro de México, sino también dentro del país, se plantea un debate muy difícil porque estos otros grupos no aceptan la crítica que les está haciendo implícitamente el zapatismo. Se han resistido mucho a dialogar con ellos, a escuchar estas cosas nuevas que se están planteando, sienten que es casi como reconocer un fracaso. Es un diálogo muy difícil pero que yo pienso que igual se va a dar. Todos estos grupos, aún los que dicen que el zapatismo es poesía y literatura, están empezando a cuestionarse a sí mismos a través de estas nuevas experiencias. Y no es que el zapatismo tenga la verdad que antes tenían ellos, sino que es un movimiento que está diciendo que no hay un solo camino, que la verdad no puede ser rígida. Ellos dicen: «si no nos modificamos en el mismo proceso porque sino nunca vamos a construir ese otro mundo, entonces en la medida que nosotros nos esforzamos por mantenernos iguales, pues el proceso no está sirviendo de nada». Y eso creo que es un cuestionamiento general, no sólo a los grupos guerrilleros, sino a todos nosotros.
– Los menosprecian acusándolos de «hacer poesía y literatura» cuando los zapatistas hacen un uso intencional de la palabra.
-Los zapatistas dicen que tomaron las armas para poderle abrir espacio a la palabra, que ellos en realidad lo que querían era hablar y ser escuchados y, como no podían, tuvieron que tomar las armas y con las armas abrieron el espacio y ahora entonces ya no las necesitan.
-¿Esa reivindicación de la palabra es una impronta del subcomandante Marcos?
-El es un poeta, pero las comunidades también. No es la poesía de él la que aparece sino la poesía que construyeron juntos. Incluso pienso que su capacidad literaria se desarrolló en el trabajo con las comunidades y muchas de las construcciones que Marcos utiliza son metáforas que provienen de la cosmovisión indígena. Entonces hay ahí una fusión de pensamientos, de modos de pensar y de observar que se fue construyendo en el camino
-¿La figura de Marcos es determinante?
-Yo creo que influye mucho, porque tienen la virtud de la autocrítica, siempre estuvo dispuesto a la discusión con las comunidades y eso, de algún modo, lo transformó en una figura síntesis. Pero esto no quiere decir que él sea el líder y quien haya imaginado todo: el zapatismo es realmente una construcción colectiva. De hecho, me parece que están en un proceso de despersonalizar al vocero y esto es interesante porque está relacionado con la idea del movimiento de que no tiene que haber vanguardias, ni líderes, y de que las decisiones son comunitarias. Marcos dice siempre que él es un marco, el marco de una ventana, que lo que permite es simplemente poder mirar a los dos lados y que llegará un momento en que ese marco no hará falta porque la sociedad podrá mirarse sin esa mediación. Eso, sin dudas, quiere decir despersonalizar al vocero.
-¿Cómo generan entonces el consenso?
-Las asambleas en las comunidades son algo muy interesante porque las hacen de una manera muy diferente a como las hacemos nosotros. De golpe uno ve que se está discutiendo algo y la gente se voltea a conversar hacia un lado o hacia el otro y parece que nadie está haciendo caso de nada, que cada quien está en la suya. Sin embargo, están discutiendo lo que se está planteando pero de a pocos, se van poniendo de acuerdo por grupitos, y así se va construyendo realmente una decisión colectiva. Eso es algo que nosotros no entendemos porque estamos acostumbrados a escuchar con mucha seriedad al que habla, en silencio, y quizás luego le rebatimos, pero no lo incorporamos. No vamos haciendo ese proceso de socialización de las ideas. Otra cosa que me llamó la atención de las asambleas es que participan todos, hasta los niños. La estructura física es distinta entonces por ahí las mujeres están al mismo tiempo en la cocina y participar del debate pero sin descuidar las otras cosas que están haciendo. Porque, además, tomar una decisión de este modo es un proceso muy largo y como no pueden dejarlo todo por el debate, entonces lo hacen a la vez.
-¿Qué logró y qué no consiguió el movimiento zapatista en estos diez años?
– Consiguió colocar en el mundo la problemática indígena y la de la exclusión así como plantear la existencia de alternativas frente al neoliberalismo, algo que no estaba presente antes del levantamiento zapatista. Es decir, antes de enero de 1994, lo único que se percibía como posible era los cambios dentro de un mismo modelo, los cambios de estrategia política; pero la globalización y el neoliberalismo era inapelables. Incluso la tecnología era desarrollada para las disparidades en el mundo. A partir del levantamiento zapatista se abre un horizonte civilizatorio distinto y a partir de ese horizonte la gente empieza a pensar que efectivamente otro mundo es posible.
-¿Qué no consiguió?
-La lucha que se han planteado los zapatistas es de muy largo plazo. Los tiempos que ellos manejan son muy distintos a los tiempos políticos actuales y entonces se puede decir que no han conseguido gran parte de las cosas que están reivindicando: no han conseguido el reconocimiento constitucional de su derecho a ser diferentes ni a gobernarse de otra manera Sin embargo no me parece muy conveniente medir la cuestión en esos términos porque no es una lucha terminada. No hay una derrota o un fracaso sino que es un proceso en el que se están señalando distintas estrategias para conseguir estas reivindicaciones; como algunas no funcionaron, están probando otras. Por ejemplo,
ellos necesitaban probar el camino de los tres poderes -el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial-, porque la sociedad se los pedía, y justamente lo que ahora están discutiendo con esa sociedad es que por esos caminos no hay respuestas para ellos. En realidad lo sabían y lo están diciendo desde el principio pero, también desde el principio, dicen: «nos comprometemos con la sociedad civil a probar lo que la sociedad civil dice que es posible. Por eso dejamos las armas, porque la sociedad nos está indicando que hay posibilidades de un camino no armado para lograr nuestras reivindicaciones». Finalmente se está probando que no hay respuestas, pero ellos no saltan etapas, no abandonan las posibilidades antes de agotarlas. Por eso me parece que no puede hablarse de una estrategia fracasada. Porque ahí lo que se jugaba, además del reconocimiento, era medir hasta donde ese camino era posible; y eso sí se logró: quedó muy claro hasta donde se puede trabajar con el sistema político actual y hasta donde no.
-Es realmente sorprendente que un grupo que se preparó durante diez años para tomar las armas, las abandone a los doce días de iniciada la lucha porque la sociedad se lo pide.
– Es asombroso y terrible. Fue difícil de verdad para esa gente que estaba preparada
para dar una batalla armada. Debieron hacer un trabajo enorme hacia el interior de las propias comunidades para explicarle a los milicianos porqué razón en ese momento no se debían usar las armas. Fue un trabajo tan difícil como prepararse para la lucha armada.
-¿ Y cómo lo hicieron?
-El diálogo con la sociedad fue lo que en algún modo los llevó a tomar ese acuerdo tan rápidamente. El EZLN dijo desde un inicio que es un ejército que lo que se propone es que no sean necesarios los ejércitos. Claro que no se imaginaron que esa idea que tenían desde el principio iba a ser probada a los doce días. Eso resultado del diálogo con la sociedad civil, del apoyo que recibieron.
-¿Qué representa Chiapas como territorio simbólico?
– Creo que aparecen dos cosas fuertes. Una ese mundo indígena que en realidad está dentro de todos los mexicanos y que ahí emergió de una manera impresionante. Incluso muchos de los que descienden de abuelos europeos, están reivindicando su origen indígena. ¿Por moda algunos? Sí, efectivamente. Pero, a la vez, es algo mucho más fuerte. Yo tenía abuelos y bisabuelos europeos y, sin embargo, hay muchas cosas dentro de mi niñez que tenían que ver con el mundo indígena, sin que esto fuera explicitado.
-¿Qué cosas por ejemplo?
– Ciertos nombres, el hábito de comer tortillas de una determinada manera, hacerme trenzas y usar cintas de algodón para amarrármelas… Despreciados de la sociedad, los indígenas han sido servidumbre durante mucho tiempo y, como servidores domésticos, tenían mucha relación con los niños, de modo que recibimos de ese mundo indígena historias muy diferentes a las que nos contaban nuestros abuelos europeos. Todo eso formó parte de nuestra construcción identitaria, de nuestros referentes culturales, y es muy fuerte, aún a pesar del racismo. Eso empezó a reconocerse a partir del zapatismo, es como si se hubiera caído un velo. Lo otro que descorrió Chiapas es el velo político de el pensamiento único. El pensamiento único de derecha pero también el velo del pensamiento único de izquierda revolucionario, que hablaba de una linealidad incluso del desarrollo histórico. Toda esa simbología está allí, es una herencia de Chiapas.

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Perú: racismo, criminalización y disciplinamiento como trasfondo de más de 60 muertes

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Lavaca habló con dirigentes sociales y campesinas, que analizan la represión desatada tras la crisis institucional que dejó al menos 60 muertos, miles de heridos y centenares de detenidos, con imágenes de tanques entrando a la universidad pública incluidas. El rol del Congreso, la figura de Dina Boluarte, la raíz histórica, racista y clasista de la derecha peruana. La ligazón con la agenda extractivista con la desestabilización actual que busca criminalizar y disciplinar a las voces de comunidades y organizaciones sociales que denuncian la situación como «dictadura cívico-militar».  

Dina Boluarte tiene más muertos en Perú por la violencia institucional, que días de gestión.

Según la Defensoría del Pueblo de Perú al momento son al menos 56 los muertos por la represión, miles de heridos, y centenares de detenidos. Organizaciones sociales reportan, por su parte, más de 60 muertes. Todo ocurrió en menos de cincuenta días: desde que la vice Dina Boluarte asumió el Ejecutivo el 7 de diciembre de 2022, cuando fue detenido el entonces presidente Pedro Castillo. 

Mientras tanto las calles siguen siendo un escenario de marchas y repudios contínuos: solamente el martes 24 de enero la Defensoría del Pueblo registró 85 cortes de rutas nacionales, además de movilizaciones y bloqueos en 39 vías provinciales. 

¿Cómo interpretar lo que está ocurriendo?

Melania Canales es dirigenta social de la región de Ayacucho; diez de los muertos pertenecen a esa localidad. Además, es ex presidenta de la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú. Sintetiza así para lavaca los reclamos sociales de los cuales además fue protagonista: 

  • “Uno de los principales reclamos es que haya un referéndum para la Asamblea constituyente; existe hoy una Constitución de 1993, hecha por el dictador Fujimori, que ha privatizado todo en Perú: luz, agua, carreteras, pistas, empresas mineras. Esa es la Constitución que le da todo el poder al empresariado, es la peor Constitución de América Latina, el empresariado se lleva sus ganancias y no paga nada”.
  • ”Esta Constitución ha permitido que la salud y la educación sean un negocio. Prácticamente nos despoja de nuestros territorios colectivos de los pueblos y mujeres indígenas, y no nos permite la participación del pueblo organizado en espacios de poder de decisión. También nos criminaliza. Por eso exigimos referéndum y buscamos una nueva Constitución”.
  • “Pedimos también la renuncia de la traidora y asesina Dina Boluarte. Y la renuncia de la mesa directiva del Congreso”. 
  • “Y exigimos paz. Una paz con justicia. Eso exigimos en el Perú”. 

La Universidad atacada

A la cadena de violencia desde el gobierno se sumó la última semana la brutal represión en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) que incluyó el ingreso de 400 policías junto a fuerzas especiales con tanques que derribaron las puertas, disparos y gases lacrimógenos, y donde más de 205 estudiantes fueron detenidos.

Natali Durand es docente de antropología en la Universidad. Dos estudiantes de su clase fueron detenidos, y ella describe: “Ha sido un atropello a la autonomía de la Universidad. Los estudiantes habían abierto las puertas para alojar a las personas que estaban llegando de distintas regiones para marchar”. 

Desde todo el país llegaban delegaciones a lo que se denominó la Nueva Marcha de los Cuatro Suyos, y la Universidad funcionaba como alojamiento y espacio de encuentro y logística. Pero cuando entró la policía, explica Natali “quedaban pocos manifestantes, eran más los alumnos que se encontraban dentro de la Universidad, algunos en la toma, otros en la residencia universitaria, eso es muy preocupante porque entraron a la residencia universitaria”. Desde entonces parte de los docentes y estudiantes piden la destitución de la actual rectora Jeri Ramón. 

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) condenó la represión y expresó que “la entrada de la policía a la sede universitaria es una violación flagrante de la autonomía”. Además rechazó la “decisión del gobierno de recurrir a la violencia para enfrentar la crisis en el país”. Y remató: “La actitud del gobierno del Perú se coloca al margen del respeto a los Derechos Humanos”.

La traición de Dina

¿Dónde se encuentra la semilla del actual conflicto?

Responde Natalí Durand: “Para entender la semilla de esto podríamos irnos hasta 200 años atrás, pero creo que ahorita lo más grave ha sido la descomposición política que tuvimos desde 2016 cuando el partido de la señora Keiko Fujimori (hija del ex dictador) ganó la mayoría absoluta en el Congreso. Desde 2016 lo que se generó fue un desbalance de poder a favor del Ejecutivo”.

Sin embargo (o tal vez por eso mismo) el profesor y político Pedro Castillo, con el partido Perú Libre, ganó las elecciones en segunda vuelta a la misma Fujimori, y gobernó desde el 28 de julio de 2021 hasta la declaración de su “permanente incapacidad moral” por parte del Congerso, el 7 de diciembre de 2022. Castillo fue docente de escuela primaria, presidente del Comité de Lucha del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (SUTEP) y encabezó la huelga docente de 2017.

El 7 de diciembre de 2022 Castillo fue detenido y destituido luego de 16 meses de gobierno. Horas antes había anunciado el cierre temporal del Congreso, pero ante esto sus propios ministros comenzaron a renunciar y a calificar la situación como un autogolpe. Con las fuerzas armadas y la policía en contra, el Congreso trató, una vez más, la moción de vacancia contra el entonces presidente bajo la acusación de “incapacidad moral”. Castillo fue detenido y destituido; juró entonces quien era su vicepresidenta, Dina Boluarte quien, entre otras cosas, tenía en el propio Congreso denuncias por presunta infracción constitucional que fueron rápidamente archivadas. 

Dice Natalí Durand: “Si bien es legítima sucesora, se había dicho que iba a renunciar y pedir elecciones. A su asunción la gente la asume como una traición. A su vez, en la derecha no la ven como parte: en el momento en que no le sirva más la van a soltar. Ahora ella les sirve porque el presidente del Congreso no puede ejercer funciones de presidente, tiene que llamar a elecciones en un periodo de 3 a 9 meses como máximo. Ella no quiere renunciar porque sabe que, si renuncia, la van a dejar sola y le espera un proceso judicial fuertísimo”. 

La actual presidenta no tiene bancada propia en el Congreso ni un partido que la apoye.

La pregunta entonces es quién tiene el poder hoy en Perú.

La voz desde las calles

Melania Canale, dirigenta social de la región de Ayacucho, remarca que la situación actual puso luz sobre el “racismo y el clasismo en nuestro país”. Sigue: “Perú ha sido el centro del colonialismo: cuando se creó la república peruana hace 200 años se hizo con los descendientes de los españoles, los ‘mistis’ y los criollos, y los pueblos indígenas y afro estuvimos ausentes. Entonces lo que vino fue una dominación de una clase media alta privilegiada. Hay una desigualdad grande, que se ha agudizado, los derechos se convirtieron en negocios, como la educación, la salud, y la participación política”. 

Melania define a Pedro Castillo como el primer “marrón” (por el color de su piel) que llegó a la presidencia. Y define: “Hemos sentido que al marrón no lo aguantaban”. A la actual presidenta la llama “la usurpadora”. Dice: “En estos momentos, aunque ella ganó junto a Castillo, representa a la derecha. El Congreso ha sido un obstáculo que a Pedro Castillo no lo dejó gobernar, siempre estaba ahí promoviendo su vacancia. Dina tenía una denuncia, pero la archivaron en el Congreso. Realmente esto se veía venir. Acá, la derecha política del Perú es una derecha arrastrada, que siempre se entrega por completo a la oligarquía” 

¿Tiene relación el problema con las agendas extractivistas? 

Está muy ligado. Hace poco una funcionaria de Estados Unidos ha dicho que en Sudamérica están el agua dulce, los minerales, el litio. Aquí están paralizadas varias mineras por los reclamos de las comunidades. Hay también contaminación de los ríos, de la tierra, mucha gente con metales pesados en la sangre, y además estos empresarios no dejan nada…

¿A qué atribuís la actual represión? 

Es una caza de brujas. En Ayacucho hay 8 detenidos dirigentes y dirigentas de organizaciones, los han llevado hasta Lima, acusados de terroristas. No somos asesinos, no somos terroristas. Están buscando descabezar a las organizaciones, meter miedo, criminalizar y perseguirnos, inventando fantasmas. No hay libertad en este país: por eso decimos que estamos viviendo una dictadura cívico militar. 

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Las cosas que hay que hacer para trabajar – Capítulo 1

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La nueva serie documental de lavaca: El mundo de la autogestión en Argentina a través de ocho capítulos sobre experiencias recientes de diferentes cooperativas que lograron recuperar empresas vaciadas o quebradas por las patronales. Dirigida por Patricio Escobar, autor de La crisis causó 2 nuevas muertes.

Dos mil personas que integran empresas recuperadas de toda la Argentina se reúnen en un acto histórico en la Aceitera La Matanza. ¿Qué buscan? Impulsar el proyecto de Ley de Recuperación de Unidades Productivas que facilite que cooperativas de trabajo pongan en marcha empresas quebradas o vaciadas por las patronales. El movimiento lleva 20 años sin ley, pero ha recuperado no sólo trabajo sino también dignidad y vida, con 400 fábricas en el país que dan trabajo en total a más de 14 mil obreras y obreros. Su lema: Ocupar, resistir y producir.

Las cosas que hay que hacer para trabajar Dirección: Patricio Escobar.
Producción integral de Cooperativa de Trabajo Lavaca: Claudia Acuña, Sergio Ciancaglini, Anabella Arrascaeta, Lina Etchesuri, Sebastian Smok, María del Carmen Varela, Franco Ciancagini, Lucas Pedulla.
Fotografía: Lina Etchesuri y Sebastian Smok. Cámara: Patricio Escobar, Guillermo Guevara, Sebastian Smok.
Música: Guido Donato y Tomás Lobov.
Edición: Damián Finvarb.

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Cuatro años de in-justicia por el femicidio de Carla Soggiu       

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En la Plaza de la Memoria de Pompeya, junto a vecinos, vecinas, otras familias víctimas de femicidios y organismos de derechos humanos del barrio, se recordó este domingo a Carla Soggiu frente al mural que hizo el barrio, a cuatro años del femicidio. Estuvo presente Alfredo Soggiu (foto) el padre de Carla. Sin culpables por el crimen, y sin siquiera un fiscal que lleve adelante la causa, la familia se transformó en querellante e impulsa que se investigue la responsabilidad de Diego Santilli, por entonces Ministro de Seguridad porteño, por la falla en el sistema del botón antipánico que debía protegerla. El ex marido de Carla fue acusado por violación, pero el crimen sigue impune. La idea sobre quién cuida a lxs vecinxs.  

El acto en la Plaza de la Memoria de Pompeya (fotos: Ailín Soria)

“A pesar de que pasaron cuatro años cada día siento más injusta su partida, que le hayan quitado la vida. Tanto su pareja, como el gobierno de la Ciudad, como la justicia, todos la mataron un poco a mi hija”. 

Alfredo, papá de Carla Soggiu, está parado en la Plaza de la Memoria del barrio porteño de Pompeya, a cuadras de donde su hija murió. Desde ahí habla. Frente a él vecinos y vecinas que escuchan; a su lado, familiares de otras víctimas de femicidios; y en su espalda, el mural desde donde su hija mira al barrio junto a letras negras que dicen: verdad y justicia. 

Ni botón ni GPS

El 15 de enero de 2019, cuatro años atrás, Carla Soggiu pidió ayuda 5 veces apretando el botón antipánico que tenía después de haber denunciado a su pareja. Pese a que el sistema contaba con ubicación GPS, la empresa no pudo ubicarla. Carla estuvo desaparecida hasta que un barrendero encontró su cuerpo en el riachuelo. Según la autopsia, murió por “asfixia mecánica por sumersión”. 

Ella tenía un botón antipánico porque días antes, el 26 de diciembre de 2018, su ex pareja, Sergio Nicolás Fuentes, la secuestró, violó y golpeó brutalmente, con su hija menor como testigo. Carla tenía hidrocefalia, los golpes destrozaron la válvula. Cuando logró huir lo denunció ante la la Oficina de Violencia Doméstica, y le dieron el botón antipánico que días después no la protegió.  

Con el Poder Judicial en contra

Sergio Nicolás Fuentes fue condenado por la violación a seis años de prisión, pero la causa por el femicidio fue archivada, cuando la familia se enteró ya había pasado un año.

Pidieron entonces que la justicia porteña investigue por qué no funcionó el botón antipánico: el fiscal de primera instancia archivó el pedido.

Apelaron, el fiscal de Cámara también lo archivó.

Fue cuando alegaron que la Ley de Víctimas autoriza que se abra la investigación sin asistencia de un fiscal, y así lograron que se los acepte como querellantes.

En ese punto están ahora, sin fiscal el impulso de la causa depende de la familia. El objetivo es que se investigue la responsabilidad de Diego Santilli, por entonces Ministro de Seguridad porteño, por la falla en el sistema del botón antipánico que debía proteger a Carla.  

Dice Alfredo, papá de Carla: “Después de tanto tiempo de lucha, con el acompañamiento de un montón de gente incondicional, recién logramos meter una causa contra uno de los asesinos de mi hija. Más que nunca necesitamos el acompañamiento de todos, que nos ayuden a caminar. Por mis nietos, por mi señora, también por mí. Lo necesito, que me acompañen”. 

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial que intenta garantizar impunidad en lugar de justicia. Susana explica: “Las familias sentimos mucha impotencia, esto no tiene que pasar más. Tenemos que luchar y acompañarnos porque es lo que nos hace fuertes”. Susana se detiene para nombrar a Roxana, mamá de Carla Soggiu que no está presente, se quedó cuidando a sus dos nietos, hijes de Carla, que hoy tienen 6 y 8 años. Sigue: “Nuestras hijas no pueden volver a la vida pero queremos que descansen en paz, y lo van a hacer cuando haya justicia”. 

Daniel (en el centro), y Susana, rodean a Alfredo, el padre de Carla Soggiu. (Fotos: Ailín Soria).

Vecinos cuidándose

Vecinos y vecinas del barrio forman un semicírculo para escuchar. Entre ellos están presentes los integrantes del Instituto de la Memoria de Pompeya, responsables de cuidar y crear la Plaza de la Memoria donde ocurre este ritual de abrazo hacia la familia. Además del de Carla hay murales dedicados a Ezequiel Demonty (el joven asesinado por la Policía en el Riachuelo), por la Noche de los Lápices, por Hebe de Bonafini, entre otros.

“La lucha se sostiene con amor, con alegría y con memoria”, dice Alberto, integrante del espacio, y cuenta que fue en 2006 cuando se propusieron visibilizar a les desaparecides del barrio, crearon la plaza, y empezaron a marchar juntos.

Pronto se dieron cuenta de cómo aparece la violencia institucional y estatal hoy, dice: “A veces reflota en estas formas: femicidios, travesticidios, desaparición de jóvenes en situación de calle. Los únicos que nos cuidamos somos los vecinos a los vecinos”. 

Luego, la foto de Carla se levanta alto y se grita presente, con su sonrisa y su mirada desde la pared.

Fotos: Ailín Soria.
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