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El interminable tiempo del agua

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Quizás el video documental sea el género más idóneo para testimoniar la nueva realidad que se gestó a partir de diciembre de 2001. Sobre todo Inundaciones, un trabajo realizado por Santa Fe Documenta, un colectivo de cuatro grupos (Matecosido Producciones, Taller de video El Pibe, Canoa y Fundación Proteger) que -tal como demuestran Pablo Testoni y Mariana Rabiani en esta entrevista- dejaron de lado veleidades personales para relatar, de un modo tan despojado que conmociona, el documental que hoy se proyecta en Buenos Aires.

Primero fue el agua.

Gente que camina con agua hasta las rodillas, hasta la cintura, hasta los hombros… Agua hasta el cuello.

«De noche, la oscuridad, los relámpagos, la llovizna y los gritos, los gritos de la gente de un techo a otro… Uno no se olvida de eso», cuenta Ana -directora de la escuela Monseñor Zaspe- en el video Inundaciones, realizado por el colectivo Santa Fe Documenta.

El 29 y 30 de abril de 2003, el río Salado entró en la casa de un tercio de la población de la ciudad de Santa Fe. En 36 horas, 130 mil personas se vieron forzadas a abandonar quince barrios de clase media y baja del cordón oeste santafesino.

E inmediatamente, la pérdida

Las viviendas destruidas, las familias desencontradas, las personas ahogadas

«Yo necesito mi casa. Mañana cumplo 26 años de casado y mirá cómo lo voy a festejar. El 18 de mayo es mi cumpleaños y mirá cómo lo voy a festejar, loco. No estoy así porque me está enfocando una cámara, hermano. Hoy lloré todo el día cuando vi mi casa que no sirve más. Esto lo hice con sacrificio, 26 años laburé, hermano, para tener esto y mirá el desastre que quedó»

Y también fue la organización solidaria y sin cobertura del Estado de los centros de evacuados.

Bolsas de ropa que manos voluntarias clasifican, cajas que son bajadas de camiones, colchones en el piso, pertenencias sueltas, chicos que -en un inmenso gimnasio- dibujan o juegan a las escondidas y saltan a la soga

Después fue la resaca.

El sol que hace brillar la mugre, el barro, el olor a podrido, la basura y el humo que producen los desechos que combustionan solos.

Y la vuelta

Calles irreconocibles, cuadras desvastadas, puertas que se abren hacia donde ya no hay nada.

Lo más conmovedor del trabajo documental -que se proyectará hoy en Buenos Aires- es el esfuerzo mancomunado por devolverle a los damnificados lo más importante que perdieron: la identidad.

«Pensaba recuperar algunos de los referentes de mi yo. Encontré una poesía que me escribió una amiga de la adolescencia, mi almohada, el primer zapato de mi hijita, el primer collar de mi perra muerta… Cosas así, que a lo mejor me van a ayudar a reconstruir mi historia» (Susana, barrio Roma)

Quizás el video documental sea el género más idóneo para testimoniar la nueva realidad que se gestó a partir de diciembre de 2001. Sobre todo este trabajo, hecho por un colectivo de cuatro grupos

( Matecosido Producciones, Taller de video El Pibe, Canoa y Fundación Proteger) que -tal como demuestran Pablo Testoni y Mariana Rabiani en esta entrevista- dejaron de lado veleidades personales para relatar, de un modo tan despojado que conmociona, el interminable tiempo del agua

– ¿Cómo nació la idea de este proyecto compartido?

Pablo: Tiene que ver con las primeras horas de la catástrofe. Partamos de la base de que la gente ayudó a la gente, ése es el vínculo que nosotros vimos. Ya el primer día surgió una convocatoria que se organizó por rubros: los enfermeros, los terapistas ocupacionales, los médicos, los psicólogos, los profesores de gimnasia se autoconvocaban… La radio -sobre todo la Radio Universidad- tuvo un rol fundamental, fue eje y centro de esta convocatoria solidaria, frente a un Estado ausente en todo momento. Cuando, al segundo día, vimos que lo más urgente iba cubriéndose, pensamos que también los realizadores podíamos autoconvocarnos. Nos pareció fundamental que la catástrofe quedara en la memoria. Ese era nuestro objetivo: la memoria

– ¿Cuántos documentalistas respondieron a esa convocatoria?

Pablo: En la primera reunión llegamos a ser veinticinco, algunos que trabajaban para algún medio, otros que ya habían empezado a registrar imágenes de manera independiente. La intención del colectivo era que cada uno tuviera una mirada propia pero la presentáramos en un primer trabajo documental único. Y fue eso lo que hicimos con siete cámaras distintas en equipos con sonidista, periodista y todo lo necesario. Recién empezamos a pensar en la edición a los tres meses, porque antes pasaban muchas cosas todos los días: el tiempo del agua, lo llamamos nosotros. En el guión fue muy importante marcar los tiempos del escape, el agua, los centros de evacuados, los techos y la vuelta.

Mariana: La propia urgencia nos hacía preguntarnos cómo colaborar. Hasta que dijimos: «bueno, usemos nuestra herramienta». Pero seguíamos planteándonos si era legítimo o no salir a filmar, a preguntar, en esa situación. En el momento decidimos hacerlo y después, frente al documental terminado y con las primeras presentaciones en Santa Fe, empezamos a repensar todo aquello ni siquiera habíamos tenido tiempo de charlar entre nosotros. Fueron muchas las veces que pensamos: «¿qué hago con un micrófono, frente a esta persona que está viviendo semejante tragedia?»

– ¿Pudieron resolver esa disyuntiva?

Pablo: El primer criterio tenía que ver con la vida. Es decir: sabíamos que si había peligro de vida, uno tenía que bajar la cámara y ayudar. Después empezamos a notar que la propia gente tenía necesidad de hablar, de contar, y entonces entendimos que nosotros estábamos ahí dando esa mano, que tenía que ver con empezar a compartir el dolor. Elaborar lo ocurrido es un proceso muy lento, porque yo creo que una de las catástrofes mayores se ha dado en la cabeza de la gente. Hoy, de alguna manera, -mal, diría- se están reconstruyendo los lugares, las casas, una nueva cotidianidad… Pero lo que no se reconstruye es el impacto de la pérdida. Por eso no era importante solo la cámara sino también el micrófono: las imágenes, pero también los testimonios orales.

– ¿Cómo se sobrepusieron al dolor, para poder trabajar?

Pablo: Los que estuvimos ahí lloramos mucho luego de cada reportaje. Los primeros noventa días fueron de recibir mucho. De hecho, todos los que conformamos Santa Fe documenta tuvimos nuestro propio quiebre en algún momento, tuvimos que cortar, parar, charlar… Armar un grupo para sostenernos y decir «nos pasó tal cosa». Un día hice treinta cuadras caminando, por un barrio donde hubo tres metros de agua, era como caminar por una ciudad en guerra, una ciudad desvastada. Cuando llegué a mi casa no podía parar de llorar, no quería volver. Era un momento muy fuerte: el momento de la basura. La gente tiraba todo, adentro de las casas todo estaba totalmente destruido y las personas sacaba las cosas afuera con odio, con bronca…

Porque, además, era un castigo doble: no solo que las casas se inundaron sino que, se repetía mucho por esos días, todos los objetos estaban contaminados. Quizás si hubiera caminado solo una cuadra hubiera superado el impacto, pero treinta fueron demasiado. Sobre todo porque nosotros, como grupo Matecosido, nos dedicamos siempre al video popular, de modo que tenemos registrados esos mismos barrios, pero con vida: los centros comunitarios, las cooperativas, las clases de apoyo escolar. Hicimos un documental sobre la FM Popular del barrio Santa Rosa -la primera FM comunitaria de Santa Fe- que quedó bajo el agua. Habíamos registrado los conflictos y las fiestas de esas zonas que ahora atravesábamos en canoa.

«Era mi cumpleaños 52 y lo recibí en una lancha con la gente que me salvó la vida. Y después lo festejé en un centro de evacuados, en un gueto, yo le digo así porque se me asemeja a las películas de la Segunda Guerra Mundial, donde estaban los prisioneros de guerra» (Susana, barrio Roma)

Mariana: Para mí fue un gran impacto ver que la identidad de las personas también se había ahogado, había quedado bajo agua…La identidad y la intimidad de una familia -los colchones, los juguetes, la ropa- flotando o hecha basura. Cada vez que veo las imágenes del video, me vuelve el olor a la basura. Me quedó grabado esa fetidez y el sonido de los helicópteros rondando el cielo, por la noche, alumbrando con los reflectores, mientras el gobierno-ese Estado que te mira desde arriba- delega la participación en el Ejército, porque sostiene que ellos tienen la capacidad organizativa… Era una ciudad en guerra

Pablo: Se veía gente por todos lados preguntando por sus familiares, listas de personas desaparecidas… Realmente fue lo más parecido a una guerra

«Soy Elvira, la mamá de Mauricio Medrano, que está desaparecido. A cualquier pesona que sepa de él se comunique a…» (mensaje enviado por radio)

Mariana: Creo que otro gran quiebre fue para nosotros el reportaje con Vanesa, una chica de 23 años que perdió a su bebé porque sintió que se ahogaba y lo soltó pensando que podía salvarse de otra manera (ver nota relacionada).

Pablo: Durante unos días Vanesa pensó que sus tres hijos habían muerto, pero a los dos mayores los recuperó del agua un voluntario y de este tipo de historias de solidaridad también hay muchas. Hay que imaginarse que al trauma de la inundación, Vanesa le sumó el trauma de la tragedia personal. Del centro de evacuados se fue a vivir muy lejos, a una casa que le prestaron; a nosotros nos dijeron a dónde se había ido y la buscamos un día entero. Mientras íbamos, pensábamos que ella estaba en todo su derecho a decirnos «váyanse» y si nos lo decía nos íbamos. Sin embargo, pudimos quedarnos, sentarnos, charlar… Sentimos que no solamente estaba contando, estaba elaborando lo que vivió, se estaba descargando, nos estaba comprometiendo para que no la abandonáramos…

– ¿Cómo se vieron a sí mismos los inundados, en el video?

Pablo: La primera vez que presentamos un compacto de imágenes -que todavía no era este video- fue a los tres meses de la inundación, cuando se instaló la Carpa de la Dignidad. Hasta entonces los damnificados nunca se había visto: habían perdido los televisores y, aislados en los centros de evacuados, no habían estado en contacto con las imágenes que estaba viendo el mundo entero… Para las propias víctimas fue un impacto muy grande. Creo que ahí empezamos intuir que nuestro trabajo tenía un sentido mucho más grande.

Mariana: Hay gente que pide una copia pero dice «no me animo a verlo ahora», o «no me animo a verla solo» pero quieren conservarla para sus hijos o sus nietos. Eso es muy fuerte. Pero, además, Por otro lado, nosotros tuvimos claro desde el principio que registrar estas imágenes era una forma de denuncia: la ausencia del gobierno fue muy visible. Esto no fue una catástrofe natural sino una catástrofe política.

«El trabajo lo estamos organizando a los ponchazos, como odemos, porque no estamos preparados para este tipo de situación. Lo que prima es la solirdaridad y las ganas que tenemos de ayudar.. La gente pregunta si hay algúnencargado, un secretario, porque presume que el gobierno mandó a alguien para ayudarlos pero solo estamos nosotros» (Mariano, maestro de la Escuela 1234, primer centro de evacuados)

Pablo: Convengamos que los centros de evacuados no funcionaron por el Estado sino por la voluntad de los organizadores de los centros y de la gente que iba a colaborar…

Mariana: Y por la escuela. Las escuelas tienen cierta estructura y cierta organización institucional que posibilitó que se improvisaran como centros.

Pablo: Con Matecosido hicimos un documental sobre los docentes, durante la inundación que se llama Presente. Es increíble la legitimidad que a pesar de todo conserva el maestro en esta sociedad. Basta que el maestro o el director dijera: «la escuela, se abre» y la escuela se abría o «está comida no es buena», y se empezaba todo de cero

Mariana: Fueron maestros los que dijeron: «la gente no se va del centro de evacuados hasta que no tenga un lugar digno a donde ir»

Pablo: Me acuerdo del caso de una escuela a la que la gente se dirigió el día de la inundación porque siempre había funcionado como centro de evacuados, pero esta vez la escuela estaba tres metros bajo agua. Lo único que quedaba a salvo era el techo y -qué cuestión simbólica- allí se refugiaron: 350 chicos y padres en el techo de una escuela. La ausencia del Estado fue tan notable que nosotros desde el principio decidimos que no iba a haber palabras de funcionarios, salvo las del intendente Marcelo Alvarez que fueron paradigmáticas.

«Todo el Barrio Centenario, la Villa del Centenario, Barrio Chalet, barrio San Lorenzo, Barrio El Arenal… no van a tener ningún tipo de inconvenientes…»

Pablo: Básicamente, no queríamos repetir lo que los medios estaban haciendo, esa especie de contrapunto entre la voz de la gente y la opinión de un político o de un funcionario. También decidimos que el video no iba a ser pasado en los medios, porque no estuvo pensado para eso. Nosotros creemos que es un material para ver en grupos, en familia… La visualización de un video te exige ponerlo, sentarte y quedarte, conversar; en cambio en la televisión vas haciendo zapping y la idea que te queda es que si lo viste en la tele, ya lo viste. Y nosotros no queremos que se asimile a lo que ya se vio. Al menos por ahora, no.

-¿Cómo fue la cobertura de los medios?

-La cobertura fue de alto impacto. Nosotros quisimos colocarnos en un lugar, menos histérico, del dolor… Hilarlo distinto: colocamos al maestro dentro de su contexto, y al lado del maestro la salud de los pibes. Un médico del barrio dice en el video «esto no empieza ahora» y es cierto. Los medios hablaban de la inundación; nosotros hablamos de la pobreza. El reportaje periodístico es al toque, rápido, cuestión de cosechar cuatro o cinco testimonios y mandarlos. En cambio la idea nuestra era sentarnos, y sentar al entrevistado y cuando la gente ve esa actitud, la conversación adquiere una profundidad distinta. No es la mirada de la coyuntura, la de los casos y las vetas que el periodismo puede sacar para seguir explotando una cuestión. Acá los temas son el dolor y la soledad.

Mariana: Y la desolación.

Pablo: Esa es una marca de por vida. Sentir que uno, como ciudadano, no está representado por nadie… Uno siempre tiene la idea de que, en el fondo, hay un Estado que protege, y las inundaciones en Santa Fe demostraron que no. Esa es la verdadera desolación.

Mariano: Entre los escombros, Humberto -del barrio Villa del Parque- encontró una Constitución Provincial que muestra a cámara y dice: «sin palabras»

«De acá en más se verá. Porque esto no termina acá. Y lo que sigue es más grave que lo que ya pasó. Esto recién empieza» (Fabiola, maestra de la Escuela 1130).

El video Inundaciones podrá verse en Buenos Aires el próximo 2 de diciembre, a las 19, en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543). Además, puede conseguirse a través de la página web www.santefedocumenta.com.ar

Cuesta 5 pesos para los particulares y 10 a las instituciones, recaudación a beneficio de los inundados.

Protesta social

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

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Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse. 

Por Lucas Pedulla   Fotos Juan Valeiro/lavaca.org

A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.

–Si no trabajo, no como.

Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Luis y la batalla cultural.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:

–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?

La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
La evolución de las variables económicas.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.

–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Gadalupe y otros discas acompañando la marcha de jubilados.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión. 

–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.

Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas
Congreso con atención de coiffeurs para jubilados y gente de la calle.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor. 

A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.

–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja. 

Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?

Luis es crítico:

–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”. 

La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.

¿Qué espera?

–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo. 

¿Hay opción B?

–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come. 

Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.

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Revista Mu

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Crónicas del Más Acá: Rambo al sur

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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

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