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El partido de Néstor
Néstor Saracho, joven director de cine, fue atropellado por un conductor ebrio y pasará el Mundial en la terapia del Hospital Argerich. Gambeteó a la muerte más de una vez, y el domingo se hará un festival para juntar fondos para su familia tras una operación clave. Metáforas maradonianas e historias mundialistas, para pensar la vida como un juego.
Por Sergio Ciancaglini
La fascinación de los mundiales logra que uno funcione en modo-fútbol.
Las incertidumbres sobre el FMI, el ajuste, el trabajo, el desempleo, el futuro o lo que sea, dejan lugar a enigmas inesperados que recorren nuestras redes neuronales: ¿será mejor que juegue Lo Celso o Biglia?
El modo fútbol hace que también se revuelvan los recuerdos. Rumbo al Hospital de Agudos Cosme Argerich recordé cuando Diego Maradona dijo “me cortaron las piernas”.
Maradona es autor de metáforas inolvidables. “Se le escapó la tortuga”, por ejemplo, fue dedicada al entonces presidente de Boca Juniors Mauricio Macri. También dijo, en esa lógica: “Los dirigentes de Boca son más falsos que un dólar celeste”.
Otra imagen fue “la mano de Dios”, pero la metáfora no fue la propia frase, sino haber hecho aquel gol en 1986, sólo superado minutos después por otra metáfora inconcebible y sin palabras, cuando gambeteó a todo el Reino Unido para hacer el mejor gol de la historia mundialista.
“Me cortaron las piernas” fue la metáfora de Maradona cuando se dopó, no pudo huir, y lo pescaron en el Mundial de Estados Unidos en 1994.
Argentina era gran candidato. La noticia de dopaje pinchó al equipo: sólo Ortega siguió tratando de jugar al fútbol. Los demás parecían el elenco de una película de zombis, lo que no impidió que volvieran a sus casas mucho más ricos pero quejosos por los sinsabores de la vida.
Estacioné en el Argerich y vi gente durmiendo en la vereda. No los familiares de pacientes haciendo sala de espera a cielo abierto, sino gente que vive en la calle, bajo una garúa helada. En el 2° piso, Terapia Intensiva, está Néstor Saracho: un muchacho de Villa Corina que trabajó con fábricas recuperadas, supo ganarse la vida como portero de escuelas, personal de mantenimiento, o lo que apareciera.
Es, además, cineasta a pulmón, periodista autogestivo, fundador de cooperativas (de cine, de edición de libros infantiles), asambleísta en defensa de la costa del Río de la Plata y todo lo que las pocas horas que tiene el día –y que tiene la vida- le permiten hacer.
Néstor es un artista, pero en su vida no suele haber metáforas: le cortaron una pierna.
El Argerich parece un hospital de guerra. En terapia intensiva especialmente están los atropellados, golpeados, accidentados o agredidos en estos tiempos densos. Conectados a infinitos tubos, todos allí están sedados, junto al abismo. Los trolls y parte de la idiosincrasia nacional se harían aquí un picnic de racismo ante estos y estas Maradona que no tuvieron el don de jugar bien al fútbol.
A Néstor Saracho le pasó lo siguiente. El sábado 3 de marzo a las 21.30 un borracho lo atropelló manejando un auto en la calle Espora de Quilmes, rumbo al río. En la misma maniobra mató además a Glays Romano, vecina de Quilmes y delegada de ATE.
Venían Gladys y Néstor de recorrer con decenas de vecinos y vecinas la selva marginal en la costa de Bernal, que Néstor y la gente de la Asamblea inspirada por Nieves Baldaccini han logrado defender del avance de las corporaciones y las especulaciones inmobiliarias. Por el principio aleatorio, o por milagro, se salvaron del accidente la mamá y el hijo de Néstor, Elba y Tobías. De 9 años, Tobías caminaba aquella mala noche junto a su padre con su telescopio para que los visitantes pudieran ver la luna llena y las estrellas.
Cuando el auto se llevó puesto a Néstor que de pronto desapareció de su lado, Tobías se quedó mirando a su abuela Elba y le dijo: “A papá se lo llevó el viento”.
Néstor Saracho sufrió golpes de todas las clases, muchos huesos rotos, la pierna izquierda había quedado particularmente maltrecha, se sumaron problemas de todo tipo, y finalmente hubo que amputársela, hace una semana.
En Terapia Intensiva hay un muestrario de la sociedad atropellada de muchos modos. En la sala de espera también. Gente pobre, que espera algo: signos, diagnósticos o al menos una ilusión. Hay un cartelito sobre cómo combatir septicemias y gérmenes, que tal vez se extiende a buena parte de la vida: “Está en tus manos”.
Elba y Cecilia, la actual pareja de Néstor, transmiten calma. No tienen los nervios que parece sufrir Jorge Sampaoli en su propia espera, ni hay quejas como las de los periodistas que se indignan porque no saben con certeza si Mascherano está en su mejor momento, o se irritan porque Messi nunca fue campeón del mundo. También se quejaba Maradona cuando dijo que le habían cortado las piernas, aunque en realidad siguió jugando hasta que el cuerpo dijo basta, se hizo técnico y gracias a eso ha seguido cobrando millones de dólares , por los que –al menos- no se queja.
Elba y Cecilia no ganan millones, pero tampoco se quejan.
Se abren las puertas, permiten entrar a ver a Néstor a Terapia Intensiva.
Cada habitación está separada de la siguiente por mamparas de vidrio. Se puede ver entonces la imagen de hospital de guerra. Todos están inconscientes, conectados a redes de tubos. En el caso de Néstor por esos tubos fluyen el suero, tres antibióticos muy fuertes, me cuentan, y no sé qué más. Hay dos monitores de fondo negro con números y coordenadas de colores verde, amarillo, azul, anaranjado. Los números y las coordenadas se mueven, palpitan.
Néstor es de los pocos en esa sala que abre los ojos, y empieza a mirar alrededor.
Los meses de hospital y de intervenciones lo han adelgazado de modo asombroso. Parece tener los ojos cada vez más grandes. Mira muy fijo, quiero imaginar que está imaginando una película futura. Uno de sus trabajos fue como empleado nocturno en la mesa de entradas de la guardia del Hospital Perón de Sarandí. Allí nació uno de sus cortos: Crónicas emergentes.
Néstor casi no puede hacer gestos, ni hablar. Susurra. Le llevo una revista Mu.
La mira y mueve los labios. Cecilia acerca su oído y amplifica: “Pregunta si es la nueva”. Le sostengo la revista. Con la mano izquierda, también conectada a tubos, Néstor hace movimientos muy suaves que hay que acompañar para dar vuelta cada página.
Bajo las mantas, se nota el vacío del lazo izquierdo de la cama. Yo tampoco puedo hablar. No se sabe si Néstor se ha dado cuenta de la operación. O si se da cuenta a veces, y luego olvida. En Crónicas emergentes escribía una frase en el libro de la guardia: “La alteración del estado de sueño-vigilia difumina los límites entre estar despierto y estar dormido” y anunciaba que había que hacer una cosecha de recuerdos. No me atrevo a preguntarle. Sólo nos miramos.
Cecilia toma después la mano canalizada de Néstor y le da besos en cada dedo, y en la palma. Néstor la mira fijo. En Los proyectores también sienten su voz en off postulaba la existencia de una organización: Besos sin fronteras. Cecilia se está ganando un lugar. Las lágrimas de ella caen sobre la mano de él, pero ella sonríe. Titilan los números: los monitores también sienten.
Elba saca algo de una bolsita con una sonrisa que en estos casos sólo puede ostentar una madre. Es una funda nueva, limpia, fresca, con la que cubre la almohada. Es difícil medir cuánta vida le transmite a Néstor ese gesto.
Los periodistas argentinos que se quejan están en Moscú. Tienen trabajo, comen gratis, les pagan mucho y parecen felices. Es lógico. En un espectáculo como el fútbol que puede verse sin ningún intermediario, lo mediático ha reemplazado al propio fútbol. Parece que lo que rinde mediáticamente es lo conflictivo, lo escandaloso, el griterío. Tienen que llenar horas de programación y mantener el rating.
Por eso en un programa vociferan entre supuestos periodistas para determinar si conviene jugar contra Islandia de un modo “agresivo” o “equilibrado”. La antigua noción de jugar al “fútbol” no aparece en el debate. Anuncian que se podrá ver después del corte a un simpático oso panda que manejan los propios movileros tipo ventrílocuo y que “causa las delicias de los rusos”. No hay que perdérselo.
En modo-fútbol sumo la información sobre el predio de la Selección y los dos millones de dólares que la AFA invirtió para que los jugadores se sientan “como en su casa”, con lujos inimaginables para seres comunes y corrientes (si es que hubiera alguien común y corriente en el mundo). El predio es grande, y entonces el cuerpo técnico usa monopatines desde las canchas hasta el edificio.
También en modo fútbol leo que los jugadores criollos en Rusia tienen mucho tiempo libre: entrenan dos horas por día, y alguna vez se les pierde una tercera hora cuando Sampaoli les da una charla técnica que soportan con estoicismo (ya se verá si trasladan a la cancha).
Las horas muertas parecen ocupadas por juegos de moda como el Parchis, que no es otra cosa que el museístico Ludo que antes transitaban los niños más lelos, y ahora en su versión digital apasiona a estos señores mayores y multimillonarios, cuyas habilidades futbolísticas tantas ilusiones nos generan en estas semanas.
Por momentos todo esto suena un poco patético, o delirante, pero la clave es: tal vez no haya que mirar la realidad mientras se juega el Mundial, a riesgo de que nos arruine el entretenimiento.
En Terapia Intensiva las pantallas de fondo negro titilan y los líquidos fluyen hacia Saracho que le acaricia una mejilla a Cecilia, mirándola fijamente con esos ojos cada vez más grandes.
Avisan que termina el horario de visitas. La mano izquierda de Néstor se mueve débilmente, y me mira levantando el pulgar izquierdo. Está jugando su partido.
Salgo mirando las hileras de humanos rotos.
Otra vez en la sala de espera, Elba muestra algo que confirma que Tobías, el hijo de Néstor, es un Saracho puro y duro.
Se trata de un whatsapp con la foto del boletín del colegio de ese chiquilín de 9 años que está en cuarto grado. Tobías podría estar quejándose o generando problemas, según el lenguaje que no comprende que los problemáticos de este mundo no son los niños, sino los adultos.
Pero Tobías Saracho ha hecho algo distinto.
En su boletín hay tres 10, cuatro 9, dos 8 y un 7. No se sabe aún cuánta energía le generará ese boletín a Néstor cuando se lo muestren, ni tampoco si ese flujo se registrará en los dispositivos de medición de la vida del hospital de guerra.
Conviene saber algunas cosas:
* El domingo 17, un día después del partido Argentina-Islandia, jugarán Costa Rica -Serbia, Alemania-México y Brasil-Suiza.
* Como una cosa no quita la otra, se pueden ver todos esos partidos, festejar el día del padre quienes estén en condiciones de hacerlo y, además, desde las 18, ir a Corrientes 4626 al festival Todos por Néstor, en el que habrá feria, música y espectáculos para reunir recursos que Saracho va a precisar para seguir jugando su partido, para lograr otra hazaña.
El festival será bueno para Néstor y para quienes vayan y/o participen de algún modo, en tiempos en los que resulta toda una odisea hacer cosas con algún sentido. Es un modo de no resignarse a la sala de espera, y de actuar según lo que propone el cartelito del Argerich, cuando recuerda que muchas cosas están en nuestras manos.
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Infierno Infantino

Desde Europa, la visión de una escritora y dramaturga sueca sobre el conflicto FIFA-UEFA y quiénes son los dueños del fútbol.
Por América Vera-Zavala
Para lavaca.org, desde Suecia
Mientras el resto del mundo se ocupa de teorías conspirativas sobre «La Selección» y de firmar una petición para expulsar a Argentina del Mundial para siempre -la campaña «Argentina Out» ya reunió más de 23 millones de firmas-, los argentinos hacen aquello en lo que son campeones mundiales: componer cánticos de fútbol. Nosferatu 2.0 se define como una ópera rock villera y está dedicada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una de sus frases dice:
«Le robaste el fútbol a los pobres
y se lo diste a los ricos
a cambio de un sobre con dinero».
Infantino, desde luego, no se queda de brazos cruzados. Cuando leo sobre la propuesta de poner a la venta los torneos de fútbol, acudo a mi estantería y saco el libro de portada rosa de Erik Niva, el periodista de fútbol más destacado de Suecia. Busco la sección dedicada a Eric Cantona y leo la historia de aquel futbolista que, tras su primer entrenamiento con su nuevo club-el Manchester United- le pidió a su entrenador que le prestara dos jugadores.
«¿Para qué?», se preguntó Alex Ferguson.
«Para entrenar», respondió Cantona.
Corría el año 1992 y la Premier League aún no existía.
Cantona hizo historia en el fútbol. Infantino también está haciendo historia.
La FIFA ha sido un infierno desde hace décadas. Infantino la ha conducido hacia los círculos más profundos del Infierno de Dante, con particularidades específicas que nos permiten llamarlo el ”Infierno Infantino”. Un ejemplo basta: instituir un premio de la paz solo para otorgárselo a un asesino. Otro ejemplo, que en realidad es el mismo: durante el Mundial aceptó perdonar una tarjeta roja por pedido del presidente de Estados Unidos.
Si el Mundial de 1978 en Argentina se celebró en un país gobernado por una dictadura militar —donde la tortura se intensificó durante el torneo mientras el mundo exterior fingía que todo era normal— el Mundial de 2026 en Estados Unidos se celebra en un país regido por una democracia parlamentaria que, durante el torneo, bombardeó Irán y fue cómplice activa del genocidio en curso en Palestina. Ese era el panorama geopolítico cuando comenzó el Mundial, y nada ha cambiado. Durante unas semanas, hicimos exactamente lo mismo que el mundo hizo con respecto a Argentina en 1978. La diferencia fue que, esta vez, era imposible decir que no sabíamos nada.
Como dice la ópera villera dedicada a Infantino
”Tu nombre sabe a sospecha,
hasta en las cosas bien hechas”.
¿Por qué queremos politizar aún más el fútbol cuando ya es tan político? El fútbol es una pasión, el deseo se impone al intelecto. Puedo entenderlo. Así es como debo entenderme a mí misma y mi persistente atención hacia el campo de juego menor, plenamente consciente de que el terreno de juego mayor dicta que no debería estar mirando el pequeño. Porque se trata de una elección.
Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que el sentimiento que albergo hacia la selección argentina es pura pasión, algo totalmente ajeno al razonamiento intelectual. Pero esta vez y por alguna razón explícitamente política con la Selección se abrieron las compuertas: un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Hablé con personas y leí publicaciones que afirmaban que la FIFA había decidido que Argentina ganaría la Copa del Mundo. La razón aducida era que el Presidente del país apoya a Israel y el genocidio. Vi imágenes del primer ministro de Israel vistiendo la camiseta de la selección argentina, presentadas como prueba de que el país es sionista. Vi publicaciones que aseguraban que hay una gran cantidad de nazis en Argentina —que fue allí donde huyeron tras la Segunda Guerra Mundial, y que eso explica el racismo. Leí que Argentina es un país extremadamente racista del que se ha expulsado a la población negra. Escuché a amigos decir que Messi es detestable porque representa al capitalismo. Como suele ocurrir con las teorías conspirativas, algunos elementos pueden ser ciertos mientras que otros son mentiras, pero la mezcla resultante es tóxica y exige constantemente nuevos ingredientes. Aquello no cesaba y, por momentos, me dejaba totalmente atónita y desconcertada. ¿Por qué existe la necesidad de buscar agendas ocultas cuando todo está a la vista? ¿Qué necesidad de buscar lo oculto en un mundo donde todo se exhibe descaradamente ante nuestros ojos?
Ahora, la noticia es que la FIFA quiere vender acciones en todos sus torneos.
Luego, la noticia es que la UEFA, la federación europea de fútbol que está jerárquicamente bajo la FIFA, ha declarado que boicoteará todos los eventos de la FIFA.
En tanto, canta la ópera villera:
“Infantino
llagara tu hora
no importa si no fue ahora”.
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¿Por qué miramos fútbol?
¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.
Por América Vera-Zavala

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.
Igual fue lindo.
Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.
Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?
Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.
En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.
Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.
¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?
¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?
He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.
En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.
Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.
Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.
Quizás el fútbol, más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.
Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.
Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.
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Para quienes la ven de lejos

por Claudia Acuña
Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.
Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.
Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.
En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.
Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.
Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.
Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:
“Estos jugadores son como indios”, definió
“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.
Ajá.
Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.
Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.
Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.
Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.
Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.
Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.
Ajá.
Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.
Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:
“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.
“Esto” es Messi.
La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.
La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.
La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.
El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.
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